viernes, 4 de junio de 2010

'Prince of Persia: Las arenas del tiempo (Prince of Persia: The Sands of Time), de Mike Newell

El reciclaje de los nuevos modelos comerciales
Sin artificios ni engañifas, esta adaptación llevada a la pantalla por Mike Newell busca lo que todas las películas de Bruckheimer: la rentabilidad a toda costa y el entretenimiento como arma ¿Lo consigue? Sólo a ratos. Pero es suficiente.
Parece ser que los últimos ‘blockbusters’ veraniegos llegados de Hollywood deben reunir algunos requisitos comunes. De entrada, un presupuesto descomunal es casi un factor exigido para una exhibición de grandilocuencia visual. También debe tener alguna estrella reconocida, aunque tampoco necesariamente una superestrella del ‘star system’. Por supuesto, y de forma cardinal, unos efectos especiales que superen con creces el interés de lo que se narra. Es lo que hará que el público acuda a la sala. Y por último, un director versado en este tipo de saraos que conozca bien el medio y el alcance del cine de género para abdicar ante el mayor de sus mandamientos: el entretenimiento sobre todas las cosas. Como no podía ser de otro modo, ‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ sigue este patrón. Hollywood no podía dejar escapar la oportunidad de llevar a la pantalla esta traslación cinematográfica de la célebre saga de videojuegos del género de plataformas iniciada en 1989 por Jordan Mechner. Desde entonces, el dinamismo ha ido ‘in crecendo’ a medida que la tecnología ha avanzado. Su adaptación al cine llega de la mano de la todopoderosa Disney, que ha rebajado sensiblemente el contenido violento para ofrecer una adaptación más ajustada a todos los públicos. Y detrás, Jerry Bruckheimer, empeñado en ser un “Cecil B. De Mille de la era digital”, como lo define el crítico David Debny en The New Yorker. Con todo esto, ya sabemos qué nos espera antes de embarcarnos en esta aventura. Es decir, un filme ostentoso en lo digital y rimbombante y desmedido en su ambición por la taquilla familiar. Lo mejor de la película es que no engaña, no hay artificios de dudosa transparencia. Con el nombre de Bruckheimer se pone de manifiesto que el producto busca, como una marca de fábrica, un sólo objetivo común: la rentabilidad a toda costa y el entretenimiento como arma.
‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ gira en torno a un hipermusculado Jake Gyllenhaal, que pone rostro al príncipe Dastan, un intrépido joven que se une a una hermosa y enigmática princesa llamada Tamina (la sensual Gemma Arterton) para evitar que el insolente y vengativo villano Nizam (al que da vida un histriónico Ben Kingsley) consiga las Arenas del Tiempo, un regalo de los dioses que permite a su poseedor manipular el tiempo y adueñarse del mundo. Desde su comienzo, sigue los edictos del videojuego, con unos títulos que avanzan la leyenda sobre un mapa de la antigua Persia para dar forma al argumento y al destino de sus personajes. A partir de ahí, comienza el costoso espectáculo, que se va erigiendo con un empeño que aspira a ser una adaptación discordante (y a la vez frívola) de ‘Las mil y una noches’, tomando como referencia la adaptación de la temática argumental de los juegos de Ubisoft, donde la fantasía de la narrativa arcaica de la épica va forjándose en medidas cuotas de acción, persecuciones y desmedidas piruetas. Se decanta así por un rollo clásico, a la antigua, aunque luego lo que veamos no se encauce exactamente por esa vertiente.
Aquí el ‘macguffin’ es una daga que da rienda suelta a esas arenas que pueden invertir tiempo y que en las manos equivocadas podría provocar la destrucción de la Tierra y todo lo que rodea a la aventura de Sadan está contagiado por una previsibilidad de desarrollo argumental que no molesta en exceso, salpicando con accidentales alusiones al entorno político del pasado reciente, como el tema de Irak y las armas de destrucción masiva, pero veladas por su inocencia e incapacidad de acentuar su trascendencia, puesto que ni los guionistas Boaz Yakin, Doug Miro y Carlo Bernard, ni Bruckheimer o su director Mike Newell tampoco se quieren complicar mucho la vida mientras haya ese halo de cabriola digital que distraiga a ese espectador que atiende a la pantalla mientras come palomitas sin pensar mucho en qué es lo que está pasando.
Incluso viene bien la irrupción de Sheik Amar, rol al que da vida Alfred Molina, confabulado empresario que dirige carreras de avestruces y que suponen el alivio cómico a la cinta. También existe algún diálogo poco exprimido en la que se parlotea sobre la opresión de las “pequeñas empresas” por parte de los gobernantes. En este terreno, poco más que destacar de una película sin más pretensión que la de acentuar su montaje excesivo, no pararse demasiado en ningún tramo del filme y resultar formularia en sus empeños cinematográficos.
Llega un momento en el que lo único disfrutable de ‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ son precisamente esas improbables piruetas en plan “Parkour Jump” del personaje del juego corriendo y haciendo virguerías acrobáticas sobre mercados, alféizares y ruinas. Algo que, para el ‘gamer’ de antaño, despertará cierta nostalgia, aunque sea inacabada. Lo que sucede con tanta digitalización, por esa afección tecnológica CGI es que la falsificación de los códigos de la épica y de la aventura lleva a un inoportuno reduccionismo del estrato imaginativo de los viejos clásicos de un género que, siendo coherentes, cada vez ofrece más superfluidad y poco material defendible. Mike Newell, consciente de las limitaciones del material y de las suyas propias (¿dónde quedó aquel artesano de ‘Donnie Brasco’?), sabe lo que le gusta al público adolescente y juvenil menos exigente, consciente de su experiencia en películas de atractivo infantil, puesto que es el responsable de ‘Harry Potter: El Cáliz de Fuego’.
Lo peor es que se limita a ejercer de asalariado, incapaz de aportar algo de genuina personalidad a cualquier plano. A la postre, este nuevo armatoste digital no hace más que reciclar los nuevos modelos de cine comercial y los vuelve a vender como novedad. Lo que deviene en impostada jugada de mercadotecnia que está fraguando una costumbre, la de conceder espectáculos mastodónticos perfectamente envueltos con superficie de lujo y, sin que sea un producto desdeñable, adulterar una y otra vez lo que ya se ha visto.
No obstante, la aventura de Dastan posee ciertas fortunas, como la de un sentido del ritmo bastante destacable (los 116 minutos que duran se suceden vertiginosamente) o la idea de plasmar con vivacidad e imaginación el hecho de derivar la estructura del juego basado de plataformas a la gran pantalla, siguiendo los pasos de un metrónomo que va indicando cuándo debe haber una pelea, una escena de acción o momentos más sosegados, hasta llegar a la explosión final en el que se da el enfrentamiento con el maligno Nizam. ‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ vendría a ser como una hermana bastarda de ‘Piratas del Caribe’, con sus mismas voluntades, que no duda en lanzar infusas declamaciones heroicas, cuidadosamente escritas para dotar de cierta profundidad unos diálogos que, en ocasiones, rozan lo ridículo.
La nueva superproducción del verano destinada a acumular gran fortuna y público se define por su condición de montaña rusa que se entiende únicamente como entretenimiento irrigado de algo de fantasía oriental y exotismo actualizado con intención de complacer con funcionalidad. Algo que, por otra parte y en los tiempos de cine comercial que nos asolan, no quiere decir nada. Por lo menos, eso sí, se han ahorrado el 3D. Otro tanto a su favor.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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