lunes, agosto 31, 2009

Comenzó la Liga 2009-2010: Amor y odio por el fútbol

Este fin de semana comenzó la liga. Umberto Eco afirmaba en su ensayo ‘La cháchara deportiva’ que el deporte rey, ése por el que millones de aficionados discuten y dilucidan como si se tratara de filósofos enardecidos con la razón absoluta individualizada a los colores de su equipo, se nutre básicamente de hipertrofia discursiva. En este texto se profundiza en el fútbol como tema consumado en sí mismo, con una perorata vacía caracterizada porque, salvo raras excepciones en que espectáculo se conjuga con la fascinación del deporte y la gesta, no hay nada de qué hablar, más que lo que proviene desde un punto de vista limitado e intransigente. Todo lo que acontece en ese anfiteatro rectangular se reitera una y otra vez, invariable al cambio de los tiempos.
Desde hace años, los monopolios de atención y económicos han convertido lo que antaño fuera una pugna competitiva entre muchos equipos por un mismo objetivo en una restricción de lucro y gloria para dos únicos clubes, por lo que tanto la disposición histórica del significado de rivalidad como la esencia misma de todos sus designios quedan desechados en función de la totalitaria afinidad de un pueblo dividido, básicamente, en dos bandos. Cada uno debe responder a las expectativas, al comercio, a la estadística, a la exención populachera que les inmuniza sobre cualquier otro grupo. Los demás continúan contemplando la imposibilidad de hacer frente a los gigantes que han destruido cualquier tipo de optimismo de victoria global en una disputa de servilismo a las victorias de estos conjuntos de raigambre enfrentada y compartida.
Hoy en día, el fútbol tiene dos flancos que absorben la consideración y el sesgo de los medios, que formulan un despótico planteamiento en torno a la liga de fútbol ante la resignada mirada de aquellos que un día soñaron con que su equipo ganara algún que otro título. La evolución del feudalismo y el señorío de los que han engrandeciendo su gleba popular hasta convertirse en intocables egregios con aroma a excesivo peculio han terminado por transformar el torneo en una ridícula emulación de competencia adulterada y desigual. Es un sinapismo de intereses aglomerado dentro de un mercado de beneficios con la curiosidad de una audiencia sometida al siempre importuno automatismo. El fútbol ha dejado de ser lo que fue. Y como el mismo Eco exponía, ya sólo queda un deporte “circunstancial, banal y constantemente porfiado”.
Resumiendo toda esta absurda disertación en una sola frase: Reconozco que me apasiona el fútbol. Pero a la vez, lo odio profundamente.

viernes, agosto 28, 2009

Review 'Enemigos Públicos (Public Enemies)'

Chicago años 30; regodeo estético y anacrónico
Mann pierde la oportunidad de tributar un fresco histórico sobre los pilares con los que se fraguan los mitos populares para dotar a su nuevo filme de un enfoque hagiográfico que se entorpece con sus ínfulas por renovar visualmente el medio.
Como en otros estupendos trabajos como ‘Heat’, ‘El dilema’, ‘Ali’ o ‘Collateral’ , a Michael Mann le interesa exhibir su talento. Eso es algo que ha demostrado de sobra en anteriores cintas, convirtiendo esta faceta en una de las características que han hecho de Mann un profesional del medio y uno de los realizadores más respetados del cine actual. Y vuelve a las andadas con ‘Enemigos Públicos’, proponiendo otro manifiesto a medio camino entre los elementos clásicos del cine de género, el modernismo, la experimentación en la geografía narrativa y su revolucionaria y ‘kamikaze’ visión de las nuevas tecnologías aplicadas a una nueva plasticidad digital en imagen.
En esta ocasión lo hace adaptando una especie de ‘biopic’ en torno a la controvertida figura de John Herbert Dillinger y su carrera delictiva en sus últimos años como uno de los muchos iconos de la cultura popular de Estados Unidos, reconstruyendo con el acostumbrado detallismo los archivos del FBI pormenorizados en un ensayo de Bryan Burrough sobre la oleada criminal del Chicago de los años 30.
Mann toma para ello la idealización del mito, desde su fuga de la cárcel de Indiana en 1934 y sus posteriores meses de actos delictivos en una época donde las figuras más populares eran criminales del calado de “Babyface” Nelson o “Pretty Boy” Floyd hasta el final de Dillinger a la salida del cine Biograph Theater de Chicago. Mann ha preferido desciende a los condicionamientos del héroe legendario, mitificando su personaje dentro de un contexto de violencia y acción, salpicado de cierto romanticismo edulcorado con la inserción a calzador del elemento femenino de la trama, Billie Frechette (Marion Cotillard, actriz que actúa mejor con los ojos con la voz), una humilde empleada de un guardarropa de la que el famoso ladrón cae rendido.
Se trata de un retrato menos vehemente de lo que se podría esperar, en su función de acercamiento a una figura icónica, distanciado de la épica con un gusto destacable por la reconstrucción de un tiempo pasado. Sin el firme propósito de desarticular realidad y ficción, Mann encubre su filme bajo un tono místico de la figura de Dillinger con el rostro de un Johnny Depp que se esfuerza por salir de los cánones ridiculizados de su Jack Sparrow, en un reajuste de la imposible divinidad de actores como Paul Muni, James Cagney, Humprey Bogart o Edward G. Robinson. ‘Enemigos Públicos’ se inscribe así en esa genealogía puramente estadounidense del gángster enclavado en el cine negro que propugna sus hazañas y está revestido de un halo de romanticismo melancólico y oscuro.
Con estos elementos Mann podría haber tejido un rotundo fresco histórico sobre las leyendas y los pilares con los que se fraguan los mitos populares, definido en el auge y caída de un bandido que ha marcado con sus tropelías la Historia del Crimen Americano. Muy lejos de lograrlo, ‘Enemigos Públicos’ se apega en exceso al flanco de pretensión realista e incuestionable. Su enfoque hagiográfico hacia la figura de Dillinger hace que se relegue cualquier analogía entre la actualidad y los años 30, cuando la situación económica de la época representada en pantalla se hubiera podido equiparar a la actualidad, dejando de lado una profundización sutil a la situación que sucedió al crack del 29, la gran depresión, sin denotar en ningún momento ni aludir de forma alguna a la situación económica del país. Para Michael Mann y sus co-guionistas Ronan Bennett y Ann Biderman es más importante esa risible historia de amor entre Dillinger y Frechette, trufada de convencionalismos, vacua hasta el aburrimiento y condensada en secuencias que hacen sonrojar por lo acicalado y superficial de sus diálogos que subrayar la crisis moral de una sociedad agonizante, olvidando con ello la superficie existencialista de sus antihéroes al margen de la ley.
En ‘Enemigos Públicos’ tampoco destaca una dialéctica de antagonismos entre los personajes de Dillinger y su inquebrantable perseguidor Melvin Purvis (Christian Bale haciendo el mismo papel de siempre), definida desde una simplicidad formularia entre el villano con el que el espectador debería identificarse y el hombre de ley antipático y arrogante que, como en el cine de Mann, lleva su profesión más allá y por encima de su vida privada. Poco más en ése sentido. Un ejemplo de ello sería la poca definición que tiene un personaje como J. Edgar Hoover (Billy Crudup), al que se despacha con un par de secuencias sin mucha enjundia, pero que, en realidad, es el verdadero símbolo de la burocracia gris de los altos mandatos que hicieron que el pueblo viera a Dillinger como un símbolo de los deseos populares por burlar la ley e ir a contracorriente, traspasando los límites legales.
Así, se destaca, por el contrario, la admiración de la prensa y el populacho por un hombre de mal que tardaba exactamente cien segundos en robar un banco, siempre dejando el dinero de los clientes por una absurda ideología altruista. O se prefiere tiranizar con frialdad el retrato hostil de Purvis. Todo ello encuentra un equilibrio bastante ajustado en la dinámica con la que Mann dota la atmósfera del filme, donde la muerte parece acechar en cada esquina capacitando un vehículo de acción, drama e historicismo. Eso sí, no hay que negarle al director de ‘El último Mohicano’ la pericia que tiene a la hora de componer coreografías de violencia y acción, desde una perspectiva cinéfila e innovadora.
Uno de los puntos más polémicos y debatibles que se subrayan de ‘Enemigos Públicos’ es, precisamente, la cualidad de Mann que le ha granjeado su contrastada profesionalidad, imponiendo una sorprendente evolución con medios revolucionarios en cuanto a técnica se refiere. Pero seamos sinceros, ésta vez el tiro le ha salido por la culata. No sólo porque la avidez de experimentación de formatos por parte de Dante Spinotti se queda en un mero amago de riesgo, haciendo que la F23 con la que se ha rodado parte de la película desluzca sus intenciones de exposición formal, en muchas ocasiones con el pobre aspecto una Handycam HD casera, dejando momentos descompensados de grano (movimientos sin obturación, por ejemplo), que descoloca al espectador por un simple exhibicionismo estético en su persistente búsqueda de las texturas hiperrealistas. Tampoco ayuda tanta cámara en mano y movimiento con la pretensión de un ‘cinema verité’, en busca de una fiel captación la década de los 30, siendo el resultado un regodeo estético anacrónico.
Más allá de vanguardias autorales y modernismo en cuanto a texturas, Mann sigue demostrando que es capaz, cuando la técnica y sus jugadas no están de por medio, de crear una atmósfera apabullante. De ahí que el diseño de sonido esté por encima muchas veces de la imagen, como en esos espectaculares tiroteos con metralletas, que devuelven la realidad de aquellos procelosos tiempos, coreografiados formalmente con la frecuente brillantez de un director dotado con maestría para la acción, pero que proclama esta vez su vena más irregular en un filme que, más allá de su historia convencional, no logra evitar la apariencia de cliché. Por mucho que se pueda ponderar la extraordinaria reconstrucción de la época.
Podría decirse que ‘Enemigos Públicos’ es la cinta de Mann más atípica e inusual, pero no es así. Es curioso que Mann finalice el filme con la visualización en un cine de ‘El Enemigo Público Número Uno’, de W.S. Van Dyke y George Cukor protagonizada por Clark Gable y Myrna Loy, pues es el instante en que uno echa de menos aquél cine clásico de ‘gángsters’ en toda su esplendidez y ve que una cinta como ‘Enemigos públicos’ no es más que una excusa para intentar revivir un espíritu inalcanzable que Mann no logra, dejando a la vista la irregularidad del conjunto.
‘Enemigos Públicos’ ambiciona en todo momento acercarse a los límites del gran ‘thriller’ contemporáneo que bebe de los clásicos en su intención de evocar la esfera crepuscular de un mito y revoca su estilo y narrativa a la concepción más genuina del género. Una meta que se le queda en el camino a un Michael Mann mucho más presuntuoso que nunca, por mucho que no tenga ningún tipo de problema en mantener el interés del espectador.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'Resacón en Las Vegas', de Todd Phillips.

miércoles, agosto 26, 2009

Bukowski y el 'uppercut' de verano

Una lectura recomendada que cualquiera puede leer en verano, cuando el calor aprieta, las ideas se reblandecen y el ánimo decae es cualquier legado literario de Charles Bukowski, el mismo que se sumergía en los bares de mala muerte y el alcohol antes que en la vida y sus miserias y mentiras, desde una perspectiva insurrecta y deshonesta, acometida con emoción y sentimientos desencontrados. En un post de este tipo uno podría optar por extender unas palabras sobre sus iniciáticos artículos ‘Secuelas de una larguísima nota de rechazo’, de ‘20 Tanks From Kasseldown’, sobre sus versos en ‘Crucifijo en una mano muerta’ o ‘Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas’ e incluso analizar de forma concienzuda los nexos que unen obras como ‘Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones’, ‘Factotum’, ‘Mujeres’, ‘La senda del perdedor’, ‘El borracho’ ‘Hollywood’… o tantas otras.
Sin embargo, apetece ajustarse al apreciación general sobre el artista, entender porqué Bukowski era como era, porque supo mejor que nadie describir con su corrosiva mirada la depauperación del mundo que nos rodea, con una despreciativa y entrañable actitud de aquél que sabe mirar con comprensión los subfondos de la ruindad humana. Su prosa de sumidero nacía directamente del alma, de las entrañas de un escritor borracho, casando y harto de todo pero que, al fin y al cabo, sabe sonreír. Bukowski desglosó tras sus páginas un mundo de realidad escondido en el lenguaje malhablado, de madrugada de bares, de bajos fondos que siempre irradia una luz desde el fondo de un vaso vacío que necesita ser rellenado con más alcohol y dejar atrás de nuevo la impertinente soledad de una noche de copas y confesiones que atañen directamente a la obsesión por el sexo y otros vicios fundamentales.
La suciedad y degradación nunca tuvieron una verdad moral tan contundente. Bukowski, desde el reverso del espejo contracultural, ‘underground’ si se prefiere, que un día cruzaron Henry Miller, Jack Kerouac, Willam Burroughs o Norman Mailer, revirtió la crítica y confusión generacional en insano cinismo. Sus obras son como tremendos ‘uppercuts’ (que viene a ser lo mismo que una hostia bien dada en toda la jeta) que devuelven al lector a sus instintos básicos, a la naturaleza con la que se mueven los animales humanos y que borra cualquier atisbo de gilipollez y esperanza en los felices semblantes de los que adulteran sus problemas en la mezquina e inexistente felicidad de una vida de artificios laborales y personales sujetos a la imposición social.
Su voz con olor a alcohol y sudor, su ímpetu crítico alejado de cualquier grupo generacional convirtieron al viejo Chinaski, el viejo indecente, en un disertante de la vida. Y lo hizo desde el desencanto propio de las noches interminables de burdel, del vértigo y la resaca del día después, la misma que te hace ver la realidad con coherencia y repugnancia. Asumiendo lo que hay. Sin más.
El perdedor
Y el siguiente recuerdo es que estoy sobre una mesa,
todos se han marchado: el más valiente
bajo los focos, amenazante, tumbándome a golpes....
y después un tipo asqueroso de pie, fumado un puro:
- Chico, tu no sabes pelear - me dijo.
Y yo me levanté y le lancé de un golpe por encima
de una silla.
Fue como una escena de película y
allí quedó sobre su enorme trasero diciendo
sin cesar.
-Dios mío, Dios mío, pero ¿qué es lo que
te ocurre?- Y yo me levanté y me vestí,
las manos aún vendadas, y al llegar a casa
me arranqué las vendas de las manos y
escribí mi primer poema,
y no he dejado de pelear
desde entonces.

lunes, agosto 24, 2009

Los mejores calamares del mundo

Este pasado fin de semana arrancaron las fiestas patronales en la pequeña localidad salmantina de Lumbrales, una semana después de la festividad de Nuestra Señora de la Asunción, Patrona del municipio, que tiene lugar el 15 de Agosto. Más allá de la fiesta, la alegría, la disipación disoluta y amabilidad de todas sus gentes, del colorido de sus calles, sus famosos encierros y festival taurino o el inigualable ambiente de festividad que se respira en las calles de esta población, existen dentro de sus atractivos dos pequeños edenes imprescindibles, uno culinario y un espacio para el gaudeamus del buen beber y del baile, que no hay que perderse si uno asiste a esta celebración popular de notable alborozo en la comarca de El Abadengo que se celebran estos días. Se trata del Bar Café Restaurante Florida y del Disco Bar Carpe Diem.
En el Café Florida, más conocido por sus gentes como “El pájaro”, debería ser famoso en toda guía de rutas que se precie, descrita con relevancia y distinción digna de cualquier estrella Michelín por sus célebres y suculentos calamares rebozados. Se podría empezar a enumerar las divinidades que éstos propagan en el paladar de aquéllos que tienen la suerte de saborear tan extraordinario manjar, pero sólo el que lo prueba repite indefectiblemente. Además de los calamares, la oferta de pinchos se dilata con sus ricas viandas en forma de pinchos tradicionales (gambas orly, huevos con bechamel, rica jeta, oreja, unas estupendas croquetas caseras…). Por otro lado, completando la propuesta si uno se acerca a Lumbrales y decide zambullirse en la fiesta local en toda su esencia, el Disco Bar Carpe Diem es el entorno perfecto para dar rienda suelta al cuerpo y la diversión con música para todos los gustos, a precios populares y con un ambiente de fraternidad, alegría y disolución jaranera y marcha hasta altas horas de la madrugada.
Lumbrales lleva años siendo una localidad cuyas fiestas se han convertido en un referente dentro de los festejos de la provincia de Salamanca. Si algún día os apetece probar todos estos obsequios para los sentidos, no dudéis en acercaros a estos dos locales que terminan formando parte de la vida de todo aquel que quiere repetir y volver a disfrutar de los mejores calamares del mundo. Y todo gracias al ímpetu y simpatía de José Luis, devoto de sus amigos y entregado a ofrecer lo mejor de sí mismo y de estos dos establecimientos lumbralenses.

jueves, agosto 20, 2009

Review 'Asalto al tren Pelham 123 (The taking of Pelham 123)'

Dosis de cine comercial sin complejos
Tony Scott suministra una nueva ración de su cine hiperactivo y visual, en la que destaca la pugna psicológica de sus personajes sin despegarse de los elementos convencionales del género de acción y de característico patrón fílmico.
Cuando se acomete una cinta de Tony Scott, desde la posición crítica no se suele comulgar con la visión cinematográfica del cineasta. Es habitual leer una y otra vez las mismas y extenuadas argumentaciones en su contra; su “insoportable” estilo sincopado anexo al ‘videoclip’, su velocidad de montaje efectista y en constante movimiento o la previsible progresión narrativa de su cine luminiscente e hiperactivo. Desde esta perspectiva de rechazo, no se atiende a virtudes o elementos positivos, ya que cualquier nuevo proyecto del “hermano pequeño de Ridley va a ser tildado de producto que propugna la abrasiva estética para enmendar sus múltiples vacíos. En parte, no es del todo falsa esta última afirmación; en el cine de Tony Scott prevalece la forma por encima del fondo, pero no es óbice para enfatizar sus valores.
A lo largo de su carrera, Scott ha marcado un estereotipo de cine personal y furibundo que, más allá de la aparente insipidez de su grafía visual, es todo un paradigma de honestidad hacia el cine de acción del que nunca se ha separado. Y ya se sabe que la crítica sesuda y un género que vive del montaje, los efectos, las explosiones y persecuciones nunca han obedecido a la sensatez y la objetividad, a excepción, por supuesto, del nombre de Michael Mann, mucho más comedido y clasicista a la hora de abordar sus películas de género.
Por eso, cuando uno asiste a ‘Asalto al tren Pelham 123’ no se lleva a engaño. El filme se define por llevar el sello de marca que define el cine de Tony Scott. Es decir, una nueva ración de visualidad, casi vulgarizada, con gran parte del apabullante ‘modus operandi’ que deviene en mezcla de formatos, escupiendo virulentamente imágenes de un modo casi estroboscópico. Aunque aquí esté más contenido que en sus últimas aportaciones fílmicas (sobre todo en esa locura infame que fue ‘Domino’). En esta ocasión lo hace actualizando la novela de John Godey que en los años 70 adaptó Joseph Sargent con Walter Matthau tratando de detener el secuestro de un vagón de metro por parte del clásico Robert Shaw.
Han sido sustituidos, tres décadas más tarde, por Denzel Washington y John Travolta en un contexto similar, en una situación llevada al extremo, en la que es necesario buscar soluciones con un tiempo muy limitado. Ubicados en la cosmopolita Nueva York, un grupo de delincuentes asaltan un vagón de metro con el propósito de pedir un jugoso rescate por los rehenes ante las invectivas de un rutinario controlador del metro que intentará frenar el plan criminal.
La nueva versión de ‘Asalto al tren Pelham 123’ entra a matar, con una secuencia directa y precisa que no se detiene a dilucidar sobre situaciones y personajes. El filme comienza con un enloquecido montaje del asalto al vagón de metro, con violencia y celeridad, sin paliativos para el sosiego. Se profetiza, desde ese vertiginoso inicio en el que abundan los rasgos característicos de Scott, una película que seguirá los cauces visuales y narrativos de la casa. Pero con alguna salvedad. Las películas de Tony Scott nunca se han definido por la hondura de sus personajes. Eso está claro. Sin embargo, es reseñable que la acción se circunscriba, en la gran totalidad del metraje, en describir la pugna dialéctica y pulso psicológico entre sus dos interlocutores protagonistas: Walter Garber y el malvado Ryder. Sorprende la intención por parte de Scott de dotar de grosor dramático y humano a sus personajes, dejándoles ir componiendo lentamente sus posturas mediante toques íntimos en la narración. No obstante, la profundidad que alcanzan no deja de ser endémica y se somete a la jerarquía de la acción y los giros propios del género, pero es cierto que se arraiga a un cierto residuo dramático apreciable en un cine de colérico y expeditivo.
De este modo, hay espacios para los dilemas éticos que se van desmenuzando en las sesiones de diálogos que van indagando poco a poco en la corrupción y falsedad que rodean a los personajes. El sarcasmo y perspicacia del filme de Sargent (con la que, evidentemente, como todos los ‘remakes’, no aguanta una comparación con su versión actualizada) se ha sustituido por una doble moralidad de los personajes, bien sea en el honorable y rústico controlador ferroviario que busca la redención por culpa de un soborno aceptado en el pasado para mantener el bienestar de su familia, como en el villano, que es un ex corredor de bolsa encrespado contra la sociedad moderna que especula sobre el valor de cada uno de sus rehenes o también en un alcalde (James Gandolfini) que superpone su bienestar en función de su popularidad a la labor de gobierno.
También existe una gran diferencia y moderniza (y a la vez resta la eficacia original de la novela) esta nueva versión. Se trata de la inserción excesiva de la tecnología dentro del sistema de información global que consume el mundo, de la simultaneidad esencial de la era de Internet y las nuevas tecnologías, con todo tipo de redes y ‘webcams’ imposibles como las de ese joven que va captando lo que sucede en el interior del vagón y que desemboca en una hilarante y absurda declaración de amor de rotunda incoherencia. Pero esto, así como algún que otro diálogo fuera de lugar por su simpleza, no es culpa de Scott, si no de Brian Helgeland, el mismo guionista de ‘L.A. Confidential’ o ‘Mystic River’.
Pese a sus menoscabos, la historia avanza con gran facilidad, sin llegar a resultar molesta en ningún instante ni perder el pulso poco más de hora y media de metraje. Scott sabe construir visualmente la claustrofobia de los vagones, la tensión entre un siempre genial Denzel Washington (que repite enésimo su papel de héroe anónimo comprometido con la situación) y un desbocado e histriónico Travolta en su salsa de villano pasado de rosca. Nadie va a negarle hoy en día a Tony Scott que es uno de los mejores y más valedores cineastas del género. Lo que sucede en ‘Asalto al tren Pelham 123’ es que conducta y praxis desenfrenada en lo sensitivo, en el juego fragmentado característico de Scott, no le viene muy bien a esa colisión dialéctica entre Washington y Travolta, ya que se desequilibra a la hora de ir abriendo la narración en intensidad, cayendo paulatinamente en una falta de ritmo, precisamente porque no se llega con coherencia a un nivel de intensidad suficiente como para que el clímax sea eficiente.
Por eso, aunque el desenlace sea más trepidante, más típico y más propio del cine de acción que su original, deja la sensación de excesivo convencionalismo en el cómputo global de una película con más virtudes que defectos. Eso sí, no es que esta última demostración de pericia de Scott sea uno de sus mejores trabajos. ‘Asalto al tren Pelham 123’ es una obra entretenida, sin alardes pretenciosos más allá de los conocidos y habituales en el cine de su director. Una superproducción estiva y modélica sin ningún tipo de culpabilidad por su condición de ‘blockbuster’. Cine comercial en estado puro.

lunes, agosto 17, 2009

9.58: El record de Usain Bolt desafía las leyes de la ciencia

El estadio Olímpico de Berlín intuía que en la final de los 100 metros lisos podía suceder algo que trascendiera el propio mundial de atletismo. Usain Bolt sigue afianzándose como el presente y el futuro inmediato de la hegemonía del relámpago, de la velocidad en clave jamaicana que hace de un breve lapso de tiempo, casi imperceptible, uno de los espectáculos más visuales y grandiosos que se puedan ver. Bolt sabía que si quería ganar ofreciendo uno de sus recitales de velocidad tendría que correr por debajo del récord mundial establecido en el Nido de Pekín el año pasado. Y así fue. El escandaloso nuevo récord del mundo se sitúa en una cumbre inconcebible. Sus 9,58 segundos han vuelto a destrozar todas las leyes de la velocidad y la física humana posibles.
Tyson Gay hizo que Bolt diera lo mejor de sí mismo estableciendo unos impresionantes 9,71 alcanzando una plata increíble. El bronce se lo quedó de nuevo el jamaicano Asafa Powell con 9,84. Son marcas históricas para la final de esta disciplina que desafía cualquier condicionamiento dentro del hectómetro impuesto por cualquier estudio científico. A Bolt, esto le da lo mismo. Su cuerpo construido por encima de la potestad respecto a sus rivales no parece tener límites. Desde este momento, Bolt sigue destinado a reescribir la Historia del atletismo con sus testimonios de absoluta autoridad, sabiendo cómo ganarle al tiempo. Hoy en día, hablar de velocidad fulminante es hablar de Usain Bolt.

viernes, agosto 14, 2009

Una secuencia al azar (IX): 'Atraco perfecto (The Killing)', de Stanley Kubrick: ladrones derrotados

Una de las secciones más que olvidadas del Abismo es la de ‘Una secuencia al azar’. Como el verano es una época muy proclive a rescatar este tipo de actividades lúdicas, es hora de recuperarla. La secuencia de hoy corresponde a uno de esos filmes de culto considerados una obra maestra como es ‘Atraco perfecto’, concretamente a su parte final, al desarrollo del triste clímax con el que Stanley Kubrick cierra su cinta inscrita como una de las más trascendentales del cine negro de toda la vida. Por ello, aviso: si no has visto semejante obra de arte, es mejor que no sigas leyendo el post.
‘Atraco perfecto’ (‘The killing’, en su título original), llega a su fin cuando John Clay (Sterling Hayden), junto a su amante Fay (Coleen Gray), se dispone a entrar por la puerta principal del aeropuerto de La Guardia. Su mirada choca de lleno con la de dos hombres vestidos de traje que le observan con cierta desconfianza. Después de que una insoportable ricachona hable con su ‘perro-patada’ como si fuera su hijo pequeño delante del mostrador de facturación, la pareja llega dispuesta a subir al avión y dejar atrás un oscuro pasado de delincuencia parar vivir un futuro alejado del mundo del hampa. Sin embargo, hay un obstáculo en su camino, la maleta es demasiado grande para pasar como equipaje de mano. En ella va todo el botín de un suculento atraco llevado a cabo en un hipódromo y que le ha costado la vida a todos los implicados. Resignado e inquieto por el destino del dinero, llegan a la zona de espera para el abordo del avión. Significativamente, esperan detrás de una verja, que es el anticipo de lo que le espera al apesadumbrado atracador.
De súbito, el perro salta de los brazos de la señora y escapa corriendo a través de la pista de aterrizaje, cruzándose en el camino del coche que porta los equipajes. En el volantazo, la maleta de Clay se desploma contra el suelo, dejando a la intemperie el contenido de la maleta. Los miles de dólares salen volando en remolinos, perdiéndose en una amalgama de billetes al antojo del aire que devasta las esperanzas de libertad del bandido. Clay y su novia abandonan el aeropuerto desolados, sin un rumbo fijo. Cuando están a punto de pedir un taxi y poder escapar, los dos hombres de la entrada se dirigen hacia él portando una pistola y evidenciando ostensiblemente que son policías. Fay le dice a Clay “Johnny, huye”. La contestación en el momento de la derrota y el fracaso no deja otra respuesta que “Ya, no… ¿Para qué?”…
Es curioso que este desenlace no fuera del agrado del mítico Stanley Kubrick, que afianzaba su primera gran película y el pasaporte a la divinidad de Hollywood. Los villanos, por aquél entonces, por muy accesibles y positivos que fueran, debían pagar su desafuero contra la justicia. Si se analiza con detenimiento la resolución de la película, se trata de un final de forzada inverosimilitud y de casualidades extremas que se rodó por una fuerza mayor debido a las exigencias de la productora. Pero hay que reconocer que potencia el fatum trágico de un personaje predestinado al fracaso. El novelista Jim Thompson adaptó junto a Kubrick con supremo acierto la novela ‘Clean Break’, de Lionel White, aproximándose a las novelas policíacas del primero en la facilidad con la que se simpatiza de inmediato con los protagonistas criminales, creando una empatía con sus motivaciones y necesidades. Un grupo de personas que no se conocen muy bien entre sí y que, por falta de dinero, cada uno por diferentes motivos, deciden participar juntos en un atraco a un hipódromo en el que se recaudarán más de dos millones de dólares. Uno quiere recuperar el afecto de su ambiciosa y pérfida esposa, otro quiere curar a la suya, postrada en una cama enferma. Un policía corrupto; debe una importante cantidad de dinero a un corredor de apuestas. Incluso hay espacio para insinuar la atracción homosexual del viejo Unger hacia Johnny, el cerebro pensante del golpe.
‘Atraco perfecto’ es una película directa, que juega con los tiempos igual que expone con brillantez las directrices de un guión lapidario que se magnifica con la milimétrica composición formal de Kubrick, con el énfasis fotográfico o la magnífica utilización del plano lateral (tan profuso en su posterior carrera), abundante para el seguimiento de unos personajes descritos con profundidad y acierto en sus respectivas motivaciones. Un clásico imperdurable considerado como una de las obras más redondas de uno de los genios más excéntricos que ha tenido la Historia del Séptimo Arte.

jueves, agosto 13, 2009

Sylvester Stallone, homenajeado en la Mostra de Venecia

Es muy divertido como los mitos a los que se vapulean constantemente pueden erigirse como agasajados en festivales de mucho prestigio. Héroes por un día. Que un personaje como Sylvester Stallone vaya a ser homenajeado en Venecia con el Premio Gloria Jaeger-LeCoultre en la 66ª edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, por su contribución y huella en el universo cinematográfico, es algo que molestará a muchos, pero que satisface a otros tantos que están hartos de ver cómo ofrenda de este tipo siempre va a parar a los mismos, ninguneando a aquéllos que no proceden de los círculos habituales en estos saraos de afectada cultura y trascendencia.
Parece una broma o una parodia. No lo es. Por supuesto, este reconocimiento no ha sido bien visto por la horda crítica, que se ha echado las manos a la cabeza... Pero no hay que llevarse a engaño. El trabajo de toda una vida de este actor, director, escritor y productor merece el mismo reconocimiento o más que anteriores ganadores de este premio; gente de la categoría impuesta de ‘auteurs’ como él de la talla de Abbas Kiarostami, Takeshi Kitano o Agnès Varda. El rostro que dio vida Rambo y a Rocky Balboa siempre ha sido un modélico creador, un trabajador del medio que ha luchado por mantener intacta su estela, motivado por el éxito y la nobleza de sus productos, honesto en todo aquello que ha llevado a cabo. Como en todos los casos, Stallone posee en su filmografía títulos desdeñables, otros que pasarán sin pena ni gloria, pero tiene otros cuantos que, se quiera o no, han hecho que su estrella lleve cuatro décadas ofreciendo cine comercial con distintivo propio, el propio Stallone.
Con su resurrección (concretada en las secuelas de sus dos personajes más carismáticos), “Sly” ha sabido reconvertir sus más poderosos personajes en viejas glorias abnegadas y consumidas en sus propios recuerdos, sin terminar de cicatrizar sus heridas internas. Stallone vincula así la historiografía a su icono y su propia figura con la nostalgia cinéfila sin ningún tipo de complejo. No se trata de retribuir un estilo, que lo tiene, ni enfatizar su trayectoria como guionista, se trata de apreciar el emblema recuperado de ésa estrella de siempre que sigue dando guerra y tocando los huevos a aquéllos que siempre esperaron su despedida como pudo pasar con Arnold Schwarzenegger. El viejo compañero de viaje existencial al que el espectador no ha podido olvidar sigue haciendo cine (se estrena en breve ‘The Expendables’). Y lo que es más, recogiendo importantes premios.

martes, agosto 11, 2009

Muere Valerio Lazarov, mítico revolucionador catódico

1935-2009
Sería injusto no recordar, en su fallecimiento, la figura de Valerio Lazarov, adalid de la revolución televisiva de los 60 en nuestro país. Época primigenia cuando la caja tonta empezaba a diluirse en una nueva etapa de cambios, reformulando un estilismo diferente cercano al mundo ‘pop’ desnaturalizado por la esfera celtíbera del momento. Lazarov fue un icono de la revolución catódica, aquél profesional exiliado, llegado de Rumania con ideas transformadoras de nueva construcción visual; de esos primeros ‘zooms’ que fueron su significativo vestigio televisivo, de las artimañas jugando con los encuadres y variaciones de la luz hasta entonces impensables.
Con Lazarov llegaría la locura, la melomanía, el absurdo colorista y el desenfado que se extendería y evolucionaría hasta su regreso a nuestro país, cuando desde Italia aterrizaría de nuevo a finales de los 80, con la llegada de las privadas, posiblemente el final de una era recordada ahora con nostalgia. Ponerse a repasar toda su carrera sería reiterar la noticia de la que hoy se ha hecho eco el medio que tanto le debió en su momento. Por eso, nos quedamos con el recuerdo en forma de pequeño homenaje a una figura rompedora y transgresora, al pionero de otra forma de entender la televisión.

lunes, agosto 10, 2009

'Up (Up)', de Pete Docter y Bob Peterson

Otro pequeño milagro
La nueva experiencia de Pixar sigue los preceptos estéticos, narrativos y tecnológicos de sus precedentes en una conmovedora aventura que mezcla drama y aventuras para hace comulgar realidad y fantasía.
La cognición con la que la factoría Pixar acomete cada nuevo proyecto se desglosa en dos habilidades bien reconocibles; primera, la correspondiente a la superación técnica, que bordea un nivel gráfico de excelsitud tecnológica (en esta ocasión acoplando a su tecnología la revolución del 3D). Y segunda, y más importante, la impecable trayectoria de la factoría creada por John Lasseter, el detallismo progresivo con el que conforman sus historias, ésas fábulas que obedecen a los designios del corazón más allá de los formulismos o sorpresas que puedan deparar. Después de diez películas, que han ido invariablemente en honesta progresión, ‘Up’ es el nuevo testimonio que encumbra la competitividad de la productora a la hora de espolear la fascinación del espectador, llegando a la ternura y universalidad de sus conceptos narrativos y argumentales por medio de la inteligencia y la sensibilidad.
Por ello, ‘Up’ responde otra vez a las expectativas en una obra que no adultera las reglas básicas que se han ido estableciendo desde ‘Toy Story’, su primera obra maestra. La cinta de Pete Docter y Bob Peterson no defrauda en ése sentido. Estamos así ante una película familiar, cimentada en el cuidado de cada fotograma, de su historia dialéctica, que se muestra al público como una delicia visual donde es tan importante que prevalezca el mensaje de tenue moralina y ejercer como amplio divertimento tanto para los niños como para los adultos.
Siguiendo su particular plasmación de la artesanía cinematográfica, ‘Up’ incide en la idea primigenia de Lasseter y sus acólitos, que no es otra que la de llevar el entretenimiento hasta nuevos límites inexplorados. La historia que se narra es, desde luego, una de las más atípicas de Pixar, un filme insólito y arriesgado desde su propia concepción. Que la pareja protagonista esté formada por un entrañable viejo cascarrabias y un niño ‘boy scout’ algo obeso simbolizan el compromiso con la historia y la libertad con la que se instituyen los proyectos dentro de esta factoría de sueños animadas. Se trata, en el fondo, de una extraña ‘buddie movie’ que devuelve a esos antihéroes cotidianos que lleva utilizando Pixar desde su rotunda irrupción en el género de animación digital. Carl Fredricksen, es un viejo que ha crecido desde su infancia enamorado de su mujer Ellie, con la que comparte un espíritu aventurero confinado a una vida apacible con un sueño común; viajar a las Cataratas Paraíso (que se asemeja al Salto del Ángel, ubicado en el Parque Nacional Canaima, en el estado Bolívar, Venezuela) y emular las hazañas de su ídolo de niñez, Charles Muntz, un popular héroe que viaja en zeppelín hacia tierras incógnitas. Pero cuando está a punto de hacer su sueño realidad, ya es demasiado tarde. Sumido en la soledad de un mundo que evoluciona, que le enfrenta a la modernidad y no entiende de recuerdos y sentimientos, Carl decide volar hacia Sudamerica en su propia casa, arrastrada por los aires por millones de globos, sin saber que, el destino le hará compartir su periplo con Russell, un chaval de ocho años que acude a su casa en busca de una insignia de ‘boy scout’ a la ayuda de los mayores.
La gran secuencia de ‘Up’ (y probablemente una de las mejores de la factoría Pixar y, con convicción, del cine moderno) deviene en una admirable y prodigiosa elipsis que repasa, en unos pocos minutos, una vida de amor y vivencias, de adversidades y sueños comunes que perfilan con asombrosa sencillez las vidas de Carl y Ellie, sin ningún tipo de diálogo ni afectación en su dramático final. Una solemne lección de sobriedad narrativa llena de pasión y melancolía que desprende el romanticismo necesario y cimienta, con pasmosa facilidad, el fundamento de autenticidad que establece de inmediato un vínculo emocional entre el espectador y el mejor personaje de Pixar hasta la fecha. A través de la música del siempre gratificante Michael Giacchino, la fábula cambia de colorido, de derroteros y de género cuando la casa despliega su enorme y colorista motor aerostático de globos, en otro simbolismo de albedrío y fragilidad que personifican al personaje desde ese momento.
Con el público entregado, el filme no tiene muy difícil el reto de llevar sus elementos fantásticos al extremo, de jugar con imposibilidades de guión específicas; como la de que una casa sea elevada por millones de globos, que aparezca un enorme pájaro “gamusino” de plumaje ‘naif’ y aspecto imposible, que haya perros que hablen gracias a un sistema codificador de voz canina o que el ídolo reconvertido en villano debido a su obsesión por el singular ave no haya logrado capturarle durante toda una vida y nuestros héroes sean lo primero que encuentran a su llegada a Sudamérica. Se pasa de este modo a un estrato de acción y aventuras, de cierto convencionalismo, sin perder de vista los conceptos del género.
Hasta ese instante, la cinta de Doctor y Peterson ha logrado comulgar realidad y fantasía, llevándolas a unos términos de magia y poesía visual que, en esta ocasión, se sitúan ligeramente por detrás de las personalidades de sus personajes. Es curioso, no obstante, que Pixar, asumida su supremacía dentro del género manteniéndose fiel a su compromiso con la calidad, haya adoptado el futuro del cine en 3D para ponerlo al servicio de la historia y no al revés. De esta suerte, la empresa pionera dentro del mundo de la animación digital ha utilizado la técnica estereoscópica para destacar algunas secuencias de acción o potenciar visualmente ciertos instantes, pero nunca con abrumando y mareando al espectador con golpes de efecto.
‘Up’ se cierne más a la vena del cine humanista de la productora absorbida por Disney que al simple espectáculo. El retoque moral de los personajes, en el que tanto tiene que ver el guionista Tom McCarthy (director de ‘Station Agent’ y ‘The Visitor’) y la gnosis guionística de sus directores, originan el efecto de combinación de sentimientos y valores que dan como consecuencia una envidiable armonía sus elementos. El desarrollo del relato, como en todas las cintas de Pixar, bordean lo tópico, es cierto, pero también lo es que evitan caer en el exhibicionismo dentro del drama, la acción o la aventura con una astucia envidiable. Sólo así una película de fondo adulto, que explora la aceptación y superación de la pérdida de un ser querido y la necesidad de renunciar a los recuerdos y los sueños truncados de una vida para poder seguir adelante, puede oscilar hacia la aventura sin complejos, volando más allá de los límites de la imaginación, para que Carl, acompañado por un niño repipi e inocente, pueda hacer realidad sus fantasías infantiles en otra de esas bienquistas historias de superación y empeño que albergan instantes de verdadera fuerza nostálgica.
‘Up’ además compone un discurso de esperanza y vida, cuando el cuaderno de bitácora de Ellie, que debía haberse llenado de aventuras y viajes, depara una sorpresa aleccionadora fundamentada en esos pequeños momentos de aburrimiento que son más importantes que las grandes aventuras, como los que Russell recuerda junto a su padre contando los coches rojos y azules mientras comían helado. Retazos de vida que son los que se echan de menos, los que conforman una verdadera aventura. La misma que Carl ha mantenido en su vida en común con Ellie. Es primordial equiparar la esencia de la imagen heroica extraída de ‘El Mundo Perdido’, de Conan Doyle, desnudando con gran facilidad la idolatría para revelar a la gente que uno muchas veces admira en auténticos enemigos como el hecho de valorar el discurso, su mensaje emotivo sobre la condición humana en la relación paternofilial de Carl y Russell que llena sus respectivos vacíos.
‘Up’ juega a trascender el mundo de la animación exhibiendo una esencia cinematográficamente incorruptible. Y aunque haya algunas películas de la factoría Pixar que puedan estar por encima o por debajo de los preceptos cualitativos de esta nueva aventura en 3D, se equipara a sus antecedentes con la concesión de un virtuosismo épico entronizado en la acción del viaje a un mundo ajeno lleno de peligros y sorpresas. Inteligente y cordial, pero sobre todo conmovedora, la nueva cinta de Pixar vuelve a consolidarse en otro pequeño milagro capaz de proseguir con su genuina exquisitez con una narrativa donde lo técnico y estético se funden al amparo de personajes inolvidables.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'Asalto al tren Pelham 123', de Tony Scott

viernes, agosto 07, 2009

Fallece uno de los padres del cine de los 80, John Hughes

1950-2009
La vida cinematográfica de muchos adolescentes que pertenecieron a la década de los 80, que vivieron el cine como parte de su vida y aprendizaje a través del celuloide o que, simplemente, recuerdan alguno de los títulos que componen su legendaria (y poco prolífica) filmografía lo comprenderán. El hecho de que John Hughes nos haya dejado es un triste suceso. Se quiera o no. Quizá no tanto como algunas glorias musicales que marcaron con su legado un pináculo difícil de superar, pero sí dejará en el recuerdo un puñado de títulos como testamento a recordar como parte nostálgica de una época que ya echamos de menos con un pesar adulto que da hasta mal rollo. Hablar de John Hughes no es sólo precisar los conceptos del cine ‘teen’ o juvenil en su genealogía primigenia, de su inocente lógica a la hora de exponer factores y problemáticas comunes a la juventud más de ayer que a la de hoy.
Puede que sus mejores obras, ‘El club de los cinco’, ‘Todo en un día’, ‘Mejor solo que mal acompañado’, ‘Solos con nuestro tío’, producciones como ‘La chica de rosa’, ‘¡S.O.S.! Ya es Navidad’, parte de la saga de ‘Solo en casa’ y algún puñado de títulos como guionista no pasarán como emblema catedralicio del cine, obviamente, pero sí serán recordados con cierto cariño por algún adulto con añoranza de una tipología genérica que ahora se está volviendo a poner de moda, pero sin el carisma y la distinción con la que, sobre todo en su primera etapa, supo conferir este hombre que hoy pasa a formar parte del extenso obituario de Hollywood. Y debe hacerlo por la puerta grande. Porque Hughes es el padre de muchas comedias que son y seguirán siendo parte de la historia del género, un espejo en el que contemplarse.
Echando un vistazo a su filmografía, quizá no se reconozca, a priori, su importancia. Eso sí, los que sabemos la significación de su cine en nuestra educación fílmica, en el recuerdo que evocan algunos de sus filmes, hoy nos entristecemos de la pérdida de este cineasta y guionista que merece un hueco destacado ya no en la Historia del Cine, que algunos considerarán, erróneamente, desbordada, si no en la huella que dejó en una época lejana, ya perdida, que muchos echamos de menos en la actualidad. Hablar de John Hughes es hablar de Cine de los 80. Y eso, para algunos, simboliza demasiado como pasar por alto el fallecimiento de uno de sus más ilustres abanderados.
Me voy a ver ahora mismo ‘El club de los cinco’, como homenaje a este creador de realidades juveniles que, por mucho que pasen los años, seguirán vigentes en la memoria.
D.E.P.

miércoles, agosto 05, 2009

La noche evocada

"La desembocadura estaba bloqueada por un negro cúmulo de nubes, el apacible canalizo que conducía a los más remotos rincones de la tierra fluía sombrío bajo un cielo cubierto; parecía conducir hacia el corazón de una inmensa oscuridad".

lunes, agosto 03, 2009

Del 'surf' al abismo

Desde la inexperiencia, la frase “pillar una ola” es una expresión aleatoria que uno utiliza ninguna o muy pocas veces en la vida. En la jerga ‘surfera’ es mucho más común y tiene más relación con el hecho de sostenerse a una experiencia espiritual que a una expresión playera o deportiva. El equilibrio, la habilidad conjugada con la agilidad y la coordinación acontecen en elementos necesarios a la hora de adentrarse en una ola, donde la tabla es la extensión del cuerpo, asiendo los pies de la voluntad y el conocimiento para deslizarse por el mar. El surf reúne máximas y preceptos vitales, los mismos que en la vida hacen sortear las dificultades que se acometen como si de una ola sinuosa se tratara. Esta pasada semana he podido vivir de cerca mi primer contacto con esta filosofía adictiva, con los primeros escarceos sobre una tabla en nexo con el oleaje, con esa sensación de libertad, de cercanía con los elementos y de la devoción hacia un estilo de vida náutico y apasionado. En la hermosa playa de San Lorenzo, con un monitor de enfatizada cognición en varios temas existenciales y fílmicos que van más allá del surf como es nuestro grandísimo amigo Jim-Box y con la compañía en el oleaje de amistad y fraternidad de Iván Sáinz-Pardo, se sucedieron a lo largo de una tarde todo tipo de anécdotas y sensaciones comunes sobre una tabla de surf. No puedo considerarme ‘surfista’ o ‘surfero’, pero sí como un entusiasta neófito que, a buen seguro, seguirá los dogmas de esta doctrina inexplicable. Pronto, muy pronto, regresaré a impregnarme de esos ‘take off’ iniciales, de los primeros ‘bottom turns’ y quién sabe si algún ‘cut back’ o un improvisado ‘Snap’.
Han sido unos días de asueto marcados por la belleza natural de un entorno envidiable como es Asturias, tierra enraizada en la belleza de sus parajes, en la gastronomía suculenta y tradicional, en su fusión de espiritualidad y naturaleza. Siempre acompañado de Myrian e Iván, en varias ocasiones con Jimmy, éste ha sido uno de esos improvisados viajes perdurables en la memoria común, que eluden y dejan a un lado las problemáticas presentes y venideras en las que es mejor no pensar. Asturias es el marco ideal para aparcar contrariedades y fundirse, una vez más, en un espacio donde las playas, calas y acantilados se ensamblan con los conjuntos dunares, yacimientos jurásicos, paisajes protegidos y monumentos arquitectónicos y sobre todo naturales. La conciliación cantábrica ha quedado atrás para volver a la gris rutina. Es el habitual contexto al que somete la vuelta de las vacaciones. El regreso al abismo, ésta vez con una connotación más cercana a su significado práctico.