lunes, 29 de junio de 2009

Review 'Los mundos de Coraline (Coraline)'

El clasicismo contra las nuevas técnicas de animación
Henry Selick ofrece un espectáculo que mezcla fábula y terror desplegando sus detallistas fotogramas que vinculan la realidad con la fantasía y el miedo infantil potenciado con la revolucionaria estereoscopia 3D.
Cuando Henry Selick dirigió ‘Pesadilla antes de Navidad’ dejó claro que, a pesar de que el filme de animación tenía todas las particularidades del cine de su productor Tim Burton, era el realizador idóneo para amoldar el universo del director de ‘Eduardo Manostijeras’ a ese difícil concierto de terror, vulnerabilidad y emoción del lado oscuro y fabulesco llevado con un estilo visual e iconografía dignas de un gran autor y artesano. Han tenido que pasar dieciséis años para que Selick haya concebido otra maravillosa experiencia dentro del ‘stop motion’ con ‘Coraline’. En el camino, quedaron la apreciable ‘James y el melocotón gigante’ y la extraña y colorista ‘Monkeybone’, su único filme alejado de la animación.
Pero también se ha dado la revolución digital que ha irrumpido con tal fuerza dentro cine de animación tradicional que ha sido devorada por la animación en tres dimensiones. Selick ha contado para su regreso con la novela de Neil Gaiman, uno de los genios creadores más fascinantes que existe hoy en día en el mundo de la cultura. Su aproximación a la psicología infantil y sus miedos se dan cita en ‘Coraline’, haciendo que el cine y literatura se inviertan para recrear un mundo mágico donde se ensamblan el terror y el suspense dirigido a un público infantil tomado con seriedad, definiendo con ello las dos tradiciones cinematográficas.
Selick es consciente de las desventajas de una producción de ‘stop motion’ en la era del píxel, pero aún así ‘Coraline’ es la primera película de animación de esta condición concebida y rodada en estereoscopia 3D, algo que los espectadores no han visto antes. Independientemente del formato, la obra de Selick, en conexión con Gaiman, es la demostración de que el despliegue de calidad no depende tanto de la perfección informática, sino del empeño e ímpetu, de la extraordinaria historia que hay detrás. Selick ha sabido conservar toda la esencia del original y además combinar la raigambre con la innovación a la hora de abordar algunos cambios sustanciales con respecto a la obra de Gaiman.
Coraline es una niña que pasa los días encerrada en su nueva casa, una mansión de centenaria. Sus padres trabajan y no le prestan demasiada atención. Haciendo una lista de cosas que no le gustan de la casa encuentra una puerta que la llevará a través de un túnel a otra casa idéntica a la suya donde viven unos padres mucho más divertidos que los suyos en un mundo de color y alegría que atraen a la pequeña una y otra vez. Obviamente, todo es pura apariencia y Coraline entrará en un universo de peligros y pesadillas. La fantasía y el cuento infantil es un subterfugio para exponer ideas sobre la cruda realidad que nos rodea, ya que el filme, dentro de su transcripción fantástica, explora problemas inalterables en cualquier sociedad moderna, como la incomunicación de los padres con sus hijos y la necesidad de afecto de una niña con déficit de atención que únicamente quiere algo de emoción en su vida gris.
En ‘Coraline’ las falsas apariencias son importantes y la perfección es solo una ilusión detrás de una oscura pesadilla, no sólo en esa materialización del mundo mágico sino en el propio personaje de la pequeña, en las decisiones que la llevan a aceptar su mundo tal y como es, que acontece por un instinto de auto preservación y nunca en la victoria de la integridad sobre la turbiedad del mal. Selick y Gaiman saben escapar a las limitaciones del género en que se inscribe, yendo más allá de los convencionalismos y estereotipos del cine de animación e infantil, porque ‘Coraline’ se encamina por momentos al relato de terror, a la lobreguez siniestra que evocan sus imágenes y la narración pesimista, respetando el humanismo y la capacidad reflexiva que va adquiriendo el cuento.
En este sentido, es perceptible cierto espíritu de Tim Burton y sus influencias reconocibles como Edward Gorey y Lewis Carroll, en sutil combinación de la inocencia y la perversidad, inspirada en una dualidad de mundos análogos, oscuro reverso de la candidez de aquellos universos fantásticos que son puestos como pretexto para transmitir todo tipo de valores y didactismo.
A Selick no le da miedo encomendarse a la tradición para que su fábula acontezca como el clásico que está destinado a ser para componer un auténtico festival de emociones, con una personalidad propia y desbordante que se despliegan en cada fotograma y conferir un dinamismo estético al artesanal sistema de animación que somete al escrutinio del clasicismo y las nuevas técnicas de animación. ‘Coraline’ posee un sentido del ritmo fastuoso, dejando a su vez que las insinuantes imágenes que vinculan la realidad con el miedo infantil vayan en medida simetría con la lógica interna del relato. Selick combina nigromancia, ternura y crueldad con un tono de poesía visual totalmente quimérico, de belleza caleidoscópica, con un gusto por el detalle que vincula la película a la mejor prosapia pictórica en la forma en que se muestran los mundos en los que se mueve la pequeña Coraline.
El excéntrico artesano logra con ello una atmósfera opresiva e inquietante que refuerza la idea de la ‘Koumpounophobia’, término ideado por Neil Gaiman para definir el terror a los botones y contraponerlo a esos estrafalarios vecinos que son las viejas Miss Spink y Miss Forcible, el circense Mister Bobinsky o su amigo Wybie Lovat, conexiones con un mundo real filtrado por la imperfección que hace posible ese equilibrio formal y visualmente prodigioso puntualizado en su eficaz conjunto escénico. Inteligente, evocadora y dotada de mágica simbología y multiplicidad de lecturas, ‘Coraline’ es una de las más demoledoras reflexiones sobre el mundo infantil y sus fantasmas. Una obra redonda que alcanza unas cotas de esteticismo y entretenimiento que la hacen destacar como uno de los títulos más portentosos del año.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
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