miércoles, 20 de mayo de 2009

Los alegres recuerdos en el fallecimiento de mi abuela Mercedes

“No hay alegría más alegre que el prólogo de la alegría. Hay que defender la alegría como un derecho, defenderla de Dios y del invierno, de las mayúsculas y de la muerte, de los apellidos y las lástimas, del azar… y también de la alegría”.

Son palabras de Mario Benedetti, pero este texto no trata de la reciente desaparición del poeta uruguayo, ni de su autoridad poética o uniformidad de la pertenencia a un estatus de colosal bardo que supo entender la humanidad y cercanía literaria desde la emoción y el sentimiento hacia el lector. La palabra alegría es lo que acerca a un suceso mucho más subjetivo y personal que se ha producido en estos días de ausencia obligada. El pasado viernes se produjo la muerte de Mercedes Orozco, mi abuela materna. Un triste acontecimiento que simboliza la pérdida irrecuperable en nuestras vidas de ésa alegría que siempre supo desprender sin aparente dificultad, del sentido del humor entusiasta, de la esperanza positiva, de la animación desenfadada y la inocencia con la que supo vivir y disfrutar de las pequeñas cosas que la hacían feliz; un simple abanico, un beso en la mejilla, una mirada cómplice, hacer cojines, los Bitter Kas, los helados de cono, un pasodoble bien bailado con mi abuelo, una larga siesta después de comer, mirar plácidamente el mar desde alguna terraza de Salou, cualquier plato de cocina tradicional disfrutado como si fuera una ‘delicatessen’, así como regar sus plantas para deleitarse con todas aquellas flores que hicieron durante muchos años que el balcón de su casa pareciera poco menos que una selva exótica. En resumen, mi abuela adoraba la sencillez de la vida y supo reconocer la felicidad en los pequeños resquicios de un optimismo accesible y en la alegría del día a día.
Atrás quedan tantos y tantos veranos de infancia en Reus, Tarragona, donde se acumulan los recuerdos de esa familia unida desde la distancia, los momentos de nostalgia solaz, de confluencia con la algaraza, con el guiño copartícipe de la ahora añorada abuela Mercedes. Todo ello rememora su esencia en la placidez con la que asumió su vida. Ni siquiera hace años, cuando el cruel Alzheimer fue mermando sus capacidades, renunció a la esperanza, a ésa alegría que formó parte de ella y nunca la abandonó. Supo contagiar con despreocupación el sosiego vital que se hace ineludible a la hora de recordarla en los amargos y tristes momentos de duelo. Desde un prisma particular, siempre la recordaré como aquélla mujer oronda, de belleza eterna y mirada afectiva que, siendo pequeño, me achuchaba en su regazo y me decía “quiéreme mucho, pero ahora”. Es el mejor ejemplo de su filosofía tranquilizadora, del ‘carpe diem’, aprovechar la vida como una oportunidad de ofrecer lo mejor de uno mismo, sin miedo a sentir o a amar, tampoco a tener miedo, pero siempre en busca del lado positivo de las cosas.
Obviamente ha sido una semana de emociones fuertes, de tristeza y de luto. Sin embargo, también se han dado entre la familia materna momentos de hilaridad, de historias narradas con humor, de chistes y recuerdos que han levantado la sonrisa. Hemos compartido lágrimas y sentimientos, pero también risas y carcajadas. Es el mejor homenaje que se le podía hacer a una mujer que se ha reservado un lugar de privilegio en los corazones de sus seres queridos por la capacidad con la que supo transmitir el júbilo con el que hay que vivir. Como suele ser habitual en estos casos fúnebres, estos recuerdos sentimentales de bondad son los que hacen que aquél que se ha ido permanezca eterno e inmortal. Y así será. Quiero pensar en los momentos que pasé con ella como ejemplos de serenidad inagotable, teniendo presente su disposición a catequizar la alegría con una eterna sonrisa a los problemas de la vida. Pero hay algo que tengo que agradecerle de una forma trascendental, y es la grata herencia del humor en cualquiera de sus aristas, así como las ganas de vivir, de disfrutar de la fiesta como escape funcional a los empequeñidos dramas que nos montamos por hechos de nimia importancia.
Abuela Mercedes, sé que te gustaría haberlo oído más menudo, pero sabes que no te querré ahora, que te querré siempre y que nunca olvidaré esa alegría que supiste transmitir a todo aquel que te rodeó. Sé que descansarás en paz, como a ti te gustaba. En el sosiego y el cariño que te hizo tan entrañable.