jueves, 2 de abril de 2009

Review 'A Ciegas (Blindness)'

Distopía, ceguera y deshumanización
Meirelles adapta el texto de Saramago dejando a un lado la introspección individual de los personajes y objetivando la esencia milenarista para caer, sin embargo, en un inconsecuente conservadurismo esperanzador.
Publicada en 1995 por el escritor portugués José Saramago, ‘Ensayo sobre la ceguera’ supone su mejor y más aclamada obra junto a ‘Todos los nombres’ o ‘La Cueva’. En ella, una extraña epidemia de ceguera se extiende entre la población. En un principio se piensa que la llamada “ceguera blanca” es contagiosa, por lo que las víctimas son recluidas y sometidas a cuarentena en un pabellón psiquiátrico abandonado. Dentro de este siniestro espacio, existe una mujer que finge su ceguera para acompañar a su marido. Con esta propuesta que podría definirse como ‘ciencia ficción’ realista, Saramago aporta una perspectiva sombría y bastante pesimista sobre la humanidad para ofrecer una reflexión y parábola acerca de la sociedad actual, trascendiendo así el significado de ceguera y definiendo al ser humano abandonado al nihilismo extremo y los más bajos instintos cuando la realidad le pone en lucha por su supervivencia.
Llevar a la pantalla el texto, expuesto sobre el papel con densidad, sin puntuación, asfixiante en sus descripciones y sin identificar los diálogos dentro del texto, amén de los simbolismos, reflexiones y análisis del autor, no es una labor de fácil traslación. Su contenido desposeído de una grafía reconocible, densidad expositiva y subjetiva hacen ardua la traducción a imágenes. Dadas tales limitaciones, el director brasileño Fernando Meirelles ha optado en ‘A ciegas’ por dejar a un lado la introspección individual de los personajes y objetivar la esencia milenarista de corte opresivamente sociológico, delimitando los roles a la tragedia y el caos y no viceversa, lo que hace que la película se entregue al espectador de una forma más explícita y carente del sutil sofisma que el texto literario.
El guionista Don McKellar ha tratado de acercarse con fidelidad al texto de Saramago, sin perder la alegoría sociopolítica y dándole la oportunidad a Meirelles de encontrar una expresión cinematográfica cercana a su estilo narrativo elegantemente sofisticado, complejo y muy dinámico. Para eso, Meirelles es un excelente creador de contextos, de imágenes inquietantes, de malsano ambiente creado por medio de sus medidos encuadres que consiguen expresar metafóricamente la sensación de ceguera y malestar que sufren los afectados por la pandemia. Sin embargo, cae con reiteración en el exceso de fogonazos de luces níveas y de juegos constantes con el desenfoque, que frenando la descripción con tanto ‘shock visual’ de los que padecen la ceguera. No es necesario enfatizar la utilización del juego de lentes, ya que el filme se muestra mucho más férreo en su finalidad de angustia desde la perspectiva objetiva, con el asiático que pierde la vista en su inicio, la desesperación de ese ladrón de coches que es repudiado por su ex mujer o el pánico desatado por la prostituta de gafas oscuras e incluso el despertar del oftalmólogo ciego. Y lo hace jugando con los reflejos de cristales o los cielos blancos que producen un efecto estético mucho más perturbador que tanto efecto de postproducción.
A tenor de lo que suscita el texto de Saramago y las imágenes de Meirelles, ‘A ciegas’ podría equipararse a esas fascinantes películas de John Carpenter caracterizadas por un grupo de personas encerradas en un área circunscrita a la desesperación que desencadena el odio y el enfrentamiento. Se sitúa así en un relato sobre la deshumanización del hombre, que deja de ser una unidad racional para ir perdiendo la moral, el orden y los valores cuando son hostigados por el instinto de supervivencia que desencadenan los impulsos más primitivos, ya no como arma de defensa, si no como un abuso de albedrío desprovisto de cualquier ética y humanidad. En un escenario distópico infectado de nihilismo, ‘A ciegas’ propone su pesadilla entre el éter catastrofista y el empeño realista, manifestados a la hora de fabular con una sociedad está contagiada por el egoísmo y la crueldad que devienen en la ruptura de la fragilidad con la que se rompen los esquemas establecidos.
Cuando la sociedad pierde su sentido de democracia, lo fácil es dejarse llevar por la podredumbre moral. En este terreno de degradación es donde se enfrentan y convergen las ideas más interesantes del texto y del filme; primero, en la jerarquía despótica de los miembros del sector 3, liderados por un “rey” que impone la ley del más fuerte, sin dudar en utilizar una bajeza indigna a la hora de cobrar por la comida a repartir en la destartalada institución. Segundo, frente a ese individualismo, existe la más humanista visión de los protagonistas, que acatan el encierro basándose en la dignidad y el altruismo, sometidos a las exigencias de los infames que han impuesto su autoridad. Sin embargo, ellos también sucumben a la ceguera colectiva, puesto que los hombres dejan que las mujeres sean violadas sin oponerse a las imposiciones y la mujer del doctor desata la venganza como respuesta a esas vejaciones, demostrando un grado de responsabilidad moral pero igual de salvaje en su lucha particular con la avaricia y la crueldad.
Es una pena, que en su tramo final Meirelles caiga en el conservadurismo esperanzador, en la faceta moralista de un cuento aterrador. Si tanto él como su guionista hubieran seguido los conceptos más atroces del libro del Premio Nobel portugués, la reflexión sobre la maldad y la barbarie que impera en sus páginas no se dejaría llevar por ese formulismo especulativo que tanto mal le hace a esta adaptación cinematográfica. Si bien es cierto que la recreación de ese pabellón de ciegos en cuarentena y su paulatino deterioro a causa de la invidencia de los hombres y mujeres está descrita en imágenes con un acierto fuera de toda duda (tropiezan constantemente, desisten en recoger residuos, orinan y defecan por cualquier parte de los siniestros pasillos) y que ciertos momentos dejan una gélida sensación de desaliento, dentro de su cómputo global ‘A ciegas’ queda descompensada en sus propósitos de alegoría política, psicológica y existencialista. Y lo hace, fundamentalmente, porque Meirelles hace una lectura mucho más emocional que política o sociológica, como está presente en la obra de Saramago.
El realizador prefiere encauzar su película hacia unos derroteros apocalípticos más acordes con la comercialidad de Hollywood, con esa última media hora de imágenes en la gran orbe desierta, salpicada por grupúsculos de ciegos intentando sobrevivir bajo la basura de las calles, en antítesis a la actitud de la esposa del oftalmólogo, que construye una unidad familiar dentro de su propio hogar. Tampoco ayuda mucho esa desacertada inserción del ‘off’ de tediosa redundancia entre lo que el espectador está viendo y lo que esa omnisciente voz del personaje de Danny Glover va narrando. Afortunadamente, en el apartado interpretativo destaca otra demostración de capacidad dramática de la gran Juliane Moore, que sabe preconizar la grandeza de su personaje muy por encima de ‘partenaires’ como Mark Ruffalo, Alice Braga, un bochornoso Gael García Bernal o el propio guionista Don McKellar, cuyo personaje podría dar mucho más de sí en la historia.
‘A ciegas’ no es una mala película, ni mucho menos, pero adolece de regularidad, sobre todo en su obviedad a la hora de proponer un devenir alegórico más potente. El mundo está viviendo una situación de crisis colectiva idónea con respecto a los contenidos intencionales de la historia de Saramago, pero uno se queda con la sensación de que este apreciable filme se queda corto y algo rácano a la hora de transgredir en su discurso sobre la aterradora parábola de esta sociedad en la que vivimos que encierra lo más sublime y miserable de nosotros mismos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2009