martes, 17 de marzo de 2009

Crónicas de Dublín (II)

Día 1 (11.12.2008)
El vuelo de Ryanair salió de Barajas sobre las 11:30. En el aeropuerto multitud de personas se escapan de una difícil catalogación, suficiente para no poder generalizar al viajante que acude a Dublín los fines de semanas; oriundos que llenan la maleta de mano de souvenirs y gastronomía envasada al vacío, mochileros con guitarra al hombro, parejas de enamorados dispuestos a dar rienda suelta a su romanticismo, personajes solitarios con pinta de místicos, veteranos matrimonios con ganas de aventura europea, grupos de jóvenes estudiantes dispuestos a dejarse el hígado y los euros en tres días, airosos intelectuales esperando encontrar la senda ideológica de James Joyce y Oscar Wilde… Tal descripción se pierde en el maremágnum de fauna y diversidad de la capital de Irlanda. Cuando el avión va descendiendo, el tiempo describe la contradicción habitual. La exultación de la ciudad no concuerda con el lluvioso y gris horizonte que es responsable de los inconfundibles verdes parajes que se divisan desde las alturas.
Ya en el Aerfort Bhaile Átha Cliath, el aeropuerto de Dublín, los largos pasillos de acceso al recinto van dando la clave del viaje al corazón de la cultura gaélica. Allí, varias cristaleras incorporan efigies de grandes figuras literarias de la tierra acompañadas de máximas que han pasado a la historia por su trascendencia; Wilde, Joyce, J.M. Synge, Sean O’Casey o Maeve Binchy son algunos de estos miembros de la cultura dublinesa que ha propagado sus letras de forma internacional. Brian Kavaniagh era el nombre del amable taxista que nos lleva al hotel. Parece que mi empolvado inglés va saliendo del ostracismo y enseguida entablamos una conversación de antagonismo entre nacionalidades, diferenciando ambientes y culturas, pero llegando a la conclusión de que a ambos países les une el gusto por la fiesta y el ocio.
El hotel Lansdowne está en Pembroke Road, muy cerca de Upper Baggot St. Una vez soltado el equipaje, empieza la aventura hacia lo desconocido. Armados con un mapa, algo de preparación sobre el terreno que vamos a acometer, nos adentramos de lleno en el centro de Dublín. Durante el trayecto, Kavaniagh ya nos había puesto al corriente de las zonas “El río Liffey separa la ciudad en dos partes. El sur, donde os alojáis, es la zona más próspera de Dublín. En el norte están los barrios obreros, no tan recomendables como la zona donde os vais a alojar”. En cualquier caso, el centro resulta estar bastante cerca. La primera anécdota cae en la recepción; la mujer que nos atendió, en el momento en que se levantó para darnos las tarjetas de la habitación casi pierde el equilibrio y espetó graciosa un “I’m Drunk”, que hizo que nos miráramos cómplices ante el alborozo etílica de la mujer. De inmediato pensamos en Guinness. Dublín iba a gustarnos de cualquier manera.
Hay tres cosas que llaman la atención para el visitante primerizo; una, que en las aceras hay que estar con mil ojos. El tráfico es contrario al que estamos acostumbrados en España, por lo que para cruzar hay que mirar siempre a la derecha y después a la izquierda. Después del tercer día, uno se acostumbra por inercia. Segundo, el ritmo de vida diurno del dublinés es acelerado. La gente va y viene con una rapidez acojonante. Los semáforos no son aptos para ancianos ni gente con propensión a la parsimonia, puesto que en unos cuatro segundos el muñeco de color ámbar (allí ahí tres) ya hace acto de presencia metiendo prisa al viandante. Después de haber comprobado que lo que más hay allí son pubs y tabernas de todo tipo de los que pronto daremos buena cuenta, llegamos al parque Stephen’s Green (del que hablaré más adelante) por Merrion Row y vemos de pasada la Mansion House para penetrar directamente en una de las calles más míticas y concurridas de Dublín: Grafton Street.
Es el testimonio del ajetreo popular, de las heterogéneas tiendas donde el bullicio es constante, de los hombres anuncio que apuntan hacia calles anexas donde proliferan más negocios, de los cafés atestados de gente que aportan una estampa comercial y popular. Grafton es el verdadero corazón de la vida social. Nos llamó la atención ese célebre Bewleys's Oriental Café, uno de los cafés más antiguos de la ciudad y la Dunnes Store y su oscuro callejón lateral que no destacaría mucho si no fuera por es localización del comienzo de la excelente ‘Once’, de John Carney, donde Glen Hansard toca su guitarra al comienzo de la cinta. Tercero, los horarios difieren bastante al español, puesto que las tiendas suelen cerrar sobre las 17 o las 18. Aunque en las zonas con afluencia comercial prorrogan el cierre.
Después de comer en el Little Caesar's Palace, un italiano bastante decente pero sin mucho que resaltar, nos dispusimos a aproximarnos a algunos de los lugares turísticos por excelencia. Tras hacer un par de fotos a la estatua de Molly Malone, erigida en honor a una célebre vendedora de pescado fresco que posiblemente ejercía de señorita de compañía en las frías noches dublinesas y figura muy querida dentro del folclore irlandés, nos dispusimos a ingresar en el popular Trinity College, en pleno centro urbano. La Trinity es la más reconocida universidad de Irlanda donde se puede disfrutar del ambiente estudiantil y la elegancia victoriana de sus impresionantes instalaciones. Fue fundada por Isabel I en 1952. Según llegamos nos encontramos con una graduación de chavalitas en minifalda y escotados vestidos cubiertos apenas por la toga y lanzando divertidas el birrete, fotografiadas constantemente por familiares y allegados. Dimos una vuelta por Fellows Square, vimos de cerca la Berkeley Library, el College Park o la zona de campos de New Square. Incluso tomamos una foto al siniestro George Salmon, administrador académico o ‘provost’ del antiguo Trinity College que hizo todo lo posible porque las mujeres no pisaran la universidad mientras escribía sesudos ensayos teológicos sobre la naturaleza de la Iglesia de Irlanda y el castigo eterno. Tras echarle un vistazo a la impresionante escultura itinerante ‘Sphere within a sphere’ de Amaldo Solomon, se puede acceder a la Old Library, la Biblioteca principal de la universidad, donde descansa el famoso Book of Kells, que data del año 800 a.c. y fue manuscrito por monjes celtas. Por mucho que contenga los cuatro salmos del nuevo testamento con una hermosa y profusa decoración celta, preferimos conocer de cerca otra de las joyas del Dublín nocturno y de ocio: el Temple Bar.
Salimos por College Green dando una vuelta por Pearse St. Hacia Westland Row. Allí está la Pearse Station y en el número 21 de esta calle, la casa donde nació Oscar Wilde en 1854 y el Irish Academy Music. Para ver el ambiente comercial, seguimos por Nassau Street dando una vuelta al Trinity hasta llegar al Bank of Ireland, la sucursal central del Banco de Irlanda, que otrora fueran las Casas Irlandesas del Parlamento. Llegados a Fleet Street, ya estábamos en la zona de Temple Bar dispuestos a zumbarnos nuestra primera y genuina Guinness dublinesa. Podríamos haber parado en cualquiera de los múltiples pubs que abundan en la zona, pero decidimos acudir directamente al mítico garito que da nombre al barrio.
Ya nos advirtieron que el Temple es caro y que entre los dublineses tiene fama de antro para turistas. También que no representa el típico pub irlandés. Pero lo cierto es que la primera pinta de Guinness, la ‘stout’ más famosa de Irlanda, tenía que caer en tan notorio recinto. Deliciosa. Fue la primera de muchas. Además, descubrimos otro de los factores que hacen que esta ciudad sea una de las preferentes a la hora de elegir un posible destino al que emigrar: la gente tiene totalmente prohibido fumar en los establecimientos públicos, incluidos los pubs y los bares. En Temple tienen un pequeño patio interior al aire libre donde la gente puede dar rienda suelta al vicio del tabaco. Si fumas, ya sabes: a la puta calle. Es maravilloso que uno pueda salir de fiesta sin llegar apestando a cenicero y humaredas varias. La noche allí empieza sobre las 16:30, que es cuando se va el sol y deja la oscuridad y la iluminación que, en este caso, es claramente navideña por la cercanía de estas entrañables fechas. Después del Temple, nos tomamos otra Guinness en el Quay’s, otro pub de turistas que alberga a visitantes de todo tipo y otra más.
Decidimos aprovechar la tarde, así que dirigimos nuestros pasos hacia la otra zona del río. Como no podía ser de otro modo, como buenos ‘guiris’ dentro de Dublín, cruzamos el Liffey por el Ha’Penny Bridge, puente peatonal construido en 1816 que debe su nombre a que hasta 1919 había que pagar un peaje de medio penique para pasar por él. Tras dar un pequeño rodeo por Bachelor’s Walk, en cuya esquina lucía un escaparate una oferta por las camisetas del Real Madrid y F.C. Barcelona a un precio ridículo si lo comparamos a los fraudes que se llevan a cabo en España, llegamos a una de las calles más representativas de Dublín: la O’Connell Street. Supone una de las arterias comerciales más importantes de la ciudad que compone un enorme bulevar central, del que destacan varios monumentos a tener en cuenta; la estatua del líder nacionalista homónimo, junto a figuras como James Larkin y Charles Stewart Parnell, pero sobre todo la Central Post Office (el Edificio de Correos) y el más famoso y moderno The Millenium Spire, un aparatoso obelisco de 3 metros de diámetro en la base y 15 centímetros en la cúspide, con 120 metros de altura que se ilumina en su cima durante la noche. Se erigió en sustitución del Nelson’s Pillar, que fue volado por una explosión provocada por el IRA en 1966. Es el punto de encuentro de la gente de Dublín. Como aquí el tópico “debajo del reloj de la plaza”.
Nos acercamos a ver de pasada la Galería Hugh Lane, ubicada en una calle contigua a O’Connell y que este año celebra su centenario, para pasear como lo que sería la calle Preciados de Madrid, en una calle que se divide en tres fases; la Earl Street North, la Henry St. y Mary Street. Paseamos buscando un garito aconsejado por el amigo “Austra” que ha trabajado por allí algún tiempo. Tras subir por Jervis hacia Parnell dimos con él enseguida: The Wool Shed Baa & Grill, un enorme bar regentado por un australiano, un sudafricano y un chileno en el que destaca la afición por los deportes con unas escandalosas pantallas donde se pueden ver los partidos de varios deportes de las mejores ligas del mundo. Allí cayeron un par de pintas más, descansando de la paliza del primer día. La locura llegó cuando miramos el reloj, sólo eran las 18:30, hora de Dublín (una menos que en España).
Repasamos el ‘planning’ para el día siguiente y decidimos disfrutar de una suculenta ruta por algunos de los pubs elegidos no tanto al azar como por las referencias del citado amigo y las guías estudiadas de antemano, con la práctica ‘Dublin, de cerca’, de Lonely Planet, editorial muy recomendable a la hora de adquirir este tipo de asesor turístico de cualquier parte del mundo, en mano. Así la noche siguió en Madingan’s, un mítico pub irlandés situado en plena O’Connell, donde mientras disfrutábamos de los largos tragos a la Guinness, un amable dublinés se acercó para ofrecerse a hacernos una foto juntos. Habíamos leído que en el clásico Mullingan’s, situado en Poolbeg St, tiene fama de ser el pub donde mejor tiran la cerveza en Dublín. Y hacia allí nos dirigimos. No sé si la tiran bien, pero lo cierto es que también es otro de esos centros de reunión festiva de la noche dublinesa. Puedes ver turistas curiosos como nosotros, irlandeses de toda la vida, jóvenes acicalados para la noche, guapas señoritas irlandesas, otras no tanto y, sobre todo, periodistas del colindante Irish Times.
En la zona fructificamos el recorrido con alguna cerveza ‘stout’ más, The Palace Bar. Lo visitamos para rememorar esa vieja anécdota que tiene como protagonista al escritor Flann O’Brien, autor de las míticas ‘El tercer policía’ o ‘Crónica de Dalkey’, al que se le atribuye una fama de azorado y asiduo visitante de este pub vistiendo en una sola mano un guante para cumplir la promesa a su madre de no volver a tocar en su vida una pinta de cerveza. Seguimos la ruta al otro lado del Liffey, en el Temple Bar, visitando The Auld Dubliner, otro tradicional pub con ornamento artesanal y un ambiente dividido en dos plantas; arriba, juventud, algarabía y música para mover el esqueleto. Abajo, más tranquilo. Hasta que comenzó la actuación en directo de un músico que amenizó la noche con algunas coplas de corte folclórico irlandés. Una auténtica pasada. Cansados, cenamos en plan guerrilla (hamburguesas de pollo baratas, muy naturales y sabrosas) en un garito de ‘fast food’ irlandés llamado Abrakebabra. No obstante, antes de regresar al hotel y perdernos ligeramente para ver la salida de la ‘creme de la creme’ dublinesa en el National Concert Hall, lugar donde se representaba la obra benéfica de Navidad con los Bustamantes y las Amarales patrios, había que finalizar con una Guinness. La noche acabó así con una última pinta en el James Toner Pub, en Baggot Street, haciendo esquina con Roger’s Lane, donde se dice que W.B.Yeats acudía habitualmente.