viernes, 6 de noviembre de 2009

Review 'Si la cosa funciona (Whatever Works)'

El regreso del Woody más genuino
Alejado de sus temáticas más modernas, Woody Allen recupera su mejor pulso con una comedia que le devuelve a sus perímetros humorísticos y personajes más identificables.
Woody Allen llevaba años intentando recobrar la senda de aquel cine que, desde ‘Desmontando a Harry’, ha ido dando bandazos sin encontrar una película que representara la esencia personal en esa peculiar e inagotable fertilidad con la que crea películas. Allen se muestra siempre entusiasmado con su cinta anual, permitiéndose el lujo de experimentar fuera de su habitual contexto hacia terrenos argumentales y geográficos europeizados. Cintas como ‘Match Point’, ‘Scoop’ o ‘Casandra’s Dream’ se articularon en los preceptos de la narración clásica, siguiendo el rastro del suspense, el drama y la opereta de gran eficacia. Lo cierto es que esa certificación de agudeza e inventiva de un cineasta acostumbrado a ser honesto consigo mismo dejó un sabor bastante agridulce en ‘Vicky Cristina Barcelona’, una superficial y tópica comedia sobre relaciones que acentuaba la falta de brillantez con un interrogante sobre sus futuros proyectos.
No hay nada que temer. Woody Allen es capaz de superar sus errores regresando a los perímetros humorísticos de firmeza sin mucha circunspección, sin tomarse tan en serio a sí mismo. ‘Si la cosa funciona’ hace olvidar, momentáneamente, cierto deterioro en la progresión de este veterano clásico del cine contemporáneo. Y lo hace con un guión escrito hace treinta años, cuando Allen ejerció de sardónico cronista de una clase social y una época irrepetible. Es un retorno al análisis de sus fobias, integrando un manifiesto que exorcice sus fantasmas de hipocondríaco y un contraveneno vital que haga vencer los miedos a través de su temática añorada; el miedo a la muerte, el judaísmo, la metafísica, la neurosis, la inquietud intelectual, el egoísmo y, cómo no, la tendencia sexual a las jovencitas.
Lo hace presentando a un personaje que representa el ‘alter ego’ del Allen más conocido, Boris Yelnikoff, un profesor universitario de mecánica cuántica retirado, de vocación hipocondríaca que ha sobrevivido a un intento de suicidio que le ha dejado cojo y que catequiza con un modo de vida asentado en una doctrina nihilista. Es un misántropo, un antipático, un cobarde y un mezquino, pero acata sus defectos como una virtud, considerándose como un genio brillante, pese a su antipatía y pedantería. Por supuesto, el golpe de efecto a su vida llega en la figura de una bella jovencita llamada Melodie St. Anne Celestine, una chica de campo que llega a la Gran Ciudad para descubrir una vida bohemia y aventura que acaba en brazos de este maleducado y cínico. Sobre el papel, es más de lo mismo.
Tal vez, en pantalla tal vez lo sea. Sin embargo, en ‘Si la cosa funciona’ el humor sardónico con buenas dosis de procacidad sin complejos se activa a las mil maravillas. Lo había intentado en anteriores ocasiones, pero es aquí donde más identificable es su filosofía neoyorquina de comedia costumbrista. Se plantean así máximas físicas y teorías científicas para explicar ese descubrimiento desde el mundo de ingenuidad de ella y el absurdo con el que se delimita el crecimiento interior de él, que no duda en tirarle un tablero de ajedrez a la cabeza de un niño al que enseña a jugar sólo porque le considera un inútil.
La pulcritud con la que se exponen los cuidados diálogos merecen la atribución de aquellos epítetos que parecían olvidados a la hora de definir esas películas confeccionadas casi por obligación anual y que, por momentos, recuerdan parcialmente al espíritu de esa tragedia incomprendida que fue ‘Melinda y Melinda’, posiblemente, la última gran cinta del genio y recupera la entidad existencialista y radical de su cine. Todo ello hacen que esta nueva muestra de Woody Allen recupere, sin mucho esfuerzo, el narcisismo ideológico a base de una honestidad casi terapéutica respecto a la historia que se narra.
Y no es que ‘Si la cosa funciona’ sea una de sus mejores películas, aunque comparándola con algunas de sus creaciones de la última década, lo sea. Allen busca que los mecanismos de su humor surtan efecto con frases hechas, conocidas por los amantes de su cine, recurriendo en todo momento al tópico intelectual y a los lugares comunes de su obra más genuina. La misma que se iba echando de menos, donde el barroquismo situacional se asigna a esos aforismos como forma de vida atribuidos a Yelnikoff, un hombre bastante pesimista en su visión de la racionalidad del ser humano, pero que está exagerado en todos y cada uno de los movimientos. La vida sigue huérfana de respuestas ante cualquier duda existencial. Algo que se manifiesta en el exceso y autoconsciencia de la irrealidad que se va dando durante todo el metraje, allí donde Allen marca la diferencia.
No es cuestión tanto de diseccionar el mundo de la pareja y la indescifrable discusión, en clave de comedia, sobre la naturaleza de las relaciones personales. En ‘Si la cosa funciona’ se plantea la necesidad del albedrío cuyo privilegio radica en el azar que provocan los choques de incompatibilidades, ya sea por personajes que revolucionan su vida con un cambio drástico en su modo de vivir como de los pensamientos que se suscitan derivados de éstos. Ejemplo de esto, es la divertida transformación de los padres de la chica, como de la progresión que toman tanto Yelnikoff como Melodie.
Hay un factor que determina la genialidad con la que Allen expone este nuevo manifiesto de neurosis fílmica y entrañable comedia. Y es Larry David, al que no le cuesta seguir su pose de tipo detestable y antipático de la magnífica ‘Curb your enthusiasm’ y reconvertirse en un sosías del propio director, personificando a esa altiva burguesía intelectual que impregna con gotas de humor pseudointelectual impuestas por el carácter ególatra de un David en su salsa.
Se le perdona hasta ese final de ‘happy end’ forzado y descolocado que, si bien, es un lastre hacia la genialidad del cómputo global del filme, sí atestigua que Allen ha vuelto a los orígenes, a su apego por desarticular la realidad en función del relato, aprovechando la metaficción de alguien hablando a la platea para conmemora un cine de autoreferencias y guiños a un tipo de comedia enérgica e inteligente. Puro Allen.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
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