viernes, 29 de enero de 2010

Muere J.D. Salinger, el gran genio insociable

1919-2010
“¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? (...) Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura”.
‘El guardián en el centeno’ (1951).
Recuerdo la primera vez que leí ‘El guardián sobre el centeno’. Recuerdo el impacto que supuso acercarme a aquella novela tan apasionante por primera vez. Hay un momento, antes o después, en que todos somos Holden Caufield, en que nos sentimos incomprendidos, en que la confusión y búsqueda de identidad se apodera de nosotros. No hay preparación para el cambio. Se siente una especie de pérdida de confianza, de enfado con la sociedad, de violencia emocional y de desubicación. Percibimos la sociedad en la que estamos como un orbe amenazante poblada de hipocresía. Nuestro único salvoconducto es esa gorra roja y la hostilidad hacia todo. El inminente mundo adulto, contagiado a los ojos del que está a punto de entrar en él, se muestra como un prototipo de falsedad que impregnará la inocencia de la infancia, para perder aquellos instantes de felicidad que pasarán a ser recuerdo de una forma fulminante. Los problemas y el contagio de ese mundo adulto se convierten en el antagonista. Y nosotros, sumidos en la duda, lo único que queremos es destruirlo. Y nos negamos durante años a aceptar el viaje inciático hacia la realidad de la vida.
J.D. Salinger creó a través de sus páginas un inventario de la adolescencia con escalofriante y acertada autenticidad donde destaca su incisiva franqueza. Simboliza un reflexivo enfoque de conflictos pasados, incluso de algunos que hoy todavía no han concluido, esperando a que pase el desengañado y la decepción, que no es otra cosa sino la realidad de lo que nos rodea y que nunca queremos asumir. El libro de Salinger pone de manifiesto la imposibilidad de la certeza absoluta, de los caprichos del destino, que nos hace volubles al azar. En la muerte del gran escritor americano se inmortaliza el olor de unas páginas que traen a la memoria muchos recuerdos; cólera, discrepancia, desilusión, ternura, ambigüedad y autenticidad en el desabrigo de emociones y sentimientos. En una palabra: vida. Un libro que, descubierto a una edad concreta, pone de manifiesto, incisivamente, que es imposible cambiar el mundo. Algo que vamos entendiendo a la vez que perdemos los sueños de rebeldía y sublevación. Entonces uno se da cuenta de que el mundo te cambia a ti, quieras o no. No podemos evitar que las cosas sucedan como acontecen.
J. D. Salinger consignó toda vida a personificar un paradigma de lo que escribió. Hasta el fin de sus días.