lunes, 30 de noviembre de 2009

La nueva “ola” de Google

Google sigue empeñado en revolucionar las comunicaciones en Internet. A finales de mayo lanzó, a través de Google I/O, la novedad del año en cuanto a un nuevo modelo para que las personas interactúen on-line. Por el momento, los usuarios son limitados, por lo que hasta que el sistema esté expandido, la nueva moda es sólo eso, una tendencia de actualidad que se plantea por Google como la alternativa al correo electrónico y de la web 2.0, que pretende aunar ciertos procedimientos ya asentados en la vida cotidiana del usuario. Para hacerse una idea, una “wave” es mitad conversación y mitad documento. Vendría a ser un elemento a medio camino entre el ‘chat’ y el ‘wiki’, algo complejo, más deslucido a la vista de lo que puede ser Groove, por ejemplo, pero que a su vez alberga varios protocolos reducidos a una sola ventana (http, xml, xmpp) todo ello con un sistema centralizado. Es una disyuntiva que abre las puertas a un posterior desarrollo, en el que ahora la gente prueba sus ventajas e inconvenientes. Eso sí, la cosa se ha planteado en serio, puesto que la plataforma busca espolear la masificación de HTML 5 como modelo estándar globalizado.
Google Wave ya ha llegado y con esto, un nuevo modelo que revoluciona la comunicación on-line, incorporando paulatinamente todo aquello que consume nuestro tiempo de trabajo y de ocio en una sola ventana, en un nuevo estilo internauta que se irá implementando dado su potencial hasta ahora desconocido.
De momento, funciona mediante invitación, como lo hizo Gmail en sus comienzos. ‘Un Mundo desde el Abismo’ dio la oportunidad entonces de ofrecer invitaciones a sus lectores. Por eso mismo, los cinco primeros que dejen su e-mail en este post, recibirán una invitación para poder echarle un vistazo de primera mano a las bondades de esta nueva “ola”.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Review '2012 (2012)'

El Apocalipsis va a llegar…
Roland Emmerich sigue empeñado en destruir el mundo con una más que entretenida cinta catastrofista que no engaña a nadie y superpone un recital de efectos especiales a granel y acción urgente a un drama que reitera sus habituales argucias moralistas.
No deja de ser curioso que una película como ‘2012’ llegue en un momento tan concreto como es el que se vive dentro de un cómputo de inestabilidad mundial. En estos dos últimos años se han dado cita, por una parte, la crisis económica que ha hecho tambalear la arquitectura internacional y que puede inducir a un “nuevo orden mundial” y, por otra, la vicisitud colectiva impulsada por la amenaza de la gripe H1N1, que ha transformado al mundo globalizado en otro más frágil, albergando todo tipo de alarmismos dentro de una caótica sociedad sensibilizada a la psicosis y al miedo. ‘2012’ es la metáfora de lo que está por venir, llevada a cabo a través de los estudios del Calendario del Largo Conteo Maya, que augura que el 21 de diciembre de 2012 es el fin de la civilización humana. Queda por tanto, muy poco tiempo.
Hasta que esto suceda, esta civilización seguirá inmersa en su propia especulación, acrecentando esos miedos y temores infundados en intereses propios más que ajenos. Como se dice en el filme de Roland Emmerich “el mundo, tal y como lo conocemos, desaparecerá”. La idea de Fernando Arrabal muy ‘tomadito’ en un plató de televisión y que da título a esta crítica, llevada cabo con lujo y superproducción. Es curioso que el género de catástrofes; bien sean bíblicas, bélicas, atómicas, extraterrestres, cósmicas o por invasión de virus vengan precedidas de antecedentes de decrepitud económica y sociopolítica, de ‘vulnerabilidad’ social ante la catástrofe.
Lo cierto, es que, lejos de estas causalidades fortuitas o naturales, a Roland Emmerich siempre le ha gustado jugar a destruir el mundo. Su capacidad y obstinación le han llevado a ser el actual dómine de las ‘disaster movies’. Y a esto es a lo que atiende su última obra, una de ciencia ficción milenarista decorada con un hiperrealismo digital abrumante. A lo largo de todo su desarrollo, el público está enfrentado a un contexto de continua imposibilidad malabarista, donde la extensiva prestidigitación visual deja de tomarse en serio la realidad para promover un espectáculo de épica hipertrofiada y descomedida ¿Qué es lo que se espera de este producto? Sencillamente, eso mismo. ‘2012’ es una película donde los desastres no tienen fin, en un amplio abanico de tsunamis, derrumbamientos, desbordamientos, devastaciones, erupciones volcánicas, olas gigantes, inundaciones, terremotos y toda clase de tragedias naturales que despliegan la desolación del fin de los días como un espectáculo ‘bigger than life’. Es, esencialmente, cine catastrofista.
Poco importa que haya una supuesta base de hipotética credulidad ancestral y científica sobre temática científica autoasumida como “seria”, con esos neutrinos procedentes de los procesos termonucleares del Sol que avanzan un cambio en la morfología de la Tierra afectando con un calentamiento en las capas de magma al núcleo y a su corteza. Utilizar nombres como los de Charles Hapgood, Albert Einstein o Alfred Wegener queda muy bien para darle cierto aire creíble al Apocalipsis montado por Emmerich. Simple subterfugio si con ello podemos ver en pantalla la explosión de la supercaldera de Yellowstone, cómo se hunde California o el océano inundando la meseta tibetana y comiéndose la Casa Blanca. Pero, sobre todo, es deleitable contemplar el realismo de ese desmembramiento de la cúpula de San Pedro del Vaticano, desde la fragmentación ‘La creación de Adán’ de Miguel Ángel hasta ver desplomarse todo el Vaticano con el Papa dentro sumergiendo entre los escombros a miles de fieles rezando ante tamaño infortunio.
Puede parecer exagerado, pero ahí está la gracia de ‘2012’. Emmerich no sabe de comedimientos. Sólo así es aceptable vislumbrar que los nudos narrativos se recompongan una y otra vez sin dar tregua a la coherencia. Precisamente por eso, porque todo es excesivo. Y porque Emmerich, se quiera o no, sabe fragmentar esa reiteración, es decir, que cuenta cada cierto tiempo lo mismo, de una manera diferente. Siempre bajo el yugo de la desproporción. El resultado: la película dura más de dos horas y media para ofrecer, una y otra vez, sus secuencias de acción reincididas en la cabriola inverosímil, con situaciones fuera de toda lógica, donde lo digital es tan denso y ostentoso que se vigoriza con la acción urgente, casi precipitada.
Incluso se permite el lujo de proyectar sobre la trama un fondo de crítica a los valores humanos de los más poderosos, puesto que en ‘2012’ los privilegiados que van a lograr la gesta de la supervivencia lo hacen mediante talones de mil millones de dólares para salvar el pellejo a la catástrofe. La civilización, como tal, no importa. La absurda idea de crear una nueva Arca de Noé con parejas de animales y gente seleccionada genéticamente es tan loca como la de excusarse a tal disparate con una frase como “la selección natural hará el resto”, terminando con un destino terrenal como es África, el continente del que procede el primer ser humano, el regreso a los orígenes y que, actualmente, está olvidado y despreciado por el mundo desarrollado. Todo, ironía y aticismo. Hasta existe cierta intención invectiva dentro de su discurso político no tan desatinado, como es el ocaso de Estados Unidos y el esplendor de China como superpotencia. Pese a ello, ‘2012’ respira auténtico delirio.
Más allá del entramado de pantalla azul con postproducción digital y efectos especiales de inalcanzable excelencia, el ‘dramatis personae’ se sigue circunscribiendo, como en casi toda la obra de Emmerich, a una sola obsesión; la necesidad de un padre por recuperar la unidad familiar a través de su hijo. El tema paternofilial toma las riendas del drama, abundando la idea de separación entre padres e hijos (ojo, sólo de padres, porque las madres están aquí anuladas); John Cusack quiere recuperar a su hijo, que ha encontrado otra figura paternal en el novio de su madre, Tom McCarthy. Chiwetel Ejiofor llama a su anciano padre que está en un bolo dentro de un crucero trasatlántico con su pareja artística de ‘jazz’, otro vejete que, cuando las cosas van a peor, también llama a su hijo, con el que no se habla en años por casarse con una china. Incluso los personajes más antipáticos del filme, como ese magnate ruso de voz desagradable que tiene una amante buscona, únicamente quiere salvaguardar a sus insoportables gemelos gordos de pelo ensortijado. Y claro, no podía faltar el heroico Presidente de los Estados Unidos de América, interpretado por Danny Glover, que se queda con sus conciudadanos para llamar a su hija y decirle que es lo mejor que le ha pasado en la vida, pero a la vez es el patriarca ejemplar de una nación cuando sale al exterior de la Casa Blanca y busca a los padres de una niña que se ha perdido ante la incertidumbre del final de la Humanidad.
Sin embargo, no hay que llevarse a fingimientos ni engaños, porque ‘2012’ no decepciona. Emmerich (y su ademán de guionista, el compositor Harald Kloser), se muestra inocente en intenciones y despliegue dramático, asumiendo en todo momento sus limitaciones, dejándose llevar por todos los ungüentos discursivos que doten a su fábula de un tono moralista, cuya máxima se rige en que prevalezca el heroísmo, la fraternidad y la unión familiar. Aunque es también muy listo y sabe ser cruel y sardónico con la sensación de fatalismo, de oscuridad y miedo que recrea en pantalla. La película es muy divertida. No es más que una descomunal orgía de hecatombe y destrucción, donde un ecocataclismo que ‘supuestamente’ puede llegar a ser real es aquí un parque de atracciones para deleite de un espectador que asiste al Fin del Mundo, con sus consiguientes lecturas, como si lo hiciera a un circo bautizado, irremediablemente, como “el mayor espectáculo del mundo” en el que, como no podía ser de otro modo, no falta hasta un dudoso ‘happy end’.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'Cuento de Navidad', de Robert Zemeckis

martes, 24 de noviembre de 2009

Lecturas sadomasoquistas de 'El club de la lucha'

A propósito de ‘El club de la lucha’, del gran visionario moderno David Fincher, se puede sacar alguna que otra conclusión de todo tipo acerca de esta obra de culto. Más allá de departir sobre el materialismo que nos condena en esta época de consumismo, nos tiraniza y ello sirviera de excusa a Chuck Palahniuk para revelar nuestra personalidad más profunda, para utilizar nuestra libertad personal y colectiva (algo manifiesto en el filme) y para negar una sociedad que nos maneja y nos putea, desglosamos también un filón que yo había pensado sutilmente, pero no había concluido en la manera en que lo hicimos ayer.
Gran parte del misterio de esta obra maestra de nuevo cuño está en una posibilidad abierta de cómo a pesar de ser una historia formalmente y narrativamente heterosexual, la historia de Jack y/o Tyler Durden incorpora a su ambivalente filosofía y a su turbulenta iconografía algunos elementos que algún tipo de subcultura gay. Veamos, el tema está en que los personajes de Edward Norton y su ‘otro yo’, Brad Pitt, luchan junto a otros hombres medios desnudos en sótanos urbanos. También es cierto que el club, a modo de regla social, es “sólo para hombres”, donde sacan al exterior la violencia que les ahoga, que surge de un trabajo sumiso, aburrido, de burócratas frustrados y yuppies sin éxito o, en el reverso, pobres tipos que carecen de personalidad o que no han encontrado solución a sus problemas en los grupos de autoayuda. Todos ellos rezuman masculinidad y frutración, y encuentran la libertad catártica a través de la lucha cuerpo a cuerpo. Para Jack/Durden la violencia y el placer se manifiestan estrechamente unidos incluso entre estos hombres que parecen querer reafirmar su hombría y su atavismo en un perímetro mucho más sucio e inmundo que los más convencionales gimnasios para ejecutivos.
Es entonces cuando surge la figura del necesario filósofo Michel Foucault, del cual se ha comentado en algún artículo que escribió sobre experiencias en clubes de sadomasoquismo de San Francisco. Para Foucault, el descubrimiento del placer a través de las relaciones de poder y dolor físico supuso una importante revelación sobre la que no pudo resistirse a escribir, a pesar de no hablar demasiado sobre su homosexualidad. Con esta línea de pensamiento, vienen a la memoria gente como Gayle Rubin, Jeffrey Weeks o Leo Versan, escritores que teorizaron acerca de los desafíos teóricos planteados por Focault a raíz de sus viajes sexuales a las oscuras subculturas del cuero en garitos de mala muerte. Algo que, a buen seguro, inspiró a Palahniuk para escribir su novela.
La idea del sadomasoquismo como un circo de las relaciones de poder existentes en la sociedad moderna puede resultar algo simple, pero sin duda gran parte de la fascinación, el temor y aversión que produce el sadomasoquismo tiene su origen en esa puesta en evidencia a través de una visión arcana de las relaciones humanas, donde todas ellas encuentran un toque de erotismo presidido por la dominación, el control, el intercambio de roles, el castigo y la humillación.
No hay extraer como conclusión, siguiendo todo esto, que la cinta de Fincher pueda ser subversivamente gay (nada extraña si aludimos a la condición sexual de Palahniuk), si no que hay que hacerse otro tipo de preguntas como: ¿Y si ‘El club de la lucha’ va más allá en su disyuntiva a las muchas preguntas que debería hacerse el ser humano? ¿Y si tampoco es una respuesta a las inmundicias que rodean a nuestra cultura popular? ¿Y si, por alguna casualidad, podría verse como un manifiesto que aboga por el sadomasoquismo como vía de escape, como sometimiento a diversas formas de libertad que alivian el dolor de vivir?

lunes, 23 de noviembre de 2009

Hostias en 'slow motion'

Hostia (Del lat. hostĭa).
3. f. vulg. malson. Golpe, trastazo, bofetada.
Los puñetazos duelen. Esto es algo categórico. Quien haya recibido alguna vez un contundente puño en su cara sabrá a qué me refiero. La acción de golpear, generalmente a otra persona, como método de ataque o defensa, supone una agresión física que no suele hacer mucha gracia al que lo recibe. Sin embargo, cuando la curiosidad por ver cómo y de qué manera reacciona el rostro humano ante estos impactos de un golpe bien dado, utilizando las más modernas técnicas del ‘slow motion’, este acto de violencia y choque se transforma en un momento tremendamente divertido. Los impactos de este vídeo desencadenan efectos imprevistos y reacciones más cercanas al humor que al dolor.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Polémica 'gasoliana': madre no hay más que una

La cosa es así. Hace unos días, María Luisa Sáez, la madrísima del jugador internacional y ganador del último campeonato de la NBA con Los Ángeles Lakers Pau Gasol salía a la palestra del mundo deportivo con unas polémicas declaraciones que afectaban directamente a los representantes de su hijo. Enrique Rodríguez (Meta Image) y Arturo Ortega (Interperfomances) han sido el centro de las críticas de la progenitora de los Gasol, a los que ha acusado directamente de “chuparle la sangre a su hijo”. En su exceso de proteccionismo económico, ha aireado cuestiones de peculio que afectan a su mediático hijo. Sáez, en una entrevista publicada en ‘La Gaceta Intereconomía’, afirmaba que estos dos sujetos se habían “apropiado” de los derechos de Pau y no paran de sacarle las ‘perras’ en un incremento evolutivo. “Empezaron con un 15 %, luego subieron a un 18 y ahora quieren un 20”. Además asegura que a Pau “le tienen comida la cabeza y él no se da cuenta”.
Se podría pensar que es un gesto maternal en beneficio de los intereses de Pau. Sin embargo, al de Son Boi parece no haberle hecho mucha gracia, desdiciendo las declaraciones de su madre. “Me gustaría aclarar que Enrique Rodriguez y Arturo Ortega son mis amigos y mis representantes. Son personas que gozan de toda mi confianza personal y profesional, gracias a ellos he crecido en muchos niveles fuera de la cancha. Son parte muy importante de mi reducido círculo de colaboradores y espero seguir contando con ellos por mucho tiempo”. Estos dos ‘managers’ han conseguido que Gasol haya alcanzado el puesto número 11 en los jugadores que más cobran de una de las ligas más rentables y ricas del deporte mundial. El jugador español se encuentra en este privilegiado ‘ranking’ por encima de figuras como Kevin Garnett o Yao Ming. La cifra, que supera los con creces los 16.000.000 de dólares tiene un incremento en el beneficio debido a las ganancias relativas a su imagen comercial. Se calcula que unos 25 millones anuales. Cifras que hacen palidecer a las estrellitas del deporte rey donde tanto se polemiza en sueldos dentro de este país. La mamá de Gasol puede estar tranquila con lo que gana su vástago, que ha demostrado una vez más que está por encima de estos temas. A él lo que le importaba de verdad era su regreso. Y lo demostró español liderando a los Lakers con 24 puntos y 13 rebotes en su victoria ante Chicago Bulls.
Frases como “…lo peor son los contratos que le ofrecen. Sacan mucho dinero de mi hijo. Le hacen anunciar coches como SsanYong cuando tiene ofertas de otras marcas mejores como Porsche o Mercedes. Hay muchos asuntos negros detrás y le están chupando la sangre” hacen evidente que la amiga María Luisa Saéz estaría mejor callada, sin meter las narices en asuntos ajenos al orgullo por tener un hijo como el que tiene.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Review 'Celda 211'

La visceralidad del submundo carcelario
Daniel Monzón obtiene su mejor película con un ‘thriller’ donde ritmo y suspense no dan tregua al espectador. Una ejemplar obra de gran calidad en la que destaca, sobre sus muchísimos valores, la excepcional interpretación de un inspirado Luis Tosar.
La libertad queda lejos cuando la cámara se inmiscuye en las vidas de los presidiarios que ven pasar la vida entre los barrotes, bajo los fríos muros de la soledad. El género carcelario ha sido testigo de historias donde el ardimiento más oscuro anida en los infiernos de intramuros. El tormento físico y psicológico se une a una angustiosa claustrofobia, donde la irracional violencia del colectivo tiene que explotar por algún lado. ‘Celda 211’ se mete de lleno en ese submundo del caos, entendiendo perfectamente las posibilidades dramáticas de su argumento, recreando el universo de sordidez al que se enfrenta un joven funcionario de prisiones que se ve envuelto, en su primer día de trabajo, en un motín de unos presos hartos del autoritarismo extremo. Por ello se hará pasar por un preso recién llegado.
Daniel Monzón recrea con impulso y vehemencia un ‘thriller’ que se nutre de la acción por todos sus costados, sin renunciar a su compromiso con la historia y el género en ningún momento. Su violencia expositiva se manifiesta desde su primer fotograma, con gran crudeza, despojada de cualquier tipo de efectismo a lo largo de su desarrollo. Una violencia que no es purgada con comedimientos estéticos, que supura un realismo que obliga al espectador a una disposición aceptada ante la crudeza de sus imágenes. Monzón, a través de esa actitud beligerante y valiente, opta por conseguir como propósito que la atmósfera en la que envuelve a su fauna entre a saco con una lograda claustrofobia, que ventea su mugre ambiental en un contexto de encierro que hará evolucionar a sus personajes, endureciéndolos o ablandándolos, en su evolución como grupo y como seres humanos.
‘Celda 211’ narra, de esta manera, el infortunio de un personaje que está en el sitio equivocado en el momento incorrecto, expuesto, por el azar y el destino, a una tesitura en la que debe sobrevivir con instinto de metamorfosis, pasando de ser un cordero asustado a un lobo vengativo llevado por unos dramáticos acontecimientos que le convierten en una bestia a la altura de los peores ‘malnacidos’ que controlan los movimientos del motín. En esta apasionante espiral de violencia y de tiempo se mueve una cinta que desprende un poder de seducción inapelable, en su descripción de un ambiente marginal y opresivo, que podría responder al estereotipo de preso cinematográfico, muy genérico. En cierta medida es así. Sin embargo, la grandeza del filme y su sustancia es la de desafiar la superficialidad, la transcripción de referencias. Monzón elude propagar cualquier tipo de obediencia a lo establecido, utilizando los formulismos del género, sí, pero evitando caer en los estereotipos y superarlos, confrontando intenciones y resultados un trabajo admirable, se mire por donde se mire.
Lo que consigue es responder a los códigos identificativos de su cine y estilo, más libres a la hora de jugar con un ritmo y suspense que no abandonan su trama en ningún momento, dotando a la puesta en escena carcelaria con un agresivo éter de fatalidad. Destaca, por encima de sus otras (y son muchas) virtudes, el brillante sentido del ritmo visual y narrativo. En ‘Celda 211’ la acción se superpone al verbo, los personajes están medidos, perfectamente definidos en intenciones y templanza, equilibrados en su retrato a la hora de llevarlos al límite, con diálogos excepcionales que dejan espacio al humor y al drama, sin perder de vista su continuidad de ‘thriller’ de acción.
El propio cineasta, en comunión con el gran Jorge Guerricaechevarría, lleva a buen puerto una prodigiosa adaptación de la estupenda novela de Francisco Pérez Gandul, dando forma a un valeroso guión donde la política y la reclusión se unen con un factor que propone un realismo atroz cuando se trata de utilizar rehenes terroristas de E.T.A. para negociar otras prioridades por parte de los reclusos que exigen mejoras con su particular rebelión de los FIES, los ocupantes de los módulos de presos más peligrosos. Un factor político y policial que proporciona una coartada de justicia alternativa, que justifica la probabilidad de éxito de los internos de la prisión para magnificar la furia de éstos en sus exigencias de mejora de los reglamentos penales.
No obstante, existe cierto maniqueísmo a la hora de enfrentar a los que protestan con intimidación y fervor y a los que, desde el exterior, pretenden acallar las voces disonantes desde las altas esferas, desde la burocracia que considera a los convictos como basura silenciosa con la que negociar para evitar trascendencias de ningún tipo. No importa. Todo funciona como una maquinaria de relojería en esta introducción y vivencia dentro de un universo reconocible, en el que cada cual busca sus propios intereses.
Sin destripar su contenido o giros, los componentes de dramatismo y tragedia se exacerban con demasiada facilidad. Y es una pena, porque hubieran funcionado igualmente como un poco más de sutileza o ambigüedad. Por un instante, todos los acontecimientos se suceden de forma fulgurante, sin dar tregua. Es lo que se busca, por eso los ‘set pieces’ de la pareja a punto de ser padres, del joven funcionario y sus anhelos, de su felicidad conjunta… se aprecian con algo de permisión y empacho, necesarios para aliviar algo la claustrofobia del relato. Aunque es cuestionable su punto de partida, la improbable amistad de dos personalidades antagónicas que se unen en un impasible lapso de guerra y lucha por sobrevivir y la transformación de uno en el otro y viceversa, a ‘Celda 211’ se le perdonan todos sus defectos, sus artimañas argumentales o sus inapreciables imperfecciones que son producto, casi siempre, del azar y del destino sobre los hechos que se van fraguando, como su precipitado final, que se baña en las aguas de la desproporción y énfasis por el sensacionalismo.
Aquí hay algo que impera sobre las demás. En el instante en que Malamadre se presenta, ése personaje destinado a trascender con su magnitud imponente y su voz ronca, un bárbaro que acojona y seduce a partes iguales, todo lo demás parece dar igual. Luis Tosar compone una interpretación tan colosal que cualquier cosa que salga de su boca, ya sea para sacudir, hacer reír o amenazar con intimidación, patentiza una admirable credibilidad que se va contagiando a sus acompañantes, reales composiciones de ‘chusma’ de cárcel. Como esa sobrecogedora naturalidad con la que Luis Zahera interpreta a “Releches”, con la sutileza de acento de Carlos Bardem a la hora de dar vida a ese sicario mexicano “Apache”, Antonio Resines un poco desubicado y sobreactuado o Manolo Solo, como honesto individuo lleno de mierda como todos sus compañeros. Incluso el joven Alberto Ammann va graduando su interpretación hasta lograr dar una convincente réplica a Tosar. ‘Celda 211’ es, posiblemente, la mejor película española que dará este 2009.
Y lo es porque es honesta con sus intenciones genéricas, porque destila visceralidad, porque es directa y cruda y atiende a unos objetivos alcanzados con gran facilidad. La última propuesta de Daniel Monzón golpea con fuerza en la retina del espectador, sobrecogiendo y conmoviendo sin aparente dificultad. Y lo que es mejor, lo hace solidificando un ‘thriller’ como la copa de un pino. Monzón, que debutara con la fallida ‘El corazón del guerrero’, reivindica con notables argumentos la valía no sólo de un director que ha logrado su mejor y más aplaudida película, sino el testimonio tangible de una nueva vía de escape al ostracismo temático del cine español. ‘Celda 211’ es el mejor ejemplo de disyuntiva versátil y atrevida. Una muestra de ganas de cambio, que se adjudica una variable añorada en los tiempos de cine nacional que corren: la de un cine de género sin excusas para la ramplonería, sin subestimar en ambición.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: '2012', de Roland Emmerich

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La divertida estela de R2-D2 en 'Star Trek'

Uno de los rumores de ‘cameos’ más recurrentes en lo que va de año fue la filtración por parte de los acólitos de J.J. Abrams sobre una breve aparición casi imperceptible del droide R2-D2 de la Saga ‘Star Wars’ dentro del ‘remake’ de su “adversaria” cinematográfica ‘Star Trek’. El creador de ‘Perdidos’ no declaró nada al respecto. Dejó correr el chisme como la pólvora entre los ‘fans’ y sabedores de que este inquieto creador de fantasías modernas es un seguidor declarado de la serie de George Lucas. Pues bien, con la salida del filme de Abrams al mercado de DVD y BlueRay, ahora el rumor se engrandece al certificarse que la propia ILM "confirma" este cameo de D2 y que se puede ver en una escena flotando en el espacio... Siguiendo con la broma, hay quien dice que R2-D2 también tiene una minúscula aparición en la secuela de ‘Transformers’, en este momento puntual…
No perdón, disculpad, en este otro…

martes, 17 de noviembre de 2009

Ya están aquí los 'Cortocuentos'

El prolífico Borja Crespo y el dibujante Chema García acaban de lanzar ‘Cortocuentos’, un libro recopilatorio de pequeñas historias fantásticas donde la letra y la imagen buscan crear sensaciones utilizando los mínimos recursos. Cada uno de estos cuentos consta de cuatro frases ilustradas por otras tantas planchas. De las imágenes emanan sentimientos. El grafismo y las letras se fusionan dando lugar a sutiles metáforas. Chema García emplea diferentes estilos, dependiendo de la naturaleza del microrrelato, y Borja Crespo salpica en ocasiones de humor sus textos, regala momentos agridulces o sumerge al lector en un mundo imaginario lleno de pequeños matices. Los personajes de cuento de toda la vida tienen su hueco, pero se les da una vuelta completa. Todo tipo de seres estrambóticos pueblan una imaginería con un toque muy personal. Una obra, en definitiva, que persigue apelar el interés de un público amplio, que puede beber tanto del cómic como de la literatura.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Buenafuente presentará los Goya

Rosa María Sardà, Antonia San Juan, María Barranco, los de Animalario, El Gran Wyoming, Cayetana Guillén Cuervo y Diego Luna, José Corbacho, Carmen Machi… dejan su testigo como presentadores de la gala de los Goya a Andreu Buenafuente. El próximo 14 de febrero tendrá lugar la entrega de los premios del cine español. Si se emite en TVE lo hará, por primera vez, sin publicidad. Algo que facilitará el largo visionado de este tipo de evento. Seguirá siendo en falso directo, como en las últimas ediciones. Sólo hay que rezar porque el guión tenga, al menos, algo de dignidad que no perpetúe el tedio que viene dándose anualmente en la Fiesta del Cine Español.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Review 'El imaginario del Doctor Parnassus (The Imaginarium of Doctor Parnassus)'

El paroxismo de la locura temeraria
Asentado en su vena más arriesgada y ‘kamikaze’, Terry Gilliam vuelve a proponer una compleja fábula de sugerente apariencia y paranoia colorista inscrita en su habitual universo de fantasía hipertrofiada que no logra convencer.
La carrera de Terry Gilliam viene marcada por la libertad de creación y el riesgo con el que el cineasta ex Monty Python ha confabulado su irregular trayectoria, marcada por la mala suerte y los contratiempos que han azotado sus producciones de audaz cine temerario donde abundan elementos relacionados con el cuento tradicional, el barroquismo, la excentricidad, la locura y los sueños. Todo ello se da cita en su nueva locura titulada ‘El imaginario del Doctor Parnassus’, enésima muestra de la capacidad y el gusto de Gilliam por los universos abstractos que logran transgredir lo genérico con una miscelánea de turbulenta iconografía y una deflagración imaginativa que atiende al descontrol y la abundancia. La concepción global y visual de esta desquiciada genialidad se basa, casi siempre, en desarrollar un estilo propio y llevarlo al extremo.
Desde hace tiempo, esta tendencia parece no tener límites. En su última fábula, el universo particular de Gilliam se expone sin cortapisas, determinado en una libertad ‘kamikaze’ que arranca, en esta ocasión, entre tinieblas, con la llegada de una empobrecida atracción de feria a los suburbios nocturnos londinenses. En ella viajan el longevo doctor Parnassus y su prole circense, cuyo más acreditado número consiste en habilitar a sus eventuales feligreses la posibilidad de conocer sus propios paisajes oníricos a través de un espejo que muestra, mediante deformación espectral y luminiscente, los espacios de la imaginación del que lo atraviesa, concretando lo que uno es y lo que desea, las entelequias que se han ido perdiendo en un mundo realista que ha dejado de creer en las historias fabulescas y reniega de la fantasía. Pero hay un secreto que Parnassus ha escondido a lo largo del tiempo; hace miles de años, hizo un trato con el mismísimo demonio a cambio de entregar a su hija cuando ésta cumpliera dieciséis años. Y ése momento, por supuesto, ha llegado.
Para esta idealización del universo ‘gilliamesco’ (por definirlo de alguna manera), el director de ‘12 monos’ ha vuelto a recurrir al guionista Charles McKeown, uno de sus más recordados cómplices junto al que creó obras como ‘Brazil’ y ‘Las aventuras del Barón Münchausen’. Junto a él recupera y promueve el aparente histerismo que encierra su sarcástica idiosincrasia visual y narrativa, llena de influencias literarias y pictóricas. Ambos se dejan llevar por la ensoñación ‘quijotesca’ muy asumida por Gilliam, en terrenos imaginativos afectados por la diversidad imaginativa con la que se apuntala su armazón narrativo, que discurre a través de una senda un tanto confusa entre realidad e ilusión, donde la racionalidad queda en manos del capricho autoral más que de la lógica narrativa de una fábula encrespada y compleja.
‘El imaginario del Doctor Parnassus’ es la extensión que justifica (otra vez) la consabida irregularidad de su director, con momentos de inspirada imaginería, de alucinantes piruetas visuales, de sugerente apariencia y paranoia colorista así como arrobamientos ombliguistas pasados de rosca. Llega un momento en la película donde la acumulación de esa plástica ardua e insubordinada a su propia grafía, por no decir inadecuada y excesiva, focaliza el interés del público hasta tal punto que se descarría de su contexto mitológico, disponiendo un tratado imposible de asimilar. Y lo que es peor, de dudosa identificación.
Si ya con ‘Tideland’, Terry Gilliam exhibía un provocador sistema para conferir a su discurso sobre la imaginación como vía de escape a la vida real cierto tono oscuro y enigmático, aquí la fantasía, como tal, es la esencia perdida de una sociedad que ha dado la espalda a los sueños y se ha olvidado por completo de los mágicos escenarios que plantea Parnassus. Sin embargo, ese tono instigador o subversivo no encuentra su espacio en esta película. A su forjador de locuras se le nota demasiado autocomplaciente, haciendo alarde de un ostentoso exhibicionismo estilístico.
Sin ir más lejos, no mide las consecuencias de su profusa imaginación, pautando un surrealismo que si bien profundiza en el entorno de la entelequia, de sus condicionamientos y de su ubicación dentro de la sociedad desubicada que nos rodea, deja la sensación de experiencia dispersa y críptica, que olvida la contemporización de sus designios y disertación acerca del Bien y Mal, del reverso tenebroso que anida en el subconsciente, de historias de celos y redención, de relaciones parternofiliales y falsas apariencias.
La mitología y la fe batallaban con el racionalismo y las ideas modernas, representado con acierto en un mal juguetón y mefistofélico que no logra llegar a solidificarse dentro del subtexto. Como el propio Parnassus, Gilliam defiende la elaboración de mundos por encima de los establecidos, pero no termina de convencer con este oasis de fantasía hipertrofiada a los antojos de su creador, aquí desmelenado a la hora de recurrir a esa desproporción visual distinguible, llena de autoreferencias pintorescas, de influencias propias, ajustadas a su costumbre itinerante y magnificada dentro de los oníricos recursos que se van dando cita una vez que se cruza ese espejo mágico.
Hay que agradecer, empero, lo bien salvada que está la multiplicidad de rostros del personaje de Heath Ledger, cuya repentina muerte impidió terminar su papel del apuesto Tony y que es sustituido dentro del universo imaginario por Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell, respectivamente, aportando una dimensión más al laberinto narrativo que supone la película. Eso sí, contraviniendo lo que, en apariencia, era la esencia de un personaje poliédrico, pero no en el mundo mágico de Parnassus.
Se trata de otro de esos delirios visuales que no obedecen a reglas, ni a gustos, ni siquiera da la sensación de que Gilliam sea un embaucador que con sus trucos encandile a la platea. Parece que ‘El imaginario del Doctor Parnassus’ la haya creado sólo para sí mismo, con la inmutable actitud de explotar las fronteras de la incoherencia, con esa radicalidad impulsiva capaz de romper patrones, de seguir únicamente los edictos que marcan sus impulsos y mostrar con lucimiento las obsesiones de un autor al que cada vez le gusta más que le tilden de ‘maldito’, obstinado en reincidir en una especie de prototipo de bestiario que aquí tiene sus cotas máximas.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

PRÓXIMA REVIEW: 'Celda 211', de Daniel Monzón.

martes, 10 de noviembre de 2009

Kareem tiene leucemia

La verdad es que últimamente todo son malas noticias.
Por supuesto que es irrebatible cualquier comentario ponderativo a Kareem Abdul Jabbar, este coloso de la NBA que marcó a una generación de aficionados al basket y providenció una nueva manera de jugar al baloncesto en la posición de pívot. De hecho, cualquier artículo que se haya hecho eco de esta triste noticia palidece ante las palabras del siempre sabio y admirado Ramón Trecet en su más que imprescindible blog. Por eso, es triste tener que leer una noticia así: el ex pívot de los Lakers padece leucemia. Fundamentalmente, porque con la imagen de Jabbar imborrable en la retina, con el recuerdo de aquél ‘sky hook’, de su asombroso palmarés y su longevidad como profesional de las canchas en activo, nos hace pensar lo falibles que somos. Nos hace ver que el tiempo pasa inexorablemente y que las injusticias naturales también alcanzan a los más grandes.
Mucho ánimo a Kareem, el piloto de ‘Aterriza como puedas’ que se cabreaba cuando un mocoso le decía que su padre iba diciendo por ahí que “no sudaba la camiseta”.

20 años de la caída del Muro de Berlín

Ayer la noticia fue la vigésima conmemoración caída de aquel coloso llamado ‘El Muro de Berlín’, el punto de giro de un país dividido por la diferencia impuesta, de una nación obligada a la escisión que fraccionó a dos Alemanias radicalmente desiguales, en lo político, en lo económico y en lo social. Fue la reunificación de un pueblo tras 28 años de separación. El baluarte de la represión cayó y las puertas se abrieron en el mismo instante en que Gunter Schawobski, miembro del Politburó de la RDA, aclaró de improviso en una conferencia de prensa televisada desde Berlín Oriental que la frontera interalemana había dejado de estar vigente de forma inmediata.
Los berlineses se habían congregado a ambos lados del muro para hacer posible un sueño acariciado durante muchos años. La retención de plusvalía y la alienación procedente de ambos lados del muro simbolizaban las dos particularidades congénitas al capitalismo. Llegaba la hora de marcar los ideales de la globalización neoliberal, pero también de demostrar cómo totalitarismos del siglo XX habían perdido su sentido. Fue la destrucción de un sistema, el derrumbamiento del espacio comunista. Desde ese momento, se llevó a cabo la creación de un nuevo orden mundial que instauraba la globalización en el mundo occidental. Un poder fue sustituido por otro y hoy el sentimiento de metamorfosis parece lejano, imbuido por una celebración que tiene que ver con la memoria de un cambio que hoy en día se mira con ambivalencia por los protagonistas de aquél día memorable.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Review 'Si la cosa funciona (Whatever Works)'

El regreso del Woody más genuino
Alejado de sus temáticas más modernas, Woody Allen recupera su mejor pulso con una comedia que le devuelve a sus perímetros humorísticos y personajes más identificables.
Woody Allen llevaba años intentando recobrar la senda de aquel cine que, desde ‘Desmontando a Harry’, ha ido dando bandazos sin encontrar una película que representara la esencia personal en esa peculiar e inagotable fertilidad con la que crea películas. Allen se muestra siempre entusiasmado con su cinta anual, permitiéndose el lujo de experimentar fuera de su habitual contexto hacia terrenos argumentales y geográficos europeizados. Cintas como ‘Match Point’, ‘Scoop’ o ‘Casandra’s Dream’ se articularon en los preceptos de la narración clásica, siguiendo el rastro del suspense, el drama y la opereta de gran eficacia. Lo cierto es que esa certificación de agudeza e inventiva de un cineasta acostumbrado a ser honesto consigo mismo dejó un sabor bastante agridulce en ‘Vicky Cristina Barcelona’, una superficial y tópica comedia sobre relaciones que acentuaba la falta de brillantez con un interrogante sobre sus futuros proyectos.
No hay nada que temer. Woody Allen es capaz de superar sus errores regresando a los perímetros humorísticos de firmeza sin mucha circunspección, sin tomarse tan en serio a sí mismo. ‘Si la cosa funciona’ hace olvidar, momentáneamente, cierto deterioro en la progresión de este veterano clásico del cine contemporáneo. Y lo hace con un guión escrito hace treinta años, cuando Allen ejerció de sardónico cronista de una clase social y una época irrepetible. Es un retorno al análisis de sus fobias, integrando un manifiesto que exorcice sus fantasmas de hipocondríaco y un contraveneno vital que haga vencer los miedos a través de su temática añorada; el miedo a la muerte, el judaísmo, la metafísica, la neurosis, la inquietud intelectual, el egoísmo y, cómo no, la tendencia sexual a las jovencitas.
Lo hace presentando a un personaje que representa el ‘alter ego’ del Allen más conocido, Boris Yelnikoff, un profesor universitario de mecánica cuántica retirado, de vocación hipocondríaca que ha sobrevivido a un intento de suicidio que le ha dejado cojo y que catequiza con un modo de vida asentado en una doctrina nihilista. Es un misántropo, un antipático, un cobarde y un mezquino, pero acata sus defectos como una virtud, considerándose como un genio brillante, pese a su antipatía y pedantería. Por supuesto, el golpe de efecto a su vida llega en la figura de una bella jovencita llamada Melodie St. Anne Celestine, una chica de campo que llega a la Gran Ciudad para descubrir una vida bohemia y aventura que acaba en brazos de este maleducado y cínico. Sobre el papel, es más de lo mismo.
Tal vez, en pantalla tal vez lo sea. Sin embargo, en ‘Si la cosa funciona’ el humor sardónico con buenas dosis de procacidad sin complejos se activa a las mil maravillas. Lo había intentado en anteriores ocasiones, pero es aquí donde más identificable es su filosofía neoyorquina de comedia costumbrista. Se plantean así máximas físicas y teorías científicas para explicar ese descubrimiento desde el mundo de ingenuidad de ella y el absurdo con el que se delimita el crecimiento interior de él, que no duda en tirarle un tablero de ajedrez a la cabeza de un niño al que enseña a jugar sólo porque le considera un inútil.
La pulcritud con la que se exponen los cuidados diálogos merecen la atribución de aquellos epítetos que parecían olvidados a la hora de definir esas películas confeccionadas casi por obligación anual y que, por momentos, recuerdan parcialmente al espíritu de esa tragedia incomprendida que fue ‘Melinda y Melinda’, posiblemente, la última gran cinta del genio y recupera la entidad existencialista y radical de su cine. Todo ello hacen que esta nueva muestra de Woody Allen recupere, sin mucho esfuerzo, el narcisismo ideológico a base de una honestidad casi terapéutica respecto a la historia que se narra.
Y no es que ‘Si la cosa funciona’ sea una de sus mejores películas, aunque comparándola con algunas de sus creaciones de la última década, lo sea. Allen busca que los mecanismos de su humor surtan efecto con frases hechas, conocidas por los amantes de su cine, recurriendo en todo momento al tópico intelectual y a los lugares comunes de su obra más genuina. La misma que se iba echando de menos, donde el barroquismo situacional se asigna a esos aforismos como forma de vida atribuidos a Yelnikoff, un hombre bastante pesimista en su visión de la racionalidad del ser humano, pero que está exagerado en todos y cada uno de los movimientos. La vida sigue huérfana de respuestas ante cualquier duda existencial. Algo que se manifiesta en el exceso y autoconsciencia de la irrealidad que se va dando durante todo el metraje, allí donde Allen marca la diferencia.
No es cuestión tanto de diseccionar el mundo de la pareja y la indescifrable discusión, en clave de comedia, sobre la naturaleza de las relaciones personales. En ‘Si la cosa funciona’ se plantea la necesidad del albedrío cuyo privilegio radica en el azar que provocan los choques de incompatibilidades, ya sea por personajes que revolucionan su vida con un cambio drástico en su modo de vivir como de los pensamientos que se suscitan derivados de éstos. Ejemplo de esto, es la divertida transformación de los padres de la chica, como de la progresión que toman tanto Yelnikoff como Melodie.
Hay un factor que determina la genialidad con la que Allen expone este nuevo manifiesto de neurosis fílmica y entrañable comedia. Y es Larry David, al que no le cuesta seguir su pose de tipo detestable y antipático de la magnífica ‘Curb your enthusiasm’ y reconvertirse en un sosías del propio director, personificando a esa altiva burguesía intelectual que impregna con gotas de humor pseudointelectual impuestas por el carácter ególatra de un David en su salsa.
Se le perdona hasta ese final de ‘happy end’ forzado y descolocado que, si bien, es un lastre hacia la genialidad del cómputo global del filme, sí atestigua que Allen ha vuelto a los orígenes, a su apego por desarticular la realidad en función del relato, aprovechando la metaficción de alguien hablando a la platea para conmemora un cine de autoreferencias y guiños a un tipo de comedia enérgica e inteligente. Puro Allen.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMAS REVIEWS:'El imaginario del Dr. Parnassus', de Terry Gilliam y 'Celda 211', de Daniel Monzón.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Francisco Ayala; Historia, literatura y grandeza

1906-2009
"El arte, como proceso espiritual, como actuación, consiste en desprender de la realidad una apariencia orientada por la brújula del sentido estético, no de otro modo que la máquina del fotógrafo desprende una apariencia exacta, y, sin embargo, independiente, de los objetos colocados en su campo. El toque del arte consiste en herir a la Naturaleza en su talón de Aquiles, en ese punto vulnerable, sensible, cuyo contacto -así también en la mujer; así en la caja de caudales- basta a lograr la apertura de su entraña estética.
(...)
Nos ha tocado a nosotros sondear el fondo de lo humano y contemplar los abismos de lo inhumano, desprendernos así de engaños, de falacias ideológicas, purgar el corazón, limpiar los ojos, y mirar al mundo, con una mirada que, si no expulsa y suprime todos los habituales prestigios del mal, los pone al descubierto y, de ese modo sutil, con sólo su simple verdad, los aniquila".
(Francisco Ayala).

martes, 3 de noviembre de 2009

José Luis López Vázquez, el adiós de una leyenda del Cine Español

1922-2009
El triste momento de una pérdida como la de José Luis López Vázquez no puede evadirse así como así. Es imposible evitar las referencias inolvidables, sus interpretaciones, su esencia como parte fundamental del mejor cine español que se ha hecho y se hará nunca en este país. Lo más bonito de todo es poder encomendar a la memoria pequeños recuerdos personales vinculados a algunas de sus películas más recordadas películas. Hizo muchas, más de 250; algunas olvidables, otras magníficas, unas cuantas de inalcanzable trascendencia. Siempre será el antológico Gabino Quintanilla de ‘Plácido’, de Berlanga, cuya vinculación a su cine va pareja a la maestría de muchos de los más grandes filmes españoles de todos los tiempos. Y ‘Plácido’ podría ser la más portentosa que ha dado la Historia fílmica ibérica.
López Vázquez también fue Don Fidel en ‘Los Jueves, milagro’, el pusilánime Rodolfo dispuesto a casarse con una anciana para conseguir una vivienda en ‘El Pisito’, de Marco Ferreri, pero además el familiar Juan, el padrino “Búfalo” de ‘La Gran Familia’, Antonio Rodríguez, el hermano mayor de José Luis en ‘El Verdugo’, el pelota Fernando Galindo de ‘Atraco a las tres’, de Forqué, donde coincidiría con esa pareja indisociable que es Gracita Morales, con la que compartió más de una treintena de títulos (‘Sor Citroen’, ‘Chica para todo’, ‘¡Cómo está el servicio! o la trilogía de Operaciones -‘Operación secretaria’, ‘Operación Cabaretera’ y ‘Operación Mata-Hari’, todas ellas de Mariano Ozores). También el heredero del Marqués de Leguineche en la ‘Trilogía Nacional’. Fue tantos y tantos… El gran actor consolido su figura como mito de una tipología cinematográfica que se forjó a través del humor negro y el sarcasmo, de los contrasentidos de un absurdo solidificado en el mundo cotidiano, que aparecía distorsionado como yuxtaposición con la realidad metafóricamente esperpéntica que fue la que marcó una tradición irrepetible asociado siempre al rostro de José Luis López Vázquez.
El actor siempre estuvo al servicio del personaje, incluso por encima, porque su fuerza y talento eran tales que bastante una sola frase para cautivar al espectador y ensombrecer al protagonista de turno, para hacer que la identificación de aquélla España retardada en el tiempo con sus entrañables roles maravillosamente miserables fuera instantánea, personificando las ambiciones del poblador más mediocre hispánico, con una vis cómica inabordable. López Vázquez fue la quimera de la comedia, el actor capaz de hacer creer cualquier papel de un género que subvaloró (como tristemente viene siendo habitual con los grandes genios de la comedia) un talento descomunal.
Sin embargo, se supo poner serio, tributando al cine unos atributos dramáticos soberbios, bordados sin aparente dificultad. Como sólo los grandes genios del oficio saben operar cuando hay que abandonar la comedia y pasarse al drama. ‘Peppermint Frappé’ le coligaría a Saura, otro de los grandes nombres que supieron extraer lo mejor del actor, a la que seguirían ‘El jardín de las delicias’, ‘La prima Angélica’ o ‘Mamá cumple cien años’ o a Pedro Olea con ‘El bosque del lobo’ o a Jaime de Armiñán que le concedería uno de sus mejores y más recordados papeles; ‘Mi querida señorita’. Su voluminosa obra interpretativa se nutre de una infinidad de títulos a las órdenes de cineastas como Pedro Lazaga, Manuel Gutiérrez Aragón, Joaquín Molina e incluso George Cukor. Aunque siempre le recordaremos en la imperecedera ‘La Cabina’, de Antonio Mercero. Hombre de teatro, amante de la interpretación despojada de efectismos, el virtuosismo que concede la humildad y la capacidad sin límites fueron sus más poderosas armas. La intuición y la grandeza siempre estuvieron de parte de esta leyenda que ha dejado un poco más huérfano al cine español de esos mitos que no volverán a darse.