jueves, 24 de junio de 2010

Octubre 2011, la peligrosa llegada de las dracónicas

Como si fuera alguna de las novelas de George H. White o Eric Sorenssen, el mundo se puede ver sacudido por la irrupción en nuestra atmósfera de una horda de meteoritos que amenacen el bienestar del mundo en el que vivimos. No se trata de ese asteroide Apophis que supone la mayor preocupación de los astrónomos del mundo y que testifica que en 2029 un asteroide de 320 metros de diámetro podría dar de lleno en la Tierra destruyendo el mundo tal y como lo conocemos. Palabras apocalípticas y convertidas gracias al subgénero catastrofista en tópicos del cine. Tampoco se refiere a ese tipo de gigantescos aerolititos que explotarán en la capa inferior de la atmósfera y provocarán una devastación forestal en áreas incalculables, llevándose con él la vida de todo aquel que esté por encima de la capa terrestre.
El año que viene, concretamente el 8 de octubre de 2011, un grupo indeterminado de dracónidas caerán sobre el planeta como un diluvio de coléricos proyectiles que surcarán el cielo para dejar una hermosa vista sobre la bóveda celeste. Puede suponer una oportunidad única de observar una lluvia de meteoritos de tal magnitud como las que se dieron en 1933 y 1946. (aunque en realidad cada año tengan lugar los mismos días de este mes otoñal). La belleza de este fenómeno será otro acontecimiento natural con el espacio exterior como protagonista. Lo que para el espectador será una bella estampa, no lo es tanto para uno de los núcleos que mueven nuestra tecnificada civilización.
Esta estampa de trazos luminosos entrando en la atmósfera terrestre es considerada de alto riesgo para los aparatos en órbita, para esa basura espacial de la que tanto depende el hombre moderno. 2011 puede marcar otro de esos años de taxativa importancia, puesto que el muy posible impacto de estos proyectiles interestelares sobre determinados satélites supone un trágico riesgo e inoportuno surtidor de contrariedades dentro del mundo moderno. Según la NASA su intensidad no será como la que se dio en 1985 y en 1998, mucho menores que las consecuencias que pueden alcanzar estas balas del espacio. Se cree que la solución para evitar el colapso es reorientar la Estación Espacial Internacional por miedo a que esta puede ser dañada irreparablemente. Satélites como el Hubble también podrían sucumbir antes este espectáculo demoníaco y tan nocivo para las nuevas tecnologías de comunicaciones, navegación vía satélite o transmisiones, que podrían quedar vacías de contenidos e información.
Los GPS pueden quedar anulados, los móviles sin cobertura y las televisiones con un apagón irreversible. El caos no alcanzará las proporciones naturales que aquel meteoro que impactó contra el suelo de Tunguska, Siberia, en 1908, pero bajo su estela de admirable belleza puede dejar una interesante anarquía dentro del mundo de la comunicación. Imaginemos por un momento regresar al pasado, sin móviles, sin tanta tecnología, con la calma de la libertad y sin el sometimiento a esos vicios tecnológicos… Interesante.