jueves, 19 de febrero de 2009

LIDL: El temible universo del 'hard discount'

No sé qué clase de perversa naturaleza posee el LIDL de mi barrio, pero viene a ser como el supermercado del fin del mundo, aquél destinado a acoger en sus pasillos a la mayor cantidad de gente rara por metro cuadrado. Gente apocalíptica que vaga por las secciones de este centro con la mirada perdida, buscando el precio más barato, que te mira mal porque cree que estás invadiendo su terreno, su páramo de disimilitud comercial. Hay de todo; gente que camina con bermudas cuando en la calle el termómetro marca dígitos por debajo de cero, señores de ochenta años que se pasean del brazo de espectaculares señoritas, amas de casa amenazantes que compran varios lotes de cuchillos de oferta, orondos caballeros que gustan de las virtudes de la cerveza alemana tirada de precio y aprovechan el viaje para comprar varias unidades de salchichas de kilo, tíos de bigote rizado aficionados al bricolaje, fulanos con enormes gafas de culo de vaso oliendo comida, inexplicables matrimonios apilando comida de forma ingente… Todos ellos unificados bajo una fisonomía inaudita, a veces grotesca, rara e inquietante.
Es como si la gente más extraña de la ciudad hubiera encontrado su lugar o formaran una sociedad secreta. Las cajeras parecen auténticas acémilas campesinas húngaras deseosas de cobrar por bolsas, ajenas a la atención del cliente, mecánicos cyborgs funcionales. LIDL corrompe la idea del término supermercado. Ya no es el típico establecimiento comercial de venta al por menor en el que se expenden todo género de artículos alimenticios, bebidas, productos de limpieza, etc. LIDL es el punto de congregación de aquellas personas que viven al día en las ofertas de productos a bajo precio, que han encontrado su lugar de ocio, su comercio predilecto, el recinto donde pasar las tardes en busca de ese artículo inspirador a precio de saldo.
Obviamente, no estoy diciendo que todo aquel que compre en un LIDL se ajuste a esta estrambótica idea de supermercado como fenómeno paranormal o universo paralelo. Sin ir más lejos, yo también me acerco esporádicamente a este espacio. Y lo hago para comprar, única y exclusivamente, agua. Reconozco que no he encontrado otra que esté a la altura de calidad, gusto neutralizado, transparencia pura y precio económico. Cuando voy, suelo adquirir del orden de 30 garrafas de 5 litros. Es la única manera de asegurarme el líquido elemento por unas cuantas semanas y poder evitar ir periódicamente al LIDL.
Lo extraño es que con un carro entero lleno de garrafas, con ésa visión de alguien directamente sacado de la película ‘The Faculty’ acarreando tal cantidad de agua, me convierte, a los ojos de cualquiera, en otro extravagante ser de esta familia de ‘freaks’, de gente extraña y de ‘cazaofertas’. Sin quererlo, ellos te observan de otro modo en el instante en que continúas cargando el carro del mismo modo en que lo harías si una catástrofe asolara la Tierra. Las miradas de reprobación se transforman en absurda complicidad. Ya eres uno más. Has pasado a formar parte de la cofradía de la cadena de supermercados de descuento y gente insólita. Es el pago que hay que hacer por beber el agua que te gusta. Es el mundo del ‘hard discount’, el paraíso de las marcas blancas. Simplemente, otro punto de vista en el microuniverso que forman espacios como Hipercor, Mercadona, Carrefour, Día, Gadys, Alcampo o Eroski.