jueves, 22 de abril de 2010

Review 'Cinco minutos de gloria (Five minutes of Heaven)', de Oliver Hirschbiegel

Heridas sin cicatrizar
Oliver Hirschbiegel se apoya en sus personajes protagonistas para definir con pulso una irregular y compleja reflexión sobre la posibilidad de reconciliación y perdón en determinadas circunstancias.
En el conflicto de intereses irlandés, la Fuerza Voluntaria del Ulster (UVF) resurgió en los años 60 como un grupo paramilitar adepto a la Corona Británica dentro del territorio de Irlanda del Norte. Uno de los cachorros de aquella organización terrorista protestante fue Alistair Little. Con sólo 17 años, convertido en una pieza clave de los paramilitares del Ulster, asesinó a un joven católico llamado James Griffin para demostrar la fuerza de la agrupación y método de amedrentamiento de los católicos de Lurgan. Pasó los siguientes trece años en la cárcel para retractarse de su acto y mostrarse afín a la reconciliación entre las dos comunidades enfrentadas en Irlanda del Norte.
‘Cinco minutos de gloria’ va más allá. Recompone este acto verídico para imaginar un hipotético encuentro televisivo tres décadas después entre Alistair y Joe, el hermano pequeño de la víctima, marcado por la visión de aquel asesinato. La realidad y la ficción se fusionan dentro del argumento de la nueva película del alemán Oliver Hirschbiegel en una compleja reflexión sobre la posibilidad de reconciliación y perdón en determinadas circunstancias. Y en medio, una batalla con dos banderas, con dos identidades colectivas fragmentadas e irreconciliables.
La visión de Hirschbiegel, como cineasta foráneo al conflicto que se narra, aporta ese grado de neutralidad a la hora de acercarse cinematográficamente a la historia reciente de Irlanda, a la violencia aún latente y a la fragilidad del proceso de paz. Para ello se encomienda al guión de Guy Hibbert, especialista en meter el dedo en la llaga (fue, junto a Paul Greengrass, el guionista de ‘Omagh’, de Pete Travis) con una historia basada en conversaciones con los dos hombres que dieron sus nombres y recuerdos a este proyecto. ‘Cinco minutos de gloria’ se establece en dos segmentos. El pasado, donde se prepara y comete el atentado. Y el presente, con esos dos individuos encaminados con opuestos estados de ánimo a reunirse para saldar la deuda con el tiempo, el gran protagonista de la narración.
En este punto, es donde surge la traba del guión y de la película, ya que ambos están desproporcionados en estilo, ritmo, intenciones y, lo que es peor, en capacidad dramática, aunque en el prólogo haya escollos irracionales como esa madre acusadora a un niño por “no haber hecho nada” ante el atentado de su hermano. Mientras todo el inicio fluye con maestría, transfiriendo una puesta en escena maravillosa y un matiz de ‘thriller’ que hace levantar unas expectativas mucho mayores de las que están por acontecer, la segunda parte, por el contrario, se resiente en su exceso de frialdad, en su meticulosidad a la hora de poner en juego las emociones de los personajes y de dilatar el tono contingente de las tensiones entre personajes y sus fantasmas internos.
A ‘Cinco minutos de gloria’ le falla, y mucho, su abuso de teatralidad, su equilibrio dramático al que no ayudan sus espacios físicos, cerrados a partir de un instante clave, cuando lo anteriormente narrado ha rozado la exquisitez, la culminación de lo que es lo más brillante de la película. La geografía de territorios quiere simbolizar las esferas psicológicas de sus personajes. Mientras Griffin tiene una casa perfecta junto a su familia, pero martirizado por la muerte de su hermano, Alistair malvive en un cuchitril asumiendo su resignación ante los acontecimientos vividos e incapaz de curar su herida emocional, al igual que su antagonista. Es la forma de observar cómo la violencia ha infectado a ambos desde dos prismas diferentes. En ese sentido, la película funciona con obviedad, pero no plantea una perspectiva innovadora dentro de este cuento moral secular y desbarajusta sus designios diegéticos con ese final cargado de grandilocuencia que da al traste con buena parte de las virtudes del filme.
La clave sobre este acercamiento entre dos hombres que son enemigos y víctimas al mismo tiempo se va diluyendo lentamente olvidando la idea subyacente de ese imposible acercamiento con voluntad de reconciliación entre unionistas y republicanos y la nulidad de la venganza y el poder curativo del perdón. No obstante, lo hace sin renunciar a determinar sus aspectos psicológicos y políticos con firmeza, ya que es cierto que se subraya la idea de cerrar la herida para no infectar a las generaciones venideras. En este caso, las dos hijas de Griffin, las futuras víctimas de la obsesión, el odio y la sed de venganza.
Hirschbiegel hace que la cámara se mueva en torno a sus personajes, con atención y sigilo, en un gran trabajo de manipulación, de transparencia en su énfasis a la predisposición de la voluntad en las decisiones de los personajes, evitando, primero, obtener una perspectiva sensacionalista del entramado periodístico del encuentro. Y, segundo, la solidez ante el histrionismo, por mucho que James Nesbitt, se empeñe en dotar a su rol de un ademán enloquecido en su afectación de venganza. Es su parte interpretativa contrarrestada con un estupendo Liam Neeson, ese actor con un talento especial para dar vida a seres envenenados por la seriedad y la compostura entre la falsedad y la ingenuidad. En ellos recae el peso de la trama, en la construcción de los diferentes matices de sus personajes. ‘Cinco minutos de gloria’ es una película defectiva, irregular, pero intensamente humana en su reflexión sobre la réplica de la violencia, que aborda cuestiones sobre la ingenuidad ante la reconciliación, explotando un designio ideológico que aboga por olvidar el pasado y mirar al futuro con optimismo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2010
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