martes, 6 de abril de 2010

Una secuencia al azar (X): La insalubridad de la América Profunda en Texas

Recuperar ‘La matanza de Texas’, uno de los pilares del cine ‘gore’ y del cine contemporáneo, siempre es una satisfacción. La historia de la familia liderada por Leatherface (Gunnar Hansen) con su sierra mecánica y los asesinatos de los cinco jóvenes en el matadero Menfield merecen una digna mención en los anales del Séptimo Arte. Esta obra maestra refleja (de modo implícito) no sólo la ambición de un joven y aguerrido cineasta, Tobe Hooper, por ver su filme en una pantalla grande, sino también por ser el ‘gore’ más expurgo de la Historia. Sigue llamando la atención cómo y de qué forma, siendo una de las cintas más violentas y llenas de mugre a lo largo de tantas décadas, sin que aparezca en pantalla ni una maldita gota de sangre ¿Dónde reside pues el terror? Hay que destacar algunos aspectos como el granulado de la imagen, la banda sonora chirriante, su brutal contundencia, la insalubridad presente en la puesta en escena y, sobre todo, los personajes creados de la enferma mentalidad de Hooper.
Si por algo destaca ‘La Matanza...’ es por la aversión y la antipatía que despiertan en el espectador los cinco protagonistas. Jóvenes rebeldes, deseosos de sexo y drogas, resabidos vitales, imbéciles de ciudad... Algo que sigue sin cambiar pasen los años que pasen. En especial Franklin (Paul A. Partain), ése gordo bastardo en silla de ruedas con la salchicha a modo de puro. Con la envidia corroyendo sus entrañas. El espectador siente el deseo de que el retrasado ‘Cara de cuero’ acabe con ellos. Absolutamente todo lo que aflora dentro del celuloide está enfermo. Y lo que es mejor, hace delicioso el cine de género. Secuencias memorables como la cena familiar con una Sally llena de sangre y plumas de pollo, el martillazo con el que muere uno de los protagonistas. O la secuencia al azar que nos ocupa, la de Sally (Marilyn Burns) logrando escapar berreando mientras corre delante del perturbado hermano del temible Nubbins (Edwin Neal), que va acuchillando a la joven mientras Leatherface amenaza con su motosierra unos pasos más atrás.
Cuando está a punto de conseguir su propósito, un camión atropella estrepitosamente a Nubbins. Un gordo afroamericano baja para comprobar qué ha pasado. Al observar a Leatherface en plena acción, tanto Sally como el gordo logran subir al camión. Están listos para huir, pero inesperadamente deciden bajarse, a pesar de que ‘Leatherface’ no puede atravesar la puerta. Nuestro asesino, en un aspaviento enardecido cae al suelo y se corta accidentalmente la pierna mientras el gordo le mira. Por si no fuera todo lo suficientemente surreal, una furgoneta aparece en escena y en primera estancia parece no tener intención de socorrer a nadie. Tras un volantazo, el gordo sale corriendo en dirección contrario al vehículo (sic) y Sally logra subirse a la parte trasera para escapar definitivamente del siniestro homicida. Todo sin mucho sentido, esperpéntico, como una insuperable muestra de la iconografía gótica y enloquecida de la América más profunda. De la suciedad que empaña las carreteras rurales, trufada de una subversividad enfermiza, con múltiples lecturas, rica en simbología.
‘La Matanza de Texas’ debe permanecer en nuestra memoria como lo que es: una rotunda y magistral obra de culto que permanecerá imborrable por siempre jamás.