martes, marzo 31, 2009

'Cheers' y la Teoría del Búfalo

Fue en la mítica serie ‘Cheers’ donde se destapó la Teoría del Búfalo. Es un texto que ha proliferado por los forwards y mails de medio mundo. En ella, Cliff Clavin, hace alusión a la selección natural de los búfalos; las manadas se mueven sólo tan rápido como el búfalo más lento, lo que hace que los búfalos más lentos sean los primeros en morir y dejen espacio para la huída de los más rápidos. Norm Peterson fue el encargado de establecer una similitud entre este hecho y el cerebro humano: con la ingesta de varias cervezas, lo que está haciendo el cerebro es eliminar las neuronas más lentas y débiles. Así, la materia gris se ve aligerada y se convierte en una máquina rápida y eficiente.
Es una excusa como otra cualquier para recordar esta serie que estuvo en antena gracias a la NBC desde 1982 durante once años y logró 26 Emmys de los 117 a los que estuvo nominada a lo largo de su emisión. La memoria catódica es constante en el recuerdo de esta ‘sitcom’ sin la que la posterior evolución de la comedia televisiva en Estados Unidos no sería la misma. Ubicada en un bar homónimo de Boston, la ‘sitcom’ seguía de cerca, utilizando el género coral, las vidas del dueño del local, Sam Malone (Ted Danson), un ex jugador de béisbol de los Red Sox, ex alcohólico, hedonista y playboy, sus camareros; Carla Tortelli (Rhea Perlman) una ruda y encrespada mujer italoamericana capaz de humillar a los clientes como de tener hijos año tras año, Ernie Pantusso (Nicholas Colasanto), un olvidadizo y veterano ‘coach’ retirado y amigo de Sam (posteriormente otro olvidadizo y algo lerdo campesino en busca de fortuna Woody Boyd (Woody Harrelson) y Diana Chambers (Shelley Long), una ayudante de catedrático redicha e insoportable de la que se enamora Sam posteriormente sustituida en su corazón por Rebecca Howe (Kirstey Alley). Finalmente, los habituales del bar, que se irían ampliando desde los mencionados Cliff (John Ratzenberger,) cartero aficionado a encontrar parecidos absurdos entre hortalizas y personajes famosos y símbolo del entrañable pesado pedante y listillo de cualquier bar y Norm (George Wendt) el orondo asiduo al que nunca le falta la cerveza en la mano y una ironía que soltar hasta llegar al psiquiatra pardilllo y ‘snob’ Dr. Frasier Crane (Kelsey Grammer), que sería objeto del mejor 'spìn off' de la Historia, con una serie que duraría otras 11 temporadas y que sigue siendo una de las comedias más aclamadas de todos los tiempos.
‘Cheers’ supo exprimir como jamás se había hecho las posibilidades cómicas de un bar, de sus gentes, de anécdotas hiperbolizadas, de aventuras cotidianas de aquellos que consumen parte de su tiempo al amparo de una buena cerveza, un vistazo al partido deportivo de turno y a la charla cordial con camareros y amigos de rondas y alegría dipsomaníaca. Las historias de ‘Cheers’ mezclaban todos los elementos con los que una comedia de situación puede acercar la sonrisa al público, la metodología que después han seguido todas las series predecesoras a este hito televisivo. Una glorificación creativa y llena de ingenio a esa filosofía de barra que existe en cada bar, lugar sacrosanto de pensamientos trascendentales y absurdas extravagancias. ‘Cheers’ resumía sus conceptos en unas cuantas verdades alrededor del amor, la amistad, el alcohol y la vida. La creación de James Burrows en asociación con Les y Glen Charles sigue, hoy en día, manteniendo la misma fuerza que entonces, después de un cuarto de siglo siendo uno de los referentes y ficción televisiva antológica. Se convirtió, como bien rezaba su canción inicial, en ése lugar cuyo nombre todo el mundo conoce.
Como final anecdótico, The Bull & Finch, en la calle Beacon Street, era la ubicación que servía como exterior para los planos de recurso, el ‘Cheers’ real que se popularizó como un sitio turístico a visitar en Boston. Eddie Doyle llevaba siendo su camarero y referencia de Sam “Mayday” Malone durante 35 años. La crisis y la recesión económica que sufre el mundo actualmente ha sido la causa de su despido.

lunes, marzo 30, 2009

Muere Maurice Jarre

1924-2009
Los artistas que ponen música a momentos indescriptibles dentro del cine nos van dejando. El último, Maurice Jarre, que falleció este fin de semana a los 84 años de edad. El legado de sus partituras siguen siendo el mejor recuerdo que nos quedan de ellos y el testimonio de su inmortalidad. ‘Doctor Zhivago’, ‘Lawrence de Arabia’ o ‘Pasaje a la India’ son sus bandas sonoras más reconocidas, pero sólo una pequeña muestra de su gran carrera como músico cinematográfico que supera los 150 trabajos.
La épica y la pureza clásica de sus composiciones le hicieron pasar de ser de un joven compositor francés desconocido a ése autor clásico que todos recordaremos.
D.E.P.

jueves, marzo 26, 2009

Review 'The Visitor (The Visitor)'

El síndrome ‘post 11-S’ y la inmigración
Thomas McCarthy no abandona la pureza del género independiente y el intimismo de su debut para hablar, con delicadeza y sinceridad, de la bondad contrapuesta a la actitud de unos Estados Unidos tiranizados por una burocracia injusta con el inmigrante.
Ya en su primera película, la infrecuente y entrañable ‘The Station Agent’ (en España se tituló ‘Vías Cruzadas’), Thomas McCarthy exhibió su enraizada adhesión a los verdaderos valores del cine mal llamado “independiente”. En ella, por medio de una perspectiva intimista y alejada de cualquier afinidad al cine comercial de Hollywood, ejercía de sutil maestro de la construcción de personajes y la quietud dramática con la que se describía la realidad humana de tres personajes necesitados de afecto. El filme, premiado en Sundance, ratificó la voluntad de rechazo por parte de su director hacia las fórmulas dramáticas adocenadas en el rancio discurso melodramático a cambio de una hermosa historia de seres cuya resignación y aislamiento emocional acaba abriendo un resquicio a la esperanza.
No se aleja mucho McCarthy en la descripción del protagonista de aquélla, Finbar McBride, el sigiloso e introvertido enano con pasión desaforada por los trenes víctima de una profunda misantropía, del Walter Vale de ‘The Visitor’, un hombre sumido en la tristeza y automatismo rutinario que da clases de pianos para no olvidar a su mujer. Ambos serían la representación de la sociedad contemporánea que se aliena dentro de los márgenes de la incomunicación y la inadaptación que simbolizan ese autismo por parte de la gran potencia norteamericana respecto a los problemas sociales dentro de su falso paraíso. Los dos caracteres se ven obligados a la apertura al mundo exterior con el encuentro involuntario de personas con las que debe compartir una experiencia tan vital como enriquecedora.
‘The Visitor’ gira en torno a la apática vida de un maduro profesor de universidad que, en un viaje a Nueva York para la presentación de un libro, descubrirá que su viejo apartamento está ocupado por una pareja de inmigrantes sin papeles que ha sido víctima de un fraude inmobiliario. Llevado por el altruismo y el desconcierto, compartirán el apartamento fraguando una extraña amistad que se extenderá cuando el joven, de origen sirio, es arrestado y encarcelado por su situación ilegal. Para McCarhty la bondad humana no es una etiqueta absurda con la que armonizar un relato optimista y caprichoso. En este filme todo huele a verdad, desde ese acercamiento condescendiente a través del djembe, instrumento con el que Tarek se gana la vida en locales nocturnos, al hecho de compartir experiencias y problemas, del contacto entre desconocidos fraguado en inasible relación de necesidad.
Ante esto, la contraposición con la iniquidad de un país tiranizado por una burocracia injusta y cruel con el inmigrante. En cierta medida, ‘The Visitor’ vendría a ser una dogmática reflexión sobre las consecuencias del 11-S, sobre el continuo estado de desconfianza que han dado como resultado esos centros de arrestos de inmigrantes donde se dan inacabables procesos de deportación privando de libertad a los detenidos.
McCarthy persiste en su independencia pura, libre de cualquier atadura, sin débito con el ritmo y la ligereza, pausado en su definición, cristalino en su narrativa lánguida y templada, armónica y cadenciosa. Para lograr ese admirable realismo naturalista que desprenden todos y cada uno de los personajes que se describen en esta melancólica fábula, es necesario dejar la progresión dramática de la historia en la inacción con la que se van desplegando las personalidades de todos los personajes; del profesor sumido en una crisis personal y profesional, al joven y soñador Tarek, su novia senegalesa, desconfiada y suspicaz o la protectora madre del segundo, que llega en busca del bienestar de su hijo. La moderación formal se va transmitiendo desde su inicio, poniendo a sus personajes sobre la escena como artífices de los movimientos del relato, pues son ellos los encargados de hacer avanzar la acción a través de sus diálogos, sus miradas y su soledad, como parte del ceremonial qua acerca al espectador la sensibilidad de un filme que sabe dosificar la narración, sin necesidad de dramatismos superfluos o suntuosidades trágicas.
Es entonces cuando la hermosa fábula de necesidades, de soledades y preocupación por un tema común se transforma en una crítica a una política de inmigración ferozmente injusta, pero también en un viaje interior a la vida de un hombre que descubre una nueva oportunidad en la vida, a pesar de las desgracias compartidas con las que tiene que lidiar. Es curioso cómo el entramado dramático, el hecho de luchar por la libertad de Tarek junto a su madre, hace abrir los ojos al protagonista. El enclaustramiento personal en el que estaba sumido no es más que un drama subjetivo que cambia cuando Tarek es encerrado en la siniestra prisión de Queens por no tener los papeles en regla. Una discordancia tan dolorosa como real y efectiva; para que el adusto viudo se reencuentre consigo mismo y recupere las ganas de vivir existe una víctima real que es privada de la libertad que él empieza a disfrutar con este espinoso asunto. Con ello, se convierte en el cabeza de una familia sumida en las dudas y el abandono. La consecuencia es una hermosa historia de amor otoñal definida por la necesidad, la de Mouna, la madre, como un apoyo emocional y la de él como una energía salvadora.
Por supuesto que en ‘The Visitor’ el engranaje funciona como un reloj debido a la pericia de McCarthy como director de actores. En sus manos, un actor de desbordante talento como Richard Jenkins otorga un halo de soberbia interpretativa en la piel de un personaje aburrido, con una realidad que camufla esa diatriba sobre Walter, si pasa por una depresión efímera o es que su vida está realmente vacía. Por supuesto, el director de ‘Station Agent’ acierta con todos aquellos que rodean un rol satélite con tanta fuerza en pantalla. Y Haaz Sleiman, Danai Jekesai Gurira y sobre todo Hiam Abbass están impresionantes.
Pese a que no deje de ser una película con cierto tono moralista, a la cual se le puede reprochar su intención de llevar al espectador a reflexionar sobre el asunto que trata, con cierta concienciación del problema de la inmigración, la poderosa poética fílmica se transforma en una experiencia enriquecedora y humanista, llena de autenticidad y realismo (en cierto modo pesimista) que esgrime la simplicidad como inmejorable arma donde la música de un tambor sanbanyi se torna en un medio curativo contra la desesperación del vacío.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

martes, marzo 24, 2009

'Los viajes de Sullivan', obra maestra de humor y drama

Es inevitable no caer rendido ante la historia de esa obra maestra rodada en 1941 por el maestro Preston Sturges que es ‘Los Viajes de Sullivan’. La película arranca con un homenaje al cine, con el ancestral subgénero llamado ‘cine dentro del cine’, cuando tras una estridente acción de lucha sobre un ferrocarril deja sobreimpreso el mítico ‘The End…’ de los filmes clásicos. Tras ello, el director John L. Sullivan (magnífico Joel McCrea) discute con sus productores acerca de la posibilidad de dejar las comedias de éxito para retratar la realidad de lo que pasa en el mundo. Así, decide hacerse pasar por ‘homeless’ para experimentar las desavenencias de los más desfavorecidos y observar de primera mano las circunstancias que rodean a la gente que sufre ajena al oropel del cine.
En los prolegómenos de este experimento es cuando se da la secuencia más memorable de la cinta. Seguido en todo momento por una cohorte de ejecutivos, fotógrafos y secretarias se empecinan en seguirle a todas partes en un autobús de lujo, a Sullivan su estudio de metamorfosis se le hace imposible. El director se monta en un bólido ataviado de tanque conducido por un niño aspirante a ser piloto de tanques ligeros que conduce a toda hostia campo a través. Es cuando estalla la comedia apoteósica. Cuando, se desata el frenesí, una sucesión de ‘gags’ de descontrolada hilaridad física, típicos del ‘slapstick’ clásico, provocando que el acomodado séquito que les sigue empiece a padecer los efectos de la velocidad, con un montaje categórico, una persecución delineada con una sutilidad hipnótica y una comicidad de golpes, tropiezos y bandazos acelerados visualmente insuperables. Es el momento álgido de la función. Una de las mejores secuencias de comedia de la historia del cine. El cúlmen de la risa que, paulatinamente, se va diluyendo.
La comedia se va a transformar en un drama determinista. Después de encontrar a esa chica aspirante a actriz interpretada por la sugerente Veronica Lake a la que utiliza para reforzar su propio sarcasmo, Sullivan va descubriendo cómo su juego para sentir la verdad de los problemas del mundo real es mucho más difícil de lo que pensaba. Hay un instante del filme, después de dos tentativas en las que siempre acaba en Hollywood, en las que el hambre extrema hace regresar al acomodado realizador a su mansión, convirtiendo su hazaña en una impostura o capricho de artista visionario. Es un montaje sin diálogos, sólo apoyados en una sucesión de acontecimientos que son el día a día de los ‘sin techo’ bajo las melancólica partitura de Charles Bradshaw y Leo Shuken, cuando Sullivan descubre que dejar de comer unos días no significa pasar hambre. Sturges sabe manejar un guión redondo en los que utiliza ciertos soplos cómicos enlazados de forma perfecta con un sombrío pesimismo.
Sullivan, en un alarde de altruismo e idealismo, sale a repartir billetes de 5 dólares a todos aquellos pobres que ha ido conociendo, siendo el inicio de un viaje final al sufrimiento, cuando después de ser atacado por un indigente que acaba bajo un tren descrito por la codicia (no sólo de los ricos, también de los pobres), es encarcelado y obligado a realizar trabajos forzados. Es entonces cuando aprecia la verdadera angustia y el martirio que investigaba para su película, muy alejada de la superficialidad de esa entelequia circunstancial “a lo Capra que él buscaba. ‘Los viajes de Sullivan’ supone una montaña rusa de emociones. Una obra maestra clásica que se ha asemejado en incontable ocasiones a la obra de Jonathan Swift ‘Los viajes de Gulliver’, no sólo en su estructura de cuatro viajes, sino por tratarse de un periplo simbólico a la dureza de descubrirse a uno mismo, pero también de explorar la propia existencia humana.
Sturges, además, se permite una loa existencial al mundo del cine, a la comedia concretamente. Hay dos momentos que evidencian el contrapunto de la actitud de Sullivan hacia el público; en los primeros compases de su aventura, cuando entra a trabajar en una granja con dos viejas que esconden intenciones deshonestas, asiste a una proyección donde el público come todo tipo de ‘snacks’ que producen un efecto sonoro desagradable, mezclada con llantos de niños y diversos ruidos. Todo el mundo está absorto en la película menos él. En ése momento, como gran cineasta, el séptimo arte es fundamental y el público no tiene respeto. En el final de la cinta, cuando Sullivan está en la cárcel, el ambicioso cineasta encuentra la catarsis en un pase de unos ‘sketchs’ del perro Pluto de Disney, en la carcajada unificada cuando más hace falta. Es el simbolismo, honesto y congruente, de la risa como fortuna colectiva, cuando deja sus prejuicios y se da cuenta de que el público va al cine a evadirse de sus problemas.
Una cinta de emotividad y reflexión, dotada con esa sensibilidad sustentada en historias sobre auges y caídas de tipos que tanto desarrolló Sturges en su breve carrera cinematográfica. Sturges fue uno de los más corrosivos pioneros de los años 30, asemejando su trascendencia representativa a algunos de los grandes nombres del Hollywood de la época, junto a McCarey, Cukor o Hawks. ‘Los viajes de Sullivan’ fue su cuarta película, la segunda de una trilogía gloriosa, filme posterior a la magistral ‘Las tres noches de Eva’ y la siguiente genialidad ‘Un marido rico’. Un cineasta humanista y agridulce que supo extraer comedia del sustrato dramático de los dramas oscuros y tristes de su obra más representativa, pero no la única que tiene el honor de llevar consigo la difícil etiqueta de “obra maestra”.

sábado, marzo 21, 2009

Review 'Gran Torino (Gran Torino)'

De conflictos éticos y redención crepuscular
En su despedida como actor, Eastwood homenajea a los tipos duros y radicales que le hicieron famoso, pero aprovecha la coyuntura para desmitificar las donosuras de aquellos antihéroes.
La historia de ‘Gran Torino’, la nueva película de Clint Eastwood casi encadenada con la reciente ‘El Intercambio’, tiene como protagonista a Walt Kowalski, un veterano de guerra y jubilado, que trabajó en una fábrica automovilística y no soporta compartir espacio con una familia de vecinos de la etnia ‘hmong’ en los suburbios de Detroit. Su personalidad denota cierta misantropía, acentuada por la pérdida de su mujer en el inicio del filme.
Kowalski está enfadado con el mundo, sumido en el desarraigo al que conlleva su frustración vital mientras escupe, blasfema y bebe cerveza Blue Ribbon en el porche de su casa. Cuando el joven vecino Thao es obligado por su primo y su pandilla de matones a robar su Ford Gran Torino del 72, Kowalski comenzará a relacionarse paulatinamente con estos vecinos que le consideran el héroe del barrio cuando saca a punta de rifle a estos maleantes de su jardín.
Kowalski vendría a ser el reajuste de aquellos radicales personajes que hicieron célebre el gesto adusto y huraño de Eastwood, las viejas leyendas de gruñido y gatillo fácil. Es el autohomenaje por todo lo alto al alegórico perro feroz y justiciero, pero alejado a su vez de aquéllos, actualizado sin ninguna concesión a la perspectiva del pasado, puesto que Kowalski viene definido por las restricciones de salud de un hombre vetusto, cansado de todo. Para Eastwood es la oportunidad de desmitificar las donosuras de aquellos antihéroes, porque el gran hombre de ‘Gran Torino’ es un viejales que tiene un lastre con el pasado, que ha ido enclaustrándole ya no sólo en su casa, sino en sí mismo. En cierto modo, tanto odio y tanta ideología entusiasta del patriotismo yanqui han hecho de él un infeliz de existencia amargada.
Es la forma de enfrentar al individuo y a la sociedad, de analizar la representación de una tipología de americano que ha quedado estancado en ciertos clichés dentro del imaginario político, social y cultural del país. Con ello, ‘Gran Torino’ profesa ciertos elementos que han marcado la filmografía de este gran clásico del cine contemporáneo; la desintegración de la familia, la intransigencia, los valores morales y la educación, así como un vistazo a la violencia como infección creada por la sociedad para su propia autodestrucción. Tampoco falta esa incursión en la Fe y la incredulidad de credo.
Sin embargo, la vejez le ha dado a Eastwood, a través de los ojos de Kowalski, una perspectiva mucho más reflexiva y esperanzada al director de ‘Sin perdón’. En una sociedad yanqui que ha mutado de aquellos barrios de gente blanca acomodada hacia la heterogeneidad multicultural y poliétnica, la radical intransigencia va dejando paso a un lógico cuestionamiento de angostas parcialidades ideológicas para evidenciar un último giro hacia la madurez, cuando Kowalski descubre que ése Gran Torino del 72 no es más que una simbología caduca y el ancla que le mantiene aferrado a su pasado y sus prejuicios. Lo interesante para Eastwood es que Kowalski está sólo y sufre una tortura interna que le hace abrirse, contra su propia voluntad, hacia ese barrio que le considera un salvador después de haber plantado cara a unos esteriotipados ‘gangs’. La única forma de admitir su dolor, más allá de esa confesión por expreso deseo de su fallecida mujer ante el párroco ‘tocacojones’ al que considera un virgen de 27 años que favorece la superstición, es la de ir redimiéndose con los que le rodean, los mismos vecinos a los que llama despectivamente “amarillos”.
Una historia de amistad y segundas oportunidades que se despliega con simpatía en esa relación paternofilial entre Kowalski a Thao, en sus lecciones de vida que, a buen seguro, jamás confió a sus propios hijos y que le servirán para reconocer una oportunidad a la esperanza y al optimismo, a la apertura del futuro, a la juventud y al progreso en el mismo instante en que le concede a Tao su Estrella de Plata de la Guerra de Corea y su Gran Torino. El pasado es historia y la exoneración de culpa queda saldada en el momento en que se exponga como sacrificio de sus propios errores.
A estas alturas, nadie le va a recriminar al bueno de Clint que algunos segmentos del guión del debutante Nick Schenk sean bastante inicuos, en los que abunda, en muchos casos, instantes de ponderación autoparódica con tendencia al exceso, multitud de ‘gags’ entre el veterano soldado y sus vecinos asiáticos o en comienzo con su nieta de tendencias pijas y arrogantes. También los designios y las derivaciones de la acción resultan de lo más previsible y prototípico. Pero no es producto del solipsismo contrarrestar esos escollos con la complejidad psicológica que se esconde tras el endurecido semblante de Kowalski, en ésa aceptación de la soledad total, del paso de los años que han dejado un mundo totalmente distinto al que recordaba, perdiendo la única conexión entre el mundo real y el mundo individualista del antipático personaje que su mujer fallecida.
Sin embargo, la nobleza y magnitud de un filme como ‘Gran Torino’ reside, una vez más, en la sutilidad de dirección de Eastwood, digna de elogio, con una fuerza y una rabia apabullantes, sin necesidad de ningún tipo de subrayado. Mucho más brusco y directo que elegante, aquí devuelve el brutal lirismo que desprenden sus calculados planos, donde sencillez y emoción se coagulan en una aleación visual de grandeza inalcanzable, definida, por ejemplo, en esa construcción reduccionista del barrio miserable en el que se da la acción o sus salidas al exterior; la peluquería, el bar, la Iglesia…
Pero si por algo merece la pena ‘Gran Torino’ es por la testamentaria fiesta final como intérprete de Eastwood, en la que brinda la oportunidad de volver a disfrutar de su oficio como actor en una muestra de capacidad con un personaje lleno de aristas, de cambios de humor, de evolución crepuscular, duro y tierno en extremos opuestos. Walt Kowalski es uno de los personajes de Eastwood con más humanidad y atracción de cuantos haya interpretado a lo largo de su larga y nunca bien reconocida carrera como actor.
Con él, Eastwood se despide de su público, de su trabajo como actor y de la iconografía que marcó su trayectoria en el mundo del Cine. Por supuesto que ‘Gran Torino’ no es una obra maestra, como tampoco lo fue ‘El Intercambio’ o su díptico sobre Iwojima o como tantas otras subidas a los altares por la crítica. Simplemente, es un drama urbano con estrías de comedia que echa un vistazo al eterno tema de la equidistancia de la justicia, que bucea en las raíces de la violencia, pero también en las de la tolerancia. ‘Gran Torino’ es un drama de conflictos éticos, sobre la búsqueda de la paz interior asumiendo todo tipo de sacrificios.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

viernes, marzo 20, 2009

Crónicas de Dublín (y IV)

Día 3 (13.12.2008)
Al abrir la cortina, una buena noticia: el cielo estaba totalmente despejado y el sol lucía esta vez sin riesgo de verse ensombrecido por ninguna tormenta ni por la lluvia. Este fenómeno suele ser poco habitual en Dublín. Pero un pago hay que hacer por ello. Cuando las nubes se levantan y sale el sol, en diciembre hace un frío terrible que, unido al viento y a la humedad, deja tiritando a cualquiera. Menos mal que somos de Salamanca. El café nos trajo una agradable sorpresa. En un café con panadería de Baggot, cerca del hotel y del que no hemos logrado recordar su nombre, un amable paisano, Juan, de Tarragona, nos contaba su experiencia en Dublín mientras nos servía un ‘capuccino’ y un té junto a dos croissants. Uno de los designios de la mañana era, a priori, fácil y asequible. Visitar la casa de Oscar Wilde y dedicar la mañana al ocio, a curiosear y a conocer mejor los lugares por los que habíamos pasado ya varias veces.
Así que, siguiendo el itinerario turístico, nos acercamos por Upper Mount Street a ver la iglesia de St. Stephen Chuch, conocida popularmente como ‘The Pepper Canister’. Fue construida por John Borden en 1821 y, por lo menos, aquella mañana de sábado de diciembre, estaba en obras. Si tenéis la oportunidad os aconsejo que deis una vuelta por esta calle y sus alrededores. Es donde mejor podréis apreciar ese estilo georgiano que sirvió de inspiración al arquitecto italiano Andrea Palladio que, en Dublín, contrasta en su belleza austera con las características puertas de colores. Subimos por Merrion Square East y llegamos al Archbishop Ryan Park, cerca de donde está el Archivo de Música Tradicional Irlandesa. Bordeando el parque llegamos al número 1 de Merrion St., la casa de Oscar Wilde desde 1855 hasta 1876, un poco más arriba que donde W. B. Yeats vivió también. La figura de Wilde es otro icono irlandés, como Joyce, como la Guinness, como el Jameson… Obviamente, no voy a retratar aquí su brillante obra literaria y concupiscencia sin límites, pero sí a destacar mi admiración por uno de los hombres más clarividentes de la Historia de la Humanidad, por su genialidad, por su arrogancia, por su indisciplina a la hora de destruir barreras sociales y políticas y por un catálogo de frases de inalcanzable trascendencia.
La ceremonia no se finaliza hasta que se visita la espectacular y realista estatua creada por Danny Osbourne que reposa frente a su edificio, en el parque Archbishop Ryan. Allí prevalece un señorial Wilde que mira entre cínico, divertido y soberbio hacia la calle. En este parque también podemos ver un destacado monumento en honor a los miembros de las fuerzas armadas que murieron en acto de servicio y que consiste en un monolito piramidal que contiene tres figuras de soldados que observan una llama inextinguible que se puede ver a través de dos vitrinas laterales.
Siguiendo por Merrion uno puede detenerse en la National Gallery of Ireland, museo que mezcla corrientes clásicas y moderas y que alberga una destacad colección de obras de las principales escuelas europeas desde el siglo XIV al XX; Tiziano, Caravaggio, Mantenga, Vouet, Monet, Cézanne, Vermeer, Rembrandt, El Greco, Velázquez, Zurbarán, Goya… entre otros. También pasamos por la Nacional Library, fundada en 1592, en Kildare St., la cual posee un conjunto de edificios de gran belleza arquitectónica y que anunciaba una gran exposición sobre una de sus figuras literarias más importantes ‘The Life and Works of William Butler Yeats’. Pasamos de nuevo por el Stephen Green, dando un paseo y disfrutando del soleado día y aprovechamos para hacernos una foto en el Fusiliers Arch, el arco principal que da acceso al parque desde Grafton.
Como queríamos vivir un poco la vida comercial y el ambiente navideño de sus gentes, nos metimos de lleno en el eje de compras más destacado de la zona, el colosal centro comercial St. Stephen’s Green, el más representativo de todos estos espacios de compras, por su disposición y su arquitectura, por su entorno multitudinario que encuentra su gran atractivo en la gran variedad de negocios que hay en su interior. Inmersos en el corazón de Dublín y después de que Myrian se hiciera una foto con un entrañable Santa Claus enclenque que tocaba una pequeña guitarra horriblemente mal, caminamos por Grafton St. viviendo de cerca esa contigüidad con la esencia de esta famosa calle; la muchedumbre, la actividad comercial, almacenes de prestigio, cadenas de moda, tiendas de souvenirs los puestos de flores, coros eclesiásticos cantando villancicos, más ‘hombres-anuncio’, un artista callejero recreando un cachorro de perro con arena de playa, músicos itinerantes… Y para rematar esa percepción de la entidad de la mítica y concurrida calle desde la perspectiva foránea y turista qué mejor forma de celebrarlo que tomando un café irlandés en el no menos mítico Bewley's Oriental Café. Esa mezcla de café expresso y americano, azúcar moreno, nata y whiskey irlandés es una combinación a descubrir y paladear en este local abierto en 1927 y que fue restaurado hace pocos años.
Callejeando llegamos de nuevo a la zona de Temple Bar, para llegar a otro evento semanal bastante conocido en la ciudad. En el Meeting House Square, dentro del distrito de Temple Bar, se coloca un colorista mercado con todo tipo de alimentos orgánicos, es decir que no han sido tratados con ningún tipo de producto agroquímicos. La autenticidad de lo orgánico tiene aquí una de sus fuentes de vida y el mercado, aunque pequeño, está lleno de gente buscando sus viandas naturales dispuestas en una gama cromática muy bonita. En la misma plaza se encuentra el Irish Film Institute, que es como una Filmoteca. Es decir, un recinto donde preservar y fomentar el cine patrio, pero también un marco ideal en el que descubrir películas independientes de otros países. En la entrada, hay un bar para zumbarse una Guinness o un café mientras se charla de cine ‘underground’ o películas de arte y ensayo.
Pero para freakismos, la siguiente parada de los monstruos. En dirección a la otra zona comercial donde más gente confluye de todo Dublín, a la O’Connell Street, pasando otra vez por el Ha’Penny, encontramos el Forbidden Planet, en Crampton Quay, la mayor tienda de cómics de la zona. Después de estar tentados de aprovisionarnos con algún que otro souvenir para la colección, decidimos seguir nuestro garbeo por la zona de ocio y, ya puestos, terminar de recorrer lo poco que nos quedaba en nuestro estudiado planning turístico. Como el día estaba despejado, aprovechamos la coyuntura para volver a hacer fotos al colosal The Spire y dar una vuelta por los alrededores de O’Connell St. y observar de cerca el furor consumista de Henry St. Antes, pasamos por Middle Abbey Street, cerca de The Independent House, donde varios hombres disfrazados con la careta de Guy Fawkes sostenían pancartas en contra de la Iglesia Cienciológica. Para ir completando rutas eclesiásticas, nos acercamos a ver St. Mary's pro-Cathedral, que es la catedral sede episcopal de la católica romana en Dublín. Como está al lado, echamos un vistazo a la Ireland Church. Hartos de tanta Iglesia, decidimos ir a hacerle una visita y presentar nuestros respetos a James Joyce acercándonos a ver el James Joyce Centre, que se sitúa en una casa georgiana de North Great Georges Street. Allí un tal Ken Monaghan, un sobrino de Joyce según sus palabras, nos enseñó las habitaciones, la enorme biblioteca, ese trazado ‘Ulysses episode by episode’ y descubrimos la auténtica puerta No. 7 de Eccles Street, hogar del personaje de Leopold Bloom’s.
Una interesante parada antes de seguir dando una vuelta rápida por el Garden of Remembrance, que conmemora a los patriotas que murieron en la sublevación de 1916 y en la guerra de independencia que duró de 1919 hasta 1921. Tras seguir los pasos de nuevo hacia O’Connell por Parnell St. pasando por Chinatown y el Moore Street Market, por el que apenas pisamos, entramos a ver cerca otro fenómeno irlandés: un garito llamado Paddy Power de apuestas donde la gente se amonta soltando euros apostando por todo; carreras hípicas, de galgos, fútbol, dardos, rugby, destino de jugadores en venta e incluso sobre política.
En ese momento del día, antes de comer, notamos que hacía falta algo en nuestro interior. La llamada de la adicción por la Guinness nos hizo buscar otro pub donde saciar esa sed dublinesa que entra cuando menos te lo esperas. Entramos en Branningan’s Pub, en Cathredal Street, donde saboreamos la ‘stout’ a la vez que una señora mayor se pimplaba dos seguidas en menos de cinco minutos. Un pub muy cómodo, con grandes sillones circulares de cuero y una zona de comida en la que servían platos que tenían buena pinta. Deberíamos habernos quedado allí, porque ése día la comida no fue lo mejor del día.
Cuando se dice que Dios invento la cerveza para que los irlandeses no conquistaran el mundo, uno entiende que, una vez allí, sólo existe un deseo interno, una voz íntima que te repite reiteradamente: “Otra Guinness”. No estábamos seguros de dónde ir, así que acordamos meternos en el primer bar o pub que viéramos. La sorpresa fue descubrir el pub que marcaría nuestro paso por Dublín. Coincidiendo con amigos que han visitado la ciudad, siempre hay un bar que, por diversas razones, conquistan tu corazón y se convierten en un lugar de referencia que recomendar. En nuestro caso, este local se llama Sean O’Casey’s Bar, en el 105 Marlborough Street. No es que tenga nada que lo destaque de los demás bares que visitamos. Únicamente, fue la única vez en que nos sentimos en un pub tradicional, donde varios señores con rostro típicamente irlandés, ensimismados, no perdían de vista el Middlesbrough-Arsenal retransmitido por televisión y, sobre todo, porque se está muy a gusto. La barra, antigua, daba la vuelta al bar, lo que dividía el local. Unas escaleras suben al comedor, donde, obviamente, deberíamos haber comido y no lo hicimos, dan amplitud a un sitio inolvidable. Aún me arrepiento de no haber comido allí. Un confortable bar que representa, como ninguno, la esencia genuina de los bares de Irlanda. Os lo aseguro. Además, el precio de la pinta de Guinness resultó ser el más barato de todo la excursión cervecera en los tres días. Recordad: Sean O’Casey’s Bar.
Según dejamos el Ha’Penny, habíamos dado una vuelta por una zona de restaurantes y sitios de comidas en la zona de Lower Liffey St. y nos decidimos por el Epicurean Food Hall, como un centro comercial, sólo que de restaurantes de todos los lugares del mundo. Casi nos tomamos un ‘fish n’ chips’ en el Leo Burdocks de la entrada principal, pero decidimos pasar hacia la marabunta de restaurantes del interior. Hay de todo; un Itsabagel, con gran variedad de bagels, la Corte, un italiano que estaba hasta el culo, un francés llamado Christophe, el típico Istanbul con sus kebabs, un restaurante de Asian Fusion y el griego que escogimos: El Ramos Greek Restaurant and Mezze Bar. La verdad es que, en principio, no estaba mal. Un buffet de comida griega sin mucho alarde ni exquisitez por un precio muy barato. Error. Se nos ocurrió verter un poco de salsa de pepino en unos crepes y la liamos, ya que tres horas después, la maldita salsa seguía repitiendo. Como había que quitar el sabor a pepino de alguna manera, decidimos hacerlo de la única forma acostumbrada en Dublín: con una rica pinta de Guinness.
Y lo hicimos en el Hogans, 35 South Great Georges Street, un pub enorme con dos barras y zonas bien diferenciadas; una, más tranquila, donde la gente toma café y bebe birra ‘sotout’ y durante el día sirve además de ‘bar food’, Otra, una zona de baile que por la noche se transforma en un auténtico hervidero de gente joven con ganas de marcha y darle meneos al cuerpo. Todo un hallazgo el Hogans. Prosiguiendo con nuestra tarde de ocio y tiendas, fuimos a Market Arcade, un pequeño mercado situado en Saint George Street, cerca del colegio Trinity. Es un edificio victoriano que sirve más que de mercado tradicional, de área que se dispone como un mercadillo donde venden ropa ‘underground’, dvd’s, cd’s y discos de vinilo, posters, bisutería, libros de toda índole y condición y, en definitiva, todo tipo de recuerdos, amén de surtirse de varios puestos de comida rápida.
Myrian siempre ha sido una entusiasta incondicional del queso, en cualquiera de sus variedades. Había leído que había una tienda bastante conocida llamada Sheridans Cheesemongers, así que fuimos a ver si era verdad la fama que profesa dentro de las tiendas de alimentación de la ciudad. La verdad es que es una tienda bastante pequeña, pero sí es cierto que alberga una extensísima variedad de quesos al corte de todas las clases y que puedes degustar algunas de estas exquisiteces en la visita. Como está al lado de Grafton, volvimos a dar una vuelta por la calle hasta llegar de nuevo, algo fatigados de tanto ajetreo y compras, al St Stephen's Green, para tomarnos un chocolate bien caliente, relajarnos uno poco, descansar y mirar desde un enorme ventanal a un músico callejero que tocaba con furia la batería alrededor de un considerable número de viandantes. El chocolate estaba rico, la verdad, pero con tanto desaliento en el cuerpo y siendo la última noche que pasábamos allí había que darse un homenaje a ‘stouts’. Y eso hicimos.
Empezamos por el Bruxelles, un clásico del que aún no habíamos visitado que se sitúa en una bocalle de Grafton, Harry Street. El Bruxelles está ramificado en dos locales. Arriba, se puede escuchar, no sin ciertos problemas de espacio y bastante aglomeración, algo de ‘blues bands’ y de selecto rock & roll clásico y contemporáneo. En la parte inferior, está el Zodiac Bar, que también está hasta la bandera, con música de Northern Soul, funky jazz y en el rato que estuvimos nosotros, con homenajes constante al heavy metal de los 70 y 80. En la entrada tienen una estatua de Phil Lynott, el líder de la mítica banda Thin Lizzy. No pudimos evitar entonar el ‘The boys are back in town’ en el instante en que nos hacíamos la foto de rigor.
Con tanta Guinness bebida y por beber, nos apetecía probar nuevos sabores de cerveza. Si bien es cierto que la Guinness es la bebida oficial y nacional por antonomasia, también lo es que hay más variedades de ‘stout’. Una parada cervecera inevitable es el MessRS Maguire, cerca de O’Connell Bridge, en Burgh Quay. El bar es inmenso y está perfectamente distribuido a lo alto de sus cuatro pisos donde hay mesas para beber esa cerveza de elaboración propia (hasta siete alternativas distintas); nosotros probamos la Weiss y la Extra, a la que se añaden la Plain, Haus, Yankee. Pils y Plain. Allí vimos, el Tottenham-Manchester United. Es curioso el fervor que tienen en Dublín por equipos de la Premier League antes que por equipos de fútbol de la tierra. Después de las pintas y el empate a cero sin goles, continuamos el itinerario de ‘gourmets’ cerveceros hacia la zona de Temple Bar.
El Porterhouse, en Parliament Street, es otra de esas cervecerías con producción de cerveza propia que va más allá de la Guinness. Aquí la oferta incluso es más variada; la Plain, Porterhouse Red, Temple Brau, Chiller, TBS, Hersbrucker, Wrasslers, Oyster, Hop Head, Alt y la gran Brainblasta. Nosotros probamos la Porterhouse Red y la Brainblasta. Ambas exquisitas en su intensidad, cuerpo, textura y espuma. Son también tres pisos donde la gente se entremezcla y va diversificando su estancia por todo el bar. Hasta que llegó la actuación en directo. El grupo, cojonudo: los Sliotar, un conjunto de música ‘folk’ irlandesa que sonaban potentes y animaron (y de qué manera) al personal con su sorprendente talento. Hubiera estado bien conjugar el sabor de la cerveza con un buen maridaje culinario, pero encontrar mesa fue imposible. Así que decidimos echar el resto y cenar en Elephant & Castle, uno de los restaurantes más célebres de Temple Bar, situado en su número 18. Hubo que esperar a conseguir mesa, pero valió la pena. Nuestra amiga Guinness hizo más llevadera la espera. Recomendamos las muy sabrosas Spicy Chicken Wings o la Ensalada Crisp Calamari con Miso Vinaigrette para acompañar el plato de menú que elijáis y escoltadlo todo con esa O’Haras Irish Stout que tienen.
Con el estómago lleno, no podíamos irnos de Dublín sin ver de cerca ese otro tipo de noche loca que pasan los oriundos de la ciudad. Fuimos a una discoteca. Buskers, al lado del restaurante fue la elección perfecta. Es increíble entrar en un espacio de estas características y comprobar la heterogeneidad que se respira en el ambiente. Sin ningún tipo de humo que moleste, la gente puede ir arreglada de noche y de gala, gente guapa, tías espectaculares y fulanos de gimnasio que se fusionan con gordas vestidas de cuadros y chavales con bufandas y camisetas del Real Madrid y del Barça, partido que acababa cuando llegamos. Todos con cervezas y copas de la mano. Después de pimplarnos dos Guinness más sentados cómodamente en uno de los espacios con sillones del local, zanjamos nuestra visita a Temple encaminándonos hacia el hotel con la intención de tomarnos la última en el camino. Y lo hicimos en Larry Murphys, en la esquina de Baggot St. con Fitzwilliam St. Allí se consumó un triste acontecimiento. Nos bebimos lentamente las dos últimas Guinness en Dublín capital, que no las últimas ‘stout’ del viaje (todavía quedaban las de despedida en el aeropuerto el día siguiente).
De camino al hotel íbamos haciendo fotos como recuerdos fotográficos a esos botones de los semáforos que no sirven para nada, a cabinas telefónicas típicamente irlandesas, a ése Eddie Rockets donde sirven unas deliciosas tortitas con caramelo mientras puedes elegir la canción que escuchar bajo un ambiente ‘retrovintage’ o los locales de las plantas bajas de los edificios que suelen ser cafeterías para los empleados de los negocios de los pisos superiores. El tiempo en Dublín se agotaba. Y, por alguna razón, todo había sabido a poco. Habían sido tres días formidablemente aprovechados, pero nos embargaba una sensación de vacío. Aún nos queda mucho por ver en esta ciudad de fábula. Y ésa fue la idea que nos llevamos en la última noche en Dublín tarareando, con cierta tristeza, el ‘Falling Slowly’, de Glen Hansard y Marketa Irglova.
Podeís ver las fotos de este viaje en mi Flickr.

jueves, marzo 19, 2009

Crónicas de Dublín (III)

Día 2 (12.12.2008)
Nos levantamos muy pronto, cuando el amanecer todavía no había hecho acto de presencia. Las nubes se fueron levantando y el sol iba erigiéndose tímido ante la constante bruma irlandesa. Cuando salimos a la calle, apreciamos que la promesa de un plácido día sin la persistente cortina de ésa lluvia débil e invariable iba a diluirse en un breve periodo de tiempo. Al horizonte, un cúmulo de cerrazón en forma de oscuras nubes hacía presagiar que ese no iba a ser un día despejado. Así fue. Desayunamos con una actitud más mediterránea en un ‘coffe’ de Lower Baggot. En esta estancia no engullimos ese proteínico desayuno que se meten entre pecho y espalda los oriundos de aquellas tierras. El Irish breakfast es igual que ‘ponerte hasta el culo’ con el fin de no pasar hambre el resto del día. Este típico inicio de jornada gastronómica consiste en un enorme plato con salchichas, tocino, huevos, el ‘black pudding’, setas y ‘white pudding’, regado con café y tostadas, como la ‘soda bread’. Una mina para el colesterol y una fuente de grasa energética. Optamos por el típico café con un croissant de toda la vida.
Es curioso cómo y de qué manera uno se puede quemar la lengua con un café calentado a 90º. Nos tomamos el desayuno en el quiosco de Stephen Green Park, un precioso entorno natural en medio de la ciudad con un lago lleno de patos y conjunto de estatuas y monolitos erigidos a la gloria de personajes históricos irlandeses como Yeats, Joyce, James C. Mangan, Robert Emmet o Lord Ardilaun, entre muchos otros. Un delicioso parque que está rodeado de vistosas casas georgianas. Nos enteramos de que hace mucho tiempo, en aquel apacible hábitat se llevaban a cabo torturas y ejecuciones públicas. Hoy, es un sitio placentero donde la paz y la calma son los elementos que hacen obligatoria la visita de este parque.
La siguiente parada nos llevó por Cuffe Street, pasando por Kevin Street hasta Bride Street y llegar a uno de los lugares ineludibles si se visita Dublín: la Catedral de Sant Patrick o San Patricio, el patrón de la ciudad y referente irlandés en todo el mundo. Construida por los normandos en 1191 y reconstruida tal y como se conoce en el S. XIII, se cuenta que se estableció en el mismo lugar donde San Patricio bautizó a los primeros cristianos del país. Después de darnos una vuelta por el parque, entramos a las dependencias eclesiásticas. Tuvimos la fortuna de poder escuchar y ver a los niños del coro, a los cuales, bajo ningún concepto, se les puede hacer una foto. Está totalmente prohibido, por lo que dimos una vuelta por la exposición permanente ‘Living Stones’, dedicado al papel que desempeña la catedral en la vida y el mundo irlandés a través de sus figuras emblemáticas y un pormenorizado vistazo al pasado de la ciudad. Cuando el coro acabó la misa, salió en procesión por la puerta y un amable bedel nos invitó a la posibilidad de hacer fotos. Y eso hicimos. Durante cerca de una hora fotografiamos cada rincón de la catedral; sus ostentosas vidrieras, la puerta del capítulo, la estatua de San Patricio, la campana hugotona, las capillas de St. Peter y St. Stephen, el monumento a Marsch, las lápidas de origen celta y el busto y la tumba de Jonathan Swift, el escritor de ‘Los viajes de Gulliver’ y carismático deán de la catedral desde 1713 hasta 1745.
Puestos a ver catedrales, nos encaminamos a la Catedral Christ Church, la otra gran catedral dublinesa. Edificada en el año 1038 por el rey Sitris Silkenbeard y reconstruida y ampliada en 1152 por Lawrence O´Toole, la Christ Church fue fundada en 1171 sobre una iglesia vikinga por Richard de Clare “Strongbow”, conde de Pembroke, la más antigua de las dos catedrales medievales de la ciudad (la otra es la de St. Patrick). Además de tener la cripta catedralicia más grande de toda Irlanda y Gran Bretaña, en su interior, una de las cosas que más llama la atención al turista son esas esperpénticas figuras momificadas de un gato y un ratón que aparecieron en uno de los grandes tubos del órgano. Otro de los atractivos de esta catedral es el tañido de las 19 campanas que suenan en una secuencia matemática desde 1670. Dentro de las atracciones que ofrece la catedral está Dublinia and the Viking World, ubicado en el Synod Hall, que era el edificio de la iglesia de Irlanda entre 1875 y 1983, una curiosa representación de la época medieval con una enorme maqueta de la ciudad y un recorrido por un museo didáctico para comprender la vida de los vikingos.
Después de una paradita en el The Bull & Castle, un antiguo pub en el que destaca una gran chimenea y ornamento histórico y donde pudimos regar el gaznate, cómo no, con una Guinness bien servida, seguimos con nuestro recorrido turístico. Y nos encontramos con el Castillo de Dublín y el City Hall. El Castillo de Dublín parece cualquier cosa menos un castillo si no fuese por una de las torres medievales supervivientes que se ve desde un lateral del exterior del edificio. Fue la sede del gobierno Británico en Irlanda hasta 1922 y se usó durante mucho tiempo como lugar para la toma de posesión de presidentes históricos del país, desde Douglas Hyde hasta Eamon de Valera. Testigo de injusticias y equidades de Irlanda, nos pareció curioso esa estatua que representa la Justicia situada en el Upper Castle desde Cork Hill, ya que, según la historia, se encuentra dando la espalda a la ciudad y cuando llovía la balanza se ladeaba como signo de imparcialidad, por lo que se las autoridades hicieron dos agujeros para evitar este fenómeno. Nosotros no entramos. Sólo nos hicimos la típica foto en la puerta como hieráticos soldados guardianes.
El City Hall es el Ayuntamiento de Dublín fue edificado por Thomas Cooley y es uno de los iconos más representativos de la arquitectura georgiana, siendo uno de los centros donde se desarrolló la victoria del nacionalismo irlandés. Entre sus paredes se celebraron algunos de los funerales más distinguidos de patriotas como Charles Stewart Parnell y Jeremiah O’Donovan Rossa. Obviamente, no se nos perdió nada dentro del ayuntamiento, así que decidimos encaminar nuestros pasos hacia el siguiente punto de visita: el gigantesco Phoenix Park.
La noche anterior comprobamos cómo una de las líneas, concretamente la 10/a, nos dejaba directamente en una parada anexa al parque. Así que bajamos Dame Street College hasta llegar de nuevo al Banco de Irlanda y el Trinity y pasear por Grafton, disfrutar del ambiente pre-navideño para desembocar en las paradas de bus de Stephen Green. Allí no tardamos ni dos minutos en subirnos a uno de esos enormes autobuses de dos plantas que nos enseñó, desde la comodidad de la parte superior, toda la zona del norte de la ciudad con sus peculiares casas, el ambiente de barrio que suele apreciarse en las películas y muchos patios fortificados con auténticos cuchillos a modo de punzones para evitar el franqueo de las viviendas. Escalofriante. Cuando llegamos a Phoenix Park la lluvia se hizo más intensa. El parque es exorbitante. Tanto, que abarca más de 700 hectáreas, lo que lo convierte en el parque urbano más grande de Europa y también más extenso que el Central Park de Nueva York y el Hyde Park de Londres. Como el día no era el propicio, dimos una vuelta cerca del monumento de Wellington, un obelisco de 62 metros que se levantó en memoria del Duque de Wellington. Durante siglos este parque fue propiedad de los reyes de Irlanda y se utilizaba como espacio para que el rey disfrutara de la caza, razón por la que fue delimitado con un muro que todavía se deja ver.
Llegamos hasta la puerta del Zoo paseando por Chesterfield Avenue con la intención únicamente presencial de haber pisado la residencia durante muchos años de Slats, el genuino león que aparecía en el ‘trademark’ originario de la MGM. Cosas de frikis. Lo más apasionante es ver, en el recorrido por los verdes parajes del Phoenix Park, ver una manada de ciervos salvajes cruzar unos de los caminos del parque. El día no había hecho más que empezar, así que no dio tiempo ver ni el Castillo de Ashtown ni la Residencia Deerfield. En la próxima visita habrá ocasión.
La lluvia se transformó en un improvisado chaparrón, así que nos dimos prisa en recorrer Conyngham Road a toda hostia para cruzar sin detenernos ni en el mítico Sean Houston Bridge, un puente que data de 1828, ni tampoco para admirar la Heuston Station, una de las estaciones de ferrocarril más antiguas de Dublín, cuya inauguración data de 1845 y que actualmente funciona como estación de tranvía con trenes a Galway, Limerick y Cork. Como somos muy chulos, no llevamos paraguas. Y eso hizo que el paso acelerado nos llevara por la Military Road hasta Bow Lane con una rapidez increíble. Sin esperarlo, nos encontramos en el Irish Museum of Modern Art, el IMMA, ubicado en el Royal Hospital Kilmainham, un refinado edificio del Siglo XVII creado en 1684 por James Butler, Duque de Ormonde, con el propósito de que fuera utilizado como asilo para los soldados retirados y que perduraría con esa función durante más de 250 años. Hoy en día, expone arte adquirido de estudios y galerías. Pero no entramos. No íbamos a eso. Nuestro objetivo estaba al otro lado de la calle. Unos pasos más allá nos adentramos en Inchicore, en la histórica cárcel, hoy museo, Kilmainham Gaol.
Dentro de sus heladores muros se han fraguado algunas de las páginas más importantes de la historia de la independencia de Irlanda y ha albergado a muchos de los que hoy son considerados héroes nacionales, emblemas ideológicos y políticos y nacionalistas mártires que sufrieron en la cárcel el dolor y represión, infamias y despotismos. Además de un museo con todo tipo de objetos, misivas, sentencias de muerte y material gráfico de la historia de la cárcel y de sus insignes reclusos, lo mejor es el ‘tour’ guiado por toda la prisión. Desde la capilla, donde se narra cómo Joseph Plunkett se casó con Grace Gifford horas antes de ser ejecutado, pasando por las celdas que sirvieron de oscuro suplicio para los participantes de la revuelta del Easter Rising en 1916, que eran encerrados en lúgubres celdas sin importar que fueran mujeres, niños u hombres, hasta llegar al núcleo de la prisión, que supone una obra arquitectónica admirable y donde se han rodado películas como ‘The Italian Job’, ‘El hombre de Mackintosh’ o más conocida por ser el escenario principal de ‘En el nombre del padre’, de Jim Sheridan. Aunque, tanto para el guía que narraba los hechos como para la ciudad de Dublín, simboliza el recuerdo de la memoria histórica de gente como Charles Stewart Parnell, Michael Davitt o los dos últimos presos de la cárcel y que tienen una placa conmemorativa en sus respectivas celdas, Éamon de Valera y Edward Daly, que también se convirtieron en importantes figuras para la independencia de Irlanda.
La visita termina en el exterior con la muestra del lugar donde ejecutaron a los mártires del 16 y en el otro extremo donde se acabó con la vida de James Connolly, líder obrero irlandés y socialista, herido durante la revuelta del Easter Rising o Alzamiento de Pascua y que fue ejecutado el 12 de mayo de 1916. Como colofón y con la vista alzada hacia los grises cielos donde la bandera de Irlanda ondea furiosa, la An Bhratach Náisiúnta, de la explican el significado de sus colores; el verde simboliza a los católicos del país, el naranja, a los protestantes y el blanco que les separa, la paz que debe existir entre ambos.
Después de tanta historia y un frío del demonio aderezado con una lluvia que no cesaba, decidimos entrar en un Pub justo al lado de la cárcel y que será uno a los que volveremos si regresamos a Dublín; The Patriots Inn, situado en el 760 South Circular Road, donde se el ambiente es plácido y familiar. Nos tomamos unas Guinness y unas Pringles mientras un venerable anciano dublinés alzó la ‘stout’ un par de veces para brindar con nosotros y preguntarnos que si éramos felices. Después de un par de carreras de caballos en la tele y de saciar nuestro devoción por la cerveza negra, nos encaminamos a una de esas atracciones que nadie, absolutamente nadie que visite esta ciudad, debe perderse: el Storehouse de Guinness, la antológica St. James's Gate Brewery. Punto álgido del itinerario, viajamos desde el corazón de Dublín hasta el corazón de la Guinness. En el interior, a modo de parque temático, uno puede descubrir los secretos de la cerveza negra más famosa y prestigiosa del mundo. Desde 1759, Guinness adoptó el ‘porter style’ londinense para crear la ‘stout’ más deliciosa de cuantas han poblado la Tierra. Ésa mezcla de cebada tostada sin fermentar, el agua de Wicklow Mountains, el lúpulo y la levadura unida al soplo de nitrógeno ofrecen el sabor de un país, la seducción de una ciudad que no se entiende sin este néctar milagroso. Por supuesto, no hay que olvidar el ‘quinto ingrediente’: su creador, Arthur Guinness.
Tras una parada para comer en el Brewery Bar, dentro del propio recinto, permanecimos hasta que nos echaron, absortos, siguiendo paso a paso el proceso de fabricación de la cerveza en todas y cada una de las plantas dedicadas a la Guinness. Desde el laboratorio de creación, la degustación, la cata, el recorrido por las diversas variedades (Foreign Extra Stout, Extra Stout y Draught), la historia de las campañas publicitarias de la célebre marca, la genealogía y estructura del edificio erigida con la forma de una pinta… hasta llegar al Gravity Bar, uno de los lugares más acojonantes que se pueden visitar en Dublín. Es todo un lujo poder apreciar desde su mirador la vista panorámica 360º de la ciudad, disfrutar de esa pinta ‘free’ servida con esos 119,5 segundos que dictan las normas no escritas para que sea la pinta perfecta. Pese al bullicio y la aglomeración, la visita al Storehouse simboliza un segmento de felicidad inalcanzable. De esos que tan poco proliferan en la vida diaria.
Con la fiesta Guinness en el cuerpo, decidimos seguir disfrutando de la ‘stout’ nacional mientras cantábamos “Guinness is good for you…. My Guinness, My Goodness…”. Y qué mejor manera de hacerlo que acercándonos por Usher’s Quay hasta, nada más y nada menos, que el Pub más antiguo de Dublín: el Brazen Head. Fundado en el año 1666, se encuentra en la calle Lower Bridge, muy cerca de la catedral de Christ Church. Allí disfrutamos sentados de otra Guinness, sin la multitud del Gravity y respirando la tradición histórica de un bar tan ancestral como acogedor. Unos amigos nos habían detallado otro pub que conocieron de cerca en su visita hace años a la capital de Irlanda: The Celt. No sabíamos más que estaba cerca de O’Connell Street. Tras un pequeño paseo, llegamos al 81 de Talbot St. y dimos con él. The Celt es una taberna irlandesa típica. La gente no tiene una edad concreta y beben sin parar. Hay buen ambiente y música en directo y sin directo. Cuando llegamos, la gente estaba cantando villancicos populares, dándose abrazos y levantando jarana. Dos Guinness más tarde decidimos repetir sitio y nos fuimos a cenar a The Wool Shed Baa & Grill, en Parnell Street. Como muchos de los platos estaban cercenados por la eliminación del bacon a causa del problema con las dioxinas, nos zumbamos una cena en plan comida rápida, tipo nachos, alitas de pollo barbacoa y demás. Si vais y queréis algo fácil y para compartir entre un par de personas o tres os recomiendo el The BIG Platter. Además, pudimos disfrutar de la noche de karaoke que tenían montada. La gente en Dublín debe haber nacido para estrella, porque los que salieron al escenario eran auténticos fenómenos sin nada que envidiar a cualquier triunfito patrio.
Para acabar la noche, nos dimos otra vuelta por Temple Bar para disfrutar del ambiente nocturno. Entre otras cosas, uno puede toparse con un grupo de rock-folk llamado Mutefish haciendo las delicias del personal y amenizando con su música de calidad ante casi un centenar de espectadores en plena calle o ver a otro fulano totalmente entorzado entonar el clásico ‘Cockles and Mussels’ a punto de perder el equilibrio. De camino al hotel, volvieron a caer las dos últimas Guinness del día. La primera en el O’Donoghues Bar, en el 15 Merrion Row, un pequeño hotel con un reconocido pub que estaba hasta los topes, pero con ese ambiente sereno y familiar interesados ante una actuación en directo de música tradicional irlandesa. El broche final lo puso el Reilly’s Bar, justo en frente del anterior local, también en Merrion Row, un pub que lleva desde 1700 ofreciendo un servicio inmejorable, donde amenizamos las Guinness con unos ‘peanuts’, los cacahuetes saladitos de siempre. El día había sido muy largo y debíamos reponer fuerzas para el día siguiente, ya más relajados sabiendo que el día turístico y ajetreo de allá para acá había llegado a su fin.

martes, marzo 17, 2009

Crónicas de Dublín (II)

Día 1 (11.12.2008)
El vuelo de Ryanair salió de Barajas sobre las 11:30. En el aeropuerto multitud de personas se escapan de una difícil catalogación, suficiente para no poder generalizar al viajante que acude a Dublín los fines de semanas; oriundos que llenan la maleta de mano de souvenirs y gastronomía envasada al vacío, mochileros con guitarra al hombro, parejas de enamorados dispuestos a dar rienda suelta a su romanticismo, personajes solitarios con pinta de místicos, veteranos matrimonios con ganas de aventura europea, grupos de jóvenes estudiantes dispuestos a dejarse el hígado y los euros en tres días, airosos intelectuales esperando encontrar la senda ideológica de James Joyce y Oscar Wilde… Tal descripción se pierde en el maremágnum de fauna y diversidad de la capital de Irlanda. Cuando el avión va descendiendo, el tiempo describe la contradicción habitual. La exultación de la ciudad no concuerda con el lluvioso y gris horizonte que es responsable de los inconfundibles verdes parajes que se divisan desde las alturas.
Ya en el Aerfort Bhaile Átha Cliath, el aeropuerto de Dublín, los largos pasillos de acceso al recinto van dando la clave del viaje al corazón de la cultura gaélica. Allí, varias cristaleras incorporan efigies de grandes figuras literarias de la tierra acompañadas de máximas que han pasado a la historia por su trascendencia; Wilde, Joyce, J.M. Synge, Sean O’Casey o Maeve Binchy son algunos de estos miembros de la cultura dublinesa que ha propagado sus letras de forma internacional. Brian Kavaniagh era el nombre del amable taxista que nos lleva al hotel. Parece que mi empolvado inglés va saliendo del ostracismo y enseguida entablamos una conversación de antagonismo entre nacionalidades, diferenciando ambientes y culturas, pero llegando a la conclusión de que a ambos países les une el gusto por la fiesta y el ocio.
El hotel Lansdowne está en Pembroke Road, muy cerca de Upper Baggot St. Una vez soltado el equipaje, empieza la aventura hacia lo desconocido. Armados con un mapa, algo de preparación sobre el terreno que vamos a acometer, nos adentramos de lleno en el centro de Dublín. Durante el trayecto, Kavaniagh ya nos había puesto al corriente de las zonas “El río Liffey separa la ciudad en dos partes. El sur, donde os alojáis, es la zona más próspera de Dublín. En el norte están los barrios obreros, no tan recomendables como la zona donde os vais a alojar”. En cualquier caso, el centro resulta estar bastante cerca. La primera anécdota cae en la recepción; la mujer que nos atendió, en el momento en que se levantó para darnos las tarjetas de la habitación casi pierde el equilibrio y espetó graciosa un “I’m Drunk”, que hizo que nos miráramos cómplices ante el alborozo etílica de la mujer. De inmediato pensamos en Guinness. Dublín iba a gustarnos de cualquier manera.
Hay tres cosas que llaman la atención para el visitante primerizo; una, que en las aceras hay que estar con mil ojos. El tráfico es contrario al que estamos acostumbrados en España, por lo que para cruzar hay que mirar siempre a la derecha y después a la izquierda. Después del tercer día, uno se acostumbra por inercia. Segundo, el ritmo de vida diurno del dublinés es acelerado. La gente va y viene con una rapidez acojonante. Los semáforos no son aptos para ancianos ni gente con propensión a la parsimonia, puesto que en unos cuatro segundos el muñeco de color ámbar (allí ahí tres) ya hace acto de presencia metiendo prisa al viandante. Después de haber comprobado que lo que más hay allí son pubs y tabernas de todo tipo de los que pronto daremos buena cuenta, llegamos al parque Stephen’s Green (del que hablaré más adelante) por Merrion Row y vemos de pasada la Mansion House para penetrar directamente en una de las calles más míticas y concurridas de Dublín: Grafton Street.
Es el testimonio del ajetreo popular, de las heterogéneas tiendas donde el bullicio es constante, de los hombres anuncio que apuntan hacia calles anexas donde proliferan más negocios, de los cafés atestados de gente que aportan una estampa comercial y popular. Grafton es el verdadero corazón de la vida social. Nos llamó la atención ese célebre Bewleys's Oriental Café, uno de los cafés más antiguos de la ciudad y la Dunnes Store y su oscuro callejón lateral que no destacaría mucho si no fuera por es localización del comienzo de la excelente ‘Once’, de John Carney, donde Glen Hansard toca su guitarra al comienzo de la cinta. Tercero, los horarios difieren bastante al español, puesto que las tiendas suelen cerrar sobre las 17 o las 18. Aunque en las zonas con afluencia comercial prorrogan el cierre.
Después de comer en el Little Caesar's Palace, un italiano bastante decente pero sin mucho que resaltar, nos dispusimos a aproximarnos a algunos de los lugares turísticos por excelencia. Tras hacer un par de fotos a la estatua de Molly Malone, erigida en honor a una célebre vendedora de pescado fresco que posiblemente ejercía de señorita de compañía en las frías noches dublinesas y figura muy querida dentro del folclore irlandés, nos dispusimos a ingresar en el popular Trinity College, en pleno centro urbano. La Trinity es la más reconocida universidad de Irlanda donde se puede disfrutar del ambiente estudiantil y la elegancia victoriana de sus impresionantes instalaciones. Fue fundada por Isabel I en 1952. Según llegamos nos encontramos con una graduación de chavalitas en minifalda y escotados vestidos cubiertos apenas por la toga y lanzando divertidas el birrete, fotografiadas constantemente por familiares y allegados. Dimos una vuelta por Fellows Square, vimos de cerca la Berkeley Library, el College Park o la zona de campos de New Square. Incluso tomamos una foto al siniestro George Salmon, administrador académico o ‘provost’ del antiguo Trinity College que hizo todo lo posible porque las mujeres no pisaran la universidad mientras escribía sesudos ensayos teológicos sobre la naturaleza de la Iglesia de Irlanda y el castigo eterno. Tras echarle un vistazo a la impresionante escultura itinerante ‘Sphere within a sphere’ de Amaldo Solomon, se puede acceder a la Old Library, la Biblioteca principal de la universidad, donde descansa el famoso Book of Kells, que data del año 800 a.c. y fue manuscrito por monjes celtas. Por mucho que contenga los cuatro salmos del nuevo testamento con una hermosa y profusa decoración celta, preferimos conocer de cerca otra de las joyas del Dublín nocturno y de ocio: el Temple Bar.
Salimos por College Green dando una vuelta por Pearse St. Hacia Westland Row. Allí está la Pearse Station y en el número 21 de esta calle, la casa donde nació Oscar Wilde en 1854 y el Irish Academy Music. Para ver el ambiente comercial, seguimos por Nassau Street dando una vuelta al Trinity hasta llegar al Bank of Ireland, la sucursal central del Banco de Irlanda, que otrora fueran las Casas Irlandesas del Parlamento. Llegados a Fleet Street, ya estábamos en la zona de Temple Bar dispuestos a zumbarnos nuestra primera y genuina Guinness dublinesa. Podríamos haber parado en cualquiera de los múltiples pubs que abundan en la zona, pero decidimos acudir directamente al mítico garito que da nombre al barrio.
Ya nos advirtieron que el Temple es caro y que entre los dublineses tiene fama de antro para turistas. También que no representa el típico pub irlandés. Pero lo cierto es que la primera pinta de Guinness, la ‘stout’ más famosa de Irlanda, tenía que caer en tan notorio recinto. Deliciosa. Fue la primera de muchas. Además, descubrimos otro de los factores que hacen que esta ciudad sea una de las preferentes a la hora de elegir un posible destino al que emigrar: la gente tiene totalmente prohibido fumar en los establecimientos públicos, incluidos los pubs y los bares. En Temple tienen un pequeño patio interior al aire libre donde la gente puede dar rienda suelta al vicio del tabaco. Si fumas, ya sabes: a la puta calle. Es maravilloso que uno pueda salir de fiesta sin llegar apestando a cenicero y humaredas varias. La noche allí empieza sobre las 16:30, que es cuando se va el sol y deja la oscuridad y la iluminación que, en este caso, es claramente navideña por la cercanía de estas entrañables fechas. Después del Temple, nos tomamos otra Guinness en el Quay’s, otro pub de turistas que alberga a visitantes de todo tipo y otra más.
Decidimos aprovechar la tarde, así que dirigimos nuestros pasos hacia la otra zona del río. Como no podía ser de otro modo, como buenos ‘guiris’ dentro de Dublín, cruzamos el Liffey por el Ha’Penny Bridge, puente peatonal construido en 1816 que debe su nombre a que hasta 1919 había que pagar un peaje de medio penique para pasar por él. Tras dar un pequeño rodeo por Bachelor’s Walk, en cuya esquina lucía un escaparate una oferta por las camisetas del Real Madrid y F.C. Barcelona a un precio ridículo si lo comparamos a los fraudes que se llevan a cabo en España, llegamos a una de las calles más representativas de Dublín: la O’Connell Street. Supone una de las arterias comerciales más importantes de la ciudad que compone un enorme bulevar central, del que destacan varios monumentos a tener en cuenta; la estatua del líder nacionalista homónimo, junto a figuras como James Larkin y Charles Stewart Parnell, pero sobre todo la Central Post Office (el Edificio de Correos) y el más famoso y moderno The Millenium Spire, un aparatoso obelisco de 3 metros de diámetro en la base y 15 centímetros en la cúspide, con 120 metros de altura que se ilumina en su cima durante la noche. Se erigió en sustitución del Nelson’s Pillar, que fue volado por una explosión provocada por el IRA en 1966. Es el punto de encuentro de la gente de Dublín. Como aquí el tópico “debajo del reloj de la plaza”.
Nos acercamos a ver de pasada la Galería Hugh Lane, ubicada en una calle contigua a O’Connell y que este año celebra su centenario, para pasear como lo que sería la calle Preciados de Madrid, en una calle que se divide en tres fases; la Earl Street North, la Henry St. y Mary Street. Paseamos buscando un garito aconsejado por el amigo “Austra” que ha trabajado por allí algún tiempo. Tras subir por Jervis hacia Parnell dimos con él enseguida: The Wool Shed Baa & Grill, un enorme bar regentado por un australiano, un sudafricano y un chileno en el que destaca la afición por los deportes con unas escandalosas pantallas donde se pueden ver los partidos de varios deportes de las mejores ligas del mundo. Allí cayeron un par de pintas más, descansando de la paliza del primer día. La locura llegó cuando miramos el reloj, sólo eran las 18:30, hora de Dublín (una menos que en España).
Repasamos el ‘planning’ para el día siguiente y decidimos disfrutar de una suculenta ruta por algunos de los pubs elegidos no tanto al azar como por las referencias del citado amigo y las guías estudiadas de antemano, con la práctica ‘Dublin, de cerca’, de Lonely Planet, editorial muy recomendable a la hora de adquirir este tipo de asesor turístico de cualquier parte del mundo, en mano. Así la noche siguió en Madingan’s, un mítico pub irlandés situado en plena O’Connell, donde mientras disfrutábamos de los largos tragos a la Guinness, un amable dublinés se acercó para ofrecerse a hacernos una foto juntos. Habíamos leído que en el clásico Mullingan’s, situado en Poolbeg St, tiene fama de ser el pub donde mejor tiran la cerveza en Dublín. Y hacia allí nos dirigimos. No sé si la tiran bien, pero lo cierto es que también es otro de esos centros de reunión festiva de la noche dublinesa. Puedes ver turistas curiosos como nosotros, irlandeses de toda la vida, jóvenes acicalados para la noche, guapas señoritas irlandesas, otras no tanto y, sobre todo, periodistas del colindante Irish Times.
En la zona fructificamos el recorrido con alguna cerveza ‘stout’ más, The Palace Bar. Lo visitamos para rememorar esa vieja anécdota que tiene como protagonista al escritor Flann O’Brien, autor de las míticas ‘El tercer policía’ o ‘Crónica de Dalkey’, al que se le atribuye una fama de azorado y asiduo visitante de este pub vistiendo en una sola mano un guante para cumplir la promesa a su madre de no volver a tocar en su vida una pinta de cerveza. Seguimos la ruta al otro lado del Liffey, en el Temple Bar, visitando The Auld Dubliner, otro tradicional pub con ornamento artesanal y un ambiente dividido en dos plantas; arriba, juventud, algarabía y música para mover el esqueleto. Abajo, más tranquilo. Hasta que comenzó la actuación en directo de un músico que amenizó la noche con algunas coplas de corte folclórico irlandés. Una auténtica pasada. Cansados, cenamos en plan guerrilla (hamburguesas de pollo baratas, muy naturales y sabrosas) en un garito de ‘fast food’ irlandés llamado Abrakebabra. No obstante, antes de regresar al hotel y perdernos ligeramente para ver la salida de la ‘creme de la creme’ dublinesa en el National Concert Hall, lugar donde se representaba la obra benéfica de Navidad con los Bustamantes y las Amarales patrios, había que finalizar con una Guinness. La noche acabó así con una última pinta en el James Toner Pub, en Baggot Street, haciendo esquina con Roger’s Lane, donde se dice que W.B.Yeats acudía habitualmente.

Crónicas de Dublín (I)

Fue intenso y maravilloso. Uno de esos viajes que esperas disfrutar hasta la extenuación, producto de las ganas acumuladas, pero que resulta ser un éxodo hacia la armonía sustancial y la impresionante acogida que da esta imprescindible ciudad que es Dublín. Supuso la escapatoria perfecta para intentar reestablecer el equilibrio y el orden de un universo personal con ciertas oscilaciones en su estabilidad. Era primordial el descubrimiento de una orbe llena de vida como ésta, de riqueza cultural y ancestral que tiene en sus gentes, afables y entrañables, el mejor de sus reclamos turísticos. Dublín es una ciudad con magia, una capital que ha sabido fundir a la perfección las costumbres ancestrales con la modernidad sin perder por ello su identidad identificativa.
Dublín, en gaélico ‘Baile Átha Cliath’, acoge a sus visitantes con hospitalidad y cercanía, haciéndose una metrópoli alegre, abierta y cosmopolita. Sus calles están llenas de vida. Sus verdes parques verdes son una gozada deleitable a la vista. Su ambiente de ocio, entre pubs, tabernas y bares, desprende una forma de vida que, pese a la distancia, se corresponde con la alegría multicultural que se respira en su jovial y despreocupada atmósfera. Dublín se ha transformado en un reclamo turístico que destila arte, historia, cultura y ocio en cada rincón.
En mi caso, asumo una frase de Oscar Wilde que, en las calles de esta ciudad a la que regresar, “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto, toda nuestra vida se concentra en un sólo instante”. Este viaje bien podría definir esas sensaciones que he reencontrado en la ciudad como miserable remedo del Leopold Bloom de James Joyce. Fue, a buen seguro, el último gran viaje en muchos años.

St. Patrick's Day

Hoy, como cada 17 de marzo, se celebra en todo el mundo el día de Lá ’le Pádraig or Lá Fhéile Pádraig, el ‘St. Patrick’s Day’, vamos, la festividad de San Patricio. Es la ceremonia donde rememora la figura del Patrón de Irlanda, del Santo que logró explicar la Santísima Trinidad por medio de un trébol, definiendo la católica hipóstasis como una misma unidad pero con tres elementos distintos. Pero si por algo se caracteriza este día es por la gran fiesta que se despliega en Dublín (siendo también célebre el desfile de la Quinta Avenida de Nueva York). Es el día donde el color verde impone su preeminencia y los Leprechauns, los tréboles identificativos de la nación irlandesa y las tabernas son el centro de reunión para la población con espíritu irlandés.
Desde 1995, el 17 de marzo es el día oficial en el que preconizar el sentimiento irlandés por todo el mundo. La fiesta, los desfiles, la cerveza ‘stout’ y la algarabía se entremezclan con el folklore y tradiciones ancestrales. En comunión con el Gran Céili, el Skyfest de Docklands sobre el río Liffey, el carnaval callejero en el corazón del Dublín Georgiano y la parranda de la Verde Erin, ‘Un Mundo desde el Abismo’ se une a la celebración del día de San Patricio con una serie de tres extensos artículos a modo de pormenorizada Guía sobre la ciudad de Dublín. El primero, esta misma tarde.
Feliz día de San Patricio a todos y no olvidéis que es una jornada para brindar, beneficiándose de este evento, con unas buenas Guinness.

viernes, marzo 13, 2009

Review ‘Slumdog Millionaire (Slumdog Millionaire)’

Bollywood pervertido, Hollywood encubierto
A pesar de ser una pequeña producción, la película de moda es una zafia mezcla de la idiosincrasia hindú con el empaque de los objetivos comerciales de Hollywood.
La flamante gran triunfadora de los pasados Oscar de Hollywood tiene todos los ingredientes para gustar al gran público; una historia que exalta lo sórdido para remarcar el drama, un cuento moral de sentimentalismo algo barato y un arco romántico que se resuelve con el clásico ‘happy end’. En todo momento, ‘Slumdog Millionaire’ es consciente de su rápida empatía con el gran público. Es lo que ha generado ese tremendo ‘boca-oreja’ que ha hecho de ella la película que nadie se quiere perder. Amén de las ocho estatuillas que ha conseguido, por encima de películas que son mucho más provechosas y permanentes como obras cinematográficas.
La historia que se propone es la siguiente; Jamal Malik es un joven de raíces pobres y rabaleras que proviene de los tugurios de Dharavi, en Mumbay (el Bombay de toda la vida) que participa en el universal concurso ‘¿Quien quiere ser millonario?’. Sobrepasando cualquier expectativa, el chaval consigue llegar a la última pregunta, respondiendo todas y cada de las anteriores, lo que provoca su detención por parte de los organizadores y el gobierno (sic), que sospechan un posible fraude. Es en comisaría y tras una serie de torturas, cuando el chico argumenta porqué conoce las respuestas. Todas ellas tienen relación con pasajes de su pasado, cuando era un niño que malvivía por los getos hindúes junto a su hermano mayor Salim y a una niña huérfana llamada Latika, el gran amor de su vida.
Alejado del cariz independiente y humilde con el que han pretendido vender desde su lanzamiento, el filme de Danny Boyle, el hoy domesticado ‘enfant terrible’ del cine europeo de los 90, es un claro producto pervertido por el empalagoso tinte de las grandes producciones de Hollywood. Porque, hay que dejar claro, que ‘Slumdog Millionaire’ no es una pequeña y humilde producción con la esencia Bollywood. En cuanto a números, puede parecerlo, pero en designios, embrolla sabia y adecuadamente la aparatosa promoción de esta idiosincrasia hindú con el empaque de los objetivos comerciales de las grandes producciones.
Basado en la novela del diplomático Vikas Swarup ‘Q & A’, la fácil mecánica de ‘Slumdog Millionaire’ se resume en el concurso, el interrogatorio y los continuos ‘flashbacks’ que van reconstruyendo la desgraciada biografía del joven y un retrato de las miserias tercermundistas a las que ha tenido que sobrevivir para alcanzar su catarsis individual y amorosa. El guionista Simon Beaufoy y el director de ‘Trainspotting’ juegan a mezclar géneros, desde el cine social narrado en forma de docudrama intimista, al cine pseudopicaresco con golpes de humor, ciertas dosis de romanticismo infantil, pero sobre todo enfocado hacia el ‘thriller’ y la acción, hasta acabar con un número musical coreografiado, como buen tópico del Bollywood que imitan.
En todo momento, Boyle se empeña en que su fábula no pierda de vista el costumbrismo, la realidad más cruel y el cuento ‘dickensiano’ de aspiraciones crédulas y morales, adobando bien la cosa con un tono poético y colorista, que va desarrollando sus pautas narrativas de forma visualmente atractiva, con cierto dinamismo y entretenimiento instructivo. ‘Slumdog Millionaire’ se cree, a pies juntillas, que el cine es fantasía, por eso, a pesar de muchos de los momentos crueles y “reales” de la miseria infantil que viven los hermanos Malik, la operística que se crea a su alrededor no deja de ser un enorme ‘bigger than life’ muy al gusto de Hollywood.
La película se acoge así a una aflictiva esclerosis medular a la hora de interponer esa ferocidad casi sádica de la niñez en Dharavi con una insustancial edulcoración del presente, que retrotrae los recuerdos en forma de preguntas del concurso aludiendo a un destino caprichoso y surrealista a la hora de acomodar todas y cada de una de las cuestiones del juego televisivo a unas cuantas anécdotas vitales de la vida de Jamal. Para Boyle, Beaufoy y Swarup la tragedia y el tópico reflejo de la pobreza parece una especie de globalización del sentimentalismo cuando se trata de reflejar la verdad y el sufrimiento de esos niños buscavidas sin salida que tienen su única oportunidad en un ilusorio programa de televisión.
Podría verse como una satisfacción del propio sentimiento de culpa, intuido en varios segmentos del filme, como la descripción escabrosa del arrabal donde viven los niños, las mafias que los someten cegándolos para dar pena cuando mendigan o prostituyendo a las inocentes niñas. Como que la madre musulmana de Jamal y Salim sea asesinada por una banda de malvados hindúes destinados a matar musulmanes, llegando a la ridiculización que hace a su vez de los turistas que desfilan por la nación india. Sería algo así como una frivolidad exótica con fuerte carga de conciencia, puesto que no escapa de caer en la esteriotipada perspectiva occidental de observar la pobreza en un entorno tercermundista, mostrándolo muy autóctono y real, pero demasiado exagerado y falso como para ser creíble.
Por supuesto, en un filme como este, lo más importante no el énfasis social o el análisis de una realidad adulterada, a pesar de que sus personajes roben y timen y su mundo esté corrompido por la crueldad, la historia no deja de ser una aventura cargada de autocomplacencia. Aquí lo que trasciende es el romance intermitente e idealizado, donde el dinero no es lo importante, sino la consecución de los sueños del corazón. El materialismo, una vez más (como siempre en las fábulas románticas) no tiene nada que hacer si se interpone el amor verdadero, en este caso afectado de impostura. No obstante, las concesiones a lo fácil y ese alarde sentimental y quimérico no empañan la desenvoltura con la que Boyle sabe acercar al espectador esta improbable fábula a la emoción, la simpatía y la cercanía.
El declarado poder de fascinación del director por la India queda patente en los fogonazos de montaje sincopado a cargo de Chris Dickens, de cuidada estética y estudiada dirección. A nivel técnico, ‘Slumdog Millionaire’ está rodada con convicción, con la ostentación propia del cineasta amante de la retórica frenética, heredada de algunas de sus anteriores y visuales énfasis eclécticas, en las que da lo mismo que unos ‘zombies’ atosiguen a los supervivientes protagonistas en ‘28 días después’ que, aquí, unos niños corran huyendo de la miseria y el infortunio.
Es la película de moda, ésa de la que todos hablan y que ha ganado tantos Oscar. Un filme de éxito efímero que disfruta, con la euforia de los comentarios de gran parte del público, su circunstancial éxito de caducidad casi instantánea. “Sólo cabe esperar que lo peor haya pasado, y que se avecinen películas mejores, musicales mejores y tiempos mejores”. No son palabras del que esto suscribe, sino del célebre escritor nacido en Bombay Salman Rushdie.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

miércoles, marzo 11, 2009

‘Con pelos en la lengua’: Desvergüenza de tres en tres

Tres al precio de uno. De esta forma, la serie ‘Con pelos en la lengua’ ha ido consolidándose como una de las apuestas más solventes de la nueva moda de ‘sitcoms’ y miniseries que proliferan por Internet, canal heredero de la televisión en unos contenidos cada vez más proclives al cambio, a la calidad y al riesgo. Las aventuras sexuales (o desventuras, más bien) de Pablo, Cris y Marcos han demostrado que, exprimiendo las posibilidades de la Red, desde su utilización como plataforma de emisión, así como base operacional de todo el tinglado de promoción cuidado al detalle (con la creación de páginas en las denominadas redes sociales multitudinarias Facebook y Tuenti), son uno de los caminos a seguir dentro del audiovisual en España. Un universo ideal para que las mentes creativas sin muchos recursos pero con gran talento e imaginación consigan desbancar, poco a poco, la atención del ostracismo televisivo hacia Internet.
Marcos es un gay demasiado gay como para cumplir su promesa de celibato temporal, porque además es un seductor capaz de añadir conquistas sexuales con una pasmosa facilidad. Cris es una joven virgen que ha tomado la firma decisión de dejar de serlo. Sin mucha suerte, ya que en su búsqueda y aprendizaje no logra sus fines. Pablo, un ‘pringao’ sin suerte, traumatizado con el sexo desde que, según la leyenda, un par de tías buenas le violaran en el servicio del colegio. Ahora está loco por follar, pero la adversidad parece cebarse con él. A través de estos tres personajes, ‘Con pelos en la lengua’ se asienta en el falso documental, intercalando los testimonios directos a cámara de los personajes con sus desastrosas vidas sentimentales y sexuales, para echar un vistazo a algunos patrones sociales que imperan hoy en día dentro de un tema cada vez menos controvertido como es el sexo que se apoyan, con gran acierto humorístico, en unos secundarios excepcionales. Su éxito está en saber romper esquemas, en saber convertir esos diálogos lúbricos en comedia con absoluta facilidad, accediendo con ello a la identificación respecto el espectador por la empatía y el preciso dibujo que han sabido hacer de cada personaje. La serie, detrás de la cual se encuentran Felipe J. Luna y Cristóbal Garrido, impone una extraordinaria capacidad de síntesis, un ritmo de montaje virtuoso, guiones inteligentes y un humor multigenérico en el que cabe desde la discreción hilarante hasta la zafiedad de brocha gorda.
‘Con pelos en la lengua’ ironiza con un acercamiento sólido y entrañable hacia cuestionamientos emocionales y íntimos de toda índole llevados con estilo primoroso, con definición de trascendencia y desprejuicio. Ningún episodio traspasa los tres minutos, lo que facilita la algazara visual y narrativa, sin apenas tiempo para asimilar lo que ha sucedido. En pocas palabras: es una serie que se hace corta. Pero es su gran virtud. Las pequeñas dosis de ‘Con pelos…’ la hacen tan llamativa y adictiva. Hoy acaba la primera temporada de esta apuesta que ha golpeado con fuerza dentro de esas series que cada día proliferan en Internet y que ha sabido ser diferente, insólita y con la vocación de compromiso respecto a su temática volcada sin coacciones y fresca desvergüenza. Y seguro que sólo es el principio.
- PRIMERA TEMPORADA disponible en su web oficial.