sábado, enero 31, 2009

Review 'Siete Almas (Seven Pounds)'

Triste paradigma del descomedimiento sentimentaloide
Gabriele Muccino y Will Smith pretenden repetir el éxito de su anterior película con un drama inoperante en el cual las emociones y sus mecanismos carecen de cualquier atisbo de autenticidad
A Gabriele Muccino le sonó la flauta con ‘En busca de la felicidad’, su debut en el cine ‘mainstream’ en Estados Unidos. Primero, una ‘major’ como Columbia Pictures estaba detrás del proyecto y, sobre todo, contó con el protagonismo de Will Smith, el actor más rentable en la actualidad de las superproducciones. Ambos salieron beneficiados de la aventura; Muccino ha podido seguir desarrollando su carrera americana y Smith fue nominado como mejor actor y reconocido por la crítica más exigente como un sólido intérprete con capacidad dramática. En aquel melodrama, Muccino supo redirigir los elementos trágicos del ‘tear jerker’, ese subgénero exclusivamente ejecutado para hacer llorar al público, además de enfocar la dimensión social del drama hacia el subrayado del “sueño americano” de los 80 como designio primitivo de éxito al narrar la vida y esfuerzos de un hombre con la obligación de escalar socialmente para salvaguardar el bienestar de su hijo pequeño. La trama, llevada con inteligencia, recababa en ése sentimiento paternal y en la autosuperación de un hombre atrapado en una situación límite con el fin de conquistar el corazón del público.
Crecidos ante las expectativas, la unión de actor y director era inminente. ‘Siete almas’ no incurre en ningún tipo de implicación socio-política, ni acude a una historia identificativa entre padres e hijos con problemas. Aquí, la película se centra en un mártir social que renuncia a su propia felicidad para sustentar la esperanza de terceros, un tipo traumatizado por un acontecimiento que no le deja dormir y que ha decidido que no vale la pena seguir viviendo, pero sí luchando por hacer posible que otros logren la felicidad… antes de llevar a cabo su propio suicidio (no se trata de un colosal ‘spoiler’, ya que la película arranca con este trágico instante). Con estos elementos, Muccino y Will Smith, apoyados en un guión bastante flojo de Grant Nieporte, intentan de nuevo la jugada de su anterior trabajo en común.
Una tragedia en forma de melodramón, superación humana, altruismo, amor al prójimo y barreras emocionales por superar. Lo que no han calibrado con exactitud es que para que un melodrama funcione se debe encontrar la complicidad del espectador, una identificación del sufrimiento y la aceptación del drama. Un hecho bien explotado en ‘En busca de la felicidad’, pero que aquí, en cuanto a intenciones y a connotaciones humanas y humanistas, carece de significado.
Pasada media hora de película, el argumento de ‘Siete Almas’ parece diluido en su propia indolencia, ya que apenas se sabe muy bien de qué diablos trata la historia de este hombre con tendencias suicidas, ni a qué se dedica el filantrópico y misterioso Ben Thomas, cuyas acciones tienen un efecto beneficioso para sus objetivos y una causa pretérita y tortuosa. El problema es que las motivaciones y el enigma están faltas de empaque, fundamentalmente porque a Muccino parece alucinarle el juego de tiempos con ‘flashbacks’ redundantes e innecesarios, manteniendo la intriga y envolviéndola en una especie de halo misterioso improcedente. De ahí que Ben Thomas siga a gente, atosigue a personas con extraños procedimientos para saber si son buenas personas o no y decidir con ello si merecen tratamiento preferencial de la agencia oficial de recaudación de impuestos de los Estados Unidos (sic). Un dato éste que sólo conocemos cuando entra en la vida de este reservado fulano un ángel de ébano llamado Emily Posa, joven que necesita un trasplante de corazón y que debe mucha pasta al estado debido al triste amontonamiento de facturas médicas que acopia.
Para entonces, ya nada funciona. Will Smith se muestra tan perdido dentro como fuera de su papel, gesticulando con muecas de angustia que rebasan el histrionismo trágico, sin emocionar ni hacer creíble tanta afectación emocional que persigue el filme. El drama está emponzoñado desde su comienzo por la búsqueda de la lágrima fácil, del sobrecogimiento del público, porque ‘Siete Almas’ adolece de una concesión al melodrama de emociones, donde la efusión es artificial y es vendida como una especie de sentimentalismo de ocasión y oportunista, sin rubro dramático. Por eso, esas cicatrices emocionales de las que habla carecen de autenticidad, desdoblando la historia, por si ello no fuera suficiente, en un infortunado drama de vidas cruzadas para dar título al filme.
Asistimos así a un desfile de enfermos e impedidos, hospitales y zonas residenciales, mujeres maltratadas, transplantes, donaciones, desesperación y muerte. La voluntad de sus imágenes es llegar a la hipersensibilidad humana, sin embargo, el hinchazón emocional con el que el cineasta italiano expone los enlaces de sus subtramas hacen de esta tragedia un simple y triste paradigma del descomedimiento, casi de pornografía sentimentaloide.
En esta aburrida loa a la redención, a la abnegación vital que deviene en el sentimiento de culpa de un hombre a la deriva y sus acciones de buen samaritano, tampoco funciona como relato moral y ejemplarizante, por mucho que veamos a Smith procurar hacernos creer que el altruismo de Ben es inspirador. Y es un problema, porque es la intención última del director y del protagonista de ‘Soy leyenda’. Además, sin perder nunca de vista el enfoque mesiánico y aparentemente complejo de la evolución de la historia. A cambio, el público se encuentra con un artificioso dramón de conmoción hiperbolizada, muy neoerista y desolador, que se muestra manipulador y que no atiende a la sutileza cuando se trata de su simplista sentido a la hora de tratar la vida, la muerte y el dolor humano.
Llegados aquí, el único punto positivo de ‘Siete Almas’ es Rosario Dawnson, no porque se esfuerce en resultar creíble en su papel de enferma terminal que acaba enamorada de Ben Thomas casi como subterfugio a su terrible mal y soledad nunca explicada, ni por sus sencillas réplicas a Smith, sino al encanto innato y el carisma de una actriz que sabe llenar de emoción la pantalla con su mirada. En conclusión, que a Muccino sólo le ha faltado meterle el dedo en el ojo a los espectadores para lograr arrancar esas codiciadas lágrimas. Y ni por esas.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

miércoles, enero 28, 2009

El humor cabrón de 'Putokrio'

“Vendría a ser como una patada en los cojones bien dada”. Esta frase, escogida al azar entre muchas de la cultura popular y que ejerce verbalmente una impresión algo desagradable pero contundente sería la mejor forma de explicar cómo se las gasta el entrañable Jorge Riera en su nueva creación ‘Putokrio’, basado en uno cómic de culto homónimo (autodefinido como kriomix) y hasta el momento uno de sus más reconocidos trabajos en su carrera. Este valenciano, recordado por aportaciones en las añoradas como ‘Kabuki’, ‘Red Infernal’ o ‘La Página Mutante’ y que fue depurando sus bases de provocación mutante, estilo directo y insurgente sentido del humor en cortos como ‘Amanaun, el niño salvaje’ y ‘Charlie busca’, ha vuelto. Y lo hace más salvaje y lapidario que nunca.
La serie de Riera, que verá la luz a través de la web de Adult Swim a partir del próximo mes, es una arriesgada apuesta de animación para adultos y será emitida por la cadena TNT que, a buen seguro, no dejará indiferente a nadie. Fundamentalmente, porque ‘Putokrio’, la serie, es uno de los productos más radicalmente transgresores que se hayan visto en muchísimo tiempo. Inscrita en la radicalidad de su concepción más provocativa (incluso ofensiva, podría decirse), la serie recorre algunas de las obsesiones personales de un creador que asume valiente la vena más macarra y políticamente incorrecta de su mimesis caricaturesca. ‘Putokrio’, que se beneficia del talento y del arte de La Camorra en su diseño y animación, forma parte de la galería de esos perdedores de desquiciada disfuncionalidad que sirven como canalización explícita de una sociedad que no sabe reconocer sus falencias y errores, lo que hace que se incapacite la opción de aceptar realmente qué es lo que hay y cómo funcionan las cosas.
El contenido, macabro, tosco y tremendamente pesimista, juega con un humor que al espectador le será difícil aceptar y que confundirá, lejos del verdadero sentido de esta imposible ‘mezcla-fusión’ de animación de humor cabrón y serial de terror que representa el mundo postadolescente. La primera sensación con la que se percibe la sordidez del universo enfermo de Riera será desacertada. No hay que dejarse engañar, puesto que en su microcosmos abunda una humanidad entrañable fácilmente expuesta al malentendido debido a su corte oscuro, un tanto incómodo, que escarba en la miseria y el lado más oscuro que anida en todos nosotros. ‘Putkrio’ ejerce así un extraño hipnotismo por la deformación moral, que busca la polémica, cierto es, pero como apertura a la reflexión irónica que, mediante su mala hostia hiriente, lo único que pretende es hostigar los fantasmas de la hipocresía bienquista.
‘Putokrio’ se distancia de la noción que tenemos hoy en día por ‘animación adulta’, aquélla en la para hacer reír y quedar bien, se nutre de la asepsia. Lo tópico no tiene cabida en todo esto. Aquí el espíritu es análogo al humor mínimamente desobediente y gamberro que estamos acostumbrados cuando vemos cualquier célebre serie de animación. Estamos ante un acontecimiento obsceno y apasionado, que encuentra además un incentivo en la narrativa incomparable y personal creada por Riera a base de fotomontajes de un lirismo estético abrumador, acertando en su ascético blanco y negro para lograr definir el humor descrito con la misma hostilidad con la que juega con los tabúes. Riera retoza con la misantropía y se aleja del narcisismo de lo alegre, de lo colorista y del optimismo que se viene utilizando para otorgar el humor adulto de cierto empaque (en el fondo falsedad) que tanto parece gustar a todo tipo de público.
‘Putokrio’ camina por otro lado. Viene de cara, directo con sus intenciones de asumir su propia naturaleza, sabiendo enardecer a quienes seguro juzgarán con una superioridad simulada e hipócrita y aplaudida por aquellos que sepan ver la grandeza de este ‘freak show’ irrepetible. Andrés Gertrudix pone el ‘OFF’ de Putokrio, acompañado por las voces de los genuinos e inimitables Venga Monjas y con la inserción de la música de Miguel Ruiz, pionero del ‘techno’ experimental español y conocido como Orfeón Gagarin. ‘Putokrio’ llega para levantar ampollas, para hacer reír a su manera y para demostrar que en España también hay humoristas radicales que saben jugar a dejar en ridículo a aquellos que se consideran adalides del desacato a los buenos modos y hacer algo temerario, con dos cojones.
Una serie que poco tiene que ver con la ideología de la cadena en la que se emite, que encuentra en series como ‘Aqua Teen Hunger Force’, ‘Robot Chicken’ o ‘Harvey Birdman’ el modelo de ese humor transgresor que no es tal. ‘Putkrio’ va más allá. Sigan su pista porque no dejará impasible a ni uno de sus espectadores.

lunes, enero 26, 2009

Review 'Mi nombre es Harvey Milk (Milk)'

Trova moral a la libertad y a la heterogeneidad
Un Gus Van Sant domesticado y ortodoxo aprovecha el inminente cambio de gobierno para abogar por las libertades sociales con un ‘biopic’ hagiográfico de Harvey Milk, una figura generacional y fenómeno mediático del colectivo ‘gay’ norteamericano.
Gus Vant Sant ha tenido una racha de trabajos con los que se ha granjeado la condescendencia de cierto sector crítico y un grupúsculo de público escogido con cintas independientes como ‘Elephant’, ‘Gerry’, ‘Last Days’ (y la inédita ‘Paranoid Park’). En ellas, el director de ‘Drugstore cowboy’ arremetió contra el formulismo cinematográfico y experimentó con el cine para intentar rebasar los límites, en una suerte de ensayos empíricos transformados en severo cine minimalista. Van Sant ha jugado en todas ellas con el ejercicio que busca la depuración del lenguaje clásico, en viajes que se sostienen dentro de la ‘no-acción’ como metáfora de la exploración de la identidad, de la pérdida de valores indicativos del desconcierto. Su narración fragmentada y la importancia del concepto cinematográfico de carga y pesadez estética bajo movimientos sin criterio han hecho que la contemplativa y arrogante cámara de Van Sant haya ganado tantos adeptos como refractarios.
Sin embargo, no hay que olvidar que Van Sant, asumiendo su caricatura autoparódica a modo de cameo en ‘Jay y Bob el Silencioso contraatacan’, de Kevin Smith, aboga por el trabajo de mercenario del arte fílmico con trabajos como el impresentable ‘remake’ de ‘Psicosis’ y, en menor medida, ‘El indomable Will Hunting’ o ‘Descubriendo a Forrester’. ‘Mi nombre es Harvey Milk’ respondería a ésta última categoría. El Van Sant dócil y domesticado retoma su ortodoxia a la hora de ponerse frente a un encargo de corte comercial, en una cinta manufacturada con dos intenciones; el testimonio interpretativo de Sean Penn para lucirse con un papel adecuado a las exigencias de los Oscar y la vivificación de un icono postergado en la memoria política y social, un hombre visionario, figura generacional y fenómeno mediático del colectivo ‘gay’ en Estados Unidos que, además, aprovecha el inminente cambio de gobierno para abogar por las libertades sociales.
Así, Van Sant, con este nuevo filme, se beneficia al reivindicar su homosexualidad con un ‘biopic’ de cierto calado nacional y regresar al cine ‘mainstream’ junto a un actor de la talla de un Penn deseoso de otra estatuilla de la Academia que acompañe a aquélla que tan injustamente arrebató a Bill Murray en la 76ª gala de los Premios de la Academia.
La historia es de esas que se acercan con facilidad a la hagiografía y a la glorificación de un personaje expuesto como un mártir, la de Harvey Milk, un político ‘made himself’ que fue construyendo una ideología adaptada a las necesidades del pueblo a través de sus propias reivindicaciones, abanderando la lucha por los derechos de los gays y lesbianas, haciendo de él un rostro reconocible poniendo voz a las movilizaciones contestatarias de una época clave en la contracultura americana y que le llevaría a convertirse en adalid de las libertades públicas dentro de la política municipal. La fábula de lucha moral por la libertad y los logros de Milk dentro de los entornos conservadores del barrio The Castro, en San Francisco, posterior centro de la comunidad gay estadounidense, son narradas por el propio Milk en una grabadora, sabedor de que a su vida no le quedan más que unos días, recopilando su lucha política y reivindicando el aliento de una generación que fue clave en la democracia y en la ruptura con la intolerancia. Gus van Sant tiene muy claro desde su inicio la forma que dar a este manifiesto panegírico. Y lo hace apoyándose en el docudrama, diseminando la película con falsas entrevistas y documentos visuales de la época, que le dan a este nuevo paso dentro del cine comercial, un cierto toque, en su espíritu y condición, de telefilme de sobremesa, sin personalidad suficiente para poder catequizar sobre los temas fundamentales sobre los que gira este drama político.
Es una lástima que ni Van Sant ni su guionista, Dustin Lance Black, no hayan enfatizado en un discurso que podría haber sido más provocadora y biliosa. Se conforman con afirmarse en la trova moral a la libertad y a la manumisión de ideologías, en el empeño obstinado por la defensa de las libertades civiles y alzar la voz en contra de la intolerancia. Lo que limita toda la recuperación del icono gay a una simple proclama de lo políticamente correcto.
Pero no hay que llevarse a engaño. La cinta no carece de autenticidad y visceralidad. Todo lo contrario. Es tan fiel al momento y a sus personajes, siguiendo a rajatabla los designios y entresijos políticos, que acaba por caer en la sucesión de actos históricos con cierta enumeración y en la prolongación realista de los monótonos diálogos sobre objetivos políticos. ‘Mi nombre es Harvey Milk’ se concentra en los actos y consecuciones del personaje, más que indagar en su vida personal, en sus inquietudes y personalidad. De ahí que todos y cada uno de los secundarios que van uniéndose a la diatriba política de Milk no aporten más que la eventual presencia, a excepción de los personajes de Josh Brolin, como rival político conservador de Milk y de James Franco, como Scott Smith, primer amante de éste.
No hay rastro de emoción en las relaciones homosexuales de Milk (por no hablar de la espantosa aportación de Diego Luna), ni una identificación por parte del público con el protagonista. Y lo peor de todo es que tampoco la hay en el desarrollo político de sus intenciones de congregación más allá de su condición sexual, de su férrea creencia en la unidad de los barrios como vehículo para su anecdótico logro como miembro del San Francisco Board of Supervisors, la legislatura de la ciudad y el condado, gracias a una idea tan simple como la de prometer limpiar de mierdas de perro el distrito del que era candidato. O también en esa letárgica lucha dialéctica con John Briggs, antagonista a la candidatura que formula la Propuesta 6 mediante la cual las escuelas de California deberían despedir a los profesores homosexuales de la zona.
Con todo esto, ‘Mi nombre es Harvey Milk’ no es más que otro ‘biopic’ bastante oportunista, con pocas intenciones cinematográficas, que no llega a ser un descalabro gracias a varios factores que comienzan en la estupenda recreación de una época convulsa como son los 70 y un espacio concreto como el San Francisco explorado. También, obviamente, la destacada composición de Sean Penn, en un papel escogido para su mayor gloria, que no deja de ser funcional, pero a su vez concentrando cada gesto en una medida grandeza actoral. Además, nunca había sonreído tanto en una pantalla de cine. Sin olvidar a un James Franco colosal y un Josh Brolin en la cima de su carrera.
‘Mi nombre es Harvey Milk’ aboga por el cambio de rumbo de aquellas vidas sumidas en una rutina asfixiante, que es el diálogo que se retoma del inicio de la cinta, aquél en el que Milk, con su recién conocido amante, confiesa haber llegado a los 40 sin haber hecho nada en su vida. No es óbice para que, años después, fuera elevado a los altares que aquellos ciudadanos alentados por la obtención de la paz y aceptación y dispensar un servicial homenaje a todos los mártires que son y han sido capaces de luchar por los derechos civiles de cualquier tiempo y condición. Incluso se permite adoptar un ‘happy end’ de esperanza y ejemplaridad, disimulando los virulentos acontecimientos que tuvieron lugar en la llamada ‘White Night riots’ (o ‘Noche Blanca’) por un hermoso plano popular de dolor, lágrimas y velas. ‘Mi nombre es Harvey Milk’ es un pregón formulista de reivindicación política que se deja llevar por las grandes palabras de su protagonista. Pero poco más.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

jueves, enero 22, 2009

Los Oscar '08 son sólo de Pe

Era inevitable. Los Oscar tendrán un nombre y se acabó; Pe, o Pene o Penélope Cruz es el único titular que ha acaparado los medios de comunicación con el conocimiento de las candidaturas a las 81ª edición de los premios de la Academy of Motion Picture Arts and Sciences. Que ‘Revolutionary Road’ se haya quedado fuera de la carrera como mejor película o que la que se asume (sobre el papel) como una de las películas más flojas de David Fincher en los últimos años, ‘El curioso caso de Benjamin Button’, haya sido recompensada con 13 nominaciones son dos notas indiferentes.
Lo importante es que Pe ha sido nominada otra vez, como secundaria esta (la otra fue como protagonista por ‘Volver’). También queda en la sombra el hecho de que ‘Slumdog Millionaire’, dirigida por Danny Boyle, con 11 candidaturas, sea la gran favorita y filme revelación de este año que comienza. También que ‘WALL•E’ opte a mejor película de animación, guión, mejor banda sonora (Thomas Newman) y canción, que en éste último apartado haya quedado fuera Bruce Springsteen por su tema en ‘The Wrestler’, que Brad Pitt haya sido nominado por primera vez en su vida como actor protagonista, que ‘Mi nombre es Harvey Milk’ tenga 8 candidaturas o que, como era de esperar, Heath Ledger pueda ganar un Oscar póstumo (si no lo gana con más merecimiento
Robert Downey Jr. por ‘Tropic Thunder’) tiene importancia.
¿Para qué incidir en todo esto? Si Pe está nominada. Esa es la noticia que tendremos que sobrellevar siempre que se aluda, de aquí hasta el 22 de febrero, a la dorada estatuilla y su gala, que este año se prevé como una de las más sosas y previsibles de los últimos tiempos. Esperemos que Mickey Rourke y un milagro salven esta afirmación.

martes, enero 20, 2009

'Los Fabulosos Baker Boys': veinte años de la película de mi vida

Jack Baker está cansado, fuma compulsivamente y observa la vida con cinismo y recelo. A pesar de su talento innato, de su lucidez musical a las teclas de un piano, Jack odia al mundo, su trabajo y, en último término, se odia a sí mismo. Vive en un ático descuidado con su perro labrador Eddie y recibe las eventuales visitas de Nina, la vecina adolescente que no soporta cómo su madre intenta construir una familia acostándose con extraños en busca de un padre para ella. Ha llegado un punto en la existencia de Jack en que todo se ha vuelto insoportablemente monótono. Cada noche toca con su hermano Frank el mismo ‘show’ en hoteles y clubes de mala muerte donde apenas se aprecia la música de aquel dúo fraternal que otrora brillaran con cierto renombre en el pequeño circuito musical de Seattle, el contrapunto a la esencia del jazz americano. Lentamente, la estrella de los Fabulosos Baker Boys se ha ido apagando con los años. El bueno de Frank comienza presentando, 88 teclas más allá, a un Jack cada vez más arisco e irascible, contando la misma anécdota, la del gato de la familia Cecil que soportaba sus ensayos juveniles y al que quitaron alguna que otra vida. Han pasado 34 años desde entonces.
Jack no soporta aceptar la idea de lo que representa y lo que es. Sabe que es un fracasado que ha renunciado a su sueño de tocar jazz y que asume que su talento está desperdiciado. La única y miserable subsistencia económica depende de esas funciones noctívagas ante un público que hace caso omiso a sus números de piano. Se ha vuelto tan despreciativo y altanero que mira por encima a su propio hermano, creyéndose superior a él, menospreciando su labor como alma y administrador del dúo, responsable de su vida económica.
Jack comienza a asumir el hecho de que es un perdedor y está encerrado en una triste realidad que le da de comer. Es el reflejo de muchas vidas donde prima la supervivencia sobre un talento que, lamentablemente, deja de ser importante. Es lo que a Jack le ha convertido en un desertor de sus propias ambiciones personales, consumido por el mal humor.
Ha llegado un momento en la vida de Los Fabulosos Baker Boys en que el cambio se hace necesario. Mientras Frank intenta pensar en la forma de salvar la relación con su hermano y el futuro del dúo musical, Jack bebe whisky en Henry’s, un pequeño antro que reúne a jóvenes promesas del jazz, observándoles y recordando aquello por lo que un día suspiró y nunca ha podido llegar a ser. Los Baker Boys son un concepto carcomido y caduco. Ante esta deprimente situación, la redención llega en forma de vocalista que dé un soplo de aire nuevo, una voz que auxilie su decadencia y renueve el interés por el inconfundible mano a mano al piano. Susie Diamond es una joven aspirante a cantante que, dentro de su gremio, tampoco ha llegado a triunfar.
A pesar de sus dotes como cantante, de su atractivo innegable, su ‘glamour’ desaliñado y su dulzura no ha hecho más que unos pocos anuncios radiofónicos. Ello no es impedimento para que los Baker Boys vean en ella a la transitoria salvadora de la sociedad musical. De inmediato, junto a su nueva estrella, comienzan a remontar el vuelo. Ahora, los encargados del Sheraton y del Ambassador no tienen problemas de agenda para hacerles hueco. Es el momento del efímero éxito a baja escala. La coyuntura perfecta para recordar lo que una vez fue una ilusión, agotada en los últimos tiempos por la realidad que les rodea.
Sin embargo, lo que parece una pequeña garantía de comodidad, otra merecida época de crédito y actuaciones seguras, se va al traste cuando Jack se enamora de Susie. Esto, unido a un accidente de bicicleta del hijo pequeño de Frank en pleno bolo navideño cuando actuaban en uno de los hoteles más lujosos del estado supone no sólo el desencadenante del final de los Baker Boys, también el único resquicio que abre los ojos a Jack para enfrentarse a sus fantasmas y a él mismo. Un par de noches de pasión, música y sexo marcarán el paso ineludible para el término de una era. No sólo por la imposibilidad de una relación sin porvenir, sino por ése magistral enfrentamiento a Susie, que le hace ver hasta dónde ha llegado la miseria humana de un hombre extenuado por su autodestrucción. Hay dos instantes dentro del filme, cohercitivos y reprobativos, que tienen lugar en sendos callejones que dan como consecuencia el enfrentamiento con la cruel verdad del fracaso en toda su dimensión dramática.
Susie responde a las palabras de un Jack encolerizado. Para él, de nuevo engañándose, lo que ha pasado no es más una noche de sexo más con otra de las mujeres que pasan por su cama habitualmente. “Hemos jodido dos veces. Eso es todo. Cuando se seque el sudor seguirás sin saber una mierda de mí”, le argumenta. Pero su lamentable situación es tan evidente que a Susie no es muy difícil rebatirle. “Me pareciste un perdedor la primera vez que te vi. Pero eres peor. Eres un cobarde”. Ella sabe ver que Jack personifica una farsa, que su talento se ha vendido demasiado barato y que está tan vacío que no sabe ver que la vida se le está yendo de las manos. Además, mientras su hermano ha formado una familia y tiene una responsabilidad y una dignidad que sobrellevar en casa y sobre los escenarios, Jack no tiene nada. Frank también le recrimina su creciente adicción al alcohol como una única salida y el desprecio hacia los demás. Frank admira a Jack, pero no es suficiente para evitar que los Fabulosos Baker Boys lleguen a su triste final. Ha llegado la hora de asumir que los tiempos de estos dos hermanos forman parte del pasado.
‘Los fabulosos Baker Boys’ supone un hallazgo que va más allá del descubrimiento de una sensacional pequeña pieza de orfebrería cinematográfica. Ya desde su estreno, en 1989, la película de Steve Kloves (que contaba por entonces con 29 años) podía asumirse como lo que es hoy en día, una obra maestra cuyas divinidades se reactualizan en cada visionado. Una película de personajes taciturnos y miserables que malviven en un patético escenario de decepciones y sueños rotos. Noctámbulos buscando una evasiva. Una tragedia disfrazada de comedia, que se va tornando tan agridulce en sus reacciones, en sus movimientos sobre la soledad y el fracaso, que el romanticismo y causticidad se proponen como clásicas, con el fundamento de las grandes películas de los fastos del cine.
Es imposible olvidar a Michelle Pfeiffer cantar el ‘Makin’ Whoopee’, que en los años 20 popularizara Eddie Cantor, subida en el piano de cola de una sala de fiestas repleta de ricachones celebrando la Nochevieja. Imposible no caer rendido a sus sinuosas y frágiles formas, vestida de rojo carmesí, contoneándose y jugando con Jeff Bridges en uno de los números musicales más memorables y mejor rodados (en ‘travelling’ circular apoyado con certeros cenitales) de todos los tiempos. Nunca Jeff Bridges sonó tan melancólico en sus ácidas palabras, en su gesto cínico, de maltrato emocional y necesidades afectivas. Ni su hermano Beau Bridges a una altura tan inalcanzable como la ternura que desprende su personaje. Michelle Pfeiffer bordó el papel de su vida, uno de los roles destinados a marcar una carrera, asumido con riesgo a la hora de cantar y con una contundencia interpretativa que pocas veces se han vuelto a ver en una pantalla de cine.
Acompaña a esta historia de pequeñas miserias la música de un Dave Grusin en estado de gracia acompañado de Ernie Watts al saxo y Brian Boomberg al contrabajo o la selección musical donde prolifera el espíritu de Duke Ellington y la entidad de Benny Goodman. Nunca el optimista y alegre ‘You’re Sixteen’, de Robert y Richard Sherman sonó tan triste que en ese final ubicado en el garage de Frank, cuando Jack asegura que deja los Baker Boys porque está cansado de vivir una mentira. Es hora de reconocer los errores, pedir perdón y comenzar la partida como viejo zorro en sesiones nocturnas los martes y los jueves en Henry's. Mientras, Frank se ganará la vida dando clases a los niños pijos del barrio. Finalmente, Susie se reencuentra con Jack en un final que embarga con la triste mirada de azul de la Pfeiffer aludiendo a la imposibilidad de las segundas oportunidades.
Personalmente, cuando alguien me pregunta cuál es mi película favorita, entremezclada con los grandes clásicos intocables, siempre viene a la memoria esta pequeña joya de Steve Kloves producida por Sydney Pollack. ‘Los fabulosos Baker Boys’ es una de las películas que marcaron mi adolescencia, me insinuaron de cómo y de qué manera funciona la vida. Veinte años después de su estreno se ha convertido, sin perder un ápice de fascinación y magia, en una cinta imprescindible en mi estantería.

sábado, enero 17, 2009

Logos en tiempos de crisis

Estamos en tiempo de crisis. Lo dicen constamente en las noticias. La gente ha puesto de moda esta palabra en sus más agoreras frases. Hay crisis inmobiliaria, crisis de materias primas y crisis financiera, lo que está causando una limitación del crédito. Estamos en esa fase que muchos dan en llamar desaceleración económica, provocada, en gran medida por esa palabra que cada día es más familiar: el ‘subprime’, que no es más que un préstamo, hipoteca o inversión de alto riesgo. Muchos lo equiparan a la crisis de ajuste del 1929. Otros hablan del colapso del sistema capitalista. Unos pocos apocalípticos ven en este trance la oportunidad perfecta de las grandes corporaciones para controlar el mundo.
Sea como fuere, en tiempos de crisis, lo mejor es tomárselo con humor y ejemplificar este difícil momento internacional con un rediseño adecuado a la crisis de los logos de algunas de las más importantes empresas del mundo, como propuso hace tiempo Business Pundit en esta parodia de actualización de imágenes corporativas.

jueves, enero 15, 2009

miércoles, enero 14, 2009

Review 'Australia (Australia)'

Autocomplacencia épica
Han pasado ya siete años desde que el cineasta Baz Luhrmann triunfara en todo el mundo gracias a su película estrella, ‘Moulin Rouge’, ejercicio visual de fastuosos propósitos a medio camino entre el pastiche posmoderno y el carácter antirealista de un cine musical carente de teatralidad y mucha pompa estética. ‘Australia’ supone el golpe de efecto del director australiano para su regreso triunfal al cine épico con grafía de descarada superproducción.
En este caso, Luhrmann es consciente de que su finalidad es una ostentosa ofrenda a los hitos cinematográficos del pasado, al cine clásico y espectacular de cineastas como David Lean. Y lo hace con una consabida historia ambientada en los albores de la II Guerra Mundial, la de una señorita refinada inglesa que hereda una enorme propiedad en el norte de Australia, donde vive una historia de amos junto a un rudo conductor de ganado que le prestará su ayuda más allá de los confines del mundo. Pese a que contiene toda la parafenalia fílmica y la megalomanía típica del cineasta y la falta de interés dentro de un guión lineal y sin sorpresas, el pulso narrativo y el sentido del espectáculo de Lurhmann hacen que ‘Australia’ avance a lo largo de sus casi tres horas con un ritmo diligente, aunque acuda con frecuencia al montaje y a la música para conseguir esa pretendido ceremonia ‘bigger than life’.
Al cineasta y sus tres coguionistas poco le importa el contenido político o histórico entre británicos y nativos o y su mística aborigen, puesto que lo único que parece satisfacerle es la plétora de cine manierista, modernizado por lo artificial de muchas de sus secuencias románticas, embellecidas por la postproducción o por la impostura en la que cae cuando en vez de cine con alma se tiende a la exhibición cinematográfica. ‘Australia’ está atiborrada de falsa grandiosidad escénica, en la que sobreabunda el melodrama, la autocomplacencia conceptual y la artificiosidad de un guión con falta de composición algo más profunda que la que pretende aportar el filme.
Ni siquiera la apagada voluntad de Nicole Kidman y Hugh Jackman hacen que la historia se asuma con seriedad y se intuya claramente como lo que es: como un capricho de su director, que está más ensimismado en llevar a cabo un personal ‘Lo que el viento se llevó’ patrio que un producto con algo de brillantez y honestidad, por mucha excentricidad y magnificencia que impere en el total de esta fallida cinta.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

lunes, enero 12, 2009

66ª edición de los Globos de Oro

Existe cierto desprejuicio a la hora escribir acerca del posible Oscar al que puede optar la actriz española Penélope Cruz por su papel en ‘Vicky Cristina Barcelona’. Ayer, estaba nominada. Sin embargo, no ganó. Se ha venido dando una generalización de la prensa española especializada hacia la euforia. Se dejan llevar por el patriotismo exacerbado. Que el año pasado Javier Bardem se llevará el Premio de la Academia al mejor actor de reparto por ‘No es un país para viejos’ parece que da vía libre para pensar que Pe vaya a hacer lo mismo este año. Lo cierto es que Penélope está muy bien en la cinta de Woody Allen, pero un Oscar sería exagerar méritos. Eso sí, parece ser que Kate Winslet, la gran vencedora de los Globos de Oro al llevarse el de mejor actriz por ‘Revolutionary Road’ y como secundaria por ‘The reader’ (en la misma categoría que Pe), le ha arrebatado la condición de favorita a los Oscar a nuestra actriz más internacional. Es la enemiga. No es la mejor actriz del año ni se destaca el hecho de un doble triunfo en la noche de ayer. Es la antipática rival a batir de cara al próximo febrero. Así funciona la parcialidad pasional y la alegría.
Más allá de simplezas periodísticas, los Globos de Oro han dejado una sensación de cierto escepticismo de cara a los Oscar, puesto que sólo ha habido una película, ‘Slumdog Millionaire’, de Danny Boyle, que hay salido como gran triunfadora de estos premios denominados insistentemente por la prensa como “antesala de los Oscar”. Por lo demás, el Globo de Oro póstumo al mejor secundario de Heath Ledger por ‘El Caballero Oscuro’ hace presagiar el mismo signo laudatorio la noche del próximo 22 de febrero. También Mickey Rourke se ha llevado su reconocimiento por ‘The Wrestler’ dejando sin globito a Sean Penn por esa película creada para su lucimiento por Gus Van Sant ‘Milk’. En el apartado de televisión ‘Mad Men’ y ‘30 Rock’ han sido las triunfadoras.

jueves, enero 08, 2009

Review 'El Intercambio (The Changeling)'

No, sin mi hijo
Aunque ‘El Intercambio’ no sea tan profunda ni tan lóbrega como algunos de sus últimos títulos, Eastwood recupera la magnificencia cinematográfica con otra muestra de clasicismo y cognición
Que Clint Eastwood es uno de los últimos grandes clásicos es un hecho irrefutable conocido desde hace más de década y media, cuando la crítica especializada le encumbró definitivamente con ‘Sin Perdón’, una de sus obras maestras. Ya lo era antes de aquélla, pero a casi la totalidad de los medios especializados en este país les pesaba demasiado la trilogía del dólar, Harry Callahan y demás personajes que interpretó Eastwood en su brillante carrera cinematográfica como para darse cuenta del gbran director que había detrás. ‘El Intercambio’ tiene en común varios factores evidenciados a lo largo de su filmografía y de los que se ha convertido en un maestro. Eastwood radiografía mejor que nadie en este arte la violencia como infección creada por la sociedad para su propia autodestrucción, las hendiduras sociales que provocan la tragedia y la exploración de los defectos y deterioros de un sistema carcomido por la corrupción, bien sea moral como social.
‘El intercambio’ no está, por tanto, muy lejos de ‘Mystic River’, en su reflejo del destrozo de la inocencia infantil, de las secuelas que causan el desafío a unos fantasmas personales imposibles de asumir, desde la soledad y el desamparo. La historia, basada en hechos reales acontecidos en los años 20, se centran en una madre trabajadora Christine Collins que pierde a su hijo mientras que las autoridades le presentan a un niño diferente al suyo y que se enfrenta a un departamento de policía corrupto que prefiere perpetrar infamias antes de asumir sus propios errores. Todo ello no anda muy lejos de la intención ética de muchas de las obra de Eastwood, ya que en casi todas se percibe una intuitiva disertación sobre la naturaleza humana, desabrida y macilenta, que escruta el insondable fondo del comportamiento humano, donde, como en el caso de ‘Mystic River’, las secuelas del abuso infantil y las consecuencias del crimen imponen una visión bastante pesimista del mundo en que vivimos.
Eastwood se apoya en un lineal pero eficaz guión de J. Michael Straczynski para adentrarse de nuevo en un relato de dolor y muerte, de heridas emocionales y sacrificio en ése itinerario de abnegación por parte de una madre coraje que hace frente a la corrupción y al abuso policial, la punta de un iceberg de manipulación, intereses políticos y desigualdad social asentados en una farsa institucionalizada que representa la injusticia asumida por la desprotegida sociedad de la época, pero que se extiende en la historia a cualquier momento histórico, incluida la actual. El dramatismo impregna en todo el momento el relato, y en su pausado desarrollo se establece un maniqueísmo asumido por Eastwood para narrar su historia; es evidente una desproporción en lo que concierne a la hora de esbozar a los buenos, que son excesivamente honestos y a la gente de mala fe, sumidos en corruptelas y depravación moral, que son excesivamente cabrones.
En ‘El Intercambio’ hay un voluntario esquematismo en la descripción de ambas partes. Y es en esa simpleza de conceptos, donde película alcanza la honestidad clásica que busca el veterano cineasta. No en vano, existen personajes que cristalizan una doble vertiente que prescinde de esa ingenuidad; Gustav Briegleb, un pastor Presbiteriano (John Malkovich) que utiliza su púlpito y programa de radio para protestar contra la corrupción y la anarquía de la Policía de Los Ángeles y, por otra parte, el detective Lester Ybarra (Michael Nelly), el único agente dentro del Departamento que asume su oficio con integridad y destapa el caso de un asesino en serie que ha matado a una veintena de niños, lo que revolucionará los procesos que conlleven a la verdad y a cierta optimismo dentro de la tragedia de esa madre en busca de su hijo.
Una de las pocas contrariedades que se le puede atribuir al filme se engloba en el ajustado y obsesivo tono pausado, a veces abiertamente desigual, con el que Eastwood recrea en cada una de las situaciones y planteamientos que se van dando en el dolor de Christine y la profundización de las causas y efectos, llegando a un melodramatismo que llega a jugar en contra del filme. Ejemplo de ello es ése proceso alargado de internamiento psiquiátrico o la parte final con la captura del asesino Gordon Northcott (Jason Butler Harner), que si bien enfoca una culminación al desarrollo de todas los convulsiones de guión, hace que el total se dilate en exceso. Si embargo, tales prolongaciones se contrarrestan con esas efímeras secuencias en las que Christine utiliza sus ratos de descanso para telefonear a los centro de personas desaparecidas de todo el país o la magistral disposición de montaje en los dos juicios paralelos, primero, el multitudinario de los responsables de las negligencias policiales, dentro de un entorno social, segundo, el más íntimo que sentencia los salvajes actos del asesino Northcott, en una esfera personal.
Por supuesto, nadie va a negarle a Eastwood su clasicismo de cámara, su sabiduría cinematográfica a la hora de impregnar de dolor y verdad cada plano. Lo mejor de ‘El Intercambio’ es la elegancia a la hora de llevar a cabo una historia de tanta crueldad e inmoralidad, llena de pequeños matices que se aúnan en el confortable y habitual binomio del que suele hacer gala el cine de Eastwood; una conjunción de emociones sensoriales puestas al servicio de una puesta en escena espectacular a la que contribuye el gran trabajo de diseño de producción y direccción artística de James J. Murakami y Patrick M. Sullivan Jr.
Otro factor que contribuye a la admiración de este trabajo reside en la sutileza con la que Eastwood plasma la terrible maquinación desde el poder contra los intereses del ciudadano y cómo éste se rebela ante la injusticia. No existe énfasis en la imagen truculenta, ya que el abuso y la violencia solo se insinúan, ni procura conmover al espectador con convencionalismos dramáticos ni tristes notas musicales. El mito de Malpaso es un experto en obtener la intensidad de las emociones. Y lo hace a través del dolor, con diálogos llenos de rabia, de fuerza incontrolable y de desesperación que segregan la impotencia ante la ilegalidad de la autoridad en la piel de una Angelina Jolie magnífica, interpretando de forma excelente cada instante de angustia existencial.
‘El Intercamio’ se podría englobar dentro del melodrama, pero con componentes de ‘thriller’ psicológico, cine negro e incluso cine judicial, hecho que manifiesta este filme como el más ambiciosa de los todos los ‘Eastwoods’ de las últimas dos décadas. Tal vez no sea tan lóbrego o acentuado como algunas de sus últimas genialidades (entre las que no se encuentra su duplo bélico junto a Paul Haggis, aunque sí ‘Million Dollar Baby’), pero lo cierto es que dentro de esta cinta se encuentran algunos de los momentos más intensos de toda su carrera. Clint Eastwood es un maestro. Y eso es algo que sabe contagiar a sus películas.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

miércoles, enero 07, 2009

Cargaditos de regalos...

Un árbol de Navidad como cónclave anual donde acopiar regalos, ilusión e impaciencia. Cada año, la liturgia sigue las mismas directrices que cuando éramos pequeños; hay que colocar las botas limpias bajo el árbol e impedir cualquier amago de cotilleo acerca de los respectivos regalos. Todo tiene que ser una sorpresa. La cabalgata ha dejado de formar parte de todo esto. Este día especial ha quedado en un entorno más personal, más hogareño. El incienso, el oro y la mirra no tienen cabida. Todo ha cambiado. Pero al mismo tiempo, sigue siendo lo mismo.
Este 2009, a pesar de dejar el primer pequeño contratiempo en la salud, deja unos presentes que simbolizan la esperanza y el deseo de un buen año 2009. Uno de esos regalos, uno en especial, una claqueta de cine profesional, simboliza lo que viene siendo la eterna promesa anual. Este 2009 tienen que pasar muchas cosas. Myrian ha dado el primer paso para sacar la ambición y la inquietud deslustrada a la superficie. Este 2009 es el año.
No me enrollo más; he aquí la lista de todo los regalos que sus SS.MM nos han dejado para desenvolver y sorprendernos.
(Ampliar la foto, para ver de cerca la numeración con su correspondiente regalo).
1.- Camiseta ‘Smile’ de Nirvana (Myrian).
2.- Sudadera capucha (Myrian).
3.- Claqueta/clap profesional (Refo).
4.- Cascos Sony Wireless Mdr-RF800RK (Myrian).
5.- ‘V - Los Visitantes’ (Colección Serie Completa) (Refo).
6.- Cartera de Piel (Refo).
7.- ‘The Authority Prime’, de Christos Gage y Darick Robertson (Refo).
8.- ‘Lo mejor de The Spirit’, de Will Eisner (Refo).
9.- Cabezón Stewie peluche 30 cm. (Myrian).
10.- The Wedge (Refo).
11.- Juego DS ‘The Gravity’ (Myrian).
12.- Libro ‘Terror Cinema’ (Calamar Ediciones), de Juan Andrés Pedrero Santos (Refo).
13.- Pack Figuras de importación de ‘Snorkels’ (Myrian).
14.- Banco abdominales (Refo).
15.- Figura ‘Beetlejuice’, Cult Classic serie 7 (Refo).
16.- Bolsa para portátil multiuso (Myrian).
17.- Figura Regan ‘El Exorcista’ Head Knocker de NECA (Refo).
18.- Peluche Super-deformed Maestro Yoda 15 cms., ‘Star Wars’ (Myrian).
19.- Pollo bailarín Shaky Singer (Refo).
20.- Colección libros Ciencias Naturales con ‘Los Snorkels’ (Myrian).
21.- DVD WALL•E (Edición especial) (Myrian).
22.- Peluche Super-deformed Maestro Yoda 42 cms, ‘Star Wars’ (Refo).
23.- Figura Kurt Cobain, 45 cms. Nirvana con sonido de NECA (Myrian).
24.- Perfume Rock N' Rose Valentino (Myrian).
25.- Juego de café (Myrian y Refo).
26.- Dos mancuernas de 10 kilos cada una (Refo).