martes, 24 de marzo de 2009

'Los viajes de Sullivan', obra maestra de humor y drama

Es inevitable no caer rendido ante la historia de esa obra maestra rodada en 1941 por el maestro Preston Sturges que es ‘Los Viajes de Sullivan’. La película arranca con un homenaje al cine, con el ancestral subgénero llamado ‘cine dentro del cine’, cuando tras una estridente acción de lucha sobre un ferrocarril deja sobreimpreso el mítico ‘The End…’ de los filmes clásicos. Tras ello, el director John L. Sullivan (magnífico Joel McCrea) discute con sus productores acerca de la posibilidad de dejar las comedias de éxito para retratar la realidad de lo que pasa en el mundo. Así, decide hacerse pasar por ‘homeless’ para experimentar las desavenencias de los más desfavorecidos y observar de primera mano las circunstancias que rodean a la gente que sufre ajena al oropel del cine.
En los prolegómenos de este experimento es cuando se da la secuencia más memorable de la cinta. Seguido en todo momento por una cohorte de ejecutivos, fotógrafos y secretarias se empecinan en seguirle a todas partes en un autobús de lujo, a Sullivan su estudio de metamorfosis se le hace imposible. El director se monta en un bólido ataviado de tanque conducido por un niño aspirante a ser piloto de tanques ligeros que conduce a toda hostia campo a través. Es cuando estalla la comedia apoteósica. Cuando, se desata el frenesí, una sucesión de ‘gags’ de descontrolada hilaridad física, típicos del ‘slapstick’ clásico, provocando que el acomodado séquito que les sigue empiece a padecer los efectos de la velocidad, con un montaje categórico, una persecución delineada con una sutilidad hipnótica y una comicidad de golpes, tropiezos y bandazos acelerados visualmente insuperables. Es el momento álgido de la función. Una de las mejores secuencias de comedia de la historia del cine. El cúlmen de la risa que, paulatinamente, se va diluyendo.
La comedia se va a transformar en un drama determinista. Después de encontrar a esa chica aspirante a actriz interpretada por la sugerente Veronica Lake a la que utiliza para reforzar su propio sarcasmo, Sullivan va descubriendo cómo su juego para sentir la verdad de los problemas del mundo real es mucho más difícil de lo que pensaba. Hay un instante del filme, después de dos tentativas en las que siempre acaba en Hollywood, en las que el hambre extrema hace regresar al acomodado realizador a su mansión, convirtiendo su hazaña en una impostura o capricho de artista visionario. Es un montaje sin diálogos, sólo apoyados en una sucesión de acontecimientos que son el día a día de los ‘sin techo’ bajo las melancólica partitura de Charles Bradshaw y Leo Shuken, cuando Sullivan descubre que dejar de comer unos días no significa pasar hambre. Sturges sabe manejar un guión redondo en los que utiliza ciertos soplos cómicos enlazados de forma perfecta con un sombrío pesimismo.
Sullivan, en un alarde de altruismo e idealismo, sale a repartir billetes de 5 dólares a todos aquellos pobres que ha ido conociendo, siendo el inicio de un viaje final al sufrimiento, cuando después de ser atacado por un indigente que acaba bajo un tren descrito por la codicia (no sólo de los ricos, también de los pobres), es encarcelado y obligado a realizar trabajos forzados. Es entonces cuando aprecia la verdadera angustia y el martirio que investigaba para su película, muy alejada de la superficialidad de esa entelequia circunstancial “a lo Capra que él buscaba. ‘Los viajes de Sullivan’ supone una montaña rusa de emociones. Una obra maestra clásica que se ha asemejado en incontable ocasiones a la obra de Jonathan Swift ‘Los viajes de Gulliver’, no sólo en su estructura de cuatro viajes, sino por tratarse de un periplo simbólico a la dureza de descubrirse a uno mismo, pero también de explorar la propia existencia humana.
Sturges, además, se permite una loa existencial al mundo del cine, a la comedia concretamente. Hay dos momentos que evidencian el contrapunto de la actitud de Sullivan hacia el público; en los primeros compases de su aventura, cuando entra a trabajar en una granja con dos viejas que esconden intenciones deshonestas, asiste a una proyección donde el público come todo tipo de ‘snacks’ que producen un efecto sonoro desagradable, mezclada con llantos de niños y diversos ruidos. Todo el mundo está absorto en la película menos él. En ése momento, como gran cineasta, el séptimo arte es fundamental y el público no tiene respeto. En el final de la cinta, cuando Sullivan está en la cárcel, el ambicioso cineasta encuentra la catarsis en un pase de unos ‘sketchs’ del perro Pluto de Disney, en la carcajada unificada cuando más hace falta. Es el simbolismo, honesto y congruente, de la risa como fortuna colectiva, cuando deja sus prejuicios y se da cuenta de que el público va al cine a evadirse de sus problemas.
Una cinta de emotividad y reflexión, dotada con esa sensibilidad sustentada en historias sobre auges y caídas de tipos que tanto desarrolló Sturges en su breve carrera cinematográfica. Sturges fue uno de los más corrosivos pioneros de los años 30, asemejando su trascendencia representativa a algunos de los grandes nombres del Hollywood de la época, junto a McCarey, Cukor o Hawks. ‘Los viajes de Sullivan’ fue su cuarta película, la segunda de una trilogía gloriosa, filme posterior a la magistral ‘Las tres noches de Eva’ y la siguiente genialidad ‘Un marido rico’. Un cineasta humanista y agridulce que supo extraer comedia del sustrato dramático de los dramas oscuros y tristes de su obra más representativa, pero no la única que tiene el honor de llevar consigo la difícil etiqueta de “obra maestra”.