jueves, agosto 20, 2009
Dosis de cine comercial sin complejos
Tony Scott suministra una nueva ración de su cine hiperactivo y visual, en la que destaca la pugna psicológica de sus personajes sin despegarse de los elementos convencionales del género de acción y de característico patrón fílmico.
Cuando se acomete una cinta de Tony Scott, desde la posición crítica no se suele comulgar con la visión cinematográfica del cineasta. Es habitual leer una y otra vez las mismas y extenuadas argumentaciones en su contra; su “insoportable” estilo sincopado anexo al ‘videoclip’, su velocidad de montaje efectista y en constante movimiento o la previsible progresión narrativa de su cine luminiscente e hiperactivo. Desde esta perspectiva de rechazo, no se atiende a virtudes o elementos positivos, ya que cualquier nuevo proyecto del “hermano pequeño de Ridley va a ser tildado de producto que propugna la abrasiva estética para enmendar sus múltiples vacíos. En parte, no es del todo falsa esta última afirmación; en el cine de Tony Scott prevalece la forma por encima del fondo, pero no es óbice para enfatizar sus valores.
A lo largo de su carrera, Scott ha marcado un estereotipo de cine personal y furibundo que, más allá de la aparente insipidez de su grafía visual, es todo un paradigma de honestidad hacia el cine de acción del que nunca se ha separado. Y ya se sabe que la crítica sesuda y un género que vive del montaje, los efectos, las explosiones y persecuciones nunca han obedecido a la sensatez y la objetividad, a excepción, por supuesto, del nombre de Michael Mann, mucho más comedido y clasicista a la hora de abordar sus películas de género.
Por eso, cuando uno asiste a ‘Asalto al tren Pelham 123’ no se lleva a engaño. El filme se define por llevar el sello de marca que define el cine de Tony Scott. Es decir, una nueva ración de visualidad, casi vulgarizada, con gran parte del apabullante ‘modus operandi’ que deviene en mezcla de formatos, escupiendo virulentamente imágenes de un modo casi estroboscópico. Aunque aquí esté más contenido que en sus últimas aportaciones fílmicas (sobre todo en esa locura infame que fue ‘Domino’). En esta ocasión lo hace actualizando la novela de John Godey que en los años 70 adaptó Joseph Sargent con Walter Matthau tratando de detener el secuestro de un vagón de metro por parte del clásico Robert Shaw.
Han sido sustituidos, tres décadas más tarde, por Denzel Washington y John Travolta en un contexto similar, en una situación llevada al extremo, en la que es necesario buscar soluciones con un tiempo muy limitado. Ubicados en la cosmopolita Nueva York, un grupo de delincuentes asaltan un vagón de metro con el propósito de pedir un jugoso rescate por los rehenes ante las invectivas de un rutinario controlador del metro que intentará frenar el plan criminal.
La nueva versión de ‘Asalto al tren Pelham 123’ entra a matar, con una secuencia directa y precisa que no se detiene a dilucidar sobre situaciones y personajes. El filme comienza con un enloquecido montaje del asalto al vagón de metro, con violencia y celeridad, sin paliativos para el sosiego. Se profetiza, desde ese vertiginoso inicio en el que abundan los rasgos característicos de Scott, una película que seguirá los cauces visuales y narrativos de la casa. Pero con alguna salvedad. Las películas de Tony Scott nunca se han definido por la hondura de sus personajes. Eso está claro. Sin embargo, es reseñable que la acción se circunscriba, en la gran totalidad del metraje, en describir la pugna dialéctica y pulso psicológico entre sus dos interlocutores protagonistas: Walter Garber y el malvado Ryder. Sorprende la intención por parte de Scott de dotar de grosor dramático y humano a sus personajes, dejándoles ir componiendo lentamente sus posturas mediante toques íntimos en la narración. No obstante, la profundidad que alcanzan no deja de ser endémica y se somete a la jerarquía de la acción y los giros propios del género, pero es cierto que se arraiga a un cierto residuo dramático apreciable en un cine de colérico y expeditivo.
De este modo, hay espacios para los dilemas éticos que se van desmenuzando en las sesiones de diálogos que van indagando poco a poco en la corrupción y falsedad que rodean a los personajes. El sarcasmo y perspicacia del filme de Sargent (con la que, evidentemente, como todos los ‘remakes’, no aguanta una comparación con su versión actualizada) se ha sustituido por una doble moralidad de los personajes, bien sea en el honorable y rústico controlador ferroviario que busca la redención por culpa de un soborno aceptado en el pasado para mantener el bienestar de su familia, como en el villano, que es un ex corredor de bolsa encrespado contra la sociedad moderna que especula sobre el valor de cada uno de sus rehenes o también en un alcalde (James Gandolfini) que superpone su bienestar en función de su popularidad a la labor de gobierno.
También existe una gran diferencia y moderniza (y a la vez resta la eficacia original de la novela) esta nueva versión. Se trata de la inserción excesiva de la tecnología dentro del sistema de información global que consume el mundo, de la simultaneidad esencial de la era de Internet y las nuevas tecnologías, con todo tipo de redes y ‘webcams’ imposibles como las de ese joven que va captando lo que sucede en el interior del vagón y que desemboca en una hilarante y absurda declaración de amor de rotunda incoherencia. Pero esto, así como algún que otro diálogo fuera de lugar por su simpleza, no es culpa de Scott, si no de Brian Helgeland, el mismo guionista de ‘L.A. Confidential’ o ‘Mystic River’.
Pese a sus menoscabos, la historia avanza con gran facilidad, sin llegar a resultar molesta en ningún instante ni perder el pulso poco más de hora y media de metraje. Scott sabe construir visualmente la claustrofobia de los vagones, la tensión entre un siempre genial Denzel Washington (que repite enésimo su papel de héroe anónimo comprometido con la situación) y un desbocado e histriónico Travolta en su salsa de villano pasado de rosca. Nadie va a negarle hoy en día a Tony Scott que es uno de los mejores y más valedores cineastas del género. Lo que sucede en ‘Asalto al tren Pelham 123’ es que conducta y praxis desenfrenada en lo sensitivo, en el juego fragmentado característico de Scott, no le viene muy bien a esa colisión dialéctica entre Washington y Travolta, ya que se desequilibra a la hora de ir abriendo la narración en intensidad, cayendo paulatinamente en una falta de ritmo, precisamente porque no se llega con coherencia a un nivel de intensidad suficiente como para que el clímax sea eficiente.
Por eso, aunque el desenlace sea más trepidante, más típico y más propio del cine de acción que su original, deja la sensación de excesivo convencionalismo en el cómputo global de una película con más virtudes que defectos. Eso sí, no es que esta última demostración de pericia de Scott sea uno de sus mejores trabajos. ‘Asalto al tren Pelham 123’ es una obra entretenida, sin alardes pretenciosos más allá de los conocidos y habituales en el cine de su director. Una superproducción estiva y modélica sin ningún tipo de culpabilidad por su condición de ‘blockbuster’. Cine comercial en estado puro.
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 12:17 |


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