jueves, 19 de marzo de 2009

Crónicas de Dublín (III)

Día 2 (12.12.2008)
Nos levantamos muy pronto, cuando el amanecer todavía no había hecho acto de presencia. Las nubes se fueron levantando y el sol iba erigiéndose tímido ante la constante bruma irlandesa. Cuando salimos a la calle, apreciamos que la promesa de un plácido día sin la persistente cortina de ésa lluvia débil e invariable iba a diluirse en un breve periodo de tiempo. Al horizonte, un cúmulo de cerrazón en forma de oscuras nubes hacía presagiar que ese no iba a ser un día despejado. Así fue. Desayunamos con una actitud más mediterránea en un ‘coffe’ de Lower Baggot. En esta estancia no engullimos ese proteínico desayuno que se meten entre pecho y espalda los oriundos de aquellas tierras. El Irish breakfast es igual que ‘ponerte hasta el culo’ con el fin de no pasar hambre el resto del día. Este típico inicio de jornada gastronómica consiste en un enorme plato con salchichas, tocino, huevos, el ‘black pudding’, setas y ‘white pudding’, regado con café y tostadas, como la ‘soda bread’. Una mina para el colesterol y una fuente de grasa energética. Optamos por el típico café con un croissant de toda la vida.
Es curioso cómo y de qué manera uno se puede quemar la lengua con un café calentado a 90º. Nos tomamos el desayuno en el quiosco de Stephen Green Park, un precioso entorno natural en medio de la ciudad con un lago lleno de patos y conjunto de estatuas y monolitos erigidos a la gloria de personajes históricos irlandeses como Yeats, Joyce, James C. Mangan, Robert Emmet o Lord Ardilaun, entre muchos otros. Un delicioso parque que está rodeado de vistosas casas georgianas. Nos enteramos de que hace mucho tiempo, en aquel apacible hábitat se llevaban a cabo torturas y ejecuciones públicas. Hoy, es un sitio placentero donde la paz y la calma son los elementos que hacen obligatoria la visita de este parque.
La siguiente parada nos llevó por Cuffe Street, pasando por Kevin Street hasta Bride Street y llegar a uno de los lugares ineludibles si se visita Dublín: la Catedral de Sant Patrick o San Patricio, el patrón de la ciudad y referente irlandés en todo el mundo. Construida por los normandos en 1191 y reconstruida tal y como se conoce en el S. XIII, se cuenta que se estableció en el mismo lugar donde San Patricio bautizó a los primeros cristianos del país. Después de darnos una vuelta por el parque, entramos a las dependencias eclesiásticas. Tuvimos la fortuna de poder escuchar y ver a los niños del coro, a los cuales, bajo ningún concepto, se les puede hacer una foto. Está totalmente prohibido, por lo que dimos una vuelta por la exposición permanente ‘Living Stones’, dedicado al papel que desempeña la catedral en la vida y el mundo irlandés a través de sus figuras emblemáticas y un pormenorizado vistazo al pasado de la ciudad. Cuando el coro acabó la misa, salió en procesión por la puerta y un amable bedel nos invitó a la posibilidad de hacer fotos. Y eso hicimos. Durante cerca de una hora fotografiamos cada rincón de la catedral; sus ostentosas vidrieras, la puerta del capítulo, la estatua de San Patricio, la campana hugotona, las capillas de St. Peter y St. Stephen, el monumento a Marsch, las lápidas de origen celta y el busto y la tumba de Jonathan Swift, el escritor de ‘Los viajes de Gulliver’ y carismático deán de la catedral desde 1713 hasta 1745.
Puestos a ver catedrales, nos encaminamos a la Catedral Christ Church, la otra gran catedral dublinesa. Edificada en el año 1038 por el rey Sitris Silkenbeard y reconstruida y ampliada en 1152 por Lawrence O´Toole, la Christ Church fue fundada en 1171 sobre una iglesia vikinga por Richard de Clare “Strongbow”, conde de Pembroke, la más antigua de las dos catedrales medievales de la ciudad (la otra es la de St. Patrick). Además de tener la cripta catedralicia más grande de toda Irlanda y Gran Bretaña, en su interior, una de las cosas que más llama la atención al turista son esas esperpénticas figuras momificadas de un gato y un ratón que aparecieron en uno de los grandes tubos del órgano. Otro de los atractivos de esta catedral es el tañido de las 19 campanas que suenan en una secuencia matemática desde 1670. Dentro de las atracciones que ofrece la catedral está Dublinia and the Viking World, ubicado en el Synod Hall, que era el edificio de la iglesia de Irlanda entre 1875 y 1983, una curiosa representación de la época medieval con una enorme maqueta de la ciudad y un recorrido por un museo didáctico para comprender la vida de los vikingos.
Después de una paradita en el The Bull & Castle, un antiguo pub en el que destaca una gran chimenea y ornamento histórico y donde pudimos regar el gaznate, cómo no, con una Guinness bien servida, seguimos con nuestro recorrido turístico. Y nos encontramos con el Castillo de Dublín y el City Hall. El Castillo de Dublín parece cualquier cosa menos un castillo si no fuese por una de las torres medievales supervivientes que se ve desde un lateral del exterior del edificio. Fue la sede del gobierno Británico en Irlanda hasta 1922 y se usó durante mucho tiempo como lugar para la toma de posesión de presidentes históricos del país, desde Douglas Hyde hasta Eamon de Valera. Testigo de injusticias y equidades de Irlanda, nos pareció curioso esa estatua que representa la Justicia situada en el Upper Castle desde Cork Hill, ya que, según la historia, se encuentra dando la espalda a la ciudad y cuando llovía la balanza se ladeaba como signo de imparcialidad, por lo que se las autoridades hicieron dos agujeros para evitar este fenómeno. Nosotros no entramos. Sólo nos hicimos la típica foto en la puerta como hieráticos soldados guardianes.
El City Hall es el Ayuntamiento de Dublín fue edificado por Thomas Cooley y es uno de los iconos más representativos de la arquitectura georgiana, siendo uno de los centros donde se desarrolló la victoria del nacionalismo irlandés. Entre sus paredes se celebraron algunos de los funerales más distinguidos de patriotas como Charles Stewart Parnell y Jeremiah O’Donovan Rossa. Obviamente, no se nos perdió nada dentro del ayuntamiento, así que decidimos encaminar nuestros pasos hacia el siguiente punto de visita: el gigantesco Phoenix Park.
La noche anterior comprobamos cómo una de las líneas, concretamente la 10/a, nos dejaba directamente en una parada anexa al parque. Así que bajamos Dame Street College hasta llegar de nuevo al Banco de Irlanda y el Trinity y pasear por Grafton, disfrutar del ambiente pre-navideño para desembocar en las paradas de bus de Stephen Green. Allí no tardamos ni dos minutos en subirnos a uno de esos enormes autobuses de dos plantas que nos enseñó, desde la comodidad de la parte superior, toda la zona del norte de la ciudad con sus peculiares casas, el ambiente de barrio que suele apreciarse en las películas y muchos patios fortificados con auténticos cuchillos a modo de punzones para evitar el franqueo de las viviendas. Escalofriante. Cuando llegamos a Phoenix Park la lluvia se hizo más intensa. El parque es exorbitante. Tanto, que abarca más de 700 hectáreas, lo que lo convierte en el parque urbano más grande de Europa y también más extenso que el Central Park de Nueva York y el Hyde Park de Londres. Como el día no era el propicio, dimos una vuelta cerca del monumento de Wellington, un obelisco de 62 metros que se levantó en memoria del Duque de Wellington. Durante siglos este parque fue propiedad de los reyes de Irlanda y se utilizaba como espacio para que el rey disfrutara de la caza, razón por la que fue delimitado con un muro que todavía se deja ver.
Llegamos hasta la puerta del Zoo paseando por Chesterfield Avenue con la intención únicamente presencial de haber pisado la residencia durante muchos años de Slats, el genuino león que aparecía en el ‘trademark’ originario de la MGM. Cosas de frikis. Lo más apasionante es ver, en el recorrido por los verdes parajes del Phoenix Park, ver una manada de ciervos salvajes cruzar unos de los caminos del parque. El día no había hecho más que empezar, así que no dio tiempo ver ni el Castillo de Ashtown ni la Residencia Deerfield. En la próxima visita habrá ocasión.
La lluvia se transformó en un improvisado chaparrón, así que nos dimos prisa en recorrer Conyngham Road a toda hostia para cruzar sin detenernos ni en el mítico Sean Houston Bridge, un puente que data de 1828, ni tampoco para admirar la Heuston Station, una de las estaciones de ferrocarril más antiguas de Dublín, cuya inauguración data de 1845 y que actualmente funciona como estación de tranvía con trenes a Galway, Limerick y Cork. Como somos muy chulos, no llevamos paraguas. Y eso hizo que el paso acelerado nos llevara por la Military Road hasta Bow Lane con una rapidez increíble. Sin esperarlo, nos encontramos en el Irish Museum of Modern Art, el IMMA, ubicado en el Royal Hospital Kilmainham, un refinado edificio del Siglo XVII creado en 1684 por James Butler, Duque de Ormonde, con el propósito de que fuera utilizado como asilo para los soldados retirados y que perduraría con esa función durante más de 250 años. Hoy en día, expone arte adquirido de estudios y galerías. Pero no entramos. No íbamos a eso. Nuestro objetivo estaba al otro lado de la calle. Unos pasos más allá nos adentramos en Inchicore, en la histórica cárcel, hoy museo, Kilmainham Gaol.
Dentro de sus heladores muros se han fraguado algunas de las páginas más importantes de la historia de la independencia de Irlanda y ha albergado a muchos de los que hoy son considerados héroes nacionales, emblemas ideológicos y políticos y nacionalistas mártires que sufrieron en la cárcel el dolor y represión, infamias y despotismos. Además de un museo con todo tipo de objetos, misivas, sentencias de muerte y material gráfico de la historia de la cárcel y de sus insignes reclusos, lo mejor es el ‘tour’ guiado por toda la prisión. Desde la capilla, donde se narra cómo Joseph Plunkett se casó con Grace Gifford horas antes de ser ejecutado, pasando por las celdas que sirvieron de oscuro suplicio para los participantes de la revuelta del Easter Rising en 1916, que eran encerrados en lúgubres celdas sin importar que fueran mujeres, niños u hombres, hasta llegar al núcleo de la prisión, que supone una obra arquitectónica admirable y donde se han rodado películas como ‘The Italian Job’, ‘El hombre de Mackintosh’ o más conocida por ser el escenario principal de ‘En el nombre del padre’, de Jim Sheridan. Aunque, tanto para el guía que narraba los hechos como para la ciudad de Dublín, simboliza el recuerdo de la memoria histórica de gente como Charles Stewart Parnell, Michael Davitt o los dos últimos presos de la cárcel y que tienen una placa conmemorativa en sus respectivas celdas, Éamon de Valera y Edward Daly, que también se convirtieron en importantes figuras para la independencia de Irlanda.
La visita termina en el exterior con la muestra del lugar donde ejecutaron a los mártires del 16 y en el otro extremo donde se acabó con la vida de James Connolly, líder obrero irlandés y socialista, herido durante la revuelta del Easter Rising o Alzamiento de Pascua y que fue ejecutado el 12 de mayo de 1916. Como colofón y con la vista alzada hacia los grises cielos donde la bandera de Irlanda ondea furiosa, la An Bhratach Náisiúnta, de la explican el significado de sus colores; el verde simboliza a los católicos del país, el naranja, a los protestantes y el blanco que les separa, la paz que debe existir entre ambos.
Después de tanta historia y un frío del demonio aderezado con una lluvia que no cesaba, decidimos entrar en un Pub justo al lado de la cárcel y que será uno a los que volveremos si regresamos a Dublín; The Patriots Inn, situado en el 760 South Circular Road, donde se el ambiente es plácido y familiar. Nos tomamos unas Guinness y unas Pringles mientras un venerable anciano dublinés alzó la ‘stout’ un par de veces para brindar con nosotros y preguntarnos que si éramos felices. Después de un par de carreras de caballos en la tele y de saciar nuestro devoción por la cerveza negra, nos encaminamos a una de esas atracciones que nadie, absolutamente nadie que visite esta ciudad, debe perderse: el Storehouse de Guinness, la antológica St. James's Gate Brewery. Punto álgido del itinerario, viajamos desde el corazón de Dublín hasta el corazón de la Guinness. En el interior, a modo de parque temático, uno puede descubrir los secretos de la cerveza negra más famosa y prestigiosa del mundo. Desde 1759, Guinness adoptó el ‘porter style’ londinense para crear la ‘stout’ más deliciosa de cuantas han poblado la Tierra. Ésa mezcla de cebada tostada sin fermentar, el agua de Wicklow Mountains, el lúpulo y la levadura unida al soplo de nitrógeno ofrecen el sabor de un país, la seducción de una ciudad que no se entiende sin este néctar milagroso. Por supuesto, no hay que olvidar el ‘quinto ingrediente’: su creador, Arthur Guinness.
Tras una parada para comer en el Brewery Bar, dentro del propio recinto, permanecimos hasta que nos echaron, absortos, siguiendo paso a paso el proceso de fabricación de la cerveza en todas y cada una de las plantas dedicadas a la Guinness. Desde el laboratorio de creación, la degustación, la cata, el recorrido por las diversas variedades (Foreign Extra Stout, Extra Stout y Draught), la historia de las campañas publicitarias de la célebre marca, la genealogía y estructura del edificio erigida con la forma de una pinta… hasta llegar al Gravity Bar, uno de los lugares más acojonantes que se pueden visitar en Dublín. Es todo un lujo poder apreciar desde su mirador la vista panorámica 360º de la ciudad, disfrutar de esa pinta ‘free’ servida con esos 119,5 segundos que dictan las normas no escritas para que sea la pinta perfecta. Pese al bullicio y la aglomeración, la visita al Storehouse simboliza un segmento de felicidad inalcanzable. De esos que tan poco proliferan en la vida diaria.
Con la fiesta Guinness en el cuerpo, decidimos seguir disfrutando de la ‘stout’ nacional mientras cantábamos “Guinness is good for you…. My Guinness, My Goodness…”. Y qué mejor manera de hacerlo que acercándonos por Usher’s Quay hasta, nada más y nada menos, que el Pub más antiguo de Dublín: el Brazen Head. Fundado en el año 1666, se encuentra en la calle Lower Bridge, muy cerca de la catedral de Christ Church. Allí disfrutamos sentados de otra Guinness, sin la multitud del Gravity y respirando la tradición histórica de un bar tan ancestral como acogedor. Unos amigos nos habían detallado otro pub que conocieron de cerca en su visita hace años a la capital de Irlanda: The Celt. No sabíamos más que estaba cerca de O’Connell Street. Tras un pequeño paseo, llegamos al 81 de Talbot St. y dimos con él. The Celt es una taberna irlandesa típica. La gente no tiene una edad concreta y beben sin parar. Hay buen ambiente y música en directo y sin directo. Cuando llegamos, la gente estaba cantando villancicos populares, dándose abrazos y levantando jarana. Dos Guinness más tarde decidimos repetir sitio y nos fuimos a cenar a The Wool Shed Baa & Grill, en Parnell Street. Como muchos de los platos estaban cercenados por la eliminación del bacon a causa del problema con las dioxinas, nos zumbamos una cena en plan comida rápida, tipo nachos, alitas de pollo barbacoa y demás. Si vais y queréis algo fácil y para compartir entre un par de personas o tres os recomiendo el The BIG Platter. Además, pudimos disfrutar de la noche de karaoke que tenían montada. La gente en Dublín debe haber nacido para estrella, porque los que salieron al escenario eran auténticos fenómenos sin nada que envidiar a cualquier triunfito patrio.
Para acabar la noche, nos dimos otra vuelta por Temple Bar para disfrutar del ambiente nocturno. Entre otras cosas, uno puede toparse con un grupo de rock-folk llamado Mutefish haciendo las delicias del personal y amenizando con su música de calidad ante casi un centenar de espectadores en plena calle o ver a otro fulano totalmente entorzado entonar el clásico ‘Cockles and Mussels’ a punto de perder el equilibrio. De camino al hotel, volvieron a caer las dos últimas Guinness del día. La primera en el O’Donoghues Bar, en el 15 Merrion Row, un pequeño hotel con un reconocido pub que estaba hasta los topes, pero con ese ambiente sereno y familiar interesados ante una actuación en directo de música tradicional irlandesa. El broche final lo puso el Reilly’s Bar, justo en frente del anterior local, también en Merrion Row, un pub que lleva desde 1700 ofreciendo un servicio inmejorable, donde amenizamos las Guinness con unos ‘peanuts’, los cacahuetes saladitos de siempre. El día había sido muy largo y debíamos reponer fuerzas para el día siguiente, ya más relajados sabiendo que el día turístico y ajetreo de allá para acá había llegado a su fin.