jueves, 26 de noviembre de 2009

Review '2012 (2012)'

El Apocalipsis va a llegar…
Roland Emmerich sigue empeñado en destruir el mundo con una más que entretenida cinta catastrofista que no engaña a nadie y superpone un recital de efectos especiales a granel y acción urgente a un drama que reitera sus habituales argucias moralistas.
No deja de ser curioso que una película como ‘2012’ llegue en un momento tan concreto como es el que se vive dentro de un cómputo de inestabilidad mundial. En estos dos últimos años se han dado cita, por una parte, la crisis económica que ha hecho tambalear la arquitectura internacional y que puede inducir a un “nuevo orden mundial” y, por otra, la vicisitud colectiva impulsada por la amenaza de la gripe H1N1, que ha transformado al mundo globalizado en otro más frágil, albergando todo tipo de alarmismos dentro de una caótica sociedad sensibilizada a la psicosis y al miedo. ‘2012’ es la metáfora de lo que está por venir, llevada a cabo a través de los estudios del Calendario del Largo Conteo Maya, que augura que el 21 de diciembre de 2012 es el fin de la civilización humana. Queda por tanto, muy poco tiempo.
Hasta que esto suceda, esta civilización seguirá inmersa en su propia especulación, acrecentando esos miedos y temores infundados en intereses propios más que ajenos. Como se dice en el filme de Roland Emmerich “el mundo, tal y como lo conocemos, desaparecerá”. La idea de Fernando Arrabal muy ‘tomadito’ en un plató de televisión y que da título a esta crítica, llevada cabo con lujo y superproducción. Es curioso que el género de catástrofes; bien sean bíblicas, bélicas, atómicas, extraterrestres, cósmicas o por invasión de virus vengan precedidas de antecedentes de decrepitud económica y sociopolítica, de ‘vulnerabilidad’ social ante la catástrofe.
Lo cierto, es que, lejos de estas causalidades fortuitas o naturales, a Roland Emmerich siempre le ha gustado jugar a destruir el mundo. Su capacidad y obstinación le han llevado a ser el actual dómine de las ‘disaster movies’. Y a esto es a lo que atiende su última obra, una de ciencia ficción milenarista decorada con un hiperrealismo digital abrumante. A lo largo de todo su desarrollo, el público está enfrentado a un contexto de continua imposibilidad malabarista, donde la extensiva prestidigitación visual deja de tomarse en serio la realidad para promover un espectáculo de épica hipertrofiada y descomedida ¿Qué es lo que se espera de este producto? Sencillamente, eso mismo. ‘2012’ es una película donde los desastres no tienen fin, en un amplio abanico de tsunamis, derrumbamientos, desbordamientos, devastaciones, erupciones volcánicas, olas gigantes, inundaciones, terremotos y toda clase de tragedias naturales que despliegan la desolación del fin de los días como un espectáculo ‘bigger than life’. Es, esencialmente, cine catastrofista.
Poco importa que haya una supuesta base de hipotética credulidad ancestral y científica sobre temática científica autoasumida como “seria”, con esos neutrinos procedentes de los procesos termonucleares del Sol que avanzan un cambio en la morfología de la Tierra afectando con un calentamiento en las capas de magma al núcleo y a su corteza. Utilizar nombres como los de Charles Hapgood, Albert Einstein o Alfred Wegener queda muy bien para darle cierto aire creíble al Apocalipsis montado por Emmerich. Simple subterfugio si con ello podemos ver en pantalla la explosión de la supercaldera de Yellowstone, cómo se hunde California o el océano inundando la meseta tibetana y comiéndose la Casa Blanca. Pero, sobre todo, es deleitable contemplar el realismo de ese desmembramiento de la cúpula de San Pedro del Vaticano, desde la fragmentación ‘La creación de Adán’ de Miguel Ángel hasta ver desplomarse todo el Vaticano con el Papa dentro sumergiendo entre los escombros a miles de fieles rezando ante tamaño infortunio.
Puede parecer exagerado, pero ahí está la gracia de ‘2012’. Emmerich no sabe de comedimientos. Sólo así es aceptable vislumbrar que los nudos narrativos se recompongan una y otra vez sin dar tregua a la coherencia. Precisamente por eso, porque todo es excesivo. Y porque Emmerich, se quiera o no, sabe fragmentar esa reiteración, es decir, que cuenta cada cierto tiempo lo mismo, de una manera diferente. Siempre bajo el yugo de la desproporción. El resultado: la película dura más de dos horas y media para ofrecer, una y otra vez, sus secuencias de acción reincididas en la cabriola inverosímil, con situaciones fuera de toda lógica, donde lo digital es tan denso y ostentoso que se vigoriza con la acción urgente, casi precipitada.
Incluso se permite el lujo de proyectar sobre la trama un fondo de crítica a los valores humanos de los más poderosos, puesto que en ‘2012’ los privilegiados que van a lograr la gesta de la supervivencia lo hacen mediante talones de mil millones de dólares para salvar el pellejo a la catástrofe. La civilización, como tal, no importa. La absurda idea de crear una nueva Arca de Noé con parejas de animales y gente seleccionada genéticamente es tan loca como la de excusarse a tal disparate con una frase como “la selección natural hará el resto”, terminando con un destino terrenal como es África, el continente del que procede el primer ser humano, el regreso a los orígenes y que, actualmente, está olvidado y despreciado por el mundo desarrollado. Todo, ironía y aticismo. Hasta existe cierta intención invectiva dentro de su discurso político no tan desatinado, como es el ocaso de Estados Unidos y el esplendor de China como superpotencia. Pese a ello, ‘2012’ respira auténtico delirio.
Más allá del entramado de pantalla azul con postproducción digital y efectos especiales de inalcanzable excelencia, el ‘dramatis personae’ se sigue circunscribiendo, como en casi toda la obra de Emmerich, a una sola obsesión; la necesidad de un padre por recuperar la unidad familiar a través de su hijo. El tema paternofilial toma las riendas del drama, abundando la idea de separación entre padres e hijos (ojo, sólo de padres, porque las madres están aquí anuladas); John Cusack quiere recuperar a su hijo, que ha encontrado otra figura paternal en el novio de su madre, Tom McCarthy. Chiwetel Ejiofor llama a su anciano padre que está en un bolo dentro de un crucero trasatlántico con su pareja artística de ‘jazz’, otro vejete que, cuando las cosas van a peor, también llama a su hijo, con el que no se habla en años por casarse con una china. Incluso los personajes más antipáticos del filme, como ese magnate ruso de voz desagradable que tiene una amante buscona, únicamente quiere salvaguardar a sus insoportables gemelos gordos de pelo ensortijado. Y claro, no podía faltar el heroico Presidente de los Estados Unidos de América, interpretado por Danny Glover, que se queda con sus conciudadanos para llamar a su hija y decirle que es lo mejor que le ha pasado en la vida, pero a la vez es el patriarca ejemplar de una nación cuando sale al exterior de la Casa Blanca y busca a los padres de una niña que se ha perdido ante la incertidumbre del final de la Humanidad.
Sin embargo, no hay que llevarse a fingimientos ni engaños, porque ‘2012’ no decepciona. Emmerich (y su ademán de guionista, el compositor Harald Kloser), se muestra inocente en intenciones y despliegue dramático, asumiendo en todo momento sus limitaciones, dejándose llevar por todos los ungüentos discursivos que doten a su fábula de un tono moralista, cuya máxima se rige en que prevalezca el heroísmo, la fraternidad y la unión familiar. Aunque es también muy listo y sabe ser cruel y sardónico con la sensación de fatalismo, de oscuridad y miedo que recrea en pantalla. La película es muy divertida. No es más que una descomunal orgía de hecatombe y destrucción, donde un ecocataclismo que ‘supuestamente’ puede llegar a ser real es aquí un parque de atracciones para deleite de un espectador que asiste al Fin del Mundo, con sus consiguientes lecturas, como si lo hiciera a un circo bautizado, irremediablemente, como “el mayor espectáculo del mundo” en el que, como no podía ser de otro modo, no falta hasta un dudoso ‘happy end’.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
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