viernes, 30 de octubre de 2009

'Km.' (I): Por una buena causa

Puede parecer que tenga un tanto desatendido el blog. Un poco sí. Es cierto. Sin embargo, no es por voluntad propia, ni por falta de ganas e ideas, ni de crónicas o escritos que plasmar aquí. Lo es por una fatigosa falta de tiempo que hacía años que no tenía. La presión ejerce un sano agobio cuando se trata de lo que uno tiene entre manos. Desde hace algún tiempo, permanezco en un período de idas y venidas, de aquí, de allí, nuevamente y vuelta. Y otra vez a empezar. Son tiempos de absurda y gratificante anarquía e inquietud, de reuniones y charlas, manejando fechas y eventos próximos que tienen que ver con aquélla sensación que había perdido en la memoria. Aquélla por la que vale la pena seguir soñando. La concepción del mundo es la de un lugar caótico en el que para salir adelante uno tiene que inventarse una realidad propia. En eso ando metido.
Desde hace varias semanas, aunque en concreto estas dos últimas, las cosas van tomando un rumbo hacia lo desconocido, sin posibilidad de marcha atrás. El coche ha arrancado escapando a la monotonía. La aventura ha comenzado… Y no ha hecho más que empezar.
Pronto, muy pronto… podré ir narrando cómo se desarrolla este proyecto con un título propio: ‘Km.’.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Review 'La Huérfana (Orphan)'

Esta chica es un demonio
Collet-Serra regresa al cine de terror con una obra que opera con profusos estereotipos y convencionalismos y encubiertos con destreza hasta un tramo final en el que abundan elementos sorpresivos, pero de espantosa comercialidad.
Si por algo se destacó en su debut Jaume Collet-Serra, un ‘remake’ libre de ‘La casa de cera’, fue por la capacidad de este cineasta curtido en la publicidad para atemperar los aspectos más triviales del género de terror y, de este modo, despojarlo de complejos sobre el material que manejaba. El resultado es un trabajo olvidable, pero vigoroso. De esta manera se presentó como un director con pericia para conseguir atmósferas y aprovechar, con meritoria sincronía, una cierta sofisticación narrativa. Si en aquélla ocasión proponía una de terror de esencia ‘slasher’ y acnéica vista en innumerables ocasiones, lo que narra su nueva película, ‘La huérfana’, tampoco es, en absoluto, algo nuevo.
De hecho, se trata de una película que conjuga los elementos y dispositivos más que reincididos dentro del género, bien sea por la rama del ‘thriller’, a la que parece apegarse por disposición y puesta en escena, como en la de terror, con alguna argucia en forma de golpe de efecto e inquietudes varias. Se cuenta así cómo una familia acomodada, los Coleman, que acaba de perder a un bebé nada más nacer procura reestablecer el desequilibrio al que ha llevado el trágico suceso adoptando a una niña rusa de nueve años que, bajo sus impecables formas y educación exquisita, esconde una intrusa manipuladora, amenazante y sádica que pondrá el jaque la ya de por sí desquebrajada unión familiar.
Con estos fieltros genéricos trillados hasta la saciedad, Collet-Serra procura en todo momento que sus personajes no caigan en la vulgaridad de lo prosaico, sabiendo definir con soltura las personalidades aparentes de todos sus personajes, dosificando la información lentamente; desde esa madre que arrastra un sentimiento de culpabilidad y acude al psicoanalista para olvidar sus problemas con el alcohol, pasando por el padre, reprimido sexualmente y distanciado de su mujer. Y por supuesto, como es obvio, esa niña recién llegada, la malévola y sanguinaria Esther, con varios secretos ocultos por descubrir.
‘La huérfana’ va armonizando sus métodos, fusionando su progresión dramática con sus pequeñas ‘set pieces’ de sadismo infantil, explotando su tensión con audacia, caminando por senderos que van parejos al ‘thriller’ más básico y telefílmico en conjunción al drama familiar que tiene como concepto la degradación y la crisis de los valores tradicionales del seno familiar.
Durante su desarrollo, Collet-Serra sabe encubrir, o al menos trata de envolver, bajo una tensión digna y que no frena en sus primeros compases, el profuso estereotipo y los convencionalismos de una historia que, en otras manos, sería un cuento excesivamente desgastado y soporífero. Lo peor es que, en el fondo, lo es. ‘La huérfana’ posee un nutrido catálogo de temática gastada, de material tópico que sabe combinar y esconder con cierta inteligencia sus cartas. La razón de esa mínima elevación proviene de la capacidad del realizador catalán por evitar caer en sucios trucos de reiteración constante, aplicando la angustia del drama sobre lo fácil del argumento. Pese a una asumida frialdad extendida a los nevados paisajes, los personajes respiran y padecen con una credibilidad reconocible por un público que asiste con gran facilidad y atención a esa maldad infantil llevada a unos extremos moderados, siempre jugando con la sugerencia y unos registros dramáticos que convengan con lo que se cuenta.
El problema de ‘La Huérfana’ es algo que se ve venir desde sus primeros compases. Cuanto más avanzan las fechorías de esta pequeña arpía, cuanto más se conoce la oscura personalidad de Esther, más va descendiendo el filme en sus aspiraciones, haciéndose cada vez más formularia y previsible, hasta agotar sus cartas y abandonarse a una espantosa comercialidad que se prorroga en un tramo final que es, a la postre, lo peor de una cinta que iba mostrándose muy digna con sus propósitos.
Cuando se descubre el gran secreto de la, en apariencia, precoz psicópata, con un rebuscado giro de guión que intenta sorprender al público. Cuando llega esta puntual secuencia de extraña repelencia en la que la niña intenta camelarse sexualmente a su descolocado padrastro reclamando un amor imposible es demasiado tarde para seguir el elegante juego que se ha llevado a cabo. Agotadas las formalidades dramáticas, el debutante guionista David Johnson, en complicidad con Collet-Serra, desmonta su mentira y se deja caer en un final inconsecuente con los objetivos de compostura basados en la estupenda puesta en escena y en la funcionalidad de sus caracteres.
El bochorno final (e inevitable, por otra parte) está servido en esos últimos minutos de exageración, narración protocolaria y aparatosa reincidencia en los más sonrojantes errores de un filme que va autocalificándose como ordenancista respecto a múltiples cintas de género olvidables. Eso sí, el descubrimiento de ese inquietante rostro de Isabelle Fuhrman es incuestionable. La niña se merienda en cada plano a todo aquel se le ponga por delante. Es, de largo, lo mejor de un intrascendente filme que promete mucho más de lo que puede llegar a ofrecer.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMAS REVIEWS:'Si la cosa funciona', de Woody Allen y 'El Imaginario del Dr. Parnassus', de Terry Gilliam

viernes, 23 de octubre de 2009

Terry Gilliam y el "Factor Hámster"

Hay dos momentos bastantes destacables en el documental ‘The Hamster Factory and other Tales’, que se incluye en una de las ediciones en DVD de la película de Terry Gilliam ‘12 monos’. Un espléndido documento que recoge y define el proceso creativo de un proyecto alejado de las expectativas de Hollywood, pero que, sin embargo, está amparado por un fiero sistema de distribución donde el arte y ensayo sólo es valorado si se entra por el aro de lo comercial.
El primero, corresponde a la explicación de porqué el título de este trabajo. Ése “factor Hamster” al que se alude proviene de un plano de este filme protagonizado por Bruce Willis, Madeleine Stowe y Brad Pitt. En él, Willis debe inyectarse un antídoto con una aguja hipodérmica futurista amparado bajo un enorme decorado en el que, apenas apreciable, se distingue a contraluz un minúsculo hámster corriendo en una rueda. Gilliam, obsesionado por ver al roedor en acción, repite una y otra vez la toma hasta que consigue que ese pequeño detalle cuadre dentro de la secuencia, así como en relación a la historia. A priori, parece no tener importancia, sin que efectúe ningún sentido en la acción. Sin embargo, para Gilliam era un símbolo de la energía del lugar proporcionada por este pequeño animal. Su detallismo enfermo, su ira desatada cuando las cosas no se rigen por la lógica que sigue su imaginación son algunas que se sugieren dentro de este documental. Es por eso, que Willis no dejó que en ‘The Hamster Factory and other Tales’ apareciera Gilliam gritándole violentamente porque había vulnerado una lista de ‘tics’ de sus películas de acción y que tenía prohibidos. El director de ‘Brazil’ llegó a decirle a la estrella de ‘La Jungla’: “Aquí no quiero al Bruce Willis que todos conocemos, quiero al gran actor que todos desconocen”.
El segundo presenta a Gilliam en una reunión de ejecutivos después de un temido ‘screen test’ con público, en el que él es el único que confía en un montaje que a los asistentes les parece confuso. ‘12 monos’ fue concebida como una vía de escape en el género de ciencia ficción, que se asentaba en una mirada muy personal, la de Gilliam, que se aleja de los establecido con un discurso antidogmático, en el que realidad y alucinación, entono muy “a la europea”, muestra un presente y un futuro que tiene una desdibujada historia que escapa tanto del cine comercial como a lo que se esperaba del ex Monty Python. En un alarde de honestidad con el guión de Janet y David Peoples, de juegos metalingüísticos con los viajes temporales y el ‘Déjà vu’ como motor del drama, se mezclan, sin reparo, el cine de Hitchcock (las referencias a ‘Vértigo’ aparecen incluso en la película) con la historia de Chris Marker ‘La Jetèe’, en juego de espejos y de tiempos. Por supuesto, a Gilliam tanta osadía de cara a la ‘major’ que se escondía detrás del proyecto le viene grande.
En un momento del documental, dibuja con destreza un niño triste al que le han obligado a ponerse en el rostro una careta de una sonrisa mientras sujeta otras dos sonrisas. Es la forma que tiene Gilliam de entender la manipulación de Hollywood sobre los artistas. ‘12 monos’ es un rompecabezas argumental de arquitectura deconstructivista, donde los diferentes niveles de realidad y su articulación de tiempos imponen una lectura múltiple que interpela directamente al razonamiento del espectador. Fue considerada demasiado críptica y compleja. Por ello, Gilliam insinúa que al final la firmaría como Alan Smithee. Finalmente, el poder y el sentido común, hicieron de este estupenda película un éxito y dieron la razón a los locos como Gilliam.
Hoy se ha estrenado en España la nueva alucinación de uno de los creadores más ‘kamikazes’ que ha dado el cine. ‘El Imaginario del Doctor Parnassus’, que es además la película póstuma de Heath Ledger. La semana que viene, la crítica, hasta entonces disfrutad de un dossier sobre Gilliam que apareció en este espacio abismal hace ya cuatro años.
.- Dossier TERRY GILLIAM.

lunes, 19 de octubre de 2009

Review 'Ágora (Agora)'

Una constelación eclipsada
A pesar de suponer el ambicioso ‘bigger than life’ de Amenábar, ‘Ágora’, impecable en su acabado formal y puesta en escena, se convierte en cine de continua digresión, carente de emoción y con muy poca épica.
A lo largo de su carrera, Alejandro Amenábar ha ido fraguando un cine considerado desde una doble vertiente; los que juzgan su bagaje como falsario y controvertido, y los que lo contemplan, fervientemente, como un excelente y progresivo paradigma de un hipotético cine comercial español. Sea como fuere, lo que no hay duda es que estamos ante un creador con una pequeña filmografía que no deja indiferente a nadie. Si por algo se caracteriza a Amenábar es por haber ido acercando a su cine a un público entregado a su causa cinematográfica, convirtiéndole en un referente dentro de la industria nacional. Y lo ha hecho con una determinación consistente en una particular búsqueda de cambio de géneros, asumiendo la reconstrucción de temáticas y asumiendo los riesgos de sus decisiones, siempre calibradas en función de la taquilla y el apego al público.
‘Ágora’ no iba ser una excepción. La quinta película de Amenábar es el más ambicioso de sus filmes, que aspira a moverse en diferentes frentes; el drama histórico, el ‘peplum’ renovado, el romance y mucho de digresión política, filosófica y, sobre todo, religiosa. Estamos ante una obra que se afana en ofrecer una salto de campana a las películas de romanos, sin dejar de lado lo que al cineasta y a su coguionista Mateo Gil parece tener ensimismados; una visión existencial y emocional de la ciencia y de la razón sobre las creencias. ‘Ágora’ sitúa así su drama histórico ambientado en la antigüedad de la Alejandría tardorromana, para narrar el trágico destino y la leyenda de la filósofa y astrónoma Hypatia, una mártir y mujer avanzada a su época cuyas reflexiones astrales y matemáticas estaban destinadas a cambiar el conocimiento humano mientras a su alrededor se venía abajo el Mundo Antiguo, con la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, uno de los más grandes misterios de la civilización occidental que representaba el genuino centro del saber y el conocimiento del mundo conocido en aquella época y los cristianos pasaban de ser hostigados a hostigadores. Eso sí, entre la revolución científica y de doble moral religiosa y las disquisiciones de la naturaleza del cosmos, Amenábar y Gil introducen la figura de un esclavo enamorado de Hypatia que se convierte al cristianismo, como vía de escape y como salida a su libertad.
Con estos mimbres históricos de conferida veracidad, se teje una historia que proyecta sus ambiciones a contexto en el que prevalece un tema sobre todos los demás: el de la confrontación de religiones y creencias, de fanatismos y oscurantismos que se contraponen en rivalidades e intolerancias de dos culturas opuestas como son la pagana y la cristiana. En apariencia, Amenábar no se excede en su ambigüedad y maniqueísmo a la hora de enfrentar estas posiciones encontradas, aunque sea la segunda la peor parada por lo limítrofe al fanatismo intransigente que impone su credo, ahogando la manumisión a la hora de hacer respetar la obcecación por un saber que anula y duda de las creencias y del amor. Puede parecer un discurso que deroga la afirmación laica y positivista ante el extremismo al que somete el valor católico dentro del filme, pero que responde a la realidad histórica con la que ciertos sectores del cristianismo ejercieron su creciente poder integrista en la antigüedad y que ha progresado hasta nuestros días.
Se puede acometer como un ataque a los cimientos de la Iglesia Católica, que emprendía su proclama panegirista del credo ensombreciendo la razón, relegando la filosofía y obstaculizando la ciencia y el progreso. Tal vez ‘Ágora’ se deje llevar en su metáfora antojadiza hacia la afectación dentro de esta dicotomía. Sin embargo, el problema dentro de estos términos, es la superficialidad y el reduccionismo con los que se matiza la circunstancia social e histórica, al igual que las gradaciones científicas y filosóficas, demasiado básicas en sus aspiraciones a la hora de advertir sobre el peligro de los extremismos en todo tipo de ámbitos. El relato se mueve con exceso de ideología de un discurso que se queda a medio camino. Es tanta la devoción por el personaje principal, esa astrónoma que representa el fin de la cultura grecolatina y el comienzo del oscurantismo cristiano que fue reconocida con los planteamientos de Kepler más de mil años después dando una lección con su temeridad de lucha hacia lo establecido llevada al extremo, que el dibujo hagiográfico de ésta y un soterrado paralelismo entre ella y la figura de Jesucristo hacen al personaje más grande que la propia historia que se está narrando.
De ahí, que se dejen de atender subtramas más sentimentales y sensitivas, como la de ese criado que necesita creer por amor y por miseria moral, que no quiere perder la ilusión y que acaba inflamando sus propias obsesiones llevadas por el camino de la Fe, la misma que conlleva la comodidad del seguimiento de un dogma inmaterial que es mucho más egoísta que luchar por lo que quiere y anhela en su vida cotidiana. Una historia, la de Davo, el criado, que tiene su anticlímax en el desenlace, cuando toda la retahíla de ataques, pesquisas astrológicas y el pescado está vendido. Es entonces cuando a Amenábar no se le ocurre otra cosa que subrayar en imágenes los instantes de belleza platónica vividos entre el ex exclavo y su ama y musa con unos sonrojantes ‘flashbacks’ favorecidos con la embellecedora música de Dario Marianelli, que abunda en cada secuencia con necesidad de recalcado.
‘Ágora’ es, o mejor dicho, pretende ser, una metáfora del mundo en el que vivimos a través de escenarios pretéritos donde el hombre está destinado a tropezar una y otra vez en sus errores, que se cuestiona hasta qué punto la estupidez humana ha desembocado en la destrucción del saber, de la Historia. Es ahí donde emerge y transpira la trama astronómica de cuadrantes, esferas armilares o modelos geocéntricos de Ptolomeo. Como treguas a la reiterativa sucesión de batallas y luchas que van desde la eficiencia cinematográfica con la que se muestra destrucción de la Biblioteca de Alejandría hasta porfiarse en otros varios segmentos de la película con hordas de cristianos en contra de los egipcios, para revertir en una venganza antagónica y poco después de ‘parabolanos’ católicos contra judíos y éstos desagraviándose con un apedreamiento…
Aparte de esto, no hay que reprochar a Amenábar lo bien y mucho que mueve el director de ‘Tesis’ su cámara, el deslumbrante aspecto técnico y el logrado montaje de todos sus oscilaciones visuales. No está en ningún momento exenta del hechizo que parecen desprender sus abundantes movimientos y giros cenitales, así como sus planos de Google Earth que retroceden y avanzan como un modernizado efecto visionario de la ciudad de Alejandría. Amenábar sigue distinguiéndose como un gran narrador, conocedor del medio, siempre consciente tanto de sus virtudes como de sus limitaciones. No es ése el problema. El problema es que ‘Ágora’ carece de cualquier sentido del ritmo, dando como consecuencia un cine en continua digresión, de abrumante retórica que prolonga su apasionado discurso hasta llegar a un moderado ostracismo contemplativo, que se deja llevar por su honestidad respecto a la historia, pero que acaba por descomponer cualquier atisbo de interés o vibración que no sea la de la reflexión predecible, al alcance de todos los públicos.
Falta emoción y vestigio de épica, de confabulación emocional con el público. El cineasta termina haciendo que la epopeya que se pretende fastuosa sea simplemente endémica, al igual que le sucede a su discurso religioso y filosófico. Es lo mismo que ocurre con el esfuerzo artístico que se ha hecho. Por mucho que se haya invertido en decorados, por mucho que sea ejemplar el diseño de producción, la dirección artística o el cuidado vestuario, por mucha megalomanía que haya volcada dentro de su lírica narrativa creacionista, a esta película le falta ese punto titánico y fastuoso que le hubiera hecho parecer lo que Amenábar aspiraba; una cinta de Hollywood. Pero no lo es.
La jugada de mezcolanza de cine intimista y superproducción, de espectáculo masivo pero autoral, donde la oda a la Ilustración y al feminismo enfrentado a la creencia supuran palabras altisonantes, suponen, en último término, un estrepitoso ejercicio místico que no convence a nadie. Y lo que es peor, se configura como la cinta más inocua y menos polémica de su realizador. Pese a todo ello, Amenábar sigue en ascendente progresión como creador de imágenes con cierta tendencia al esteticismo, que rezuma megalomanía y que sabe reutilizar las mismas formas y recursos estructurales que sus antecesores genéricos.
Lo que está claro es una cosa; cuando se habla de los cambios de género en el cine español, de su insistida frecuencia en ofrecer los mismos estilemas y errores, cabe destacar que ‘Ágora’ busca escapar a cualquier complejo que pueda tener el cine español. Y está visto que eso se logra con 50 millones de euros. Y si no, sólo hay que echar un vistazo a sus números: la cinta de Amenábar ha sido en menos de una semana, la película española más taquillera de 2009.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'La Huérfana', de Jaume Collet-Serra

sábado, 17 de octubre de 2009

Muere Andrés Montes, se apagó el Soul de alta calidad

Ha sido un palo. Una noticia inesperada y triste. El fallecimiento de Andrés Montes deja huérfano el lugar de una especie de narrador deportivo como nunca antes había existido. Era único, entrañable, capaz de condensar experiencia y libertad a partes iguales. Siempre evidenció con sus testimoniales retransmisiones un apego por lo diferente, un estilo propio e inimitable, la demostración profesional gracias a sus innegables aptitudes de ‘showman’ en aquellos partidos de la NBA que nunca volverán, así como en otros programas como ‘Generación +’ y ‘ACB +’ y sus más que controvertibles exposiciones de los partidos de fútbol de La Sexta. Como comentarista fue un ‘jugón’, como él mismo diría. Y desde este momento triste ya no nos quedan ganas de demostrar porqué “todos los jugones sonríen igual” ¿No?
No nos quedan ganas de sonreír. La desaparición de este mito del periodismo innovador deja un serio hueco dentro del aburrido campo de los comentaristas deportivos. Echando la vista atrás, recuerdo lo mucho que me costó adaptarme a las particulares retransmisiones de Canal + por parte de Andrés Montes. Como toda una generación de locos del basket NBA, me acostumbré en exceso a Ramon Trecet, al que considero padre de una generación de adictos a este deporte. El cambio fue brusco y difícil. Hay que reconocerlo. Pero poco a poco, Montes fue cuajando como un digno legatario de Trecet, muy discordante a estas formas establecidas, sin traicionarse así mismo, siendo consciente de que en su particularidad estaba su éxito, con su idiosincrásico estilo, su forma de narrar, de colocar unos motes divertidos, de hacer espectáculo con su voz y de la siempre acertada visión de un compañero de faena irrepetible como era (y es) el mítico Antoni Daimiel. Su complicidad resultó una alternativa más que digna. La NBA volvía a tener una seña de identidad en aquéllas antológicas retransmisiones de un dúo que permanecerá inmortal en la memoria de los aficionados. Su momento ‘El Gourmet Culinario’, uno de los ‘hits’ más legendarios de Youtube, sigue siendo uno esos instantes televisivos más imperecederos de cuantos han poblado la historia de este duplo de periodistas que hacen añorar aquellos comentarios baloncestísticos como el que tuvo lugar el 14 de Junio en el Delta Center de Utah, con la consecución del que fue último anillo de Michael Jordan.
La heterogeneidad, la invención, el desparpajo y la humildad de aquel pequeño gran hombre que supo esquivar sus limitaciones con la cercanía de su voz, con la espontaneidad de un hombre cordial y cercano con respecto al público, simbolizaron lo mejor de un locutor muy diferente, totalmente inigualable. En la final del Eurobasket 2009 de Polonia disputada hace apenas un mes, en el estadio Hala Oliwia, Montes se despedía con la noble elegancia que siempre le ha caracterizado: “Yo me despido de todos ustedes. Es mi última retransmisión con La Sexta y voy a decir lo mismo que decía hace tres años y pico, cuando vine a aquí: La vida puede ser maravillosa. Un saludo, amigos”. Terminó tu contrato y la cadena de Milikito decidió no renovarte alegando “motivos de reestructuración”. Un error, sin duda alguna.
Su final marca un trágico desenlace de casualidades inoportunas. Con su agria despedida, sin avisar, improvisada e injusta, el mundo del deporte pierde a uno de sus cronistas más inverosímiles, más carismáticos y bienquistos. Sin él, se pierde gran parte de la capacidad de un mito de la locución que era capaz de exasperar como de hacer reír, emocionar, gritar o aplaudir. El hombre que definía a Jordan con las coplas “aerolínea Jordan, del vuelo número 23” y “Es muy facil, si lo intentas”, que llamaba a Pau Gasol “E.T.” y a Latrell Sprewell “Melodía de seducción”, que redefinió los tapones como “pinchos de merluza” y hacía vibrar con cada triple con ése “ratatatatá” se ha ido para siempre. Y lo ha hecho dejando un sabor amargo, de abatimiento por parte de aquéllos que aprendimos a amar sus discordantes narraciones, su actitud contracorriente. Andrés deja un hueco muy grande que llenar. Te echaremos de menos. Y no sabes cuánto.

viernes, 16 de octubre de 2009

Regreso a La Salle

Ayer por la tarde regresé, siete años después, como en un insólito ‘flashback’ auténtico al lugar donde se rodó ‘El Límite’. No me lo cuestioné ni un solo instante. En el momento en que me propusieron poder visitar aquél extraño y tétrico lugar donde se fraguó aquella pequeña porción de mi vida, tal vez la más venturosa y especial de mi vida, no me lo pensé dos veces. Iba a poder retornar a ese infecto y destartalado museo de los horrores, para rememorar, en soledad y con mi cámara de fotos, las sensaciones perdidas, casi borrosas, que supusieron aquella inolvidable semana de septiembre dilapidada en el año 2002. Hablar de La Salle, en las dependencias municipales homónimas, de su ala abandonada, de su inhóspita Iglesia que fue reconvertida en los 70 en Psiquiátrico y más tarde en hura de ‘homeless’, ‘okupas’ y más tarde festín de misas negras y demás barbaries, me produce un efecto de nostalgia y añoranza más que de rechazo o miedo.
Hoy en día, en 2009, casi no hay vida ni siquiera en la parte del edificio que durante tanto tiempo fue el lugar donde muchos músicos armonizaban sus sueños en una agrupación común que ha dado lo mejor (y también lo peor) de la música local salmantina. Ya no existe el Colectivo de Músicos. Tampoco hay mucha vida policial que digamos. Hace años, vigilando en la puerta siempre había un infranqueable bedel cuya especialidad era tocar un poco los huevos, pidiendo permisos impresos y todo tipo de explicaciones para autorizar la entrada. Ahora no. Sale un amable agente de la sección de transmisiones que te deja acceder sin esperar ninguna perorata a cambio.
Una vez dentro, me sentí como si un hijo pródigo volviera a una siniestra casa con vida propia. Sentí como si aquel oscuro y lóbrego pasillo fuera encendiendo sus luces a medida que caminaba por él. Reconozco que estaba un poco nervioso por todo el vendaval de recuerdos que iba a vivir. Saqué la cámara y me dispuse a adentrarme en los entresijos de la edificación que corresponde a la Iglesia. Hace años, hacían falta hasta cuatro llaves para entrar. Ahora el candado está desvalijado y sólo hay que levantarlo y acceder al interior. Cuando abrí las puertas, un extraño aire sacudió mi rostro haciendo que un escalofrío recorriera mi cuerpo. “Ya estoy aquí. He vuelto.” Dije en voz alta.
Para cualquier visitante de este lugar lo entendería como uno de los más terroríficos y oscuros que se puedan encontrar. Yo me sentía en un hogar lleno de telarañas y polvo, con un sentimiento de tristeza y alegría mezclados de forma confusa. Recuerdo la primera vez que recorrí los tétricos pasillos y subí aquellas desamparadas escaleras. Corría el año 2000 y Eugenio Mira rodaba allí su cortometraje de ‘Fade’. Fue entonces cuando la entidad diabólica del edificio me llamó. Algo hizo que escribiera ‘El Límite’ sólo para poder rodar allí yo también. Recorriendo las múltiples habitaciones abandonadas, uno no puede dejar de imaginar agónicos y tortuosos sucesos de la crónica negra charra que se habrían desarrollado allí mismo. Mirando la estructura del edificio, una Iglesia de cruz latina, me volví a sentir como Brett, el encargado de mantenimiento de la nave comercial Nostromo, yendo en busca de Jones, el gato mascota de la tripulación.
La Salle parece un Castillo del Terror. Recuerdo haber pensado en aquellas instalaciones como metáfora visual del orgullo humano, del ascenso excesivo de un mortal, ascensión orgullosa cuyo corolario es un aislamiento demasiado grande respecto a la comunidad sobre la que pretende elevarse. Y fue la definición que trasladé a Fred, el asesino de carácter hedonista de ‘El Límite’. Ayer, se me ocurrieron varias historias, de otra índole, de otros géneros… Es, probablemente, la localización más acojonante de cuantas haya visto. Esa humedad, las tuberías que dejan ver el alma del edificio, la oscuridad visceral, los tonos ocres, las aberturas en el techo que, a modo de ojos, observan al incauto intruso que camina sobre los pasillos envueltos en doce capas de polvo. Pero, sobre todo, la historia oculta de la Iglesia, los zapatos y la ropa de personas que huyeron de allí despavoridas, cabezas de muñecos con un ojo contemplando cada paso que das y la otra cuenca vacía, con libros de texto intemporales al lado y esos colchones, algunos con sangre, otros llenos de mugre.... Uno imagina niños llorando, viendo cómo sus padres caen muertos ante sus ojos. Sin explicación o teorías prácticas. La Salle es así. No hay un término medio que pueda albergar otro tipo de historias.
No sé por qué, pero ayer, el instinto me hizo recordar desde mi entrada a la construcción una habitación especial de entre todas las que hay. Aquélla en la que descubrimos una escalofriante historia real, sin espacio para la ficción o el abuso de imaginación. Recuerdo, así como lo harán todos los que la leyeran, una nota que comenzaba con la frase “me estoy muriendo...”. Pone los pelos de punta. Cierto es. Sin embargo, profundizando un poco más, leyendo cartas y postales, la misma persona iba contando cómo y de qué manera iba a morir, salpicado todo aquello con fotos de un niño pálido, triste, desesperanzado. Era la siniestra narración de aquélla mujer y su relación con su hijo. La historia de una madre encerrada en lo que fue allá por los 60 un psiquiátrico. La angustia de una mujer llamada Beatriz, la misma que aseguraba querer acabar con su vida y, lo que es peor, con la de su pequeño… Miles de historias entre las paredes de aquel lugar se solidifican en el interior del que lo visita, le poseen y le retuercen el corazón hasta que uno no puede respirar. Y lo que pocos saben. Que el templo está construido sobre un cementerio, para enterrar a los clérigos y presbíteros. Un dato que puede formar parte de su leyenda negra, pero que tal vez fue real…
En las restantes habitaciones que no llegan a los 20 metros cuadrados, hay esparcidos calendarios de los 60 y de los 70 junto a otros de 1994, ropa roída junto a una zapatillas Nike no tan antiguas, sillones ensuciados hasta la arcada, colchones con diversos fluidos, cocinas individuales, armarios destartalados, ropa y más ropa atemporal, crucifijos llenos de mierda, postres de futbolistas de los 80 y material psiquiátrico... más del que uno le gustaría ver. Una vez metido en aquellas paredes, como me pasó ayer, uno sólo cabe hacerse una pregunta ¿Qué cojones pasó aquí? ¿Por qué todo es tan intemporal? ¿Por qué parece que en las más de 150 habitaciones hubiera habido gente de hace más de seis décadas pero da la sensación de que han abandonado el lugar hace menos de diez años?
Mientras fotografiaba insaciablemente, miré hacia abajo, por las ventanas interiores y lo que cualquiera podía ver como una Iglesia muerta, ambientada por el terror, para mí era la vuelta a casa. De repente, me vi a mí mismo correr por la nave central de la Iglesia, lleno de alegría, dirigiendo mi último corto, yendo de aquí para allá. Los del equipo de eléctricos sin respiro, a mis actores esperando su turno, al director de fotografía mirando por el combo… Volví a sentir aquélla vida que le dimos al edificio durante seis días. Reviví, por medio del recuerdo y unos pocos minutos, aquella semana en que los sueños del pasado se desempañaron y me devolvieron, de forma cruel, a la realidad de La Salle, como si ésta quisiera decirme algo.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Chuck Norris, Dios y las armas

“El derecho del pueblo a disponer de armas jamás será infringido”.
(Chuck Norris).
Hace menos de una semana, Barack Obama fue premiado con el Premio Nobel de la Paz. Sin embargo, el país que preside continúa siendo la potencia internacional que más invierte en esas llamadas “industrias de defensa” que tanto ha simbolizado en su evolución al gran país de las barras y estrellas. Suponemos que la corriente ‘obamista’ no será tan férrea a la idea de que cada americano tiene derecho a tener a un arma de fuego. O sí, vete tú a saber. Lo cierto es que es algo que ingénito a ese patriotismo desbordado y obsesión por la seguridad personal y familiar. Y si hay un icono que lleva prolongando su estela de mito ‘freak’ y reivindicativo del tema durante décadas, mucho más que cualquier otro, ése es, sin duda alguna, Chuck Norris, el heredero ideológico de Chartlon Heston. Y parece que no está muy de acuerdo con la política y la figura del actual ocupante de la Casa Blanca norteamericana.
El protagonista de la inolvidable ‘Desaparecido en Combate’ acaba de lanzar en el diario WorldNetDaily un artículo a modo de disciplina bajo el lema ‘Dios y las armas’. Para Norris las armas mantienen fuerte el espíritu, que para eso están. Para la defensa. En esta primera parte del alegato se alude a algunas de las enmiendas fundamentales del americanismo, para elegir una religión libremente y, sobre todo, para llevar armas de fuego. Se asegura que los derechos fundamentales de América se han convertido uno de los objetivos para las chanzas culturales a menudo consideradas como elementos de estilo de vida rural. Para Norris se utiliza una definición sesgada del conocido como ‘redneck’ sólo por este hecho. Y quien no esté de acuerdo, que tenga cuidado. Que el Walker Texas Ranger más conocido de la televisión fue el creador de la filosofía marcial Chun Kuk Do y puede repartir hostias como panes en cualquier momento. Por eso, asegura que prefiere utilizar su famosa y letal “patada giratoria” que un arma de fuego si alguien entra en su casa (o le lleva la contraria). Se contradice así aquél código 49 del ‘Chuck Norris Facts’ que atestigua que “siempre duerme con una pistola bajo la almohada’.
De momento, ya tenemos la primera parte de ese testimonio en el que hasta alude a Thomas Jefferson para amar por igual a Dios y a una buena AKA 47. Para Norris estos dos afectos van unidos y cogidos de la mano.
Palabra de Chuck.

martes, 13 de octubre de 2009

HBO Imagine, el cubo multinarrativo

Viene de hace unas semanas, pero no quiero dejar escapar la posibilidad de hablar de ello. Hace poco ha llegado a mis manos el enlace de ‘HBO Imagine’ conocido como ‘El Cubo’, otra de esas maravillas creativas de la HBO que mezclan ideas preconcebidas con innovación práctica. Si hace ya tiempo apreciábamos las ganas de transformar el medio por parte de una cadena nacida para revolucionar la televisión estadounidense y, por extensión, la del resto del mundo gracias a la creación de la agencia BBDO ‘Voyeur Project’, aquel experimento ‘vouyerístico’ de narración situacional de varias historias simultáneas gracias a unas ‘window peeping’, ahora, también de la mano de la mencionada agencia, nos sorprenden con una iniciativa similar, en su énfasis de aportar novedades a modo de acontecimientos en el panorama audiovisual.
Se trata de ‘El Cubo’, que propone un laberíntico entramado de historias que se entrelazan dentro de un cubo en 3D, donde de cada lateral del mismo se ramifican varios cortometrajes que cambian de signo y rumbo según se cambia la cara del cubo, accediendo a otro plano del filme, lo que provoca, en tiempo real, una sincronización con el resto de las caras del cubo. Pequeñas micropiezas que funcionan como obras de orfebrerías, que se necesitan entre sí para dar sentido al conjunto. Los señores de la cadena norteamericana privada vienen haciendo posible su complejo lema: “It’s more than you imagined, it’s HBO”.
Por cierto, después de toda la mañana tragándome la secuenciación de bifurcaciones narrativas, uno de los que me ha fascinado ha sido el segmento llamado ‘Teddy Bear Chase’.

lunes, 12 de octubre de 2009

Do ask. Do tell.

En el episodio 4 de la segunda temporada de ‘Padre made in U.S.A. (American Dad)’, lo que viene siendo la propuesta alternativa parida por Seth McFarlane junto a ‘Padre de familia’, Stan Smith, ese prototípico e hiperbolizado ultraconservador, patriota y obsesivo agente de la CIA y cabeza de familia de una prole disfuncional, es rechazado como orador en la Convención Republicana Nacional representando a Langley Falls. Resignado y dolido, hace ver su gran compromiso con la nación adaptando una obra teatral sobre David Derickson, el asistente personal de Abraham Lincoln. Pero lo que para él es un alegato al americanismo y a la rectitud de los valores más arcaicos de la mentalidad republicana, para los demás se percibe pronto como una metáfora del mundo gay, por lo que es invitado a ser el conferenciante del Sindicato de Gays Republicanos.
Estos días se emite en la HBO el documental con bastante mala hostia ‘Outrage’, de Kirby Dick, sobre el gobernador de Florida Charlie Crist, uno de los políticos republicanos que esconden su orientación homosexual con una doble vida. Lo mismo que el ahora retirado senador de Idaho Larry Craig y el ex gobernador de Nueva Jersey Jim McGreevey. Gays en su vida personal, esposos fieles y conservadores en su vida pública. Mientras en ‘American Dad’ se ironiza sobre la hipocresía yanqui acerca de los gays con la conversión de un radical convencido de los antediluvianos e inmovilistas efectos del viejo aire republicano con un personaje que pasa de presidir el ‘7th Annual Anti-Gay Palooza’ con Pat Robertson a querer compartir un crucero de la llamada ‘Cabaña republicana’, en la vida real política sigue habiendo gente que monta una vida alrededor de una mentira tramoyista para convencer a la sociedad y acaparar votos. Ahora Crist quiere conseguir un puesto en el senado de Washington, la misma ciudad donde se ha gritado este fin de semana el lema ‘Gay, straight, black or white, marriage is a civil right!’. God Bless America!

viernes, 9 de octubre de 2009

Review 'District 9 (District 9)'

Ucronía con muy poca metáfora y excesiva acción
La cinta de Blomkamp sigue las directrices genealógicas del falso documental para abordar una sutil crítica contra el racismo y el poder. Sin embargo, abandona muy pronto el discurso sociopolítico para lanzarse hacia un cine de inmediatez y efectos especiales.
Dedicado al mundo de la publicidad y con sólo un par de cortometrajes, el joven sudafricano Bill Blomkamp ha sido apadrinado por el poderoso Peter Jackson para un debut que tiene como génesis uno de esos trabajos cortos, ‘Alive in Jogbur’. En éste, el joven cineasta ya proponía las mismas bases que en ‘District 9’ con la presentación de un falso documental y una misma premisa: la existencia de un gueto a modo de campo de refugiados con alienígenas que han sido apartados de la sociedad dentro de la ciudad de Johannesburgo, en Sudáfrica. La identidad de este arranque del largometraje evidencia un seguimiento del complejo entramado de la impecable pieza corta.
Se comienza así la descripción de un proceso de llegada de los extraterrestres y el paulatino cerco al que son sometidos, en una especie de normalizado ‘apartheid’ que acredita la intransigencia y el racismo implícito en la sociedad moderna. Tres décadas después de que los extraterrestres llegaran a tierras sudafricanas, fueron recolocados y apartados del ‘downtown’ en un espacio a las afueras de la ciudad, en un terreno denominado ‘District 9’, donde la pobreza y la miseria han marcado la vida de estos visitantes de otro mundo. La MNU, una corporación designada por la ONU para hacerse cargo de los extraterrestres, utiliza este movimiento como excusa reubicarlos en unas nuevas instalaciones y así evitar la convivencia entre las razas.
Tanto ‘District 9’ como ‘Alive in Joburg’ suscitan su posición de drama que bebe de las fuentes del hiperrealismo televisivo para mostrar ese docudrama mezclado con la original ciencia ficción de fondo. Aquí el género es tomado como pretexto a la hora de hablar de la capacidad sin límite de los gobiernos a la hora de marginar a comunidades enteras y de qué forma sus discursos de concordia esconden oscuros intereses como, en este caso, apoderarse de su tecnología armamentista. Blomkamp sigue las directrices genealógicas del falso documental para establecer los fundamentos de su alegato en contra de la irracional usufructo que los fuertes hacen de los más desfavorecidos trazando un escenario apocalíptico.
Los primeros minutos componen lo mejor del filme, con una vivacidad frenética, a través de declaraciones a cámara que imponen un propósito de verismo en su intento de metáfora política con ímpetu de denuncia y sacan a la superficie los viejos fantasmas del pasado de Sudáfrica. La misantropía y el odio se dan la mano como elementos adheridos a una Humanidad condicionada por sus acciones miserables. Sin embargo, ‘District 9’ se traiciona demasiado pronto a sí misma, puesto que la seriedad con la que se planeta una especie de ucronía y parábola humanista con connotaciones de ofrenda a la serie B se desgaja en el mismo momento en que el agente del gobierno Wikus van der Merwe se expone ante la biotecnología de los aliens.
A partir de entonces, la crítica social subyacente se abandona a favor de la ‘buddy movie’, de cierto humor que no cuaja muy bien con lo planteado en su comienzo. Poco importa que el ser humano haya enganchado a los visitantes a una droga en forma de comida para gatos, ni de las imposiciones a la hora de hacerles firmar un documento que les haga más fácil su traslado, ni de la violencia que se ha utilizado en este barrio restringido donde habitan esa raza extraterrestre que recuerda a los Vortigaunts del videojuego ‘Half Life 2’ y sus trapicheos con bandas nigerianas. Con la segmentación argumental se recurre fácilmente a los lugares comunes del género de acción, muy por encima de su esencia de ‘Sci-Fi’.
Para Blomkamp llega un momento en que lo único que hace avanzar la acción son los continuos giros hacia un cine de inmediatez y efectos especiales que renuncia al discurso sociopolítico y lo convierte en una sátira atiborrada de insustancial pirotecnia. La rápida transformación de Van der Merwe (interpretado por Sharlto Copley), protagonista caricaturesco que, de ser un papanatas integral, un necio que es arrojado a la boca del lobo, va creciendo fulminantemente hasta reconvertirse en un superhéroe al más estilo Hollywood, se deja en manos de los tópicos y la excentricidad como único valor de avance del largometraje. Lo mismo sucede con ese alien (de esperpéntico nombre Christopher Johnson) y su hijo, que son sólo una excusa para hacer ver lo magníficamente integrados que están los efectos especiales en la acción real, así como ese estrambótica recreación a lo ‘Transformers’ de la pugna final (el cineasta ha dirigido el anuncio de Citröen con esta materia) o el levantamiento de las naves que protagonizan el último tramo de la cinta. Y llegados a un punto donde todo vale, el único motor de solución y justificación es el ‘Deus Ex Machina’.
Sin embargo, lo cierto es que, aunque ‘District 9’ caiga en todo tipo de convencionalismos y no sea esa obra maestra impuesta por los ‘fans’ que han caído rendidos ante este fenómeno de culto instantáneo, no hay que negarle un privilegiado sentido del ritmo y del espectáculo que se hermana en imagen con un elaborado acabado formal. Se trata, por tanto, un filme entusiasta, que no renuncia en ningún momento a su esencia de divertimento hijo de su época, la misma que, por medio de una campaña viral intachable, ha sabido activar la atención de los nuevos modelos de comunicación y difusión del momento y la ha convertido en el éxito más rentable del año.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'Ágora', de Alejandro Amenábar

martes, 6 de octubre de 2009

'El tren': Antihéroes contra el expolio nazi

John Frankenheimer salió de aquel fantástico grupo de cineastas denominado ‘La generación de la televisión’, compuesto por autores con un ideario y unos principios determinados que, con erudición televisiva de calidad, afrontaron su carrera cinematográfica con un concepto de realismo y tejido social que modificó las tesis se que alejaron, en cierta medida, del post-macarthysmo, la guerra fría y el patriotismo de la época. En ‘El tren’, Frankenheimer se olvida de cualquier moralismo implícito de las decisiones antinaturalistas que se toman a lo largo del filme. En ese periplo donde los franceses tienen que impedir que el tren que transporta tesoros artísticos de un museo de París destinadas al III Reich termine su trayectoria. La película obliga al espectador a asumir un juego de apariencias desde su inicio, cuando Labiche (Burt Lancaster), uno de los antihéroes que dedican su vida al ferrocarril, se destapa como un agente secreto encargado de que la misión de tráfico de obras no se haga efectiva.
Un juego de recovecos psicológicos que, dentro de un filme bélico, se impone a las armas, que cuestiona las decisiones de un personaje que juega un doble papel; el de aquel que tiene como obligación salvaguardar la integridad artística que va en la locomotora y al mismo tiempo debe impedir que el tren llegue a Alemania. Todo ello, en un magistral artificio donde hay que burlar al enemigo y obligarle a creer su propia mentira. Una pugna dialéctica y moral donde se especula sobre la vida y el arte, temas capitales que son tratados frente a frente por Labiche y Von Waldheim (Paul Scofield), un oficial nazi que es capaz de sacrificar a sus hombres por cumplir su misión y a la vez se aleja del mercantilismo alemán porque adora esos cuadros.
Basada en el libro ‘Le front de l´Art’, de Rose Valland, responsable del museo Jeu de Paume, lugar donde se acopiaban los cuadros que los alemanes habían saqueado de Museos y colecciones privadas de Francia antes de su traslado a Alemania, supone uno de los mejores trabajos de Frankenheimer, que da una lección de detallismo, definido en el cuidado con el que cineasta puntúa cada plano (algunos de ellos, planos secuencia abrumantes y perfectos), sin ahorrar tensión o violencia, dejando que la acción vaya creando el desasosiego necesario en la gradación e influencia de cada personaje. ‘El tren’ es una ejemplar muestra de cine de acción bélico con un engranaje narrativo que funciona como un reloj.

viernes, 2 de octubre de 2009

'Gordos (Gordos)', de Daniel Sánchez Arévalo

Exceso de peso
A pesar de seguir los preceptos de riesgo de su obra debut, Daniel Sánchez Arévalo naufraga parcialmente en su compleja fusión de comedia y drama, pero sin negarle al cineasta la pasión y ternura con la que va fragua la materia humana de sus personajes.
‘Azuloscurocasinegro’ fue la culminación cinematográfica en largometraje por parte de Daniel Sánchez Arévalo tras convertirse en un valuarte del cine español que instauró un modelo de cortometrajes de éxito. La expectación fue máxima y no defraudó. Su debut fue la demostración de pericia con una historia custodiada con total dilección, sin concesiones a grandilocuentes aspiraciones de suntuosidad, abandonando los esquemas preestablecidos y dejándose llevar por su profundo respeto hacia unos personajes que resultaron verosímiles, gracias a que fueron filmados con sensibilidad y entusiasmo.
‘Gordos’, su segundo trabajo, pretende seguir el camino de abordar otra película contracorriente, que no responde a ninguna conducta o estilo predefinido de lo que se podía esperar de este joven talento. La trama se centra en denunciar los excesos y carencias de la vida a través de cinco historias vinculadas mediante una terapia de grupo para superar los complejos provocados por un tema compartido: la obesidad. Desde un homosexual violento e inestable que vendió pastillas adelgazantes hasta una joven muy religiosa a punto de contraer matrimonio con su novio, pasando por investigador de la policía científica con una prole entrada en carnes a excepción de su hijo, una ingeniera de telecomunicaciones que ha engordado mientras su pareja reside en Los Ángeles hasta llegar al propio psicólogo que lleva la terapia, un hombre que no soporta la idea de ver engordar por un embarazo a su mujer, una atlética profesora de educación física.
Esta fábula de vidas cruzadas aborda el sobrepeso desde un prisma comprometido con los problemas de sus personajes, desde la conformidad al repudio, con las reconvenciones de ése pequeño ecosistema de gente con conflictos internos que van más allá del aspecto físico y las consecuencias de la dejadez interior y la apariencia exterior. ‘Gordos’ expone una serie de traumas y obsesiones en unos roles incapaces de ser felices y enfrentarse a sus verdaderos pensamientos y deseos, de encontrar su lugar en el mundo. La obesidad, en este caso, sería una metáfora de un modo de vida contemporáneo en el que importante no tanto la inestabilidad personal y autodestructiva como la apariencia externa. Estamos ante una muestra de cine ambicioso, puesto que Sánchez Arévalo no se conforma con ofrecer una interrelación de conflictos personales entre los personajes, sino que se muestra arriesgada en los excesos dentro de sus propósitos al fusionar, no siempre adecuadamente, comedia y tragedia.
Es en esa difícil avenencia de géneros donde ‘Gordos’ naufraga parcialmente, padeciendo de cierta irregularidad en la sucesión de un tono pausado y cómplice, donde humor y drama parece integrarse con aparente facilidad, a ponerse muy solemne en esa variante de relaciones y crisis personales que van tomando protagonismo según avanza la segunda mitad del filme. Supone un cambio de ritmo desigual y extraño, pero que a su vez logra emocionar en su último tramo, pese a esa confusión provocada por la doble vertiente descompensada de sus designios narrativos. Eso sí, hay que increpar el abusivo manejo de un humor algo ordinario, que se desubica, en cualquier caso, dentro de las intenciones tragicómicas del filme, así como la indulgente utilización de la religión, la doble moral y el sexo como diana para muchos de sus ‘gags’, a veces reiterativos, otros hiperbolizados por un ímpetu trasgresor y fácil.
La segunda película de Sánchez Arévalo consuma una desigual trayectoria que acaba por destaparse como una cinta pesimista que no esconde sus vicios a la hora de exponer con rigor ciertas situaciones que caen directamente en lo grotesco (como esa amante de Enrique interpretada por Pilar Castro, la profesión de policía científico de uno de ellos y el desencadenante de la ruptura familiar y todo lo que concierne a Enrique, uno de los principales motores de la acción). Es otro de los factores que hace que ‘Gordos’ fuerce una desatendida inverosimilitud que resta vigor al fondo costumbrista sobre el que se asienta, desposeyendo así de gran parte de la empatía que se busca con sus personajes. Un hecho que sí era indiscutible en ‘Azuloscurocasinegro’ y que aquí termina por formular una especie de ficción harto discursiva.
Lo que no se le puede negar al cineasta es la pasión y ternura con la que va fraguando la materia humana de sus personajes, por muy estrambóticos o estereotipados que sean, asumiendo los defectos y sus riesgos. En lo que no hay ninguna duda es en lo bien que dirige actores el director madrileño. El elenco de enfático talento se revela como lo mejor de la función. Sánchez Arévalo es consciente de que su comprometida jugada sólo podría estabilizarse con una dirección actoral a la altura. Y lo cierto es que todos, en mayor o menor medida, aportan unos trabajos interpretativos excelentes. Desde los afanosos Roberto Enríquez, Verónica Sánchez o Fernando Albizu a la eficacia de Pilar Castro, Marta Martín y María Morales hasta la gran disposición de Leticia Herrero y, sobre todo, de un Raúl Arévalo que sabe mesurar un personaje difícil, con un capacidad interpretativa sorprendente. En este apartado, es posible que el peor parado sea Antonio de la Torre, ya que a pesar de una colosal y loable metamorfosis física para su papel, no logra traspasar ese esfuerzo a la credibilidad que requería un cierto patetismo y la crueldad de su violento personaje gay, excediéndose en su histrionismo, sin terminar de uniformar el cambiante carácter de su personaje.
‘Gordos’ es una historia irregular, llena de trabas y carente de un ritmo uniforme. Eso sí, también es verdad que es una película comprometida con sus menoscabos, que lleva hasta el final sus preceptos de heterogeneidad en su forma de hablar del desamor, de los miedos a enfrentarse a la realidad y esconder los verdaderos problemas en el aspecto físico. Sánchez Arévalo, muy al contrario del discurso de Enrique con esa secuencia a modo de epílogo en el desaconseja la utilización de ‘Kilo-AWay’ para adelgazar, no cae en la fácil moraleja que hacer hincapié en que lo importante no está en el exterior, sino en el interior de las personas. Lo más significativo, al fin y al cabo, es que, si bien esta nueva película ha dejado un sabor agridulce, estamos ante un director imprevisible con gran capacidad para narrar y un futuro lleno de sorpresas.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'Disctrict 9', de Neill Blomkamp.