viernes, 14 de agosto de 2009

Una secuencia al azar (IX): 'Atraco perfecto (The Killing)', de Stanley Kubrick: ladrones derrotados

Una de las secciones más que olvidadas del Abismo es la de ‘Una secuencia al azar’. Como el verano es una época muy proclive a rescatar este tipo de actividades lúdicas, es hora de recuperarla. La secuencia de hoy corresponde a uno de esos filmes de culto considerados una obra maestra como es ‘Atraco perfecto’, concretamente a su parte final, al desarrollo del triste clímax con el que Stanley Kubrick cierra su cinta inscrita como una de las más trascendentales del cine negro de toda la vida. Por ello, aviso: si no has visto semejante obra de arte, es mejor que no sigas leyendo el post.
‘Atraco perfecto’ (‘The killing’, en su título original), llega a su fin cuando John Clay (Sterling Hayden), junto a su amante Fay (Coleen Gray), se dispone a entrar por la puerta principal del aeropuerto de La Guardia. Su mirada choca de lleno con la de dos hombres vestidos de traje que le observan con cierta desconfianza. Después de que una insoportable ricachona hable con su ‘perro-patada’ como si fuera su hijo pequeño delante del mostrador de facturación, la pareja llega dispuesta a subir al avión y dejar atrás un oscuro pasado de delincuencia parar vivir un futuro alejado del mundo del hampa. Sin embargo, hay un obstáculo en su camino, la maleta es demasiado grande para pasar como equipaje de mano. En ella va todo el botín de un suculento atraco llevado a cabo en un hipódromo y que le ha costado la vida a todos los implicados. Resignado e inquieto por el destino del dinero, llegan a la zona de espera para el abordo del avión. Significativamente, esperan detrás de una verja, que es el anticipo de lo que le espera al apesadumbrado atracador.
De súbito, el perro salta de los brazos de la señora y escapa corriendo a través de la pista de aterrizaje, cruzándose en el camino del coche que porta los equipajes. En el volantazo, la maleta de Clay se desploma contra el suelo, dejando a la intemperie el contenido de la maleta. Los miles de dólares salen volando en remolinos, perdiéndose en una amalgama de billetes al antojo del aire que devasta las esperanzas de libertad del bandido. Clay y su novia abandonan el aeropuerto desolados, sin un rumbo fijo. Cuando están a punto de pedir un taxi y poder escapar, los dos hombres de la entrada se dirigen hacia él portando una pistola y evidenciando ostensiblemente que son policías. Fay le dice a Clay “Johnny, huye”. La contestación en el momento de la derrota y el fracaso no deja otra respuesta que “Ya, no… ¿Para qué?”…
Es curioso que este desenlace no fuera del agrado del mítico Stanley Kubrick, que afianzaba su primera gran película y el pasaporte a la divinidad de Hollywood. Los villanos, por aquél entonces, por muy accesibles y positivos que fueran, debían pagar su desafuero contra la justicia. Si se analiza con detenimiento la resolución de la película, se trata de un final de forzada inverosimilitud y de casualidades extremas que se rodó por una fuerza mayor debido a las exigencias de la productora. Pero hay que reconocer que potencia el fatum trágico de un personaje predestinado al fracaso. El novelista Jim Thompson adaptó junto a Kubrick con supremo acierto la novela ‘Clean Break’, de Lionel White, aproximándose a las novelas policíacas del primero en la facilidad con la que se simpatiza de inmediato con los protagonistas criminales, creando una empatía con sus motivaciones y necesidades. Un grupo de personas que no se conocen muy bien entre sí y que, por falta de dinero, cada uno por diferentes motivos, deciden participar juntos en un atraco a un hipódromo en el que se recaudarán más de dos millones de dólares. Uno quiere recuperar el afecto de su ambiciosa y pérfida esposa, otro quiere curar a la suya, postrada en una cama enferma. Un policía corrupto; debe una importante cantidad de dinero a un corredor de apuestas. Incluso hay espacio para insinuar la atracción homosexual del viejo Unger hacia Johnny, el cerebro pensante del golpe.
‘Atraco perfecto’ es una película directa, que juega con los tiempos igual que expone con brillantez las directrices de un guión lapidario que se magnifica con la milimétrica composición formal de Kubrick, con el énfasis fotográfico o la magnífica utilización del plano lateral (tan profuso en su posterior carrera), abundante para el seguimiento de unos personajes descritos con profundidad y acierto en sus respectivas motivaciones. Un clásico imperdurable considerado como una de las obras más redondas de uno de los genios más excéntricos que ha tenido la Historia del Séptimo Arte.