martes, 17 de marzo de 2009

Crónicas de Dublín (I)

Fue intenso y maravilloso. Uno de esos viajes que esperas disfrutar hasta la extenuación, producto de las ganas acumuladas, pero que resulta ser un éxodo hacia la armonía sustancial y la impresionante acogida que da esta imprescindible ciudad que es Dublín. Supuso la escapatoria perfecta para intentar reestablecer el equilibrio y el orden de un universo personal con ciertas oscilaciones en su estabilidad. Era primordial el descubrimiento de una orbe llena de vida como ésta, de riqueza cultural y ancestral que tiene en sus gentes, afables y entrañables, el mejor de sus reclamos turísticos. Dublín es una ciudad con magia, una capital que ha sabido fundir a la perfección las costumbres ancestrales con la modernidad sin perder por ello su identidad identificativa.
Dublín, en gaélico ‘Baile Átha Cliath’, acoge a sus visitantes con hospitalidad y cercanía, haciéndose una metrópoli alegre, abierta y cosmopolita. Sus calles están llenas de vida. Sus verdes parques verdes son una gozada deleitable a la vista. Su ambiente de ocio, entre pubs, tabernas y bares, desprende una forma de vida que, pese a la distancia, se corresponde con la alegría multicultural que se respira en su jovial y despreocupada atmósfera. Dublín se ha transformado en un reclamo turístico que destila arte, historia, cultura y ocio en cada rincón.
En mi caso, asumo una frase de Oscar Wilde que, en las calles de esta ciudad a la que regresar, “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto, toda nuestra vida se concentra en un sólo instante”. Este viaje bien podría definir esas sensaciones que he reencontrado en la ciudad como miserable remedo del Leopold Bloom de James Joyce. Fue, a buen seguro, el último gran viaje en muchos años.