martes, 7 de abril de 2009

Judd Apatow: de la sonrisa al bostezo

‘Superfumados (Pineapple Express)’ ha sido la gota que ha colmado el vaso. Mi punto y final a esa moda de comedia moderna establecida por el inefable Judd Apatow. Vale que sea el adalid de la “nueva comedia americana”, que le hayan colgado el cartel del heredero de John Hughes y que suponga que ha dinamitado las convenciones del género para reinventar sus tópicos. Me da igual que se haya formado junto a cómicos del ‘stand up’ tan míticos como David Spade, Allen Covert y Adam Sandler y que ahora mismo tenga el éxito que hubieran querido para sí gente como Kevin Smith o posteriormente Wes Anderson y Alexaner Payne. Ya está bien de darle vueltas a lo mismo, de narrar, ya sea como director o como guionista o productor, la eterna historia impregnada del sentimentalismo que maneja a la hora de indagar en las relaciones de amistad como punto en común de sus filmes, de la necesidad de madurar como paso necesario en la vida, dejando atrás la estupidez que representa el síndrome de Peter Pan que afecta a casi todos sus personajes.
Me parece perfecto que haya sabido conjugar la incorrección política con los convencionalismos de la comedia, ensamblando los mecanismos del género al servicio de historias con incuestionables planteamientos que se van apagando en su ensimismamiento por ir trascendiendo con cierta distinción, alargando lo que podría ser un eficiente ejemplo de cadencia cómica hasta el tedio insoportable que suele afectar al último tramo de sus historias. Apatow parece que mola por su excelente manejo de personajes que fluctúan entre la inmadurez y la aceptación de ése paso definitivo sin vuelta atrás, salpicando sus propuestas con una cierta crítica social que exterioriza grandes dosis de autoindulgencia y mengua la eficiencia que muchas veces se le imputa.
Reconozco que algunas de sus producciones tanto como director, las que menos, como en las que ejerce de guionista y productor, las que más, mantienen un sentido de aceptación naturalista del humor crudo y a la vez sentimental y llegan a resultar atractivas y encantadoras. Sin embargo, no sé por qué, pero la totalidad de ese inconfundible sello Apatow mantiene un constante deterioro; el argumento se va dilatando paulatinamente hasta revertir la comedia en soporífera reiteración inacabable. De la sonrisa al bostezo, ésa podría ser la mejor definición a esta raigambre que, por si fuera poco, ha logrado quemar rostros y talentos como los de Seth Rogen (que está hasta en la sopa), Jonah Hill, Bill Hader o su insufrible mujercita Leslie Mann.