lunes, 5 de julio de 2010

Fin de semana deportivo inolvidable

Dentro del deporte este será uno de los fines de semana más recordados en mucho tiempo. El hecho de que la selección española de fútbol haya logrado su clasificación para unas semifinales de un Mundial por primera vez en su historia para poder superar la mejor clasificación de “la Roja” después de 60 años de decepciones, injusticia e incapacidad para alcanzar la gesta se convierte en todo una coyuntura de trascendencia nacional. En aquella ocasión los Zarra, Gaínza, Ramallets, Puchades o Basora dejaron para la memoria uno de los partidos más emocionantes y más especiales de los que se recuerdan en un partido en el que España logró aplacar la potestad futbolística de los Stanley Matthews, Alf Ramsey y compañía. Aquel “maracanazo” ha simbolizado a lo largo de más de media década el ejemplo constructivo de una selección que pudo conseguir un Mundial aunque finalmente no lo lograra pese a su gran juego. El pasado queda atrás. Y en el día de hoy, en el presente que vivimos, llega la irrepetible oportunidad para poder subsanar los errores. El sábado los Casillas, Ramos, Iniesta, Xavi, Villa y demás componentes del conjunto dirigido por Vicente del Bosque abrieron de nuevo una nueva e ilusionante página para los fastos; España, tras un duro partido lleno de emociones no aptas para cardiacos, se clasificaba para unas semifinales de este acreditado torneo de naciones.
El fantasma de cuartos, el designio por el cual la selección nacional estaba predestinada a volverse a casa antes de tiempo cayó fulminado en dos momentos concretos; cuando Iker Casillas revivió su mito del salvador parando un penalty a Cardozo y en el mismo instante en que David Villa, dueño y señor del gol en este inolvidable mes, anotó un gol de infarto que devolvía a este equipo de amigos al sueño de una gloria compleja pero factible. El sentimiento único del sábado logró vencer, durante 90 agónicos minutos, los males que asolan un país herido en lo económico y en lo social. Esa euforia absurda mueve la esperanza de millones de personas que depositan su estado anímico a este tipo de acontecimientos compartidos, que tanto unen y que se disfrutan con el júbilo y la intensidad de lo concreto. La victoria sobre Paraguay hace que hoy el trabajador medio se levante con una sonrisa, con una necesidad imperiosa de compartir la alegría efímera de un hecho que se recordará durante mucho tiempo. Y lo mejor de todo, esta victoria llega en el mismo intervalo en el que índice de paro baja por primera vez en muchos meses. En lo deportivo, sigue dando la sensación de que el combinado nacional no ha terminado de envolver de magia el fútbol con el cual los rivales sucumbieron ante el talento de los que ganaron la Eurocopa hace dos años. También es cierto que el juego rácano y defensivo de las selecciones que se han enfrentado a España no ha sido el idóneo para poder exhibir la esencia del fútbol. Todos sabemos que el encuentro en el que España brille como nunca está por llegar.
El próximo miércoles hay otra cita con la Historia. Con un equipo de verdad, de los grandes. La admirable y renovada selección alemana de Joachim Löw espera la revancha en el que será el partido más importante de los españoles y, posiblemente, el más trascendente que se va a vivir jamás. Las claves están claras, como se evidenció en los mejores minutos de juego del equipo español (en sus antecedentes) y la consecuencia del gol a los ‘guaranís’ que metió a estos titanes en ‘semis’: la creatividad de Xavi desde atrás, la irrupción de ese talento desbordante de Iniesta y la conclusión de malabarista que impone el “guaje” Villa. Si se sabe leer el partido, frenar a los bávaros, si Busquets sigue en sus trece, si Ramos prosigue con su impecable esfuerzo, si el bloque defensivo sigue infranqueable de la mano de Puyol y Piqué, si Casillas sigue su progresión y se sabe incluir a tiempo a agitadores como pueden ser Fábegras, Pedro o el destructor potencial de Fernando Llorente, Alemania puede echarse a temblar. La semifinal puede y debe ser el partido más bonito y emocionante del Mundial. La final anticipada que todos esperamos debe dejar Antología del fútbol.
Por supuesto, un fin de semana como este no se ha sustentado únicamente del llamado deporte rey. Tanto hay más competiciones que dejan claro que el deporte es un lenitivo purificador que está más allá de la frustración colectiva ante la inoperancia de sus políticos y la situación de un país dislocado por la crisis. Miguel Ángel Jiménez se adjudicó, en el primer hoyo del desempate, el Abierto de Francia, tras entregar en el cuarto recorrido una tarjeta de 67 golpes para un total de 273, once bajo par. Jorge Lorenzo puso patas arriba el Mundial sumando en Montmeló la tercera victoria consecutiva y quinta de la temporada en una nueva exhibición y dejando a Pedrosa a 52 puntos en la clasificación general. El Tour daba sus primeras pedaladas con la incógnita de si Contador podrá alcanzar su tercer tour en pugna con el enemigo Armstrong.
Sin embargo, la gran gesta de este fin de semana llega, otra vez, de la mano de Rafa Nadal, ese demiurgo de la raqueta que expandió nuevamente su gloriosa leyenda al conquistar por segunda vez en su carrera Wimbledon, uno de los torneos más representativos del circuito de los ‘Grand Slam’. El de Manacor pasó como una apisonadora por encima del aspirante Berdych. Nadal ha resurgido de nuevo. Vuelve a ser el número uno en todos los flancos, admirando con su contundencia y dinamismo. La tendinitis en sus rodillas, sus problemas personales y la moral tocada que tanto daño le hicieron la temporada pasada se han diluido para devolver al “puto amo” del tenis mundial. La fuerza mental y física es el vehículo que llevan a este jugador a rozar la perfección, la esencia de un jugador fuera de serie que ha acostumbrado al espectador a ver sus partidos con la seguridad de una victoria. No por ello hay que dejar de reconocer el titánico esfuerzo con los que arrasa en la pista. Y que así sea por muchos años.