jueves, 16 de julio de 2009

El odio y la espera

Ayer por la mañana aproveché mi asumida vida de entropía y desorganización, para involucrarme en el mundo real una vez más. Primero, yendo a las oficinas del INEM, que en Castilla y León ahora se llama ECyL, como si fuera más sofisticado y moderno. Después, a renovar el D.N.I., la matrícula y número asignado para diferenciar a un individuo de la masa gris con la que uno se cruza a diario por la calle o espera las largas colas en ambas oficinas. Es curioso observar los rostros de la gente en estas mañanas de verano anodinas, de personas como yo, sin empleo, que asumen sus desengaños y decepciones esperando que le sellen un papel trimestralmente sin esperanza para una escapatoria real a sus problemas. El olor a sudor, el aroma a perfume, incluso a vino, crea una extraña miscelánea cuando se articula a la sensación de desánimo por parte de la concurrencia.
Es como una distopía que hermana a un grupo de desafortunados esperando su turno para recibir la aprobación y consentimiento de un mes más de mínima paga estatal, amenazada siempre por el temor de no llegar a tiempo, por pasarse de los límites establecidos, de que sea el último mes. Hay gente que pide con antelación el citado sello porque asegura que tiene que irse de vacaciones y no puede asistir el día señalado. Una mueca de ironía se deja ver en varias personas de la cola, puesto que es algo ilógico cuando se presume que el arduo panorama laboral está intrincándose a medida que pasa el tiempo como para tomarse unos días de asueto fuera de la ciudad. Otros, resignados, entregan el papel en silencio, reflexionando en diversos temas relacionados o no con el asunto.
Somos rostros apagados, desapacibles, que se van encendiendo hacia la furia cuanto más espera n, cuanto más calor hace. Las largas colas involuntarias reúnen bajo su estructura grandes dosis de odio. Tampoco es muy diferente en la cola para renovar el D.N.I. o pasaporte.
La inutilidad institucional ha creado un nuevo concepto internauta en una web paupérrima. Lo dan en llamar “Conexión al Sistema de Cita Previa”, donde cualquier usuario puede elegir la hora a la que asistir para ahorrarse la eterna espera. Sin embargo, algo falla, porque las colas siguen siendo eternas e inacabables. El sopor se acumula sin aire acondicionado. Las mujeres se abanican acaloradas por el clima, pero poco a poco, lo hacen porque el ambiente se enrarece, se llena de una aversión insostenible por la dilación, por el alargamiento insultante de esos “pocos minutos” que reza el cartel de las supuestas novedades informáticas que la Policía ha puesto al servicio del ciudadano, pero que no surgen efecto. El concepto “en el acto” no tiene cabida en esta mejora. Hasta que una señora de pelo mal teñido estalla y arremete contra un agente del orden barrigón y con bigote al que uno imagina resentido con la antojadiza jerarquía que le ha arrojado a una rutina de nombres y papeles, de explicaciones y reproches. Seguro que le gustaría estar poniendo multas, patrullando la ciudad, cortando alguna calle como parte de organización de alguna fiesta de barrio o simplemente delante de un ordenador, sin hacer nada.
El veterano policía se encara con la mujer y le recrimina su actitud beligerante. Ella insiste en el mal funcionamiento del sistema. El hombre es tajante: “Siguiente”, grita enojado. “Miguel Ángel Re… Ref”. Antes de que pueda acabar, porque el pobre hombre se ha liado con un apellido que no es ni García, ni Martínez, ni Gómez… -no puedo pedir más, es policía-, me apresuro a decir: “Soy yo…”. Lo hago con energía y sarcasmo, divirtiéndome con la situación, disfrutando con la hostilidad colectiva que se respira. Y paso ante la mirada de animadversión de ambos, con un simpático giño que no parece hacerles mucha gracia; ni al policía, que lleva una 9 mm. en la cartuchera, ni a la señora, a la que descubro una cara bastante patética con gesto de resquemor. Una vez tramitado el documento, de abonar los 10 euros por la renovación, de esperar durante una hora en cada uno de los sitios y de zanjar tanta burocracia, abandono la comisaría habiendo experimentado otra de esas sensaciones de realidad asfixiante. Unos metros más allá, vuelvo a la burbuja de entelequia que supone entrar en un bar, beber una cerveza y comer un pincho moruno. Es decir, desconectar del mundo.