viernes, 20 de marzo de 2009

Crónicas de Dublín (y IV)

Día 3 (13.12.2008)
Al abrir la cortina, una buena noticia: el cielo estaba totalmente despejado y el sol lucía esta vez sin riesgo de verse ensombrecido por ninguna tormenta ni por la lluvia. Este fenómeno suele ser poco habitual en Dublín. Pero un pago hay que hacer por ello. Cuando las nubes se levantan y sale el sol, en diciembre hace un frío terrible que, unido al viento y a la humedad, deja tiritando a cualquiera. Menos mal que somos de Salamanca. El café nos trajo una agradable sorpresa. En un café con panadería de Baggot, cerca del hotel y del que no hemos logrado recordar su nombre, un amable paisano, Juan, de Tarragona, nos contaba su experiencia en Dublín mientras nos servía un ‘capuccino’ y un té junto a dos croissants. Uno de los designios de la mañana era, a priori, fácil y asequible. Visitar la casa de Oscar Wilde y dedicar la mañana al ocio, a curiosear y a conocer mejor los lugares por los que habíamos pasado ya varias veces.
Así que, siguiendo el itinerario turístico, nos acercamos por Upper Mount Street a ver la iglesia de St. Stephen Chuch, conocida popularmente como ‘The Pepper Canister’. Fue construida por John Borden en 1821 y, por lo menos, aquella mañana de sábado de diciembre, estaba en obras. Si tenéis la oportunidad os aconsejo que deis una vuelta por esta calle y sus alrededores. Es donde mejor podréis apreciar ese estilo georgiano que sirvió de inspiración al arquitecto italiano Andrea Palladio que, en Dublín, contrasta en su belleza austera con las características puertas de colores. Subimos por Merrion Square East y llegamos al Archbishop Ryan Park, cerca de donde está el Archivo de Música Tradicional Irlandesa. Bordeando el parque llegamos al número 1 de Merrion St., la casa de Oscar Wilde desde 1855 hasta 1876, un poco más arriba que donde W. B. Yeats vivió también. La figura de Wilde es otro icono irlandés, como Joyce, como la Guinness, como el Jameson… Obviamente, no voy a retratar aquí su brillante obra literaria y concupiscencia sin límites, pero sí a destacar mi admiración por uno de los hombres más clarividentes de la Historia de la Humanidad, por su genialidad, por su arrogancia, por su indisciplina a la hora de destruir barreras sociales y políticas y por un catálogo de frases de inalcanzable trascendencia.
La ceremonia no se finaliza hasta que se visita la espectacular y realista estatua creada por Danny Osbourne que reposa frente a su edificio, en el parque Archbishop Ryan. Allí prevalece un señorial Wilde que mira entre cínico, divertido y soberbio hacia la calle. En este parque también podemos ver un destacado monumento en honor a los miembros de las fuerzas armadas que murieron en acto de servicio y que consiste en un monolito piramidal que contiene tres figuras de soldados que observan una llama inextinguible que se puede ver a través de dos vitrinas laterales.
Siguiendo por Merrion uno puede detenerse en la National Gallery of Ireland, museo que mezcla corrientes clásicas y moderas y que alberga una destacad colección de obras de las principales escuelas europeas desde el siglo XIV al XX; Tiziano, Caravaggio, Mantenga, Vouet, Monet, Cézanne, Vermeer, Rembrandt, El Greco, Velázquez, Zurbarán, Goya… entre otros. También pasamos por la Nacional Library, fundada en 1592, en Kildare St., la cual posee un conjunto de edificios de gran belleza arquitectónica y que anunciaba una gran exposición sobre una de sus figuras literarias más importantes ‘The Life and Works of William Butler Yeats’. Pasamos de nuevo por el Stephen Green, dando un paseo y disfrutando del soleado día y aprovechamos para hacernos una foto en el Fusiliers Arch, el arco principal que da acceso al parque desde Grafton.
Como queríamos vivir un poco la vida comercial y el ambiente navideño de sus gentes, nos metimos de lleno en el eje de compras más destacado de la zona, el colosal centro comercial St. Stephen’s Green, el más representativo de todos estos espacios de compras, por su disposición y su arquitectura, por su entorno multitudinario que encuentra su gran atractivo en la gran variedad de negocios que hay en su interior. Inmersos en el corazón de Dublín y después de que Myrian se hiciera una foto con un entrañable Santa Claus enclenque que tocaba una pequeña guitarra horriblemente mal, caminamos por Grafton St. viviendo de cerca esa contigüidad con la esencia de esta famosa calle; la muchedumbre, la actividad comercial, almacenes de prestigio, cadenas de moda, tiendas de souvenirs los puestos de flores, coros eclesiásticos cantando villancicos, más ‘hombres-anuncio’, un artista callejero recreando un cachorro de perro con arena de playa, músicos itinerantes… Y para rematar esa percepción de la entidad de la mítica y concurrida calle desde la perspectiva foránea y turista qué mejor forma de celebrarlo que tomando un café irlandés en el no menos mítico Bewley's Oriental Café. Esa mezcla de café expresso y americano, azúcar moreno, nata y whiskey irlandés es una combinación a descubrir y paladear en este local abierto en 1927 y que fue restaurado hace pocos años.
Callejeando llegamos de nuevo a la zona de Temple Bar, para llegar a otro evento semanal bastante conocido en la ciudad. En el Meeting House Square, dentro del distrito de Temple Bar, se coloca un colorista mercado con todo tipo de alimentos orgánicos, es decir que no han sido tratados con ningún tipo de producto agroquímicos. La autenticidad de lo orgánico tiene aquí una de sus fuentes de vida y el mercado, aunque pequeño, está lleno de gente buscando sus viandas naturales dispuestas en una gama cromática muy bonita. En la misma plaza se encuentra el Irish Film Institute, que es como una Filmoteca. Es decir, un recinto donde preservar y fomentar el cine patrio, pero también un marco ideal en el que descubrir películas independientes de otros países. En la entrada, hay un bar para zumbarse una Guinness o un café mientras se charla de cine ‘underground’ o películas de arte y ensayo.
Pero para freakismos, la siguiente parada de los monstruos. En dirección a la otra zona comercial donde más gente confluye de todo Dublín, a la O’Connell Street, pasando otra vez por el Ha’Penny, encontramos el Forbidden Planet, en Crampton Quay, la mayor tienda de cómics de la zona. Después de estar tentados de aprovisionarnos con algún que otro souvenir para la colección, decidimos seguir nuestro garbeo por la zona de ocio y, ya puestos, terminar de recorrer lo poco que nos quedaba en nuestro estudiado planning turístico. Como el día estaba despejado, aprovechamos la coyuntura para volver a hacer fotos al colosal The Spire y dar una vuelta por los alrededores de O’Connell St. y observar de cerca el furor consumista de Henry St. Antes, pasamos por Middle Abbey Street, cerca de The Independent House, donde varios hombres disfrazados con la careta de Guy Fawkes sostenían pancartas en contra de la Iglesia Cienciológica. Para ir completando rutas eclesiásticas, nos acercamos a ver St. Mary's pro-Cathedral, que es la catedral sede episcopal de la católica romana en Dublín. Como está al lado, echamos un vistazo a la Ireland Church. Hartos de tanta Iglesia, decidimos ir a hacerle una visita y presentar nuestros respetos a James Joyce acercándonos a ver el James Joyce Centre, que se sitúa en una casa georgiana de North Great Georges Street. Allí un tal Ken Monaghan, un sobrino de Joyce según sus palabras, nos enseñó las habitaciones, la enorme biblioteca, ese trazado ‘Ulysses episode by episode’ y descubrimos la auténtica puerta No. 7 de Eccles Street, hogar del personaje de Leopold Bloom’s.
Una interesante parada antes de seguir dando una vuelta rápida por el Garden of Remembrance, que conmemora a los patriotas que murieron en la sublevación de 1916 y en la guerra de independencia que duró de 1919 hasta 1921. Tras seguir los pasos de nuevo hacia O’Connell por Parnell St. pasando por Chinatown y el Moore Street Market, por el que apenas pisamos, entramos a ver cerca otro fenómeno irlandés: un garito llamado Paddy Power de apuestas donde la gente se amonta soltando euros apostando por todo; carreras hípicas, de galgos, fútbol, dardos, rugby, destino de jugadores en venta e incluso sobre política.
En ese momento del día, antes de comer, notamos que hacía falta algo en nuestro interior. La llamada de la adicción por la Guinness nos hizo buscar otro pub donde saciar esa sed dublinesa que entra cuando menos te lo esperas. Entramos en Branningan’s Pub, en Cathredal Street, donde saboreamos la ‘stout’ a la vez que una señora mayor se pimplaba dos seguidas en menos de cinco minutos. Un pub muy cómodo, con grandes sillones circulares de cuero y una zona de comida en la que servían platos que tenían buena pinta. Deberíamos habernos quedado allí, porque ése día la comida no fue lo mejor del día.
Cuando se dice que Dios invento la cerveza para que los irlandeses no conquistaran el mundo, uno entiende que, una vez allí, sólo existe un deseo interno, una voz íntima que te repite reiteradamente: “Otra Guinness”. No estábamos seguros de dónde ir, así que acordamos meternos en el primer bar o pub que viéramos. La sorpresa fue descubrir el pub que marcaría nuestro paso por Dublín. Coincidiendo con amigos que han visitado la ciudad, siempre hay un bar que, por diversas razones, conquistan tu corazón y se convierten en un lugar de referencia que recomendar. En nuestro caso, este local se llama Sean O’Casey’s Bar, en el 105 Marlborough Street. No es que tenga nada que lo destaque de los demás bares que visitamos. Únicamente, fue la única vez en que nos sentimos en un pub tradicional, donde varios señores con rostro típicamente irlandés, ensimismados, no perdían de vista el Middlesbrough-Arsenal retransmitido por televisión y, sobre todo, porque se está muy a gusto. La barra, antigua, daba la vuelta al bar, lo que dividía el local. Unas escaleras suben al comedor, donde, obviamente, deberíamos haber comido y no lo hicimos, dan amplitud a un sitio inolvidable. Aún me arrepiento de no haber comido allí. Un confortable bar que representa, como ninguno, la esencia genuina de los bares de Irlanda. Os lo aseguro. Además, el precio de la pinta de Guinness resultó ser el más barato de todo la excursión cervecera en los tres días. Recordad: Sean O’Casey’s Bar.
Según dejamos el Ha’Penny, habíamos dado una vuelta por una zona de restaurantes y sitios de comidas en la zona de Lower Liffey St. y nos decidimos por el Epicurean Food Hall, como un centro comercial, sólo que de restaurantes de todos los lugares del mundo. Casi nos tomamos un ‘fish n’ chips’ en el Leo Burdocks de la entrada principal, pero decidimos pasar hacia la marabunta de restaurantes del interior. Hay de todo; un Itsabagel, con gran variedad de bagels, la Corte, un italiano que estaba hasta el culo, un francés llamado Christophe, el típico Istanbul con sus kebabs, un restaurante de Asian Fusion y el griego que escogimos: El Ramos Greek Restaurant and Mezze Bar. La verdad es que, en principio, no estaba mal. Un buffet de comida griega sin mucho alarde ni exquisitez por un precio muy barato. Error. Se nos ocurrió verter un poco de salsa de pepino en unos crepes y la liamos, ya que tres horas después, la maldita salsa seguía repitiendo. Como había que quitar el sabor a pepino de alguna manera, decidimos hacerlo de la única forma acostumbrada en Dublín: con una rica pinta de Guinness.
Y lo hicimos en el Hogans, 35 South Great Georges Street, un pub enorme con dos barras y zonas bien diferenciadas; una, más tranquila, donde la gente toma café y bebe birra ‘sotout’ y durante el día sirve además de ‘bar food’, Otra, una zona de baile que por la noche se transforma en un auténtico hervidero de gente joven con ganas de marcha y darle meneos al cuerpo. Todo un hallazgo el Hogans. Prosiguiendo con nuestra tarde de ocio y tiendas, fuimos a Market Arcade, un pequeño mercado situado en Saint George Street, cerca del colegio Trinity. Es un edificio victoriano que sirve más que de mercado tradicional, de área que se dispone como un mercadillo donde venden ropa ‘underground’, dvd’s, cd’s y discos de vinilo, posters, bisutería, libros de toda índole y condición y, en definitiva, todo tipo de recuerdos, amén de surtirse de varios puestos de comida rápida.
Myrian siempre ha sido una entusiasta incondicional del queso, en cualquiera de sus variedades. Había leído que había una tienda bastante conocida llamada Sheridans Cheesemongers, así que fuimos a ver si era verdad la fama que profesa dentro de las tiendas de alimentación de la ciudad. La verdad es que es una tienda bastante pequeña, pero sí es cierto que alberga una extensísima variedad de quesos al corte de todas las clases y que puedes degustar algunas de estas exquisiteces en la visita. Como está al lado de Grafton, volvimos a dar una vuelta por la calle hasta llegar de nuevo, algo fatigados de tanto ajetreo y compras, al St Stephen's Green, para tomarnos un chocolate bien caliente, relajarnos uno poco, descansar y mirar desde un enorme ventanal a un músico callejero que tocaba con furia la batería alrededor de un considerable número de viandantes. El chocolate estaba rico, la verdad, pero con tanto desaliento en el cuerpo y siendo la última noche que pasábamos allí había que darse un homenaje a ‘stouts’. Y eso hicimos.
Empezamos por el Bruxelles, un clásico del que aún no habíamos visitado que se sitúa en una bocalle de Grafton, Harry Street. El Bruxelles está ramificado en dos locales. Arriba, se puede escuchar, no sin ciertos problemas de espacio y bastante aglomeración, algo de ‘blues bands’ y de selecto rock & roll clásico y contemporáneo. En la parte inferior, está el Zodiac Bar, que también está hasta la bandera, con música de Northern Soul, funky jazz y en el rato que estuvimos nosotros, con homenajes constante al heavy metal de los 70 y 80. En la entrada tienen una estatua de Phil Lynott, el líder de la mítica banda Thin Lizzy. No pudimos evitar entonar el ‘The boys are back in town’ en el instante en que nos hacíamos la foto de rigor.
Con tanta Guinness bebida y por beber, nos apetecía probar nuevos sabores de cerveza. Si bien es cierto que la Guinness es la bebida oficial y nacional por antonomasia, también lo es que hay más variedades de ‘stout’. Una parada cervecera inevitable es el MessRS Maguire, cerca de O’Connell Bridge, en Burgh Quay. El bar es inmenso y está perfectamente distribuido a lo alto de sus cuatro pisos donde hay mesas para beber esa cerveza de elaboración propia (hasta siete alternativas distintas); nosotros probamos la Weiss y la Extra, a la que se añaden la Plain, Haus, Yankee. Pils y Plain. Allí vimos, el Tottenham-Manchester United. Es curioso el fervor que tienen en Dublín por equipos de la Premier League antes que por equipos de fútbol de la tierra. Después de las pintas y el empate a cero sin goles, continuamos el itinerario de ‘gourmets’ cerveceros hacia la zona de Temple Bar.
El Porterhouse, en Parliament Street, es otra de esas cervecerías con producción de cerveza propia que va más allá de la Guinness. Aquí la oferta incluso es más variada; la Plain, Porterhouse Red, Temple Brau, Chiller, TBS, Hersbrucker, Wrasslers, Oyster, Hop Head, Alt y la gran Brainblasta. Nosotros probamos la Porterhouse Red y la Brainblasta. Ambas exquisitas en su intensidad, cuerpo, textura y espuma. Son también tres pisos donde la gente se entremezcla y va diversificando su estancia por todo el bar. Hasta que llegó la actuación en directo. El grupo, cojonudo: los Sliotar, un conjunto de música ‘folk’ irlandesa que sonaban potentes y animaron (y de qué manera) al personal con su sorprendente talento. Hubiera estado bien conjugar el sabor de la cerveza con un buen maridaje culinario, pero encontrar mesa fue imposible. Así que decidimos echar el resto y cenar en Elephant & Castle, uno de los restaurantes más célebres de Temple Bar, situado en su número 18. Hubo que esperar a conseguir mesa, pero valió la pena. Nuestra amiga Guinness hizo más llevadera la espera. Recomendamos las muy sabrosas Spicy Chicken Wings o la Ensalada Crisp Calamari con Miso Vinaigrette para acompañar el plato de menú que elijáis y escoltadlo todo con esa O’Haras Irish Stout que tienen.
Con el estómago lleno, no podíamos irnos de Dublín sin ver de cerca ese otro tipo de noche loca que pasan los oriundos de la ciudad. Fuimos a una discoteca. Buskers, al lado del restaurante fue la elección perfecta. Es increíble entrar en un espacio de estas características y comprobar la heterogeneidad que se respira en el ambiente. Sin ningún tipo de humo que moleste, la gente puede ir arreglada de noche y de gala, gente guapa, tías espectaculares y fulanos de gimnasio que se fusionan con gordas vestidas de cuadros y chavales con bufandas y camisetas del Real Madrid y del Barça, partido que acababa cuando llegamos. Todos con cervezas y copas de la mano. Después de pimplarnos dos Guinness más sentados cómodamente en uno de los espacios con sillones del local, zanjamos nuestra visita a Temple encaminándonos hacia el hotel con la intención de tomarnos la última en el camino. Y lo hicimos en Larry Murphys, en la esquina de Baggot St. con Fitzwilliam St. Allí se consumó un triste acontecimiento. Nos bebimos lentamente las dos últimas Guinness en Dublín capital, que no las últimas ‘stout’ del viaje (todavía quedaban las de despedida en el aeropuerto el día siguiente).
De camino al hotel íbamos haciendo fotos como recuerdos fotográficos a esos botones de los semáforos que no sirven para nada, a cabinas telefónicas típicamente irlandesas, a ése Eddie Rockets donde sirven unas deliciosas tortitas con caramelo mientras puedes elegir la canción que escuchar bajo un ambiente ‘retrovintage’ o los locales de las plantas bajas de los edificios que suelen ser cafeterías para los empleados de los negocios de los pisos superiores. El tiempo en Dublín se agotaba. Y, por alguna razón, todo había sabido a poco. Habían sido tres días formidablemente aprovechados, pero nos embargaba una sensación de vacío. Aún nos queda mucho por ver en esta ciudad de fábula. Y ésa fue la idea que nos llevamos en la última noche en Dublín tarareando, con cierta tristeza, el ‘Falling Slowly’, de Glen Hansard y Marketa Irglova.
Podeís ver las fotos de este viaje en mi Flickr.