miércoles, 25 de febrero de 2009

Review 'El Curioso Caso de Benjamin Button (The Curious Case of Benjamin Button)'

La vida, en rumbo inverso
David Fincher crea una obra consciente de su grandeza, sutil en ejecución, que encumbra (una vez más) su domino de las posibilidades del medio cinematográfico con una historia sobre lo efímero de la vida y la necesidad de aprovechar cada instante.
“Conocer el valor del tiempo es saber vivir”. Es la máxima que podría haber inspirado a Mark Twain cuando aludió a esa posibilidad de ser felices si todo el mundo naciera con 80 años y llegara paulatinamente a los 18. Es la base que tomó F. Scott Fitzgerald para escribir su cuento ‘The Curious Case of Benjamin Button’ en 1921. El trascendencia del tiempo, el hecho de asumir la vejez y el final de la vida como comienzo de una nueva son las bases de este relato fantástico y metafórico que adapta libremente el guionista Eric Roth para que David Fincher lleve al cine la historia de Benjamin Button, una persona que nace con una anomalía biológica que invierte su ciclo de vida; nace como un bebé envejecido y es abandonado por su padre biológico en una residencia de ancianos. Acogido como uno más, Benjamin rejuvenecerá según avanza el tiempo, aprendiendo a vivir al revés que los demás, en una vida con un rumbo opuesto a la gente que le rodea.
Se trata así de una curiosa reflexión sobre el paso del tiempo, sobre la vejez y la juventud, las segundas oportunidades o el amor y la muerte, articulada en un mismo camino de cierto pesimismo, ya que Fincher y Roth llevan el filme hacia unos cuestionamientos en los que se delibera sobre los códigos morales de la inexorabilidad del tiempo, ya sea hacia delante o en sentido contrario. ‘El curioso caso de Benjamin Button’ juega en un mundo irreal que se nutre de un personaje que tiene una forma distinta avanzar hacia el futuro, sugiriendo un radical ejemplo de heterogeneidad en las personas, la misma que hace a la gente especial. Se plantea con ello una fábula que concierne a la superación de barreras, a las ganas de vivir, incluso cuando la muerte rodea al insólito personaje en todo momento.
En realidad, la película es un gran ‘flashback’ proveniente de una lectura. Caroline, una mujer que vela a su madre en la agonía de una cama de hospital, cumple el último deseo de su progenitora, el de leer un viejo diario de un hombre al que una vez conoció. Con una fórmula tan desgastada, la narración va tomando cuerpo de narración fabulesca, a través de la vida de Benjamin Button, que arranca en el mismo instante en que nace, conociendo desde su alumbramiento ciertos episodios de su existencia, sin una historia detrás, donde su vida avanza (o retrocede, en este caso) sobre las palabras escritas de un hombre que ejemplifica lo efímero de la vida, la necesidad de aprovechar cada instante.
De ahí que desde muy pronto, el joven/viejo Button viva el descubrimiento de las cosas con los achaques de un anciano, pero con el espíritu de un niño, para ir desgranando su involución hacia una vida juvenil que, dentro de la película, emplea un metraje casi ínfimo comparado a su infancia/vejez, ya que de este modo, queda subrayado esa fugacidad cronológica a la que alude la historia, donde el romance entre Daisy y Benjamin, aplazado desde que él era un anciano y ella una niña adolescente, se fragua con la obligación de disfrutar cuanto puedan, sólo unos pocos años, en la flor de su juventud. En esencia, ‘El curioso caso de Benjamin Button’, es un drama nada condescendiente con el sentimentalismo lacrimógeno o edulcorado.
Uno de los logros de la cinta de Fincher es que no pretende seguir el desarrollo de la Historia del S. XX con las vivencias de su protagonista. No hay un énfasis en centrar su épico periplo en función de los acontecimientos que marcan Estados Unidos o el mundo, si no que se trata de una historia individual y vital que exceptúa, fortuitamente, este revisionismo histórico con la aparición en un momento puntual de la II Guerra Mundial o que marca el final del relato con la aparición del Huracán Katrina que asoló Nueva Orleáns, lugar donde se ubica gran parte de la historia.
Alude por tanto a la metáfora de todo lo vivido y de todo lo perdido, que se anticipa en el prodigioso prólogo, donde un relojero ciego construye un reloj de estación ferroviaria que marca el tiempo hacia atrás, pretendiendo con ello que así, de un modo emblemática, la vida pudiera ir hacia atrás para recuperar a todos aquellos seres que se perdieron, en este caso, en la I Guerra Mundial. Un idea hermosa y utópica que Benjamin Button desmonta en su romanticismo, pues deja claro que, si esto fuera así, la vida seguiría siendo un duro camino de dolorosas pérdidas y experiencias vitales. Es el cíclico periplo de un hombre que empieza morir cuando ese reloj es sustituido por uno digital, cuando la vejez da paso a la juventud…
Da la sensación, atendiendo a un primer análisis, que una película como ésta no responde, a priori, a un filme identificativo con la estupenda carrera cinematográfica de un director tan dotado para el medio como es David Fincher. A priori, no hay un riesgo tan evidente como en otras de sus obras magnas. En su apariencia, formal y argumental, no hay rastro de esa oscuridad fatalista con la que, desde su comienzo, Fincher ha sabido dotar con el desasosiego a una sociedad contagiada por el miedo, ni tampoco está clara la adscripción a los territorios colindantes del ‘thriller’ o el terror. Pero lo cierto es que no sólo Fincher sigue con esos conceptos existencialistas (aquí, el miedo a la muerte y el inexorable paso del tiempo), sino que el cineasta desglosa la prosa melodramática y al género fantástico.
Y es que a pesar la grandeza de su ambición, del acercamiento al gran público de su historia y sobre el terreno comercial sobre el que se mueve, nadie puede negarle al director de ‘El club de la lucha’ esa capacidad para hacer de la imagen un atractivo y riguroso trazo cinematográfico sumido constantemente en la exquisitez y la excelencia.
Fincher ha sabido, como muy pocos podrían hacerlo en Hollywood, adaptar esta película a la dramaturgia narrativa clásica, haciendo del cine poesía, adecuando la utilización de unos avanzados efectos especiales a la realidad de lo que cuenta, logrando que la magia y el engaño se transformen en un asombroso truco de realidad. Los asombrosos efectos especiales de maquillaje de Greg Cannom se unen a las últimas técnicas de CGI al servicio de la historia y nunca al contrario. Fincher es un mago sometiendo los avances del cine digital a las convenciones ideológicas del realismo cinematográfico.
Y el ‘El curioso caso de Benjamin Button’ no es una excepción, ya que es una abrumadora muestra de riqueza compositiva, de virtuosismo deslumbrante, de miscelánea de realidad y ficción que evidencia el conocimiento de las posibilidades del medio cinematográfico por parte de este autor. Puede que sea su filme más academicista, más cómodo y más rectilíneo en cuanto a narración, pero resplandece como una obra consciente de su grandeza y sutil en su ejecución.
No por ello no deja de haber espacio para achacarle el abuso, en ciertos momentos, de algunos sostenidos y recalcados planos confitados, que buscan la belleza de los encuadres y los movimientos operísticos de cámara o el engolamiento visual de esas lunas sobre el mar, esos cielos de composición perfecta, los viajes en moto al atardecer, esas ciudades tan románticas… Todo esto debilita, levemente, su contundencia argumental. En parte, por el acopio gradual de romanticismo sensiblero o de algún personaje secundario sometido al axioma metafísico. Se echa de menos cierta profundidad en algunos de los segmentos de la vida de Button, como el cariño que profesa a esa rica dama que le enseña a tocar el piano o su fugaz relación paterna y más opacidad a la hora de mostrar la tragedia interna a la que se enfrenta un personaje que está esclavizado a vivir hacía atrás durante toda su vida.
Tanto a Roth como a Fincher les interesa despojar a su historia de cualquier violencia realista, de sombrío cromatismo humano, para mostrar un cuento moral en el que no falten convencionalismos dramáticos y lugares comunes, sazonados de tópicos varios de ése mágico halo nostálgico con el que se narra el filme. En definitiva, se echan de menos, a lo largo de la historia, pasajes como el de la complicidad adulta con Elizabeth Abbot, la primera mujer con la que comparte inquietudes y sensaciones comunes, el primer amor, una mujer casada que ronda los 50. Sobran, empero, fragmentos licenciosos de puro almíbar tipo ‘Amelié’ para enfatizar el malogrado destino de Daisy en una secuencia totalmente fuera de lugar o esos instantes de colibrí digital, símbolo de la perdurabilidad y el coraje con el que hay que enfrentarse a la vida.
Llegados a este punto, poco importan los ‘peros’. Fincher compensa los deslices con una narrativa compleja, dinámica y cadenciosa, favorecido por el gran trabajo de Kirk Baxter y Angus Wall en el montaje y se respalda con la gran partitura de Alexandre Desplat en la opulencia estética y la reconstrucción histórica de ilusión fantástica de un Fincher que entrega al público una fábula trágica. Tampoco hay que olvidar el gran trabajo de un esplendoroso Brad Pitt en la comedida multiplicidad de su personaje y la siempre agradecida labor de Cate Blanchett, una de las actrices más brillantes del cine actual.
‘El curioso caso de Benjamin Button’ plantea la imposibilidad de vivir un amor con la convicción de la constancia. Y más allá de la historia romántica endulzada con algo de realismo mágico, el filme de Fincher no se queda simplemente en desarrollar una extraña fábula sobre el viaje inciático de un chaval que nace viejo y que descubre la vida, el amor y el drama con los condicionamientos del irregular paso del tiempo. Tampoco en la introspección sobre la existencia, el destino o la superación personal. ‘El curioso caso de Benjamin Button’ traza su camino alrededor de la naturaleza circular de la vida, de la reinvención como personas que, tras los fracasos, las renuncias y el paso del tiempo, siempre pueden comenzar desde cero como modo de afrontar la existencia.
Estamos ante una hermosa y compleja fantasía romántica, ante una mirada nostálgica a lo perecedero, a la necesidad de vivir el momento, desde un vértice humanista de desorden vital, con la presencia pesimista de la muerte, elemento central de la trama. Una preciosista película cuidada al detalle, tan ambiciosa y llena de talento como precisa en sus designios. David Fincher ha rodado este trabajo para que el tiempo la destine a ser un clásico o un punto y aparte en su prodigiosa filmografía. Sólo hay que esperar a que envejezca para conseguir esa joven solemnidad que anida en los fotogramas de las películas que superan el paso del tiempo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

lunes, 23 de febrero de 2009

81ª Edición de los Oscar

La predecible y discutible estela del triunfo ‘Bollywood’
Está claro que Hollywood quería ganarse Bollywood de cualquier manera. Es un hecho que ‘Slumdog Millionaire’ era su gran oportunidad para abrirse hueco en un mercado tan extenso como es la India y su idiosincrasia cinematográfica. Era evidente que este año, desde hace un tiempo amontonando premios, la película de Danny Boyle iba a acaparar la función de ese inmenso circo de oropel que son los Oscar. Y así ha sido. No ha habido espacio para ninguna sorpresa. La historia, de fondo argumental similar a ‘Ciudad de Dios’ y que parte de una novela de Vikas Swarup, se hizo con ocho galardones de los diez a los que optaba. La fusión de las dos industrias se consolidó con un solo título que acaparó la velada.
La fiesta de la 81ª edición de los Premios de la Academia de Hollywood comenzó con un nuevo maestro de ceremonias, Hugh Jackman, nombrado “hombre más sexy del mundo” y dispuesto a demostrar que no sólo es un actor de irreprochable carisma con cara bonita, sino que es un fuera de serie como ‘showman’ y como presentador de este tipo de saraos. Y en su primera toma de contacto con el público, se metió al espectador en el bolsillo con un número musical donde presumió de voz y dotes para la coreografía. A simple vista, de entrada arrolladora, se lució como un titán, como un ejemplar presentador de Oscar todoterreno. Al más puro estilo Broadway, Jackman conjugó el sentido del humor de sus letras con la espectacularidad que requiere un arranque con dinamismo, incluyendo a Anne Hathaway en su delicioso juego musical aludiendo a nominados y nominadas. Luego, discreto y adorable, se limitó a seguir con su presentación, amenizado con el halo de buen rollo que dejaron los primeros compases de la gala.
Además de Jackman, había más novedades. La estructura y disposición del Kodak Theatre cambió con respecto a las ceremonias del pasado para proponer un acercamiento de los candidatos y protagonistas de la noche, que estaban apenas a un metro de un monumental escenario en el que se vio, posiblemente, la mejor escenografía de la historia reciente (y pasada) de los Oscar. La otra, el nuevo procedimiento de concesión de las estatuillas en los apartados de interpretación. Este año, como lo ostentoso era fundamental para la intentar la sorpresa y la magnificencia del espectáculo, se iniciaba con un vídeo muy emocionante que recogían imágenes de ganadores de la categoría en años anteriores, del Hollywood clásico y del contemporáneo. A continuación, la gran convulsión de cara a la galería. Ni uno. ni dos, ni tres presentadores... Hasta cinco mitos del oficio se han reunido ante los aplausos y ovaciones de la platea para, como jurados de un concurso tipo ‘Mira quién baila’ u ‘Operación Triunfo’, alabar el trabajo del nominado correspondiente. Daba la sensación de que, en cualquier momento, entre tanta estrella de peloteo y alabanzas, fuera a aparecer Mariano Mariano a encomiar a alguno de ellos y dar su sabio veredicto.
Así, de repente, el escenario se llena con la presencia de Eva Marie Saint, que aclama la interpretación de Viola Davis (posiblemente, la mejor en este apartado), Angelica Huston, por su parte, hace una loa muy poco convincente de Penélope Cruz en ‘Vicky, Crsitina, Barcelona’. Whoopie Goldberg deja su toque irónico y de humor y se deja echar de menos al exponer lo bien que lo hace Amy Davis en su papel de monja en ‘La duda’, mientras que una recauchutada Goldie Hawn se deshace en cumplidos a Taraji P. Henson y, finalmente, Tilda Swinton, la ganadora del año pasado, alaba a Marisa Tomei. Una iniciativa emotiva e ingeniosa, pero demasiado extensa para la agilidad de la noche de premios. El primero recae en Penélope Cruz, que se convierte en la primera actriz española en conseguir un Oscar. Pe parece que se ha aprendido ese jadeo entrecortado de emoción, de sorpresa y éxtasis, a punto de llorar, que tan bien funciona cuando uno es intérprete y recoge un premio de este calibre.
Para no perderse, Cruz optó por la socorrida chuleta y destacó, con gran acierto, algunos de sus mentores españoles; desde Pedro Almodóvar, pasando por Bigas Luna o Fernando Trueba hasta llegar a Woody Allen, el pueblo de Alcobendas y acabar, en español, dedicando el premio a todos los actores y actrices de su país. Un momento histórico de alegría y comunión entre el aficionado al cine patrio y su musa más internacional, que veía coronada la gran carrera de premios de este año. El inicio de estos Oscar no podía comenzar de mejor manera.
El escenario, de nuevo, pasa a ser el gran protagonista de la noche convirtiéndose en un enorme guión que va escribiendo la aparición de sus dos siguientes presentadores, Steve Martin y Tina Fey, que entregan los premios a los mejores guiones. El de guión original recae en Dustin Lance Black por ‘Mi nombre es Harvey Milk’, la primera concesión de Hollywood con la comunidad gay de la noche, pues es de todos sabido lo bien que queda premiar película con contenido social para reivindicar igualdades y equidades. Mientras Lance Black se alarga en su sentimentaloide discurso al borde de las lágrimas, la realización muestra a Gus Van Sant y a Sean Penn que, ahora, es el que más disfruta, se estremece, aplaude, ríe y gime con todo este montaje. El de guión adaptado, por su parte, da la primera y aventurada pista de lo que va a ser la noche entera; Simon Beaufoy es el ganador por ‘Slumdog Millionaire’.
Cuando Jennifer Aniston y Jack Black aparecieron, todos pensaron lo mismo. A un metro y medio estaban sentados Angelina Jolie y Brad Pitt. Y esa sensación tan suspicaz se mantuvo mientras que, con cierta complicidad cómica, Black y ella (en la que jugaron con la confrontación desnivelada de Pixar y Dreamworks animation –con Jeffrey Katzenberg como diana del chiste-), concedieron una de las evidencias reales del año: la mejor película de animación era para ‘WALL•E’, la maravilla de Andrew Stanton, que no pudo hacer el doblete con ese mítico corto que es ‘Presto’, ya que se lo llevó ‘La maison en petit cubes’, del japonés Kunio Kato, que se mostró muy agradecido con todo el mundo, subrayando su “Zankiou (Thank you)” cada vez que abría la boca.
Al regreso del primer corte publicitario se apreció, en todo su esplendor, cómo y de qué manera se las gasta Hollywood. Así, el escenario se transformó en un gigantesco teatro de bambalinas y recreación ambiental clásica de los interiores de cualquier estudio. Daniel Craig y la insoportable Sarah Jessica Parker presentaron el premio a la mejor dirección artística, que fue a parar a Donald Graham Burt y Victor J. Zolfo por ‘El curioso caso de Benjamin Button’. Un espejismo para los que auguraban (si es que había alguien) que la cinta de David Fincher podía plantarle cara a la película ‘anglohindú’ de Danny Boyle, máxime cuando Greg Cannom obtenía para el mismo filme un merecido reconocimiento a su labor en el maquillaje. No iba a ser la noche de Benjamin Button. De hecho, dentro de la gala, Burt y Zolfo fueron los únicos que sufrieron esa putada hecha música que larga a patadas y de forma poco elegante a los ganadores si se exceden de tiempo en sus discursos. A ambos debió sentarles muy mal ver cómo Michael O’Connor, que se llevó el Oscar al mejor vestuario por ‘La duquesa’, se recreaba con agradecimientos eternos a todo el mundo con total exención de cortes.
Otra de las novedades videográficas de esta edición ha sido la de dedicar estupendos montajes a las películas del año segmentadas en los alguno de los diversos géneros en las que se catalogan. Así, la chica de ‘Mamma Mia!’ y el nuevo galán juvenil de ‘Crepúsculo’ Robert Pattinson (que es todo pose de rebelde que frunce el ceño pareciendo idiota), presentaron un clip de películas y momentos románticos del cine de 2008. Una aportación audiovisual que, si bien, reconoce los trabajos que nos han sido nominados en el pasado año, se alargó sin un sentido práctico para el espectáculo televisivo.
Como siempre, el rey de la comedia, el único que brinda risas aseguradas es Ben Stiller. Y no defraudó en su número cómico al lado de Natalie Portman, presentándose con una larga barba postiza, ajeno a la gala, parodiando a Joaquin Phoenix y haciéndose el desorientado, confuso y pasota ante el premio a la mejor fotografía para Anthony Dod Mantle por su muy discutible trabajo en ‘Slumdog Millionaire’, que ya se iba perfilando como la gran triunfadora en cuanto a premios se refiere, ya que el reconocimiento a la calidad cinematográfica parece que no entraba en las previsibles quinielas de la gala de este año.
Como en cada edición, una de las actrices más deseadas de Hollywood (es un hecho) daba hacía un resumen de la entrega de los Scientific Technical Awards, que se otorgan a los profesionales del cine que, con su trabajo, innovan para mejorar el séptimo arte en su apartado técnico. Este año, la encargada fue Jessica Biel, que estaba radiante, pero a la cual su espantoso vestido no le ayudaba mucho a despertar ese sex appeal innato que tiene.
La gala proseguía hasta ése momento dejando muy buenas vibraciones, ágil y vistosa, sin perder de rumbo el entretenimiento. Una gala que se benefició de uno de los mejores instantes de esta ceremonia, que fue el clip dedicado a la comedia de 2008, dirigido para la ocasión por Judd Apatow con James Franco y Seth Rogen dando vida a sus respectivos personajes de ‘Superfumados (Pineapple Express)’. La comicidad entró cuando se insertaron vídeos de ‘La Duda’ o de ‘The reader’ entre algunas instantáneas de comedias, llegando al extremo del humor delirante con las secuencias tórridas de ‘Mi nombre es Harvey Milk’ o las más sangrientas de ‘The Wrestler’ para su festival de humor, llegando al paroxismo de la euforia absurda con la sorprendente participación en el ‘sketch’ del director de fotografía Janusz Kaminski, que se introdujo, sin ningún pudor, en esta magnífica bufonada. Hay que reconocerle a Apatow su grado de comicidad y su manejo del humor. Este extraño trío, Franco, Rogen y Kaminski, fue el encargado de conceder el premio a mejor cortometraje ‘Spielzeugland (Toyland)’, de Jochen Alexander Freydank.
En el punto álgido de la noche, era la hora de volver a disfrutar de otro aparatoso número musical de Hugh Jackman coreografiado por Baz Luhrmann, que aplaudía desde un palco con un aire y bigotillo a lo Rhett Butler. Con otra sorprendente mutación escenográfica del escenario, el protagonista de ‘Australia’ volvió a sorprender al protagonizar un homenaje al género musical de la mano de la diosa de ébano Beyoncé Knowles en una antológica clase de baile a la que se unieron otras dos parejas; las formadas por Amanda Seyfield y Dominic Cooper, por un lado y Zac Effron junto a Vanessa Hudgens por otro. Impresionante. Para Jackman la fiesta tenía una máxima que grito al finalizar la actuación “The musical is back”.
Uno de los momentos más esperados de la noche era el del correspondiente a la disciplina de mejor actor de reparto. Siguiendo la nueva modalidad de desfiles de famosos ganadores del premio en esta categoría para hacer loas a los candidatos, la suerte se repartió de la siguiente manera; a Joel Grey (inolvidable ganador por ‘Cabaret’) le tocó Josh Brolin, a Christopher Walken, Michael Shannon, a Cuba Gooding Jr. y sus chistes sin gracia a Robert Downey Jr., a Alan Arkin, Philip Seymor Hoffman (sin entender porqué secundario si es el único protagonista de ‘La duda’) y, por último, a Kevin Kline le tocó la guinda de Heath Ledger. Obviamente, este instante debía ser uno de los más emotivos y sentidos de esta edición. Ledger, por supuesto, ganó el Oscar.
Es la segunda vez en la historia que se concede a título póstumo desde que en 1976 Peter Finch también lo obtuviera una vez fallecido por ‘Network’, de Sidney Lumet. Incuestionablemente, todos y cada uno de los asistentes al acto, se levantaron a ovacionar y homenajear al malogrado actor. Salieron a recibirlo en su nombre; su padre, su madre y su hermana. Pero lo que iba a ser una coyuntura triste, muy conmovedora y dramática, se torna en un agradecimiento del todo frío, con la única reacción de ciertos miembros de la comunidad de Hollywood a punto de llorar, pero percibiendo el acto como un trámite sin el espíritu de Ledger, a pesar de las sinceras y delicadas palabras de sus más cercanos allegados. Después del trance, fue el protagonista del documental (previo ‘clip’ dedicado al género) ‘Man on Wire’ Philippe Petit, funambulista que cruzó los 60 metros que separaban las Torres Gemelas del World Trade Center por un cable, el encargado de animar un poco el cotarro. Petit dedicó un “Yes!” como agradecimiento y se atrevió a hacer un número de magia ante los aplausos del público.
Con la presentación de Will Smith se llegó al principio del fin. El actor más taquillero del momento desplegó su vena carismática y simpatía, como es habitual en él. Pero no fue suficiente. Presentó el vídeo relativo al cine de ficción del pasado 2008 para otorgar unos cuantos premios; el de efectos especiales para la cinta de Fincher (que se quedó ahí, en tres galardones técnicos), mejor montaje de sonido para ‘El caballero oscuro’ y la decadencia absurda de un ridículo palmarés conformado a mayor gloria de ‘Slumdog Millionaire’, que se llevaba el de mejor sonido (para aplaudir a Resul Pookutty, único miembro hindú que acaparó las palabras del agradecimiento por encima de Ian Tapp y Richard Pryke) y el de mejor montaje, sincopado y virulento, gracias a la mano de Chris Dickens.
A partir de ese momento, la gala empezó a venirse abajo. El Oscar honorífico ya no es honorífico, ahora es humanitario y se llama Jean Hersholt Award. Eddie Murphy se lo entregó con cierta desgana a un tótem como Jerry Lewis, al que despacharon con un par de vídeos que recogían, respectivamente, algunos de los momentos de la carrera de Lewis como padre y deidad de la comedia americana, pero sobre todo por su activa participación en el Teletón, evento para recaudar fondos para la MDA y destinados a combatir más de 40 enfermedades neuromusculares que afectan a niños. Por mucho que Michael Giacchino, compositor que ha sustituido al mítico Bill Conti al frente de la orquesta de los Oscar, pusiera su talento al servicio del número de bandas sonoras que se llevó, incomprensiblemente, A.R.Rahman ampliando la cuenta de ‘Slumdog Millionaire’, la cosa pasó a ser bastante aburrida. Rahman volvió a salir a recoger la canción (éste más coherente) con ‘Jai Ho’ entregado por Alicia Keys y Zac Effron, la noche de entretenimiento estaba decayendo de forma vertiginosa, sin ápice de la lucidez o ritmo con la que había comenzado.
Entre el caudal de ‘spots’ publicitarios metidos casi entre premio y premio por la cadena ABC y el protagonismo previsible de la cinta de Danny Boyle, a unas horas intempestivas de la madrugada era más interesante saber que los Lakers de Gasol habían fulminado a los Toronto Raptors, que seguir con algo de interés la propia gala, interrumpida una y otra con más anuncios. Jackman había desaparecido del mapa y la figura de Billy Cristal, Steve Martin e incluso de Jon Stewart se empezaba a echar de menos. Al mismo tiempo, ‘Slumdog Millionaire’ seguía acaparando la atención de la ceremonia, ésta vez con Freida Pinto colgada en el brazo de Liam Neeson para presentar una de las pocas sorpresas de la noche, el Oscar a la mejor película extranjera que fue a parar a Japón con ‘Okuribito (Departures)’, de Yojiro Takita, por encima de rivales con más posibilidades como la película francesa ‘La clase’, y sobre todo la israelí ‘Vals con Bashir’.
Era tarde y quedaba todavía mucho por entregar. Aunque el interés y la fascinación estaban agotados. Queen Latifah cantó ‘I'll Be Seeing You’ con el vídeo de ‘In memorian’ que recopila imágenes de gente de la industria que ha fallecido durante el pasado año. Fue cuando, por fin, el sentimentalismo y emotividad hizo acto de presencia en el mismo instante en que el gran Paul Newman cerraba entre aplausos y la platea en pie el único instante de ternura común y celebrada de la noche. Y vuelta a los infernos del tedio. Reese Whiterspoon salía para darle el Oscar como director a Danny Boyle, que subió a recoger su premio sin su codirector hindú Loveleen Tandan.
Después de más cortes publicitarios, era el momento de continuar con la letárgica (por lo inacabable) entrega, ésta vez de los Oscar correspondientes a mejor actor y mejor actriz. En éste último, Sophia Loren evidenció que las operaciones han hecho de ella una aberración sin expresión y que Nicole Kidman rivaliza en este apartado como clara sucesora. La veterana actriz italiana se deshizo en elogios a Meryl Streep, mientras que Kidman hizo lo propio con Angelina Jolie. Con tanto aburrimiento encima no habría estado nada mal que la encargada de encomiar el trabajo de Jolie hubiera sido Jennifer Aniston. Shirley McClane habló maravillas de Anne Hathaway, una espectacular Halle Berry de Melissa Leo y, por último, Marion Cotillard le pasó el testigo de ganadora por 'El lector' a Kate Winslet. Winslet demostró porqué es tan buena actriz, ya que interpreta hasta para recoger premios, aparentemente afectada, con la respiración entrecortada (como antes había hecho Pe) y forjando un número de alegría contenida. Estuvo bien que, al agradecérselo a sus padres, el británico y macarra padre de la Winslet silbara para que su hija saludase.
El galardón al mejor actor reunió sobre el escenario a Michael Douglas, Adrien Brody, Ben Kingsley, Anthony Hopkins y Robert De Niro, que aduló como persona sin juzgar su trabajo en ‘Milk’ a Sean Penn que, por segunda vez en su carrera, se vio beneficiado por los votos de los académicos con un Oscar que llevaba el nombre de otro actor. Si hace cuatro años el damnificado fue Bill Murray, ésta vez se quedó sin premio Mickey Rourke por su excelente trabajo en ‘The Wrestler’. Penn, al que no hace tantos años estos premios le parecían un circo de vanidades, de estúpido sinsentido, recogió su premio con cara de emoción y se dedicó a hacer la pelota a todo el mundo, a pedir derechos de gays y lesbianas, a dar las gracias, a... Tanto, que en su afectado y postizo discurso, incluso elogió la figura de Barak Obama. Oírlo para creerlo. Lo que le faltaba a la noche interminable que Penn alargó un poco más con su perorata de agradecimientos.
La ABC seguía metiendo anuncios y anuncios y la gala de los Oscar que se proponía como un satisfactorio cambio, se había transformado en una de las más agónicas y aburridas de los últimos años. Menos mal que Steven Spielberg abrió el sobre y ‘Slumdog Millionaire’ terminó de llevarse lo que quedaba del pastel con todo ese grupo de gente muy ‘Bollywood’ sobre el escenario, como una gran familia, observando cómo a Christian Colson, el productor del filme, se le caía la baba con su ambicionado Oscar, impidiendo casi que Hugh Jackman puediera terminar, por fin, después de casi cuatro horas de gala. Era el punto y final a una 81ª edición de los Premios de la Academia.
Esperemos que en la próxima edición no tome como ejemplo y un punto de referencia esta desastrosa gala que empezó de forma espectacular y acabó siendo un bochornoso evento que rozó las cuatro horas. Por el bien del espectáculo y por el bien del cine, que cambie todo esto. La conclusión; Hollywood ya tiene su nueva película para meter en el mismo saco junto a cintas como ‘Gladiator’, ‘Shakespeare in Love’, ‘Una mente maravillosa’ o ‘Crash’, una tipología de películas que pasa a la historia por el número de Oscar acumulados, nunca por su calidad.
LO MEJOR
- El esperado premio, después de tanta incertidumbre y publicidad, de Penélope Cruz.
- El inicio, que prometía a un Hugh Jackman antológico.
- Ben Stiller y el ‘sketch’ de Judd Apatow.
- Halle Berry, Natalie Portman, Beyoncé Knowles, Amy Adams, Angelina Jolie, Marisa Tomei, Jada Pinkett Smith, Jessica Biel… elegancia y glamour destilada por tanta estrella.
- Ver a Philip Seymour Hoffman con problemas para sostener su cabeza sobre los hombros y a Ben Kingsley con problemas para mantenerse despierto ¿producto del aburrimiento?
- Jennifer Aniston aguándole la fiesta de glamour a Brad Pitt y Angelina Jolie.
- Poder ver de nuevo a Phoebe Cates acompañando a su eterno marido Kevin Kline.
- El divertido parecido entre el co-Director del documental ‘The Betrayal (Nerakhoon)’ Thavisouk Phrasavath a Ronaldinho y del cómico Bill Maher a Francis Lorenzo.
- Los spots de ‘El show de Jimmy Kimmel’ durante la publicidad. En especial uno protagonizado junto a Tom Cruise (al que siempre se le echa de menos cuando no está en los Oscar).
- Que acabara la gala.
LO PEOR
- Desde la mitad de la gala hasta su inacabable final.
- Lo previsible de todo el palmarés.
- La progresiva inclusión de publicidad por parte de la ABC.
- Sean Penn, porque él lo vale.
- Lainquietante presencia de Randolph Duke, presentador de la ABC-7 en la previa de la ‘red carpet’.
- El rostro de Sophia Loren, que no ha aguantado bien la reforma del bisturí. Luego hablan de Mickey Rourke… Por no hablar de Goldie Hawn.
- Algo extraño: el japonés Yojiro Takita, en plan ‘Terminator’, anunciando sin ningún criterio “I’ll be back” ¿Amenaza?
- La frialdad de los momentos emotivos.
- Que se echara tanto de menos a gente como Billy Cristal, Jon Stewart o Steve Martin olvidando, con gran facilidad, las cotas de maestría coreográfica de Hugh Jackman.
- Incógnitas: ¿No se supone que Sean Penn se había separado de Robin Wright y que Sarah Jessica Parker había dejado a Matthew Broderick? ¿Tan mal funciona la prensa rosa en USA?

domingo, 22 de febrero de 2009

29th Razzies 2008

Como cada año, la Golden Raspberry Award Foundation ha dado a conocer los Razzies, que alcanzan su edición 29ª, como la divertida antítesis de los Oscar. La noche que precede a los premios de la Academia de Hollywood se ha saldado con dos grandes damnificados; el cómico Mike Myers y su película ‘El Gurú del buen rollo’ y Paris Hilton, que no ha recibido más ‘razzies’ porque no ha participado en más películas. Tres han sido los que se ha llevado la hija de Richard Hilton y Kathy Richards, empatando con Eddie Murphy en la pasada edición, que también consiguió el mismo número con su triple interpretación en ‘Norbit’. Al infame Uwe Boll tampoco le perdonan su triplete de películas de este año y le han otorgado la designación de peor director con el sobrenombre de el “Ed Wood alemán”.
Peor película: ‘El gurú del buen rollo’, de Marco Schnabel.
Peor actor: Mike Myers, por ‘El gurú del buen rollo’.
Peor actriz: Paris Hilton, por ‘The Hottie and The Nottie’.
Peor pareja cinematográfica: Paris Hilton y Christine Lakin, o Paris Hilton y Joel David Moore, por ‘The Hottie & The Nottie’.
Peor actor de reparto: Pierce Brosnan, por ‘Mamma mia!, la película’.
Peor actriz de reparto: Paris Hilton, por ‘Repo! The genetic opera’.
Peor precuela, remake, Rip-Off o secuela: ‘Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal’, de Steven Spielberg.
Peor director: Uwe Boll, por ‘1968: Tunnel Rats’, ‘En el nombre del Rey’ y ‘Uwe Boll’s Postal’.
Peor guión: Mike Myers y Graham Gordy, por ‘El gurú del buen rollo’.

jueves, 19 de febrero de 2009

LIDL: El temible universo del 'hard discount'

No sé qué clase de perversa naturaleza posee el LIDL de mi barrio, pero viene a ser como el supermercado del fin del mundo, aquél destinado a acoger en sus pasillos a la mayor cantidad de gente rara por metro cuadrado. Gente apocalíptica que vaga por las secciones de este centro con la mirada perdida, buscando el precio más barato, que te mira mal porque cree que estás invadiendo su terreno, su páramo de disimilitud comercial. Hay de todo; gente que camina con bermudas cuando en la calle el termómetro marca dígitos por debajo de cero, señores de ochenta años que se pasean del brazo de espectaculares señoritas, amas de casa amenazantes que compran varios lotes de cuchillos de oferta, orondos caballeros que gustan de las virtudes de la cerveza alemana tirada de precio y aprovechan el viaje para comprar varias unidades de salchichas de kilo, tíos de bigote rizado aficionados al bricolaje, fulanos con enormes gafas de culo de vaso oliendo comida, inexplicables matrimonios apilando comida de forma ingente… Todos ellos unificados bajo una fisonomía inaudita, a veces grotesca, rara e inquietante.
Es como si la gente más extraña de la ciudad hubiera encontrado su lugar o formaran una sociedad secreta. Las cajeras parecen auténticas acémilas campesinas húngaras deseosas de cobrar por bolsas, ajenas a la atención del cliente, mecánicos cyborgs funcionales. LIDL corrompe la idea del término supermercado. Ya no es el típico establecimiento comercial de venta al por menor en el que se expenden todo género de artículos alimenticios, bebidas, productos de limpieza, etc. LIDL es el punto de congregación de aquellas personas que viven al día en las ofertas de productos a bajo precio, que han encontrado su lugar de ocio, su comercio predilecto, el recinto donde pasar las tardes en busca de ese artículo inspirador a precio de saldo.
Obviamente, no estoy diciendo que todo aquel que compre en un LIDL se ajuste a esta estrambótica idea de supermercado como fenómeno paranormal o universo paralelo. Sin ir más lejos, yo también me acerco esporádicamente a este espacio. Y lo hago para comprar, única y exclusivamente, agua. Reconozco que no he encontrado otra que esté a la altura de calidad, gusto neutralizado, transparencia pura y precio económico. Cuando voy, suelo adquirir del orden de 30 garrafas de 5 litros. Es la única manera de asegurarme el líquido elemento por unas cuantas semanas y poder evitar ir periódicamente al LIDL.
Lo extraño es que con un carro entero lleno de garrafas, con ésa visión de alguien directamente sacado de la película ‘The Faculty’ acarreando tal cantidad de agua, me convierte, a los ojos de cualquiera, en otro extravagante ser de esta familia de ‘freaks’, de gente extraña y de ‘cazaofertas’. Sin quererlo, ellos te observan de otro modo en el instante en que continúas cargando el carro del mismo modo en que lo harías si una catástrofe asolara la Tierra. Las miradas de reprobación se transforman en absurda complicidad. Ya eres uno más. Has pasado a formar parte de la cofradía de la cadena de supermercados de descuento y gente insólita. Es el pago que hay que hacer por beber el agua que te gusta. Es el mundo del ‘hard discount’, el paraíso de las marcas blancas. Simplemente, otro punto de vista en el microuniverso que forman espacios como Hipercor, Mercadona, Carrefour, Día, Gadys, Alcampo o Eroski.

martes, 17 de febrero de 2009

Otro cumpleaños más

Hoy en teléfono tiene más ajetreo del habitual, el mail acopia una actividad pródiga en imaginación y en Facebook, que es la última moda, ha tenido un buen número de notificaciones. Otro más. Y han caído ya unos cuantos. Concretamente el correspondiente al noveno término de la sucesión de Fibonacci, después de 21 y antes de 55. Y la lectura positiva de todo ello es que aún no me he cansado de cumplirlos. Celebro los cumpleaños con alegría, sin la necesidad que hacer recapitulación de ese historial del pasado o perspectivas de futuro capaces de materializarse en insatisfacción o frustración. Funciona el cinismo para hacer frente a la crisis de la edad; la vida es una gran ‘sitcom’ de humor negro que hay que aprender a disfrutar con las putadas que ésta te va haciendo. Y en ello estoy.
Hay que asumir los cumpleaños como lo que son, una gran fieshhhta, una serie de escalones que van directos al discernimiento de la evolución personal, del respeto por uno mismo e, inevitablemente, que conlleva hacia la madurez. En estos términos de filosofía de saldo, en ese halo superficial, se esconde el secreto de avanzar en edad sin que a uno le pesen los años; la indiferencia. Me da igual cumplir años. Hay que divertirse y vivir el momento. Ésa es la máxima. Es absurdo plantearse este tipo de cosas porque es inevitable. Aunque ya no se aguante la fiesta como hace años, el sobrepeso sea un compañero de viaje y aparezcan pelos blancos en los lugares más insospechados, hay que mirar con dignidad y expectativa lo mucho o lo poco que quede por vivir. La diversión exige una constante entrega en la que no hay lugar para plantearse si uno tiene un año más o está más viejo.
El pasado sábado tuvo lugar la celebración anticipada de un gran evento para festejar este aniversario. La treintena de personas que asistieron a la monumental fiesta son parte de la razón y el secreto para asumir como nimiedad el trance de ése año más. Así como la familia, mis padres, Myrian y todos aquellos que se molestan en llamar, en enviar un sms, en escribir en redes sociales o enviar mails, sin olvidar la fruición materialista al que conlleva este tipo de aniversarios con suculentos regalos que aparecerán mañana como actualización de este post. Lo importante es estar bien rodeado. Un cumpleaños viene a ser otra excusa para la socialización con los amigos y la familia, otra oportunidad para la jarana y la alegría. Es decir, que la celebración y la juerga deben ser constantes.
Y así, otro más… y otro. Con voluntad de júbilo y exultación cervecera. Eso, siempre.
Y que me quiten lo “bailao”.
UPDATE
1.- Figura articulada 45 cm. ‘Alien’ (Neca).
2.- ‘Los Soprano - Colección Completa’ (Warner).
3.- ‘La bruja troll y otras historias’, de Mike Mignola. (Norma editorial).
4.- ‘El ataúd encadenado y otras historias’, de Mike Nignola (Norma editorial).
5.- ‘El arte de Hellboy’, de Mike Mignola’ (Norma editorial).
6.- Frank Miller ‘El Arte de Sin City’ (Norma editorial).
7.- Playmobil BBK.
8.- ‘Titanic’ (Edición coleccionista 4 discos), de James Cameron (20th Century Fox).
9.- Cabezón Boba Fett, Colección ‘Star Wars’ (Funko).
10.- Set 1 ‘Vicky, el vikingo’ (Vicky, Faxe, Gorm), de SD Toys.
11.- ‘Moteros tranquilos, toros salvajes’, de Peter Biskind (Anagrama).
12.- Hucha Carlsberg.
13.- ‘La guía de Brian Griffin sobre priva, pavas y el arte olvidado de ser un hombre’, de Andrew Goldberg, de la colección ‘Padre de Familia’ (Asteberri).
14.- ‘Psychobase (333 asesinos de cine)’, de E. Martínez, R.Pajarón y A.Muñoz (Dolmen).
15.- Edición especial ‘Todos los hombres del presidente’, de Alan J. Pakula (Warner).
16.- Réplica látigo ‘Indiana Jones’ (LucasFilms™).
17.- Sexta Temporada ‘The Shield’ (Sony).
Click sobre la imagen para ver en grande.

lunes, 16 de febrero de 2009

All Star Phoenix 2009: Sólo "Shaq" rompió la monotonía

Después la más que satisfactoria presentación en el equipo de los ‘rookies’ por parte de Marc Gasol y Rudy Fernández y de la tangada de juzgado del concurso de mates a éste último, el All-Star dejó la sensación de un espectáculo bastante monótono, sin el tipo de juego que se espera de este tipo de acontecimiento deportivo, sin la chispa ‘All Star’ de otras ediciones precedentes. El único que impuso un poco de entretenimiento entre tanta flema de seriedad y apatía en el juego fue un Shaquille O’Neal en su salsa, aportando un poco de esencia y diversión a una fiesta deslucida. También él fue parte de un momento nostálgico, el reencuentro con el que fuera ‘partenaire’ sublime durante los tres anillos que consiguió junto a Kobe Bryant. Esta antigua y mítica sociedad, rota en 2004, fue recompensada con un MVP conjunto en un partido que ganó el Oeste 146 a un Este que anotó 116 puntos.
Pau Gasol se redimió de su primera aparición en aquel All Star de 2006 y anotó 14 puntos y cogió 8 rebotes. Más que notable. Por lo demás, todo fue anodino, con un juego bastante escueto, despojado de cualquier indicio de recreación y alegría. Las superestrellas yanquis, a excepción de algunos cuantos como los citados Bryant, ‘Shaq’ y Gasol, Lebron James, Chris Paul, Wade o Stoudemire, podrían ser definidos en este partido como el soplapollas comentarista de la TNT que se burló de Rudy Fernández la noche del pasado sábado al concretar la salida del jugador español al concurso de mates señalando una lentitud al ritmo de su país de procedencia. El mismo ignorante que en el homenaje de Rudy con la camiseta de Fernando Martín evidenció su grado de incultura e imbecilidad preguntándose si se trataba de una alusión a Ricky Martin. La lentitud del comentarista es de ‘retarded’. La otra lentitud es la se materializó ayer en el US Airways Center de Phoenix, donde, por primera vez en muchos años, el espectáculo brilló por su ausencia y el carnaval de juego de este evento se apagó demasiado pronto, dejando a los millones de espectadores de todo el mundo una sensación de soporífero bostezo. La victoria que permitió al Oeste el sexto triunfo del Partido de las Estrellas de los últimos diez años sólo quedará en el recuerdo por la actitud de ‘Shaq’, ejemplificada en el número de baile del preámbulo y ése espectacular un caño a Dwight Howard que acabó en apoteósico mate y avivando la llama de los legendarios All Star.
Esperemos que el año que viene la 59ª convocatoria de estrellas del mejor baloncesto del mundo, que tendrá en Dallas, en una cancha improvisada en el nuevo estadio que están construyendo como sede deportiva de los Cowboys de la NFL, depare mejores momentos de baloncesto espectáculo que el plomizo partido de anoche.
Como últimos apuntes:
- Lo desagradable que es observar a Shaquille comer chicle dentro de una cancha. Cualquier movimiento de mandíbula y de lengua es idóneo para conseguir ese efecto de asquerosidad que sólo él puede lograr.
- El irritable David Carnicero asegurando, en los albores del partido que “Pau Gasol antes era la estrella de un equipucho como Memphis y ahora formaba parte del mejor equipo de la NBA”, un minuto antes de darle la bienvenida como comentarista a Marc Gasol, precisamente, pívot de los Memphis Grizzlies. Siempre tan indiscreto y desacertado.
- Ver a un guiñapo de tía como Eva Longoria (que aprendido la lección y en vez de ir en plan deportivo pasa por las menos de los estilistas, maquilladores y conservadores que hacen que parezca una diva en ‘Mujeres desesperadas’) apareciera haciendo fotos a su maridito al lado de McCain y señora.
- La entrañable imagen de Bill Russell con su tarta de 75 aniversario.
- La actuación ejemplar de los españoles en un All Star que no ha estado a la altura.

jueves, 12 de febrero de 2009

Review 'Valkiria (Valkyrie)'

Objetivo: matar a Hitler
Basada en un acontecimiento histórico, ‘Valkiria’ plantea la exposición y la ejecución de los hechos con una narrativa modélica, sustentada en un énfasis epidérmico que potencia el industrial espectáculo que se brinda.
Tom Cruise quería volver a dar vida a uno de esos personajes para la galería de sus interpretaciones nunca valoradas como se merecen. Bryan Singer necesitaba un lavado de imagen tras su batacazo profesional con la adaptación de su fallido ‘Superman Returns’. Ambos han logrado el objetivo marcado con ‘Valkiria’. El filme se rige por diversos terrenos genéricos que apuntan al ‘thriller’ político, el entorno bélico y el drama histórico centrado en un hecho real acaecido en la Alemania regida por el Tercer Reich bajo las directrices del nacionalsocialismo impuesto por Adolf Hitler. La figura de Claus Schenk Graf von Stauffenberg, junto a otros oficiales y próceres de la época, ha pasado a la Historia como un rebelde desde las filas de la ‘Wehrmacht’ nazi que ideó, sin fortuna, un atentado contra la vida del Führer para asumir así la transición del gobierno, arrestar a los líderes de la dictadura nazi, ocupar los campos de concentración y detener el Holocausto y negociar la paz con los aliados.
El plan para este malogrado golpe de estado se llamó ‘Operación Valkiria’. Los conspiradores llevaron el golpe desde el Cuartel General del Ejército de Reserva, situado en la avenida Bendlerstrasse, llamado Bendlerblock. El plan era hacer volar por los aires a Hitler en Wolfschanze, ‘La guarida del Lobo’, donde se situaba la central de los nazis en Prusia Oriental, el 20 de julio de 1944. Pero el plan fracasó. Hitler sobrevivió milagrosamente con apenas unos rasguños y el plan dispuesto por los creadores del complot no fructificó.
Como recreación histórica, ‘Valkiria’ se destaca por su escrupulosidad a la hora de plantear la exposición y la ejecución de los acontecimientos dentro de una estructura narrativa modélica, que respeta la Historia con gran precisión y dedica su excelente disposición al distribuir el devenir de los hechos convertidos en un gran espectáculo, de corte épico y bélico, donde todas las piezas encajan en un puzzle histórico ejemplar. Sin hacer concesiones a su virtuoso estilo de sus comienzos, Bryan Singer está lejos de la admirable impronta personal de sus más celebradas películas, ‘Sospechosos habituales’ o ‘Verano de corrupción’, y más cerca, pero sin tanta fidelidad a los resortes artesanales, a la espectacularidad del drama que introdujo en ‘X-Men 2’.
Sin embargo, Singer, a pesar de lo que se pueda leer en la crítica generalizada, no ha perdido su vestigio de gran cineasta y saber llevar a buen puerto una difícil producción como es el caso, creando para ello una puesta en escena ordenada en función del gigantesco entretenimiento, renunciando a una conducta como cineasta en la que su figura se antepusiera a la acción que se narra.
A Singer le interesan más los movimientos del suspense, trazar mediante secuencias interiores los preliminares del atentado, otorgar un conseguido ‘tempo’ al ritmo del ‘thriller’ que aportar un tono dramático o histórico a la historia. Y lo hace de forma muy inteligente, ya que en ése énfasis epidérmico donde el tono de profundización parece relegado a un segundo término es donde se encuentra su mejor virtud. Sin la contención sesuda que se da muchas veces en la búsqueda de la equidad entre el fondo y la forma, en la desafección a la hora de trascendentalizar el asunto, es el terreno en el que el espectáculo visual y enérgico del ‘thriller’ comienza a funcionar. Todo es en ‘Valkiria’ es muy ‘Hollywood’, demasiado industrial, pero hay que reconocerle a Singer la profesionalidad con la que ha rodado esta obra de engranaje intachable. Gracias a él, ‘Valkiria’ no es un coñazo de deplorables ínfulas pretenciosas.
Tal vez, con mucho más metraje, las carencias de profundización de los personajes hubieran sido subsanadas y no parecerían simples piezas dentro del enorme y sintético ajedrez en el que se juega. Por eso, a Tom Cruise no le hace falta poner mucha hinchazón dramática a su más que correcta interpretación de Stauffenberg. Ni es perceptible que los secundarios vayan y vengan sin una lógica implicación, como es el caso de Kenneth Branagh o el anecdótico papel de Carice van Houten o de otros que se superponen a la historia con la facilidad con la que lo hace Bill Nighy, Tom Wilkinson, Thomas Kretschmann, Christian Berkel o Terence Stamp.
Se trata de hacer que funcionen esas oscilaciones de la trama llevadas por la naturaleza misma de los acontecimientos históricos, sin salirse en ningún momento de la línea trazada por el guión de Christopher McQuarrie y Nathan Alexander. Se le puede imputar la falta la pasión necesaria para que los promotores del complot muestren cierta conmoción en sus decisiones, en el idealismo o intereses que movieron a un grupo de militares y aristocráticos a cambiar el rumbo de la historia, alejándose por completo de los condicionantes que se establecen entre la sumisión al Tercer Reich y al miedo a su magnicidio enfrentados a la ética moral seguida por sus protagonistas.
De ahí que no se cuestione en un círculo ético que los protagonistas sean colaboradores del fanatismo político extremista y del hegemonismo cruel de Hitler, así como un intenso examen al atentado como solución real a la situación de la Alemania Nazi. Sin embargo, a través de la cadenciosa acción y el ‘thriller’ podemos entrever de qué manera la confusión en la distribución de mando, como en los enfrentamientos cruzados de la ‘Operación Valkiria’. Así como las decisiones que marcan el rumbo de un conflicto bélico que se libran en los despachos, con el teléfono y los dictámenes militares como únicas armas, mucho más importantes que la conflagración del campo de batalla.
‘Valkiria’ adolece de cierto interés cuando se hace un primer acercamiento a su sinopsis, en la que el espectador conoce las consecuencias de todo el hilo argumental, de una tracción de desasosiego cada vez que intentan atentar contra Adolf Hilter. Es algo que le resta efectividad al asunto, pero no así iniciativa en su tentativa de cine de acción con trasfondo bélico. La cinta de Singer puede resultar a ratos discursiva, en otros inoperante, pendiente de que la trama avance según los preceptos marcados por los hechos, sin ahondar analíticamente en sus motivos, pero, como se ha señalado anteriormente, es la superficialidad ilustrativa de la dramatización de la Historia la que hace que el proceso de la Operación Valkiria ofrende al espectador una película cargada de un plausible entretenimiento perfectamente ejecutado. No pasará a los fastos como un clásico moderno, pero no es, ni mucho menos, ni una mala película ni un filme a acribillar en la tambaleante filmografía de un gran director como lo es Singer.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

lunes, 9 de febrero de 2009

Review 'Revolutionary Road (Revolutionary Road)'

Desencanto y sueños perdidos
Sin perder su ostentosa vena academicista, Sam Mendes consigue su mejor obra hasta la fecha con la dramática historia de un matrimonio en crisis que confunde la búsqueda de la felicidad con la del bienestar.
Tan proclive al cuidado esteticismo, a una avidez inmoderada para su impronta como cineasta quede de manifiesto en cada plano de su obra, cada vez que Sam Mendes, un director que anhela (y que está consiguiendo) un estilo determinado, se pone detrás de la cámara, su filme repercute en el medio cinematográfico como un acontecimiento. Su nuevo largometraje, ‘Revolutionary Road’, no se aleja mucho de aquélla disección sobre el sueño americano, sobre la familia y la complejidad del fracaso que supuso ‘American Beauty’. Aunque aquí prescinda de la ironía y la tragicomedia como vehículo para exponer un amargo recorrido vital, Mendes sigue la estela de narraciones ahogadas por la ambigüedad que oscurecen el mensaje de sus intenciones. Su objetivo sigue siendo, después de cuatro filmes, el de indagar con voz propia en la historiografía del ciudadano americano, dentro de un hábitat atemporal, beneficiándose de las deformaciones producidas por una sensación de desorientación.
No importa que sea la lúcida y algo empalagosa mirada a la familia como complexión y médula de realización vital de ‘American Beauty’. Tampoco un vistazo minimalista a un asesino a sueldo y sus contradicciones morales surgidas de su posición de padre de familia en ‘Camino a la perdición’ e incluso la jerarquía de esos ‘marines’ que ridiculizan con sus actos al estamento militar yanqui en contra de la glorificación del heroísmo yanqui de ‘Jarhead’. Para Mendes, hasta este momento, lo importante era manifestar su visión como realizador a través de un derroche de ostentación y alarde de medios en lo que se refiere tanto a su estética como a su descomunal puesta en escena.
Por supuesto, ‘Revolutionary Road’ no es ajena a esta afectación. Para esta historia que adapta la obra homónima de Richard Yates, el cineasta regresa a los barrios residenciales, donde la felicidad se da a entender de puertas afuera y cada hogar esconde la historia de un fracaso. Situada en los años 50, todo lo compone la historia recuerda a homenaje fílmicos, bebiendo de los clásicos, pero sabiéndose alejar lo suficiente como para hacer algo que hasta el momento Mendes no había hecho; dejarse llevar como director a través de los personajes, de la desnudez emocional de éstos ante la cámara, para hacer cómplice al espectador de la amarga depresión que exhuman los interiores residenciales y las vidas que describe. Y lo hace sin renunciar a su consabida sobriedad clasicista, mucho más mesurada y consciente del papel que tiene que jugar como realizador que en sus anteriores obras, sin perder por ello su vena academicista.
Se narra la historia de un matrimonio en crisis, de sus esperanzas y fracasos, de una vida dentro de los parámetros sociales que impone una sociedad caracterizada en un pequeño barrio burgués llamado Revolutionary Hill Estates. Los Wheelers, se creen distintos porque, dentro de los rígidos hábitos, dan la sensación de imponerse con su ideología rebelde y contestataria a lo convencional. Sin embargo, esta diferencia es una simulación de falsedad que les equipara a sus vecinos y que impone una realidad de soledad y desencanto que acaba por aplastar las ansiedades de esa sociedad americana de la posguerra de la II Guerra Mundial. Ubicada en la frontera del melodrama, ‘Revolutionary Road’ propugna una fidelidad escrupulosa a los designios de dobles lecturas y tragedia de Yates por parte de la sólida adaptación del guionista Justin Haythe.
Con ello, Frank y April Wheeler parecen ser la pareja perfecta e idílica que, desde su demoledor comienzo, con una fuerte discusión en una carretera, se ve empañada por el choque de ideas que se va fraguando a lo largo de esta triste fábula. El matrimonio se ve ante dos planteamientos de vida antitéticos; el de una promisoria comodidad sin riesgo enfrentado a la ensoñadora ruptura de la rutina para explorar las verdaderas metas vitales, fuera de la mirada de una comunidad anquilosada en el conservadurismo. Dos posiciones opuestas que dan como consecuencia un terrible drama; el que alude a la circunstancias sociales de esa realidad que aplasta los sueños y la libertad, que coarta el talento y la ambición a cambio de la adjudicación del cómodo e inexorable vacío con el que se nutre el día a día de aquella sociedad de los 50, pero también de todas las posteriores generaciones.
‘Revolutionary Road’ se centra en la terrible fatalidad de dos seres sumidos en la discordancia, en los sueños no cumplidos, cuando el presente ha terminado por aniquilar los deseos del pasado y todo es distinto a como uno lo había imaginado. El mismo desengaño que subyace bajo la aparente normalidad y la placidez de la rutina que esconde un agotamiento del idealismo juvenil, el mismo que caracteriza la infelicidad, la insatisfacción de ser uno más entre tantos otros que simbolizan una amalgama de vulgar uniformidad. Los Wheeler han llegado a un punto en el que la mediocridad y el complaciente entorno que les admira han terminado por diluir cualquier atisbo de cambio, cualquier pretensión de libertad. Ni siquiera el adulterio logra una vía de escape terrenal al hábito diario. Las primeras etapas de enamoramiento se han perdido en el tiempo y la agitación interna que aviva la chispa de una relación se está apagando sin remisión. Es el sometimiento a la apariencia, el mismo que mira por encima del hombro a un hombre intelectual con problemas psicológicos que, paradójicamente, es la voz de la conciencia que juzga e interpela al matrimonio, el único que sabe entrever el futuro de ese riesgo ante la sociedad que les rodea. El único personaje que asume su realidad.
‘Revolutionary Road’ expone con madurez y solvencia todas estas complicaciones y sufrimientos con una contundencia fuera de toda lógica, sabiendo construir un sólido e inquebrantable retrato de la incertidumbre existencial que queda anulada por la estabilidad económica, por el estatus social adquirido. No hay salida. La puerta que prometía una posibilidad para un futuro soñado está tapiada y lo que fue una ilusión con augurios de esplendor, ahora es una renuncia porque aquélla idea parisina, la rebeldía en forma de nueva vida, era una estupidez infantil. Es el mismo instante en que April, la que lucha por ese sueño, descubre que es la vida que le tocará vivir el resto de sus días. Una vida atada a la esclavitud de la falsedad social y arrastrada a padecer lo asquerosamente convencional de un barrio acostumbrado a los moldes de la época. Él trabajará en la misma empresa y ganará dinero en un puesto de mayor responsabilidad. Ella, quedará esclava de su hogar y de sus hijos. Es la entrega al fracaso y el malogro de las virtudes como personas inquietas que eran. Ya son como los demás.
‘Revolutionary Road’ consigue transmitir la conmoción de una tragedia interior. Y a ello contribuye especialmente, el fabuloso trabajo de Sam Mendes, que acomete el drama con una profesionalidad escrupulosa, sin caer en el sentimentalismo lacrimógeno, con esa portentosa facilidad para describir un estrato social por medio de imágenes, una forma de vida, sin enfatizar demasiado en el entorno. De unos primeros compases de planificación equilibrada se va pasando, de forma inapreciable, a un desnivel visual, captando con sobrecogimiento el aspecto formal devenido en la inestabilidad de la cámara, el mismo que agita a sus personajes bajo las imágenes icónicas de Roger Deakins y los (reiterativos) subrayados musicales de Thomas Newman. Es cierto que la sobriedad que imponen cuatro paredes puede asumirse como un efecto antojado por Mendes de solemne teatralidad, pero también responde al éter claustrofóbico que impone la situación marital. Por primera vez en su carrera, los personajes de su historia profieren la desgarradora humanidad y realidad necesaria para que la capacidad de identificación sea vigorosa, asumiendo el impacto en la retina del público como un logro factible. Mendes se deja de florituras formales para narrar su historia vehiculada completamente en sus personajes que confunden la búsqueda de la felicidad con la del bienestar.
Por eso, la mano del director desaparece con la brutal aportación interpretativa, después de once años desde que coincidieran en ‘Titanic’, de Kate Winslet y Leonardo DiCaprio. En ‘Revolutionary Road’ ofrecen un recital, un lujoso y notable espectáculo actoral, con una soberbia lucidez interpretativa escondida bajo la sencillez de unos trabajos memorables. Ambos alcanzan altas cotas de excelencia, no en las discusiones, tan agradecidas para el comedido histrionismo, sino en los silencios contenidos, en las miradas escapistas, en la complicidad y la desavenencia sigilosa. Los personajes son la médula del filme. De ahí que todos y cada uno de los secundarios aporten una significación primordial; la de esos vecinos que admira a los Wheeler, la descreída agente inmobiliaria y su marido, que tienen su punto negro en un hijo con problemas psicológicos, hasta llegar a la amante inocente de él o los compañeros de trabajo.
‘Revolutionary Road’ es una película monumental, demoledora y sombría, sincera y dolorosa que aporta una visión a ése vacío histórico sobre tantos y tantos hombres y mujeres que han renunciado a la búsqueda de aquello para lo que han nacido, entregando su vida a la comodidad que infecta a la ilusión con el aislamiento, la incomunicación y la falta de plenitud. En último término, almas abocadas al infortunio, ya sea por la inseguridad y el egoísmo que se sustrae del bienestar como de la resignación con que se asume el naufragio de una revolución no consumada.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

jueves, 5 de febrero de 2009

Review 'La Duda (Doubt)', de John Patrick Shanley

Verdad, manipulación y tergiversación
John Patrick Shanley crea, con apasionante cauce dialéctico y en una diatriba que enfrenta los prejuicios y la Iglesia católica, para promover un filme sobre la naturaleza misma de la verdad, sobre los prejuicios que la desbaratan por medio de la desconfianza y la sospecha.
La carrera cinematográfica de John Patrick Shanley va camino de convertirse en una de las excentricidades más insólitas de Hollywood. ‘La duda’ es su segundo filme en dos décadas. La primera fue, en 1989, ‘Joe contra el volcán’, cuento de un hombre que rompía con la monotonía diaria dentro de una sociedad adulterada y deshumanizada para embarcarse en un alucinante viaje hacia la búsqueda del sentido de la vida cuando le diagnostican una terrible enfermedad denominada “nube cerebral” que le lleva a una remota isla del Océano Pacífico, donde es ofrecido como sacrificio al Dios de un volcán. Tal vez demasiado excéntrica y atrevida para aquellos principios de los 90 tan arraigados al cine comercial. Antes, como guionista, había ganado un Oscar por ‘Hechizo de luna’, de Norman Jewison y después escribió películas como ‘Viven’ y ‘Congo’. Ensayista y guionista, pero sobre todo dramaturgo, es autor de una veintena de obras de teatro que tuvieron su cúlmen en ‘Doubt: A Parable’, con la que obtuvo el Pulitzer y el Tony a la mejor obra dramática.
No resulta extraño, por tanto, que ésta última haya sido la elección para su regreso a Hollywood. ‘La duda’ se sitúa en 1964, en una época de desencanto social. Dentro de las paredes del colegio de San Nicolás en pleno Bronx, donde el carismático padre Flynn trata de cambiar las estrictas normas católicas que imperan gracias a draconiana hermana Aloysius Beauvier. Sus homilías dominicales abren debate entre los fieles y la integración por parte del cura del primer alumno negro del colegio, hacen que esta férrea directora, con la sospecha infundada de una joven novicia que ejerce como profesora de historia, utilice el prejuicio contra el sacerdote para acusarle de propasarse sexualmente con el crío escudándose en su convicción moral, sin pruebas que delaten al clérigo.
Con estos mimbres, Patrick Shanley expone una historia que se inspira en los trágicos escándalos de abusos sexuales de parte del clero católico en Estados Unidos, sacados a la luz en los últimos años, donde se señalaba a 4.000 sacerdotes acusados de abuso sexual en desde 1950. Pero a Shanley esto no parece importarle. Sin embargo, esta trama central es un enorme ‘McGuffin’, ya que ‘La duda’ no es un filme de denuncia que aproveche la coyuntura para sacar a la luz los abusos e hipocresía de la Iglesia Católica ante el tema. Tampoco es un panegírico en contra de la pederastia clerical. A Shanley le interesa profundizar, con apasionante cauce dialéctico, en la naturaleza misma de la verdad, en los prejuicios que la desbaratan por medio de la desconfianza y la sospecha. La realidad, dentro del filme, está subvertida por la manipulación, por la tergiversación que impone la subjetividad que enfrenta a esa dama de hierro que cree firmemente en el poder de la disciplina antes las pautas seguidas por el comprensivo y aperturista padre Flynn. En medio de ambos, la dulce e inocente hermana James, la promotora de las sospechas de que el clérigo esté prestando una atención equivocada a Donald.
El espectador, dentro del juego de ambigüedad brutal, donde el contexto y la situación se encubren en la duda, es fundamental a la hora de entender los condicionamientos como escritor de Patrick Shanley, puesto que exige un posicionamiento del público en un desafiante juego psicológico de misterio y secretos, reales o ficticios, que acaba igual que empieza, sin una respuesta clara a todos los interrogantes que se han ido planteando a lo largo de la historia. Y es en esa parcela de psicología, en la manera en que el autor y director trata con inteligencia al espectador, donde ‘La duda’ se transforma en una apasionante experiencia hermenéutica que ofrece una pluralidad de perspectivas, que determina los ángulos trascendentales para una posible elucidación de todas las dudas (que son muchas) que desfilan en una obra provocadora y contemporánea, pese a su estilo y composición clásica. La corruptible influencia de una sospecha deja una extraña situación encubierta por el poliédrico punto de vista que surge de las perspectivas y las necesidades de sus personajes, donde nada es lo que parece y las certezas aparentes se diluyen en indecisiones.
Los cuatro implicados en el drama se escudan en subterfugios éticos y personales de un calado existencial de gran solvencia psicológica; la presunción de inocencia, el desafío a la autoridad y la manipulación eclesiástica que consigue propugnar la falsedad en torno a un hecho para demostrar una oscura evidencia anteponiendo la experimentada moral por encima de una probabilidad. Pero a su vez, se puede mirar para otro lado, asumiendo la verdad impostada y subjetiva por la comodidad que esconde la bondad y la inocencia que, una vez rota, exige un posicionamiento ético y personal. Y una quinta posición, la de la madre del chaval acosado, que cierra los ojos ante un hecho descabellado, únicamente porque con ello se recibe una aceptación imperiosa pero imposible en una época de prejuicios. ‘La duda’ establece un grado de compromiso muy elevado, pues habla de la facilidad con la que se juzga de antemano, sin conceder, eso sí, un punto de vista categórico entre ese conflicto en el bien y el mal.
Por supuesto, también hay algo de acusación a la Iglesia, en una tenue e imperceptible invectiva machista al catolicismo, del enfrentamiento de esa recta monja contra la escala de poder y misoginia que siempre ha profesado el clero. O el debate educacional que promueven los dos bandos del profesorado, el tradicionalismo y la renovación. Empero, Shanley también utiliza estos elementos para ilustrar la naturaleza humana, condicionada por la Fe y las creencias, sin que éstas dicten las decisiones como personas. De ahí que a la hermana Aloysius Beauvier no le importe mentir y chantajear, levantar suspicacias o calumnias si con ello se puede indemnizar un mal y llegar a la verdad.
Dotada de un magnetismo y un ritmo sustentado en los diálogos de sus personajes, la elegancia e inteligencia con la que está narrada esta formidable obra se nutre de imágenes simbólicas y teatralidad congénita a la historia, sabiendo utilizarlos más allá de los límites de esos pocos escenarios reducidos donde se desarrolla la acción. Shanley sabe sacar partido a este contexto opresivo, alejándose de los recursos telefílmicos con una planificación medida y sutil, huyendo de los tópicos visuales en los que podía haber caído con gran facilidad.
A pesar de las apariencias, la complejidad de dirección es plausible en la medida en que compone toda su sinfonía visual al servicio de sus personajes, pero sin renunciar a una disposición de cámara metódica, austera, en función siempre de los personajes que se muevan en el plano, ayudándose, y de qué manera, en la excelente fotografía de un Roger Deakins en estado de gracia y de la sutil partitura de Howard Shore. Rodada con una sobriedad y sencillez, la grandeza de un filme pequeño como ‘La duda’ reside en el soberbio manejo de la escena dialogada, en la que cada palabra llega al espectador con una capacidad de verdad que se alcanza sin ficción alguna.
Y lo hace evitando cualquier tipo de abstracción y sensacionalismo, para dotar de esa fuerte dimensionalidad que bordan todos y cada uno de sus intérpretes. Sería absurdo destacar a uno por encima de otro. Los adjetivos ponderativos se acaban a la hora de describir los trabajos de Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams o Viola Davis (sus diez minutos en pantalla valen más que muchas filmografías de estrellas con más fama y menos talento). Están todos inmensos, en inolvidables duelos interpretativos en la piel de estos seres humanos que ven la vida desde diversas perspectivas. ‘La duda’, con su complejidad y múltiples cuestiones de difícil respuesta, con los debates que provoca y su mundo de creencias y sospechas, de ética y moralidad arbitraria se confabula como un título imprescindible. Sin duda alguna, una de las grandes películas de este año que acaba de empezar.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

miércoles, 4 de febrero de 2009

Adiós al padre de los Playmobil

1930-2009
Gracias Hans, por haber hecho nuestra infancia más feliz e imaginativa. Por haber hecho posible que muchas de nuestras mejores historias tuvieran una grafía generacional. Nunca olvidaremos esa pequeña figura de 7’5 centímetros con rostro sonriente y entrañable estatismo, ni sus múltiples e inacabables accesorios; su barco pirata, su nave espacial, su ‘jeep’ de safari, su fuerte, su helicóptero, su granja, sus caballos, sus motos, sus armas, sus coches… Nunca un trozo de plástico tan insignificante dio tantas horas de ocio a los niños, con la simplicidad de una idea basada en los dibujos infantiles y llevada a cabo en 1974.
Gracias Hans por esos Playbomil, los ‘clicks’ de toda la vida, por haber contribuido con tu fabrica de sueños al recuerdo de millones de chavales de todas las edades, niños y adultos, que hoy rememoran con tu fallecimiento la añoranza de una etapa a la que diste uno de sus elementos más populares e ilustres.
El mundo del juguete está de luto con la pérdida del alemán Hans Beck.
D.E.P.

martes, 3 de febrero de 2009

'Imbécil y desnudo': La descojonación y la genialidad

Nunca antes un ‘blogger’ supo utilizar de forma tan inteligente una bitácora como lo hizo él. Rubén Lardín es uno de esos talentos literarios de los que no proliferan en este país. Autodidacta, referencia ‘fanzinera’ de la década de los noventa, articulista, delegado de exposiciones, miembro del comité de selección de importantes festivales, Lardín ha trabajado en radio y televisión, ha ejercido de ‘script doctor’, de guionista para ‘tv-movies’ y traduce a autores de culto como Charles Burns, Robert Crumb, Adrian Tomine o R. Kikuo Jonson. Es un todoterreno, un hombre de letras, un ensayista que hace de su escritura un arte, con una capacidad expresiva de transmitir sensaciones auténticas, que llegan al lector en forma de manotazo en la cara para despertar ante la realidad que se supone aparente. Mediante una corrección formal aquilatada, con adoración a la palabra escarbada pero directa, se esconde un ‘canallismo’ rebelde y contestatario, con rabia y mala hostia, un destructor de tabúes, un erudito macarra que escribe desde las entrañas y analiza el mundo desde el privilegiado lugar de aquél que sabe de lo que habla.
Créanme cuando les digo que los textos de Lardín son la hostia, que su literatura es digna de envidia, de envidia malsana, porque es capaz de acercar realidades vecinas aplicadas a un maravilloso universo personal con una facilidad asombrosa. Un universo lleno de referentes que van desde el día a día rutinario, hasta el cómic y el cine de serie B, el arte contemporáneo, la literatura, la pornografía… Y lo hace como Dios. Su narración supone un hallazgo, una exaltación del lenguaje castellano, de sus formas y riqueza, con la sencillez de lectura que encierran esas pocas líneas de cada ‘post’ que hoy, gracias a la editorial Ediciones Leteo, se han convertido en un libro que rescata aquéllas entradas que el fiel seguidor leía gozosamente esperando una nueva entrega. Sus blogs siguen siendo recuerdos de culto; ‘El Misterio de los intervalos de silencio’ e ‘Imbécil y desnudo’, ambos desaparecidos, rescatados de la memoria de una lectura que demostró que en Internet también había sitio para la auténtica literatura, de ésa brillante y lustrosa, de la que Rubén Lardín sigue siendo un paradigma, un espejo en el que todos queremos mirarnos.
‘Imbécil y desnudo’ se puso a la venta el 10 de diciembre con portada de Santiago Sequeiros, prólogo de Sergi Puertas y engloba 256 páginas parte de ése sugerente pensamiento ‘lardiniano’. Hace unos días, concretamente el 28 de enero, el insigne Rubén Lardín, junto al mítico Señor Absense y al editor Alberto R. Torices, presentó el libro en Barcelona. Hoy, a partir de las 19:00 en la FNAC de Callao, la presentación del libro llegará Madrid, donde Lardín estará acompañado de Torices y de Nacho Vigalondo.