lunes, 12 de abril de 2010

Steven Spielberg: La paranoia de los genios

A estas alturas todos han oído hablar de la obsesiva predilección de Stanley Kubrick por la perfección y la meticulosidad, por la enfermiza tendencia a considerar todo aquello que emprendía como algo mejorable. También en su intimidad, viviendo gran parte de su vida en la reclusión de un hogar infranqueable. Kubrick desató así, con ese carácter huraño y maniático, una serie de anécdotas convertidas con el tiempo en leyendas urbanas (o no); como que tenía miedo patológico a volar, no permitía que el coche en el que viajaba superara una velocidad ridícula siempre con un casco puesto, su afán ‘acumulaticio’ de papeles y recortes de periódicos, su creencia en la verosimilitud del atrezzo de los rodajes, su instinto de demiurgo tocacojones, de obseso de repetir tomas y tomas en los rodajes…
Steven Spielberg siempre ha sido y fue un fanático de la figura del gran maestro. Cuenta John Baxter que circula una anécdota a modo de chiste que narraba cómo al morir Spielberg subía al cielo, sin embargo una vez allí, era retenido para negarle la entrada. A Dios no le gustaban los directores de cine. Por allí pululaba un hombre con figura desastrada, con barba, que vestía pantalones de pana manchados y zapatillas de deporte viejas. “¿No es ese Stanley Kubrick?”, pregunta Spielberg. San Pedro echa un vistazo al tipo. “No, es Dios. Pero se cree que es Stanley Kubrick”.
Hoy en día esa figura mágica, inspirador de talentos e ilusiones infantiles de una generación concreta, es el mismo cineasta que rodó ‘Tiburón’ ‘E.T.’ o la saga de ‘Indiana Jones’. Por lo visto, según ha contado recientemente el New York Post, Spielberg estaría siguiendo los pasos de su adorado Kubrick con una actitud obsesiva por la seguridad de los proyectos que se trae entre manos. Tal es así, que en cada rodaje tendría una moto de gran potencia en caso de tener que escapar repentinamente, así como una estrategia de seguridad ideada por la mismísima CIA. La obstinación por la salvaguardia y tutela de su oficina y lo que sucede o se habla en ella también es de vital importanacia para él. Se cuenta que su escritorio está protegido por una luna de vidrio orgánico que emite una inaudible reverberación para que sus conversaciones telefónicas sean ultraconfidenciales. Es lo que Spielberg llamaría “la cúpula del silencio”.
Cada documento que entra o sale de su oficina está codificado, de tal modo que en una filtración en manos equivocadas, el sujeto podría ser identificado. Por último el diario neoyorquino señala que cuando Spielberg no se encuentra en su lugar de trabajo, tiene acceso con un cámara a todo lo que pasa en la oficina… y lo más inaudito, si hubiera un terremoto o un ataque de cualquier índole, los empleados están provistos de ‘kits’ de supervivencia que incluye cámaras antigas.
Si la grandeza de un genio se mide por rumores de absurda obsesión o paranoia, Steven Spielberg ya ha empezado a rubricar la suya con estos chismes de prensa.