sábado, 22 de mayo de 2010

Review 'Un ciudadano ejemplar (Law Abiding Citizen)', de F. Gary Gray

Una venganza agigantada
La película de F. Gary Gray comienza con un hálito antisistema hacia cauces de denuncia a un sistema judicial ineficiente y acaba como una risible muestra de montaña rusa de feria de trampas insostenibles.
Las historias de venganza paterna, reescritas una y mil veces, tienen un patrón reconocible: un protagonista que, en apariencia, lleva una vida normal y apacible, modélica y envidiable, de repente, ve sacudida su felicidad por la irrupción en su vida de un siniestro acontecimiento que supone la injusta pérdida a manos de un villano o grupo de ellos a los que perseguirá para desagraviar tan aciago infortunio. Desde aquel resentido y mítico icono de los 70, Paul Kersey, que personificó Charles Bronson en ‘Death Wish (El justiciero de la ciudad)’, de Michael Winner, pasando por el inolvidable Max Rockatanski de ‘Mad Max’, de George Miller, la infausta ‘Gladiator’, de Ridley Scott… y tantas y tantas otras hasta un puñado de títulos recientes en la que el protagonista también veía asesinado(a) a su primogénito(a) como en ‘Sentencia de muerte’, de James Wan, ‘Venganza (Taken)’, de Pierre Morel y la muy reciente ‘Al filo de la oscuridad’, de Martin Campbell, con Mel Gibson.
‘Un ciudadano ejemplar’ entra en la primera categoría. Su intención, a priori, es la de poner en tela de juicio un sistema judicial ineficiente y alejado de la coherencia legal, de cómo la Justicia pisotea al ciudadano de a pie y se pone de parte de corruptelas, quinquis, gente de mal vivir y criminales, dejando a quien comete el delito sin sufrir el castigo que debería, con total impunidad en otro de los muchos ejemplos (que de hipotéticos no tienen nada) de procesos judiciales irregulares. No hay que ir muy lejos ni en el tiempo ni en la geografía para poner ejemplos claros de estas tácticas judiciales, por ejemplo, aquí en España, con conocidas sentencias que ni los propios padres de una víctima asesinada ni la opinión pública alcanzan a entender, mientras el criminal se mofa de todos con arrogancia y prepotencia.
¿Qué hacer ante tal iniquidad? ¿Tomarse la justicia por la propia mano? La cinta de F. Gary Gray sigue ese hálito antisistema, que tiene un componente fatalista y dramático con la historia de Clyde Shelton, un hombre que en los primeros compases del filme observa impotente cómo su mujer y su hija son asesinadas por dos ladrones que emplean una incalificable violencia al violarlas y dejarle moribundo. Por supuesto, Clyde (interpretado por Gerard Buttler) se afianzará la empatía con el espectador desde un primer momento. Lógico, si uno piensa que en su misma situación le gustaría ir ejerciendo la justicia ciega con la misma rotundidad y ejemplaridad (aunque sea sangrienta e inhumana) con la que va aleccionando a todo aquel que estuvo salpicado en el caso del asesinato de su familia. Por otra parte, está la figura del Fiscal del Distrito de Filadelfia, interpretado por Jamie Foxx, un arrogante abogado que antepone el trabajo a la familia y que años atrás pactó con el abogado de los asesinos con la condición de que uno de ellos acabara cumpliendo la pena capital, mientras otro, con el testimonio de acusación, ha quedado en libertad antes de lo previsto.
Lo importante es mostrar a un tipo muy cabreado sometiendo disciplina de mano dura contra una justicia que maniobra saltándose las oquedades legales. Y que mejor manera que hacerlo… desde la cárcel (sic). La primordial jugada en la que se basa ‘Un ciudadano ejemplar’ es la de revelar a este justiciero como el reverso “positivo” de la moneda en la que elaboran sus hazañas los ‘psycho-killers’, asesinos en serie dispuestos a cobrarse víctimas con un placer por la sangre, sólo que aquí se sustituye la enfermiza delectación con el mal por otra enfermedad llevada al extremo, la de la rabia de cobrarse la vida de aquellos que no cumplieron con la labor de salvaguardia de los derechos de aquellos que perdieron la vida ante un asesinato. El ojo por ojo de toda la vida, sí, pero mostrando al héroe como un asesino que va a más en su macabro plan de castigo.
F. Gary Gray comienza con un pulso firme, capaz de generar un apreciable suspense y una sensación de desasosiego, de cuidado interés hacia la historia. En los primeros compases, la tensión se hace palpable y todo parece funcionar como una pieza de relojería. Pero poco le dura la habilidad elegante de su atmósfera, del oficio de un director de género. Cuando Clyde empieza su venganza, el guión se convierta en una montaña rusa de feria con trampas insostenibles, al antojo del libreto de Kurt Wimmer, que convierte al padre coraje en una máquina de matar con actos que van desde lo realista a lo risible y estrambótico. Es una pena que la película se deje llevar por la ‘semi-fantasía’ de la ficción que rodea a ese hombre con sed de venganza, con las incoherencias que se van fraguando según avanza el relato.
Se trata, en realidad, de un “arma secreta” gubernamental, un ingeniero tecnológico superagente que ha trabajado para la CIA como espía en misiones en la que ha ejercido de fantasma asesino. Es decir, un “cerebro” capacitado para eliminar cualquier pista y matar a gente a distancia, que ejerce de terrorista, pero de los “buenos”. Es una especie de John Kramer, más conocido como Jigsaw, proponiendo juegos de astucia y pactos para evitar más muertes de prestidigitador. Incluso en los careos entre Buttler y Foxx la cosa se pone del todo absurdo, como un sucedáneo casi grotesco de ‘El silencio de los corderos’ o ‘Seven’. Por eso, cuando Clyde es recluido en una celda de máxima seguridad, se permiten el lujo de no vigilarle las 24 horas del día, por mucho que se esté cargando a medio sistema judicial de Filadelfia.
¿Qué significa esto? Que llegado un punto de la acción, la artificiosidad con la que están buscados los giros no se los cree ni el Tato. Así es ‘Un ciudadano ejemplar’. Tampoco ayuda el sensacionalismo moral con el que se manejan las posturas encontradas de sus protagonistas y esa torpe resolución al más puro estilo ‘thriller’ imposible de acción bifurcada en buenos y malos. De hecho, parte de la gracia de la función está en ese juego que puede resultar en su conclusión una verdadera tomadura de pelo.
Hay algo indeterminado a la hora de recapacitar en torno al filme. Se trata de su mensaje, que vendría a ser, cuanto menos, controvertido y muy ambiguo en sus dogmas y conclusiones, arbitraria y desquilibrada en su funcionalidad de ‘thriller’ que se vuelca en cierto segmento de la película en espectáculo de explosiones y acción sin mucha enjundia. Tanto el guionista como el director juegan a la mezcla de géneros, a que su filme parezca un remedo desdibujado de algunos de los títulos mencionados en el inicio de este texto, donde el resentimiento y la represalia del personaje principal parecen disiparse por el ímpetu explayado e insaciable hacia la matanza sangrienta.
Lo más curioso de todo es de qué manera en un país donde se empieza a cuestionar la legalidad de la Justicia y donde la violencia sigue siendo el principal valedor de ésta, el mensaje deja una confusa y muy peligrosa prédica sobre esa venganza como método ante la negligencia. Y eso, que aquí la vida vacía de este vengador hace que la otra, la del fiscal del distrito, cambie de rumbo hacia la honestidad. Un ‘happy end’ formulario, muy conservador y bastante indigno con todo el entramado desplegado en su inicio. Aunque, tal y como se las gastan en Hollywood, es de lo más lógico y normal. Y he ahí lo comprometido del asunto.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
PRÓXIMA REVIEW:'Two Lovers (Two Lovers)', de James Gray.