lunes, 27 de julio de 2009

Sexploitation World

Aquí os dejo una dirección donde podréis encontrar una galería dedicada a algunos de los posters pertenecientes al movimiento de las 'cheeky movies' (algo así como películas descaradas), que vienen a ser un equivalente de las películas que en España fueron calificadas 'S' a finales de los 70, el género admitido socialmente por todos los aperturistas a la libertad del momento y broquel visual del onanista recalcitrante más característico de la transición española.
Con esto me despido hasta la semana que viene, que es hora de un pequeño relax estival, de verano, de esos que tan bien sientan al cuerpo.

Segundo Tour de Contador

En un ambiente de polémica, desestabilizado por las continuas provocaciones de un equipo fragmentado por la incoherencia y caprichos de un antiguo líder como Armstrong, Alberto Contador ha dado otra victoria final del Tour de Francia a los aficionados a un deporte que subsiste a controversias y férreos controles antidopaje. Ha ganado solo, sin la totalidad del apoyo de sus compañeros y el desentendimiento del director del equipo Johan Bruyneel, abandonado en muchos de los finales de etapa por el Astana a la suerte de su regreso al hotel.
Ni la guerra psicológica ni la dureza de una carrera tan prestigiosa como el Tour han sido impedimentos para que Contador se haya llevado su segunda victoria en la ronda gala con una facilidad pasmosa, demostrando en todo momento quién y porqué es el mejor corredor en activo que está capacitado y con futuro para seguir escribiendo su historia en el ciclismo con letras de oro y victorias tan rotundas como la vivida este último mes.

jueves, 23 de julio de 2009

Review 'Brüno (Brüno)'

Otra ración de humor ‘hardcore’ y kamikaze
Al igual que ‘Borat’, ‘Brüno’ se presenta como una experiencia extrema que no conoce los límites morales de lo políticamente correcto para reflexionar sobre la hipocresía social que rodea a la sociedad moderna.
El humor radical que fomenta, de forma pervertida y sin límites, Sacha Baron Cohen no es apto para todos los públicos. De hecho, sus ejercicios de provocación, subversivos, desvergonzados y siempre con un toque un poco zafio, pueden llegar a ser molestos para según qué espectadores poco curtidos en adentrarse en esta suerte de ‘performances’ que utilizan la manipulación de la realidad como vía para la denuncia social por medio de la comedia más extrema. Si con ‘Borat’, el cómico británico, siempre absorbido por sus personajes, realizaba una cruel parodia de la visión tercermundista del norteamericano ante los países que considera subdesarrollados para patentizar la desmedida incultura encubierta en la absurda y elitista prepotencia con la que Estados Unidos mira al resto del mundo, en ‘Brüno’ la línea es similar en sus conceptos y propósitos. Baron Cohen utiliza así un humor sarcástico e inmediato, que va en contra de cualquier convención social en busca de una consecuencia tajante, como es el humor que deriva de la crítica social, jugando la indiscreción, dinamitando los códigos éticos para ofrecer de este modo un pendenciero análisis sociológico sobre los defectos y los artificios que constituyen los principios morales de la sociedad actual.
Brüno es un reportero de moda austriaco muy homosexual y libertino que ve cómo, de la noche a la mañana, es despedido de su programa de máxima audiencia tras ser expulsado de un desfile de modelos enmarcado dentro la semana de la moda de Milán por lucir un traje de velcro. Inmerso en las listas negras europeas de la fama, decide triunfar en Los Angeles, donde el ex fenómeno sigue las pautas y claves que se utilizan en Estados Unidos para poder ayudarle a convertirse en una fulminante estrella. El insurrecto cineasta Larry Charles y Baron Cohen siguen los criterios de ‘Borat’, en su definición de falso documental, donde la realidad y la ficción, de ‘cámara oculta’ y el guión se mezclan en función de un recorrido que desprende un pretendido feísmo que persigue las reacciones de sus víctimas con unos contextos de verismo muy adecuados a las exigencias provocativas de sus creadores. ‘Brüno’ corre el riesgo de incapacitar su insolencia en la repetición del formulismo de su anterior cinta, pero lo cierto es que, a la hora de llevar a cabo este ensayo análogo, nadie vuelve a quedar fuera del sarcasmo y la parodia subversiva, de las intenciones de ridiculizar los estereotipos expuestos por parte de Brüno.
El mundo de la moda es una excusa con la que iniciar el periplo de invectivas. Las bambalinas y la pasarela son estereotipadas con demasiada facilidad en las estúpidas palabras de una supermodelo que asiente ante las acometidas de Cohen, que en seguida entra a provocar al espectador con lo que realmente les interesa, que es llevar a cabo una crítica brutal a la fama efímera y los métodos para conseguirla. Por eso, a muchos escandalizará la inicial sodomía rutinaria de sexo desenfrenado y llevado al paroxismo de Brüno y su amante pigmeo en una imposible suerte de posturas de penetración anal dignas del puro ‘cartoon’ para adultos que ver, en un momento del filme, a unos aterradores padres negligentes que son capaces de poner en peligro la vida sus hijos pequeños con tal de que conseguirles un trabajo como modelos o actores en cualquier campaña. En un doble juego, Charles y Baron Cohen se divierten y hacen divertir con esa confrontación exagerada entre los tabúes del sexo confrontada con la hipocresía social.
Pese a las correrías sexuales explícitas de Brüno, para el que todo este tipo de actividades es lo más normal del mundo, Hollywood se muestra como deleznable cosmos de agentes retrógrados y ambiciosos, de asesores que se dedican a orientar a los famosos sobre las causas humanitarias que están de moda, de ‘médiums’ para famosos que escuchan lo que las estrellas quieren oír (impagable la escena de mímica con la felación imaginaria del protagonista al malogrado Rob Pilatus, de los Milli Vanilli). Es una forma desdibujada de altruismo público, donde figuras del mundo del espectáculo venden su imagen de falsedad filantrópica con el único objetivo de acaparar las páginas de revistas. De ahí que Brüno quiera poner paz y abrir el diálogo entre judíos y palestinos, consiguiendo en apenas unas secuencias de encuentros con representantes de los diversos estratos políticos y religiosos hacer ver la caricaturesca evolución de los fundamentalismos islámicos.
Por si fuera poco, Baron Cohen lleva el desafío de incitar a la polémica paseando por las calles de Jerusalén con pantalones ajustados y cortos, escarneciendo la vestimenta de los judíos ortodoxos y levantando la ira de los viandantes que quieren agredirle. Es la estrategia de ‘Brüno’. Su humor puede percibirse, de una forma errónea, como la búsqueda del altercado fácil, de la polémica estúpida que utiliza mecanismos y argumentos grotescos para lograr su propósito, pero lo cierto es que, dentro del entramado de situaciones absurdas, sus creadores llevan las bromas y entrevistas hasta el extremo, bien sea con interlocutores puestos en ridículo por la superioridad del interrogante que manipula al interlocutor, como de aquéllos que se dan cuenta del juego y reaccionan de formas inesperadas, como en esa impagable entrevista a Ayman Abu Aita, uno de los jefes del grupo extremista al-Aqsa Martyrs, al que le suelta que Osama Bin Ladem parece “un mago sucio y un Santa Claus sin techo”.
‘Brüno’ aprovecha cualquier excusa para someter la realidad a un escarnio de sarcasmo y abusos de toda índole. Así, como en ‘Borat’, las desventuras del supermodelo austriaco se transforman en un viaje al lado más genuino de la América Profunda. Es cuando Baron Cohen se sumerge de nuevo en cúmulo de manifestaciones de intransigencia y provincianismo símbolo del ‘white trash’ yanqui; desde esos afroamericanos enardecidos por el ingenio cabrón de Cohen en una demostración de vacuidad televisiva de este tipo de ‘shows’, así como la apática hombría de unos cazadores plenamente ‘rednecks’, la bravata de entrevista y acoso sexual que le marca al congresista de Texas y ex candidato a presidente norteamericano Ron Paul o el hilarante ‘set piece’ que tiene lugar en una reunión de ‘swingers’ en el que hombres y mujeres se reúnen en cabañas para llevar a cabo un cambio de parejas para sus relaciones sexuales.
Pero lo que más interesa es ir destapando la esencia del manifiesto ácido y corrosivo que pone contra el paredón a los homofóbicos. Cuando entra en juego la clave del filme, en la búsqueda de encontrar la heterosexualidad, al igual que estrellas como John Travolta, Tom Cruise y Kevin Space, que han logrado difuminar su supuesta homosexualidad excluyendo públicamente la condición de ‘gay’ de sus vidas. Cierto es que ‘Brüno’ muestra en ocasiones la homosexualidad como un mundo de perversión y el exceso, pero únicamente lo hace para ejemplificar que los tabús sobre el sexo delimitan en muchas ocasiones la libertad de las personas.
Sólo así es posible que existan predicadores que siguen la palabra de Jesús que aseguran poder curar la homosexualidad, clases de autodefensa contra algún gay que pudiera atacar con vibradores multirraciales o la humillación marcial en ese campamento militar de candidatos en Alabama. Hasta llegar a ése punto álgido del filme, cuando pasados unos meses, Brüno se ha reconvertido en Dave “El hetero”, un macho que hace chistes sobre ‘gays’ en un ‘Blue Collar Brawlin’, evento que une lucha libre, cerveza barata y varios inmoderados homófonos de Arkansas para acabar con una antológica secuencia romántica y homosexual por parte de dos hombres besándose en un ring al son de ‘My Heart Will Go On’, de Celine Dion. Como era de esperar, el hecho levanta la cólera de unos espectadores con rostros desencajados, que gritan y blasfeman y arrojan sillas al cuadrilátero. Es el mejor ejemplo del violento prejuicio que sigue suscitando un tema que debería estar superado y que evidencia la intransigencia que prospera de modo solapado en el seno de la modernidad, donde el prejuicio y la ignorancia afectan sobremanera a nuestra sociedad.
‘Brüno’, al igual que hacía ‘Borat’, enfrenta al mundo desarrollado a verse reflejado en un espejo donde la falsa tolerancia se escuda en una aparente democracia artificialmente laica, pero que encubre la impostura de las relaciones sociales y pierde el sentido de comprensión e indulgencia. Es la consecuencia de la imbecilidad mediática, de la doble moral que se exterioriza en forma de buenos modales, pero que hace pensar en el tipo de sociedad infectada que sigue perviviendo dentro lo políticamente correcto. La utilización del ridículo y los mecanismos de irritación y provocación por parte de Sacha Baron Cohen y Larry Charles pueden resultar descompensados (que a veces lo son –y mucho-), vulgares, soeces, escandalosos y fuera de lugar, pero lo cierto es que sus provocaciones de efectos inmediatos provocan en el público sentimientos de incredulidad o rechazo, pero también de entendimiento y diversión.
El humor ‘hardcore’ y kamikaze de esta nueva experiencia extrema no conoce los límites morales de lo políticamente correcto y más allá de la gamberrada cáustica, de la exhibición de humor descontrolado, ‘Brüno’ se presenta como una comedia inteligente y hábil, pero, cómo se decía en el inicio, no apta para todos los públicos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW:'Up', de Pete Docter.

lunes, 20 de julio de 2009

El hombre en la luna, 40 años después

Hoy se cumplen cuarenta años desde que Neil Armstrong, Edwin “Buzz” Aldrin y Michael Collins culminaran lo que el presidente JFK definió como “la aventura más grande y peligrosa en la que jamás se ha embarcado el ser humano”. La nave espacial Apollo 11 hacía su alunizaje en lo cerca del sur del ‘Mare Tranquilitatis’. Desde Observatorio Parkes (Australia) el evento se retransmitió a todo el mundo, que observó cómo Armstrong pisaba por primera vez la Luna y dejaba la célebre frase para la Historia: “Un pequeño paso para el hombre y gran salto para la Humanidad”. La gesta se transformó, automáticamente, en el acontecimiento más trascendental de la época y uno de los momentos televisivos más esperados y seguidos de todos los tiempos. Todo era admiración y popularidad para un evento que marcó a todos aquéllos que asistieron atónitos por medio de la televisión a la proeza espacial americana. Sin embargo, con el paso del tiempo las dudas se han ido haciendo evidentes y el escepticismo ha crecido hasta negar su autenticidad, asegurando que lo que millones de espectadores siguieron en la tele fue un montaje promovido por la NASA con el fin de mostrar su superioridad en la carrera espacial frente a los soviéticos y no perder su importante concurso en el presupuesto nacional entregado a sus investigaciones.
Hoy en día, el 94% de los americanos tiene dudas sobre la credibilidad del alunizaje del Apolo 11. En el filme ‘A Funny Thing Happened On the Way To the Moon’, de Bart Sibrel (al que Aldrin cruzó la cara por sus persistentes provocaciones), se recapitulan varias evidencias de la falsificación del aterrizaje. También se conjetura sobre la figura de Stanley Kubrick como posible director de la escenificación en un ‘set’ a las afueras de Londres, donde hubiera tenido lugar el rodaje de las escenas en el documental ‘Opération lune’, de William Karen. Ambos podrían entrar de lleno en el ‘falso documental’, pero lo cierto es que existe una diatriba histórica sobre lo que sucedió en aquel 20 de julio de 1969 ¿Realmente el hombre ha estado en la luna alguna vez o es sólo una gran mentira histórica? Tanto con una respuesta afirmativa como con una negativa, nadie puede poner en duda el alcance y la magnitud de un evento pasó a los fastos de la Historia de la Humanidad. Y hoy el Mundo celebra la conmemoración de la aventura del Apolo 11.
En la excelente web Microsiervos llevan algunos días rememorando la historia de la nave de la NASA.
Alguna información conspiratoria en The Faked Apollo Landings, Moonmovie o en Wikipedia (Acusaciones de falsificación en los alunizajes del Programa Apolo).

viernes, 17 de julio de 2009

Review '¿Hacemos una porno? (Zack and Miri make a porno)'

La decrepitud fílmica de un viejo talento
El último filme de Kevin Smith deja claro que su evolución ha ido depreciándose, pretendiendo unir las dos perspectivas de su cine; el fresco urbano malhablado y la edulcorada comedia sensiblera.
En la mitad de los 90, desde su ópera prima (y a la postre mejor película de su filmografía -y a título personal una de mis películas favoritas-) ‘Clerks’, Kevin Smith pasó con una pastosidad asombrosa de definir una nueva generación de comedia americana con gusto por la insurrección, la originalidad, el atrevimiento o la mordacidad directamente a la nada, al vacío de talento e ideas, dejando en el camino ese fondo argumental sobre subrepticios juegos de preguntas y respuestas e hipótesis indubitables acerca del amor, la amistad y la sexualidad. Smith fue decayendo paulatinamente en un insípido caldo de autoreferencias onanistas que, sin olvidar la hoy apreciables ‘Mallrats’ o ‘Persiguiendo a Amy’, aseguraron su calimotosa evolución para tocar fondo en ‘La chica de Jersey’, infumable melodrama romántico y familiar que destapó al verdadero Kevin Smith.
El rebelde contestatario se había convertido en un ascético sentimentaloide que ha utilizado, en gran medida, sus armas de provocación escondiendo un mensaje didáctico o moraleja más o menos ilustrativa. Por supuesto, después del batacazo tanto comercial como crítico de la cinta protagonizada por Ben Affleck y Liv Tyler, Smith optó por volver a la guerrilla del cine más sedicioso, a sus antihéroes de la contracultura, con la secuela de ‘Clerks’. Sin embargo, el cine de Smith se había quedado anticuado, ya que su tentativa era sólo una excusa indefectible por la necesidad de recobrar forzadamente la esencia de aquélla pequeña película que descubrió a irrepetibles personajes como Dante, Randall, Jay y Bob “El silencioso”.
Su nuevo trabajo no es diferente. La historia nos presenta a una pareja de amigos, interpretados por Seth Rogen y Elizabeth Banks, que comparten gastos de piso, amistad y complicidad, sin evitar que las deudas y la crisis empiecen a hacer mella en su día a día. Viendo que no pueden hacer frente a tanto problema económico, hasta el extremo de no poder pagar la luz o el agua, maquinan una idea descabellada para la salida de sus problemas. Se les ocurre un modo de obtener dinero fácil: rodar una película porno para colgarla en Internet. ‘¿Hacemos una porno?’ pretende, sin suerte, reunir ambas perspectivas del cine de Smith. Por un lado, el fresco urbano donde no falta la alusión a los genitales, ‘gags’ sobre todo tipo de locuras ‘freaks’ y palabras malsonantes embutidas en diálogos que han perdido su brillantez, pero que albergan cierta nostalgia gamberra y, por otro, la más edulcorada comedia romántica de libro, pródiga en desaborida cursilería endulzada por una infame y patética congoja sensiblería.
Si echamos un vistazo atrás, la filmografía de Smith ha estado poblada por pequeños ‘losers’ que oscilan entre la inmadurez y la admisión de su edad, inmersos en un mundo cerrado que se hace abismal con la presencia de un problema “de adultos”. Obviamente, aquí sigue la misma línea. Lo que pasa es que hoy en día parece haber perdido su voluntad narrativa, aquélla que transgredía con su provocación y se salía de las normas del género al que estaba sujeto. Por eso, ahora Kevin Smith, aunque siga inmerso en cruzadas de confrontación entra la inmadurez y la aceptación del compromiso, se acerca descaradamente a la nueva comedia americana abanderada por Judd Apatow, primero con la sustitución de su actor fetiche Ben Affleck por el ubicuo Seth Rogen, con la intención comercial de asumir dócilmente las reglas de un juego actual del que él mismo fuera hace tiempo uno de sus genuinos innovadores que perdieron la oportunidad de ir escalando en un género que se le quedó grande o no supo crecer dentro de él, como sus propios personajes.
Se evidencia en ‘¿Hacemos una porno?’ una redundancia de lo peor del cine de Smith, en su aparente interés de sinopsis que crea expectativas con un formulismo de desprejuicio y diálogos que se reblandecen rápidamente con la vena emotiva y delicada de su desarrollo romántico de amores imprevistos y deliberaciones idealistas sobre la persona amada. Dicho de otro modo y claramente; Smith no tiene los huevos suficientes para capear con la actitud más socarrona del mal gusto y llevarlo hasta el extremo como hace con su historia de amor. Por mucho que se diga 200 veces la palabra “fuck”, que quiera aparentar un desprejuicio en su sarcasmo, a Kevin Smith le pesa demasiado su gusto por el olor a golosina, su apego a un guión que va de cabeza a la moraleja adoctrinadora con una previsibilidad insultante.
Lo que en sus principios era simplicidad y desparpajo se ha convertido en un forzado signo por resultar gracioso, de provocación sin sustancia, doblegando la estructura y la temática a una comodidad que evita cualquier riesgo. El cine de Smith se ha convertido una flatulencia sonora que aspira a invitar a unas risas, pero que se tira sin ganas, afogonada en su propio convencionalismo. El reciclaje del universo de su director ha terminado por fagocitarle y transformar su cine en continuo bucle donde tiene tantísimo peso la figura de John Hughes, las alusiones a su idolatrada saga ‘Star Wars’ (aquí en una previsible chanza con el título de ‘La guarra de las galaxias’) o sus ingeniosos pero efímeros monólogos sobre los cómics (en concreto Superman y su imposibilidad de mantener una relación sexual plena con Lois Lane).
Esa perpetua dependencia de una pareja predestinados a estar junto pero que no quieren o no pueden decírselo por miedo a cambiar las cosas sigue siendo la losa que aplasta lo mejor de esta cinta, que no es otra cosa que secundarios extraídos directamente de una película contemporánea de John Waters y que ejecutan su libertad dentro de un cine malhablado y sedicioso, fundamentalmente porque aquí hay autolimitaciones impuestas por el lado más comedido y conservador del director de ‘Mallarats’. Y es una pena, porque los personajes de Jason Mewes (que se sale en esa exposición de la ‘paja recíproca’ sin tocarse), Jeff Anderson, Craig Robinson, Ricky Mabe y dos estrellas del porno; una de hoy, Katie Morgan, otro icono de ayer, Traci Lords, podrían haber aportado mucho más el hecho presencial de sus papeles.
Cuando todo es aburrido y el producto se consolida en un filme sumamente fláccido, poco imaginativo y rotundamente convencional. Incluso se desperdicia la idea de ése subtexto autobiográfico sobre lo difícil que supone sacar una película de bajo presupuesto que lleva los protagonistas a utilizar el lugar de trabajo como improvisado ‘set’ y no tener final para la película por falta de presupuesto. Tal y como sucedió con ‘Clerks’.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'Brüno', de Larry Charles:

jueves, 16 de julio de 2009

El odio y la espera

Ayer por la mañana aproveché mi asumida vida de entropía y desorganización, para involucrarme en el mundo real una vez más. Primero, yendo a las oficinas del INEM, que en Castilla y León ahora se llama ECyL, como si fuera más sofisticado y moderno. Después, a renovar el D.N.I., la matrícula y número asignado para diferenciar a un individuo de la masa gris con la que uno se cruza a diario por la calle o espera las largas colas en ambas oficinas. Es curioso observar los rostros de la gente en estas mañanas de verano anodinas, de personas como yo, sin empleo, que asumen sus desengaños y decepciones esperando que le sellen un papel trimestralmente sin esperanza para una escapatoria real a sus problemas. El olor a sudor, el aroma a perfume, incluso a vino, crea una extraña miscelánea cuando se articula a la sensación de desánimo por parte de la concurrencia.
Es como una distopía que hermana a un grupo de desafortunados esperando su turno para recibir la aprobación y consentimiento de un mes más de mínima paga estatal, amenazada siempre por el temor de no llegar a tiempo, por pasarse de los límites establecidos, de que sea el último mes. Hay gente que pide con antelación el citado sello porque asegura que tiene que irse de vacaciones y no puede asistir el día señalado. Una mueca de ironía se deja ver en varias personas de la cola, puesto que es algo ilógico cuando se presume que el arduo panorama laboral está intrincándose a medida que pasa el tiempo como para tomarse unos días de asueto fuera de la ciudad. Otros, resignados, entregan el papel en silencio, reflexionando en diversos temas relacionados o no con el asunto.
Somos rostros apagados, desapacibles, que se van encendiendo hacia la furia cuanto más espera n, cuanto más calor hace. Las largas colas involuntarias reúnen bajo su estructura grandes dosis de odio. Tampoco es muy diferente en la cola para renovar el D.N.I. o pasaporte.
La inutilidad institucional ha creado un nuevo concepto internauta en una web paupérrima. Lo dan en llamar “Conexión al Sistema de Cita Previa”, donde cualquier usuario puede elegir la hora a la que asistir para ahorrarse la eterna espera. Sin embargo, algo falla, porque las colas siguen siendo eternas e inacabables. El sopor se acumula sin aire acondicionado. Las mujeres se abanican acaloradas por el clima, pero poco a poco, lo hacen porque el ambiente se enrarece, se llena de una aversión insostenible por la dilación, por el alargamiento insultante de esos “pocos minutos” que reza el cartel de las supuestas novedades informáticas que la Policía ha puesto al servicio del ciudadano, pero que no surgen efecto. El concepto “en el acto” no tiene cabida en esta mejora. Hasta que una señora de pelo mal teñido estalla y arremete contra un agente del orden barrigón y con bigote al que uno imagina resentido con la antojadiza jerarquía que le ha arrojado a una rutina de nombres y papeles, de explicaciones y reproches. Seguro que le gustaría estar poniendo multas, patrullando la ciudad, cortando alguna calle como parte de organización de alguna fiesta de barrio o simplemente delante de un ordenador, sin hacer nada.
El veterano policía se encara con la mujer y le recrimina su actitud beligerante. Ella insiste en el mal funcionamiento del sistema. El hombre es tajante: “Siguiente”, grita enojado. “Miguel Ángel Re… Ref”. Antes de que pueda acabar, porque el pobre hombre se ha liado con un apellido que no es ni García, ni Martínez, ni Gómez… -no puedo pedir más, es policía-, me apresuro a decir: “Soy yo…”. Lo hago con energía y sarcasmo, divirtiéndome con la situación, disfrutando con la hostilidad colectiva que se respira. Y paso ante la mirada de animadversión de ambos, con un simpático giño que no parece hacerles mucha gracia; ni al policía, que lleva una 9 mm. en la cartuchera, ni a la señora, a la que descubro una cara bastante patética con gesto de resquemor. Una vez tramitado el documento, de abonar los 10 euros por la renovación, de esperar durante una hora en cada uno de los sitios y de zanjar tanta burocracia, abandono la comisaría habiendo experimentado otra de esas sensaciones de realidad asfixiante. Unos metros más allá, vuelvo a la burbuja de entelequia que supone entrar en un bar, beber una cerveza y comer un pincho moruno. Es decir, desconectar del mundo.

viernes, 10 de julio de 2009

Review 'Pagafantas (Pagafantas)'

Divertido juego de espejos
El debut de Cobeaga es una comedia que asume los estereotipos del género pero que sabe desvincularse de la autoindulgencia del mismo para servir una de las mejores comedia de 2009.
Borja Cobeaga es uno de esos talentos innatos dentro de los nuevos directores de cine español. En su caso, su carrera ha ido ligada a la comedia, un género tan español como injustamente desatendido en términos de calidad y respeto. Su trabajo como guionista de programas televisivos como ‘Vaya semanita’, ‘Territorio Champiñón’ o ‘Splunge’ y su labor como director en el orbe cortometrajístico con destacados proyectos como ‘La primera vez’ y ‘Éramos pocos’ hacían prever que el primer largometraje firmado por Cobeeaga iba a ser una comedia. Y así ha sido. ‘Pagafantas’ se ajusta desde su inicio a las convenciones del género, sin embargo, se percibe una separación en su perspectiva de la juventud o de su enfoque de los veinteañeros tardíos, tomando como referencia el estereotipo social que se aleja de esa chabacana fauna juvenil que vive por y para la fiesta, el sexo, la noche y las copas.
La historia se centra en Txema, un tipo algo pusilánime, con complejos, recién separado de su novia y que ha tenido que volver al hogar familiar para dormir en el sofá cama del salón. Su vida cambia cuando encuentra a Claudia, el ideal de chica inaccesible de la que cae perdidamente enamorado. Pero ésta sólo le ve como su mejor amigo, sin posibilidad real por un amor que es no correspondido más allá de la amistad que no se materializa en algo más. Es la crónica de un fracaso que representa, con gran acierto y bastante mala hostia, a muchas generaciones que vienen cometiendo los mismos errores en el convulso mundo de las relaciones sociales y seductivas.
‘Pagafantas’ vendría a ser un juego de espejos en el que el espectador puede sentirse reflejado porque, a buen seguro, ha vivido una experiencia similar a la de este patético personaje. En ése sentido, Cobeaga juega con el sarcasmo, la crueldad y la ternura a la hora de hilvanar diálogos y ‘gags’, de empatizar el desarrollo cómico con un humor que llega a ser cruel con su protagonista, utilizado como un juguete del destino, como una pieza en la que cebarse para levantar la risa del personal. Así Txema es sometido a todo tipo de humillaciones donde queda en ridículo y expone su mediocridad hasta llegar al absurdo, atrapado en una dramática historia de amistad interesada que inclina la balanza unilateralmente hacia el provecho de una sola persona, en este caso esa ninfa con acento porteño y sonrisa hechicera.
Pero no es el único juego de espejos. Cobeaga y su coguionista, Diego San José, cotejan la vida de Txema y su relación con Claudia en un cruce generacional adaptado a ese tío Jaime que da consejos existenciales pero que se niega a despojarse del pasado y que recela de los nuevos tiempos, evitando modernizar su arcaica tienda de fotos y representando al genuino “pagafantas” reciclado en adulto que nunca se ha atrevido a confesar el amor por Gloria, la madre de Txema. ‘Pagafantas’ se convierte en el testimonio de lo doloroso y vejatorio que puede llegar a ser lo inalcanzable, aquello que más hace sufrir, pero también sobre los incentivos que proponen algo vivacidad a la siempre triste cotidianidad y rutina.
Una cinta llena de verdad que parte de la materia que granjea la comedia juvenil absorbida por dos frentes; primero por el apego a un contexto cercano, reconocible por el gran público, el de ése chico que ha vuelto a su casa materna por frustración y desengaño, a ése amigo coherente que vive con los pies en el suelo o ese trabajo aburrido que cercena cualquier esperanza de cambio. Por otro, ésa increíble mujer inalcanzable y utópica, un jefe identificado con la tristeza de un ‘loser’ total y, sobre todo, en muchas de las secuencias excéntricas y ‘gags’ visuales que se alejan de la probabilidad, conjeturando con una ficción puesta en contra del protagonista y que se aferra tanto al surrelismo (la señora Begoña y sus encuentros en los siniestros pasillos o la boda en el barco) como a la realidad adulterada.
Para Cobeaga no hay límites para lograr la complicidad con el público mediante un humor simple y directo. Muy difícil de conseguir. ‘Pagafantas’ posee un esquema narrativo sin grandes hallazgos, que se mueve con soltura entre la previsibilidad y el entusiasmo de sus instantes más cómicos en los que destaca un absoluto dominio de los diálogos y una medida elocuente con la que se va diversificando la acción. Pero si por algo es destacable la notabilidad de esta estupenda ‘opera prima’ es por la aceleración del ‘tempo’ cómico del que hace gala la película, que funciona de una forma vertiginosa, casi sin tiempo para asumir la fulminante capacidad del realizador para la comedia.
Cobeaga es capaz de transformar todo el bagaje proveniente de la cultura televisiva y solidificar los beneficios de ésta (aunque también haya espacio para mínimos menoscabos provenientes de la misma) dentro de producto cinematográfico intachable. El director vasco es en todo momento consciente de las limitaciones de su guión y su filme, de su carencia de riesgo que aquí no hubiera tenido mucho sentido, pues responde más a la humildad sin pretensiones que a un transformador ejercicio de comedia al uso. Pero no por ello pierde el temor a experimentar, por ejemplo, con la enloquecida secuencia de acción y persecución por las calles de Bilbao, como a mostrar un apego por los localismos musicales (de Enrique Bumbury a José Luis Rodríguez “El Puma”) o a la afición muy ligada a su director por los ‘karaokes’ que no podían faltar en su presentación como largometrajista. En ‘Pagafantas’ todo está medido al detalle en todos y cada uno de los apartados que se ajustan a los objetivos finales del filme, sin renunciar a los planteamientos del género, ni reformulándolos, pero sí sabiendo esquivar con gran acierto toda la autoindulgencia que constriñe las comedias románticas contemporáneas, ejemplificada en un siempre omnipresente y equívoco ‘happy end’ que, en este caso, brilla por su ausencia.
Por otra parte, en el universo de la comedia es imprescindible la función de los intérpretes. Y aquí hay hallazgos de adjetivos ponderativos. Sobre todo, en la naturalidad de ése cómico en estado puro que es Gorka Otxoa, que confiere a su personaje un equilibrio ajustado entre lo entrañable y lo patético, engrandecido por la escasa tensión sexual que desprende con su ‘partenaire’, la hermosa Sabrina Garciarena, una fuerza de la naturaleza que materializa el concepto de una mujer de ensueño. Pero también en la inocencia cómplice que transfiere Julián López o la experiencia y talento de dos clásicos como son Kiti Manver y el recuperado Oscar Ladoire, así como ésa mirada mesiánica de una siempre eficaz María Asquerino o las breves pero enérgicas apariciones de la más que prometedora Bárbara Santa-Cruz y los cómicos Mauro Muñiz y Ernesto Sevilla.
En definitiva, ‘Pagafantas’ no es una obra maestra. Ni busca serlo. Es sólo (qué fácil es escribirlo) una película rabiosamente entretenida y deleitable. O lo que es lo mismo, una película muy destacable dentro del panorama cinematográfico patrio (para aquéllos que lo critican indiscriminadamente) que explota perfectamente sus virtudes con una coherencia fuera de lo común y la convierten no sólo en una gran oportunidad de pasar unas risas en una tarde calurosa, sino también en la comedia de este verano y, posiblemente, en la comedia del año 2009. Ni más ni menos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW:'¿Hacemos una porno?', de Kevin Smith.

PD: Las fotos son cortesía del gran David Herranz. Muchas gracias compañero.

jueves, 9 de julio de 2009

Equipación Athletic de Bilbao 2009-2010

Se presentó ayer en San Mamés la nueva equipación que lucirá el Athletic Club de Bilbao para la campaña 2009-2010. Entre tanto fichaje multimedia de otros equipos hegemónicos que tiranizan el fútbol nacional a base de talonario y ponen en peligro la sostenibilidad de la Liga y merman cualquier rivalidad dentro de la competición, bueno es saber que pequeños eventos de equipos menores como la presentación de una camiseta, el lanzamiento de un ‘spot’ de captación de socios o simple hecho de presentarse ante la afición suscitan el interés de los aficionados a su equipo más allá de acaparamientos varios. Este año el Athletic pierde su marca propia tras el contrato con la marca deportiva Umbro, por lo que estaba claro que habría cambios en su camiseta. No sólo en el diseño de ésta, sino en la disposición del escudo (que pasa de nuevo a la izquierda) y el acabado final de la elástica de los leones.
Para esta ocasión, se recupera el diseño clásico “inglés” de las rayas rojiblancas, similares a las de hace dos temporadas (personalmente, la camiseta más mítica que ha tenido el club del ‘Botxo’ en mucho tiempo). También crece en tamaño la maldita y polémica publicidad de Petronor, cambiando en grafía y omitiendo el logo de la empresa petrolífera y el cuello cerrado de la camiseta se ajusta a la comodidad del jugador. Hay algo que me entristece bastante y es la carencia de ese logo del centenario que había acompañado al Athletic en todas las camisetas desde 1998. Obviamente, ha sido una década para el lucimiento de aquel recuerdo conmemorativo, pero sustituirlo por el logo de la Diputación Foral de Bizkaia deja un núcleo de nostalgia que enfoca los nuevos tiempos hacia un futuro lleno de incógnitas. De momento, a ver qué tal se da esta nueva temporada en la que el equipo de Joaquín Caparrós regresa a la competición europea y disputa cuatro competiciones por primera vez en muchos años. El grito sigue siendo el mismo “Aupa Athletic!”.

Dr. Diablo presenta 'Jinetes Fantasma'

Se acaba de estrenar en Internet la nueva y enloquecida creación del inclasificable Dr. Diablo, al que algún otro también conoce como Bruno Martín Ojeda, que vuelve a mostrar su vena canalla y desvergonzada en la serie ‘Jinetes Fantasma’, serie de nueve capítulos que gira en torno a un grupo de fracasados sin futuro inmersos en mundo de perversión, droga y peligros.
Dr. Diablo explora, desde la completa modestia, la provocación sistémica y la parquedad de medios, el género de acción que tanto revisita cada vez que se pone detrás de una cámara. Muestra de ello será el largometraje totalmente independiente de próximo estreno ‘Jamaica No Problem’. Diablo es un ejemplo fehaciente de la pasión por el cine que rueda macarradas sin complejos, sin recursos y lo que es mejor, sin ningún tipo de vergüenza.
Página oficial de ‘Jinetes Fantasma’.

lunes, 6 de julio de 2009

S-P-E-L-L-E-R-S

Esta niña de la foto con el dorsal número 110 y rostro de concentración extrema a medio camino entre la seguridad y el pánico se llama Kavya Shivashankar. Espera abstraída su siguiente turno en el Scripps Spelling Bee National que se celebró hace un par de meses en Washington. Fue la ganadora del primer premio Nacional de Deletreo en esta edición de 2009. Lo logró deletreando la palabra “Laodicea”. Puede parecer ridículo un concurso cuyo objetivo es reunir a un grupo de chavales de gran potencial intelectual que vayan pronunciando letra a letra el conjunto de un vocablo poco habitual en el lenguaje cotidiano de los estadounidenses. Sin embargo, no lo es. La raíz fonética y la pronunciación en la lengua de Shakespeare hacen que no todos los fonemas y lexemas vocálicos sean iguales en según qué palabras.
El atávico grado de competitividad yanqui, que rivaliza en los más desatinados y esperpénticos concursos, surgió allá por 1845 cuando el gramático y lexicógrafo estadounidense Noah Webster elaborara ‘The american spelling-book’ que dio como consecuencia un plan de estudio para los alumnos de primaria que tuvieron y estudiaron un diccionario de la lengua inglesa que ha instruido a muchas generaciones. El Scripps Spelling Bee National se instituyó como un reto nacional y estudiantil oficialmente en 1925 por el periódico de Louisville ‘The Courier-Jounal’. Desde entonces, centenares de niños ‘americanoparlantes’ prepara concienzudamente esta compleja prueba. Son llamados “spellers” y son sometidos a una presión extenuante. De ello hay algunas muestras en forma de ficción, como el documental ‘Spellbound’, de Jeffrey Blitz, un apasionante documental donde se aprecia el crítico sometimiento de estos pequeños ‘freaks’ de las letras o el filme ‘Palabras Mágicas’, de Scott McGehee y David Siegel, con Richard Gere, un profesor obsesionado por hacer que su hija pequeña triunfe en este turbio mundo de niños contra palabras.
Pero si tengo que recordar qué inspiró el destacar este post dentro del Abismo fue el episodio ‘Chris’ Brain’ de la antológica serie ‘Get a Life (Búscate la vida)’, aquél en el que Chris Peterson y Gus Borden se niegan a abandonar el barrio invadido por residuos tóxicos. Cuando despiertan después de haber estado a punto de morir, descubren que Chris es un genio de las palabras y Gus un portento para los origamis. Sencillamente memorable.