lunes, junio 01, 2009
Algo de masoquismo cinematográfico
Aunque supera en calidad a su antecesora, la cinta de Ron Howard es un gran juego de despistes que utiliza burdas argucias argumentales disfrazas de efervescencia y acción siguiendo los preceptos literarios del inefable Dan Brown.
Tanto la adaptación de ‘El Código Da Vinci’ como su secuela/precuela de descarada conveniencia explotadora ‘Ángeles y demonios’ tienen origen en el término ‘mainstream’, el producto que se acepta mayoritariamente en una sociedad sometida a la imposición de las modas. Dan Brown y su literatura son uno de los muchos ejemplos de esta habitual corriente que tiene como objetivo obtener un ostentoso beneficio económico con cualquier producto de entretenimiento (bien sean libros, programas de televisión, películas…). Por supuesto, si hay gente que ha leído con cierta facilidad de manipulación colectiva los ‘best sellers’ y las aventuras del profesor de simbología religiosa Robert Langdon, las adaptaciones a la gran pantalla no podían hacerse esperar.
En 2006, Ron Howard fue el encargado de darle forma visual al texto de Brown. El resultado fue ciertamente lamentable, pero la maquinaria de promoción que precedió al filme protagonizado por Tom Hanks dejó clara la intención de los productores, la respuesta del público y el éxito de la cinta. ‘El Código Da Vinci’ al utilizar sus supuestas alusiones negativas a ciertos estamentos de la Iglesia y de la secta Opus Dei como cebo produjo airadas protestas por parte de los católicos más intransigentes y ultraconservadores. Parece ser que el mismo guión se ha llevado a rajatabla con esta secuela que, paradójicamente y sobre el papel, es anterior a aquélla.
‘Ángeles y Demonios’ buscó antes de su estreno mundial en Roma un choque frontal con el ideario moral de las altas esferas vaticanas que no concedieron al equipo ninguna autorización para grabar en la Santa Sede y en ningún escenario de su propiedad. Además, el obispo Antonio Rosario Mennonna pidió la prohibición de la película por considerarla peligrosa para el estado psicofísico de los menores ¿Qué es todo esto? Otra provocación que trae como consecuencia un efecto de interés y polémica previa para la promoción de una superproducción de este calibre.
‘Ángeles y demonios’ es más de lo mismo, una trama policíaca a modo de inquietante ‘thriller’, conexiones políticas y religiosas, personajes estereotipados, conatos de trascendencia filosófica y una grafía plana y diligente. Aquí se olvida el descubrimiento de aquel Santo Grial reconvertido bajo el nombre oculto de María Magdalena y las Cruzadas como hordas de mercenarios en busca de la destrucción de la enigmática verdad sobre ésta que tenía lugar en ‘El Código Da Vinci’ para volver a los desaguisados de acción, aventuras y transcripciones de claves veladas. Por supuesto, se recupera la figura del profesor Langdom, que comienza a revelar evidencias del resurgimiento de una secreta y antigua hermandad conocida como los Illuminati, la organización clandestina más poderosa de la Historia que encuentra la excusa perfecta para acabar con el Vaticano con una cápsula de antimateria robada del CERN (Centro Europeo para la Investigación Nuclear). En su hazaña, Langdom también deberá enfrentarse a su enemigo más ferviente: la Iglesia Católica, que en esta ocasión ve secuestrados a los cuatro eclesiásticos que pueden llegar a ser el próximo Papa.
El filme de Ron Howard, que repite como director después del previsible éxito de ‘El Código Da Vinci’, se ciñe al gran juego de la Oca de Dan Brown, que convida al espectador a moverse entre burdas argucias argumentales disfrazas de efervescencia y acción, siguiendo los preceptos literarios del inefable autor. Tanto Howard como Brown se han caracterizado en sus carreras por ser dos prestidigitadores que utilizan ciertos toques de falsa innovación para volcar toda una farsa de engaños, giros narrativos y nula coherencia con avidez de provocación. En ‘Ángeles y demonios’ nada cambia con respecto a su predecesora, puesto que en la deshonesta miscelánea de ingredientes se entremezcla la religión y la ciencia se entremezcla el sentido del humor sin gracia, la truculencia de escaparate y los diálogos de gran estulticia en boca de personajes abstraídos por una linealidad sistémica. Sin embargo, estamos ante una gran adaptación cinematográfica. David Koepp y el siempre errónero Akiva Goldsman transcriben con milimétrica fidelidad el libro de Brown, calcando su progreso enfocado exclusivamente al énfasis por los requiebros, por la sorpresa y la narración rupturista que se acaba descomponiendo entre tanta ramplonería.
Por eso, no hay que negarles a ambos guionistas la profesionalidad con la que ha adaptado la novela. Lo ha hecho tan bien, que el resultado es el mismo que el del libro multiventas; la chapucera grafía, el lenguaje plano, el bochornoso tempo y un desastroso desarrollo que mantiene el interés, pero que termina su desequilibrado laberinto con un final de gran absurdo, de pirueta argumental desdibujada por el desatino con el que han ido fructificándose todo tipo de improbabilidades y estupideces históricas sin ningún fundamento, utilizadas únicamente para ir creando situaciones a cada cual más inconsecuente. Sorpresas, al fin y al cabo, que violentan la credulidad, entrando en el terreno del ultraje a la inteligencia del espectador.
No obstante, hay que agradecerle a Ron Howard el ímpetu de mejora. ‘Ángeles y demonios’, pese a ser un funesto producto, es mejor que su predecesora. El cineasta de medianía artística, después de haber parido la más que apreciable ‘Frost contra Nixon’, una de sus mejores películas junto a salvedades como ‘The paper’, ha vuelto a dejar la inspiración formal en casa para arrojar otro de esos mojones cinematográficos a los que es tan dado el que fuera ex niño prodigio actor que se ha quedado calvo y sin ideas como realizador. ‘Ángeles y demonios’ es así un película muy visual y preciosista, bastante digna en lo que a imaginería sensorial se refiere, podríamos decir que incluso atractiva en sus propuestas iniciales, pero insufrible en sus resultados. Se podría equiparar metafóricamente a confrontar al espectador a ver el exterior de una lujosa suite de hotel de categoría especial que escondiera montones de bolsas con desperdicios de algún enfermo con Síndrome de Diógenes en su interior.
Se trata, básicamente, de una superproducción de agiotaje económico, de estudiada obcecación para atraer a un público que disfruta sólo porque se ha leído los libros de Brown y les gusta Tom Hanks interpretando a Langdom. Pero en el fondo, es un ‘thriller’ superficial, tópico, que no desmerece en cuanto a filme de entretenimiento porque, básicamente, Ron Howard ha dejado a un lado su compromiso con la historia y se limita a ejercer de síndico del universo de mediocridad del literato Brown. Una mercancía suntuosa, que lleva consigo un movimiento geográfico de curioso turismo implícito, pero que aburre con su simbología desatinada, su innecesaria impresionabilidad, su ominosa música a cargo de un fallido Hans Zimmer y un apego por el artificioso formulismo que no son más que otro ejemplo de masoquismo cinematográfico.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009
PRÓXIMA REVIEW: 'The International', de Tom Tykwer.
Engendrado por MIGUEL Á. REFOYO ‘REFO’ a las 12:03 |


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