viernes, 2 de octubre de 2009

'Gordos (Gordos)', de Daniel Sánchez Arévalo

Exceso de peso
A pesar de seguir los preceptos de riesgo de su obra debut, Daniel Sánchez Arévalo naufraga parcialmente en su compleja fusión de comedia y drama, pero sin negarle al cineasta la pasión y ternura con la que va fragua la materia humana de sus personajes.
‘Azuloscurocasinegro’ fue la culminación cinematográfica en largometraje por parte de Daniel Sánchez Arévalo tras convertirse en un valuarte del cine español que instauró un modelo de cortometrajes de éxito. La expectación fue máxima y no defraudó. Su debut fue la demostración de pericia con una historia custodiada con total dilección, sin concesiones a grandilocuentes aspiraciones de suntuosidad, abandonando los esquemas preestablecidos y dejándose llevar por su profundo respeto hacia unos personajes que resultaron verosímiles, gracias a que fueron filmados con sensibilidad y entusiasmo.
‘Gordos’, su segundo trabajo, pretende seguir el camino de abordar otra película contracorriente, que no responde a ninguna conducta o estilo predefinido de lo que se podía esperar de este joven talento. La trama se centra en denunciar los excesos y carencias de la vida a través de cinco historias vinculadas mediante una terapia de grupo para superar los complejos provocados por un tema compartido: la obesidad. Desde un homosexual violento e inestable que vendió pastillas adelgazantes hasta una joven muy religiosa a punto de contraer matrimonio con su novio, pasando por investigador de la policía científica con una prole entrada en carnes a excepción de su hijo, una ingeniera de telecomunicaciones que ha engordado mientras su pareja reside en Los Ángeles hasta llegar al propio psicólogo que lleva la terapia, un hombre que no soporta la idea de ver engordar por un embarazo a su mujer, una atlética profesora de educación física.
Esta fábula de vidas cruzadas aborda el sobrepeso desde un prisma comprometido con los problemas de sus personajes, desde la conformidad al repudio, con las reconvenciones de ése pequeño ecosistema de gente con conflictos internos que van más allá del aspecto físico y las consecuencias de la dejadez interior y la apariencia exterior. ‘Gordos’ expone una serie de traumas y obsesiones en unos roles incapaces de ser felices y enfrentarse a sus verdaderos pensamientos y deseos, de encontrar su lugar en el mundo. La obesidad, en este caso, sería una metáfora de un modo de vida contemporáneo en el que importante no tanto la inestabilidad personal y autodestructiva como la apariencia externa. Estamos ante una muestra de cine ambicioso, puesto que Sánchez Arévalo no se conforma con ofrecer una interrelación de conflictos personales entre los personajes, sino que se muestra arriesgada en los excesos dentro de sus propósitos al fusionar, no siempre adecuadamente, comedia y tragedia.
Es en esa difícil avenencia de géneros donde ‘Gordos’ naufraga parcialmente, padeciendo de cierta irregularidad en la sucesión de un tono pausado y cómplice, donde humor y drama parece integrarse con aparente facilidad, a ponerse muy solemne en esa variante de relaciones y crisis personales que van tomando protagonismo según avanza la segunda mitad del filme. Supone un cambio de ritmo desigual y extraño, pero que a su vez logra emocionar en su último tramo, pese a esa confusión provocada por la doble vertiente descompensada de sus designios narrativos. Eso sí, hay que increpar el abusivo manejo de un humor algo ordinario, que se desubica, en cualquier caso, dentro de las intenciones tragicómicas del filme, así como la indulgente utilización de la religión, la doble moral y el sexo como diana para muchos de sus ‘gags’, a veces reiterativos, otros hiperbolizados por un ímpetu trasgresor y fácil.
La segunda película de Sánchez Arévalo consuma una desigual trayectoria que acaba por destaparse como una cinta pesimista que no esconde sus vicios a la hora de exponer con rigor ciertas situaciones que caen directamente en lo grotesco (como esa amante de Enrique interpretada por Pilar Castro, la profesión de policía científico de uno de ellos y el desencadenante de la ruptura familiar y todo lo que concierne a Enrique, uno de los principales motores de la acción). Es otro de los factores que hace que ‘Gordos’ fuerce una desatendida inverosimilitud que resta vigor al fondo costumbrista sobre el que se asienta, desposeyendo así de gran parte de la empatía que se busca con sus personajes. Un hecho que sí era indiscutible en ‘Azuloscurocasinegro’ y que aquí termina por formular una especie de ficción harto discursiva.
Lo que no se le puede negar al cineasta es la pasión y ternura con la que va fraguando la materia humana de sus personajes, por muy estrambóticos o estereotipados que sean, asumiendo los defectos y sus riesgos. En lo que no hay ninguna duda es en lo bien que dirige actores el director madrileño. El elenco de enfático talento se revela como lo mejor de la función. Sánchez Arévalo es consciente de que su comprometida jugada sólo podría estabilizarse con una dirección actoral a la altura. Y lo cierto es que todos, en mayor o menor medida, aportan unos trabajos interpretativos excelentes. Desde los afanosos Roberto Enríquez, Verónica Sánchez o Fernando Albizu a la eficacia de Pilar Castro, Marta Martín y María Morales hasta la gran disposición de Leticia Herrero y, sobre todo, de un Raúl Arévalo que sabe mesurar un personaje difícil, con un capacidad interpretativa sorprendente. En este apartado, es posible que el peor parado sea Antonio de la Torre, ya que a pesar de una colosal y loable metamorfosis física para su papel, no logra traspasar ese esfuerzo a la credibilidad que requería un cierto patetismo y la crueldad de su violento personaje gay, excediéndose en su histrionismo, sin terminar de uniformar el cambiante carácter de su personaje.
‘Gordos’ es una historia irregular, llena de trabas y carente de un ritmo uniforme. Eso sí, también es verdad que es una película comprometida con sus menoscabos, que lleva hasta el final sus preceptos de heterogeneidad en su forma de hablar del desamor, de los miedos a enfrentarse a la realidad y esconder los verdaderos problemas en el aspecto físico. Sánchez Arévalo, muy al contrario del discurso de Enrique con esa secuencia a modo de epílogo en el desaconseja la utilización de ‘Kilo-AWay’ para adelgazar, no cae en la fácil moraleja que hacer hincapié en que lo importante no está en el exterior, sino en el interior de las personas. Lo más significativo, al fin y al cabo, es que, si bien esta nueva película ha dejado un sabor agridulce, estamos ante un director imprevisible con gran capacidad para narrar y un futuro lleno de sorpresas.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'Disctrict 9', de Neill Blomkamp.