domingo, junio 07, 2009
Agnosticismo independiente y de periferia
El filme de Mark Wellington es un autocomplaciente drama con toques cómicos que enfrenta la incredulidad pesimista a la necesidad de la Fe y la creencia sobrenatural.
A priori, una película como ‘El milagro de Henry Poole’ debería ser una sugerente fábula visual de gran empaque debido, en gran parte, a la pericia de un cineasta como Mark Pellington, curtido en el mundo del ‘videoclip’ (Pearl Jam, Alice in Chains, Nine Inch Nails, Foo Fighters, U2 o Bruce Springsteen) y realizador de dos pequeñas obras suficientemente significativas como son ‘Arlington Road’ o ‘Mothman: La última profecía’. En éste aspecto, su último trabajo no deja de ser en apariencia interesante, puesto que a pesar de recurrir a los estilemas del cine ‘indie’ y de la depreciación de medios respecto a sus anteriores filmes, ‘El milagro de Henry Poole’ se autoinscribe en la popularización de una tipología fílmica que, sin embargo, revela sus verdaderas intenciones esquematizas de condescendencia con respecto al público más benevolente.
La historia va de un personaje bucólico y triste, deprimido porque ha conocido la noticia de una extraña enfermedad terminal que le deja pocas semanas de vida. Destrozado, alquila una de las casas anexas a su hogar suburbial de infancia donde las cosas tampoco fueron muy bien. En vez de encontrar la calma y la tranquilidad del último lapso de vida, la cosa cambia cuando una entrometida vecina descubre la plasmación del rostro de Jesucristo sobre una de sus paredes exteriores y descubre que es capaz de obrar milagros a aquéllos que lo necesiten y crean fervientemente. Se trata de otra aleccionadora (y no menos previsible) entelequia católica que enfrenta la incredulidad y el racionalismo pesimista a la necesidad de la Fe y la creencia sobrenatural.
Desde una posición más cercana al agnoticismo de Huxley que al ateísmo radical, Pellington y el debutante guionista Albert Serra brindan con estos dispositivos místicos una reflexión más o menos de manual sobre la vida y la muerte, de la lasitud de la existencia, que circunvala en todo momento el formulismo cursi con una visión más o menos encubierta acerca de la religión cristiana. Poole responde a la incognoscibilidad de toda supuesta realidad trascendente o absoluta puesto en contra de la tolerancia con la convicción pasional de cuantos le rodean.
Menos mal que dentro de este drama mustio con algún toque de comedia estrambótica hay algún riesgo de interés, como la total desinformación que se tiene de todos sus personajes, un efecto que refuerza el laconismo melancólico y que se aleja con cierta facilidad del sentimentalismo lacrimógeno de fáciles resultados. Aún así, es una pena que ‘El milagro de Henry Poole’ deje con demasiada facilidad que la superficialidad de su punto de inflexión mística postergue todo el entramado dramático que la envuelve. Y eso hace que, por ejemplo, se echen de menos momentos como la carrera de Poole por las enormes acequias hasta llegar al lugar donde, en una infancia marcada por la desunión familiar, escribió su nombre dejando constancia de su presencia. Parece que es más importante potenciar el esqueleto metafísico y contemplativo de esa enfermedad y negación ante los evidentes efectos milagrosos de la imagen de Cristo en la pared para, de paso, esteriotipar la creencia cristina carente de circunspección.
La totalidad de su solución dramática gira en torno a los conceptos de indulgencia y devoción ortodoxa, puesto que todos los personajes próximos al protagonista se unifican en símbolos positivos para el acercamiento a cierto optimismo católico. De esta forma, su vecina mexicana se llama Esperanza, una cajera de supermercado con la que entabla conversaciones trascendentales sobre textos de Noah Chomsky y que recupera la vista al tocar el rostro de la pared es llamada Patience (“paciencia”) o la atractiva vecina divorciada atiende al nombre de Dawn (“amanecer”). Quedan trazos de objetivos incumplidos, de camino iniciados que se quedan en un simulacro de mezcla de géneros sin mucho acierto.
Henry Poole podía haber sido un cascarrabias agotado por la soledad y el desamparo que sólo quiere que le dejen morir en paz sin atender a casualidades y personajes esperpénticos, pero entra demasiado pronto en el juego de bondades, enmiendas morales y terapéuticas que desembocan en la consecuente búsqueda de una felicidad conclusiva que atosiga con su empacho extático y romántico y desluce cualquier variación que, por otro lado, aquí es inexistente. Un drama amable, de meliflua banda sonora que se abastece de convencionalismos mantenidos en la constante mueca de sufrimiento lacónico de un Luke Wilson bastante insubstancial al que las actrices secundarias son capaces de arrebatarle el protagonismo cuando comparten plano con el cómico de rostro nostálgico y taciturno; desde las eficaces Radha Mitchell y Adriana Barraza hasta la pequeña niña Morgan Lily.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009

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