jueves, 27 de noviembre de 2008

Turning point

El ‘turning point’, conocido como punto de giro, es un término utilizado por los guionistas que consiste en la irrupción de un elemento dramático o argumental que cambia la acción desarrollada hasta el momento para hacerla avanzar y modificar la estructura del relato, haciendo que el modelo aristotélico siga su curso lógico. Es el sesgo que motiva que la acción pase a un estado impredecible para poder replantear la cuestión central y sus respuestas y encaminar así la historia a otro nivel narrativo superior.
En la vida, cuando todo parece ir por el camino correcto, cuando se disfruta de un lapso de merecido descanso o de una aparente calma, los acontecimientos se precipitan hacia el caos, hacia el descenso a los infiernos o la mala suerte… llámese como se quiera. En ése momento de incertidumbre, cuando la tragedia roza o golpea la vida real, el punto de giro no hace más que destruir los cimientos de todo lo que te rodea.
Afortunadamente, las cosas, por muy mal que vayan a tu alrededor, aunque no seas tú el protagonista del drama y lo sientas muy cerca, siempre hay que pensar que todo podría haber ido peor. La vida es una película imprevisible que guarda estos puntos de giro cuando más apacible es la historia. Hay que agradecer, no obstante, no se sabe muy bien a qué capricho del destino, el poder mantener la esperanza y la ilusión, poder ver la vida desde un prisma optimista. Es lo único que importa. El sosiego muchas veces se ve truncado por un aciago acontecimiento inesperado. Es el maldito ‘turning point’ vital. Cuando no te lo esperas, se vislumbra un giro total de la acción. Es cuando más se necesita saber que, por mucho que se sufra y que la vida traiga desgracias, siempre hay un ‘happy end’ que te espera.
Y así debe ser.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Vacaciones 2008

Amigos, discípulos, seguidores, detractores y visitantes ocasionales del Abismo: tocan vacaciones.
Este año son algo extrañas debido a la época y fechas en que se dan. Nos desplazamos hacia el norte, a hacer una gira por los bellos y diversos parajes que propone el Cantábrico en su extensión más prolongada; País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia serán los puntos por los que pasaremos para alejarnos de la rutina, para el lapso vacacional que dé tregua a los quehaceres diarios. Las capacidades y la plétora dactilógrafa que simbolizaron este blog antaño parecen de nuevo debilitadas. La innovación, la regularidad y la actualización se han vuelto a reducir. Ésta bitácora siempre encuentra su renovación anual después de un tiempo de asueto, de un cierre obligatorio que traiga renovados ánimos con los que afrontar nuevas críticas, reportajes, dossieres, enlaces, reflexiones sin sentido, historias varias y demás chorradas que pasan por este blog. Por eso, hay que fugarse del entorno blogger.
Es necesaria otra escapada para recuperar fuerzas y desconectar, en este caso, para poder reencontrarme con el mundo real, con la naturaleza, con otros entornos y sus gentes, con la gastronomía de esas ciudades y pueblos a los que regreso después de un tiempo para dejar espacio a la cavilación y la armonía, a la suspensión del mundo, escondida en la inactividad de unas vacaciones que se antojan ineludibles.
Brindaré con gran cantidad de bebida típica de cada región que visite por ustedes.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Review 'Max Payne (Max Payne)'

Excepcional material para un infumable despropósito
Con algún punto en común con el magistral videojuego, la versión cinematográfica de ‘Max Payne’ es un absoluto desperdicio, un despojo visual tan pobre en sus ambiciones que lo convierten en una de las peores películas del año.
A lo largo de los años se va consolidando la idea de que Hollywood fundamenta un éxito seguro si el guión deviene en ‘remake’, en una adaptación de cómic o en el videojuego de turno con legiones de seguidores. Son argucias comerciales que pretenden arrastrar no sólo a los fans del material primigenio para dichas traslaciones, sino a ése público denominado ‘mainstream’, que aboga por un cine comercial sin complicaciones, de puro divertimento expedito. Por supuesto, en casi todas las ocasiones, se cimienta en unos propósitos de beneficio seguro, por lo que para todo tipo de público se revoca la violencia y las verdaderas intenciones de los precedentes, anulando, en muchos de los casos, el espíritu y los atributos básicos que hicieron un éxito del producto en su medio natural.
En gran medida, y en este caso concreto, las películas que siguen esta usanza suelen ser infumables producciones que no logran despertar un interés más allá del efímero vistazo, de la aventura de acción hipertrofiada de secuencias sin sentido como las vistas en las dos entregas de ‘Tomb Raider’, ‘Doom’, ‘Alone in the Dark’, ‘House of the Dead’, ‘Bloodrayne’ o las más digna saga (aunque poco) de ‘Resident Evil’. A excepción de la sobresaliente ‘Silent Hill’, el formulismo y el agotamiento de la idea dejaban a una adaptación como ‘Max Payne’ un terreno idóneo para el cambio, para la correspondencia de calidad entre los dos géneros, el divertimento computerizado y el cinematográfico, que nunca se ha visto en una gran pantalla. La historia del juego creada por Sam Lake era la siguiente; Max Payne, un policía neoyorquino asiste horrorizado a la muerte de su mujer a manos de unos yonquis bajo la influencia de una poderosa droga llamada Valkyr. Tiempo después, trabajando para la DEA, la agencia antidroga estadounidense, se infiltra en una familia mafiosa neoyorquina dedicada a su distribución. Lo que era una operación perfecta, se convierte en una pesadilla de muerte y destrucción para descubrir que todo es una trampa y que alguien está jugando con él. La policía le persigue como autor del asesinato de su jefe y la mafia le quiere muerto. Max Payne inicia así su particular catarsis de venganza.
Obviamente, en esta versión cinematográfica dirigida por el incapaz John Moore se establecen muchos puntos en común con el magnífico guión del juego. Aquél supuso la revelación de una obra maestra del entretenimiento. Éste deslucido ‘Max Payne’ no es, ni mucho menos, esa superproducción de acción, con desarrollo clásico y final inolvidable que han vivido los jugadores de este revolucionario juego. Todos los que se han acercado al mundo digitalizado de Payne no lo recuerdan como una simple aventura en 3D, sino como un estado mental y adicción inolvidable. La elegante coreografía y la naturaleza cinematográfica del juego se pierde por la nula fidelidad hacia el personaje y sus motivaciones, desaprovechando el pilar dramático que mueve a este ser descarriado a su venganza, creando un falso universo interior que va en consonancia con el embarullado signo de la acción y el curso de los acontecimientos.
El gran responsable de tal desperdicio es el debutante Beau Thorne, que ha confeccionado un guión plano y absurdo, que cae desde su inicio en la más absorbente previsibilidad hasta el punto en que todo lo que sucede en pantalla parece ocurrir por simple inercia. Bajo los designios de semejante boceto raquítico, ‘Max Payne’, la película, recrea el universo de perversión y frialdad del original con tan poca capacidad de atracción que se convierte en un despojo visual, en un juego tan pobre en sus ambiciones, que ni John Moore ni sus responsables parecen ser conscientes de la bazofia fílmica que da como resultado una lamentable oportunidad perdida.
Existe cierto tono crítico tras tanto légamo de despropósito, que se centra, desmañadamente, en acusar a las grandes multinacionales de una evidente manipulación de las personas y el sistema. Pero poco más. Los elementos más característicos de un personaje como Payne están tratados de forma hiperbólica y risible. La condición de ‘outsider’ renegado del protagonista, de su oscuridad trágica, de su figura taciturna que acentúan su condición de antihéroe dramático está simplificada al máximo. El hombre vengativo es mostrado sin escrúpulos, sin humor, sin razón para vivir aparente… pero carente del humor negro y cinismo que hacían del personaje renderizado con ése elemento de humanidad y simpatía que aquí no existe. A cambio, Moore se apoya en el universo digitalizado de una ciudad estilizada a golpe de filtro pixelado, de artificiosa deformidad que, si bien logra cierto tono gélido de la segunda parte del juego, no consigue operar a ningún otro nivel; ni en el narrativo, ni cuando la acción reclama su protagonismo.
La intención era clara; la de revivir el espíritu ‘noir’ creando imágenes de barrios oscuros y ambientes nocturnos que simulen el videojuego. De algún modo, Max Payne, dentro del videojuego, era percibido como un claro homenaje a la novela negra americana desde una perspectiva muy europea. Pero la grandilocuencia de Moore y del fotógrafo Jonathan Sela desvinculan esta tradición hacia una circunstancia estética en continuo contraste monocromático bajo una puesta en escena sin alma creada con tanta imaginería digital. No hay nada que brille con luz propia dentro de este ‘Max Payne’ mortecino e infumable. Ni siquiera esa visualización del célebre e imprescindible ‘bullet time’ del juego, ni esos demonios alados de la mitología griega producto del Valkyr ligadas a la tradición nórdica. La espectacularidad, para Moore, es ofrecer un atropellado montaje de rácano lenguaje primario, tan inexpresivo como hueco.
Tampoco ayuda mucho la presencia de Mark Wahlberg interpretando a este duro policía. El actor da una inmejorable demostración de sus ocasionales errores dentro de una irregular carrera, dejándose llevar por ese tono impávido que impregna el total del metraje. Pero no es el único, ya que le siguen unos personajes secundarios completamente unidimensionales y arquetípicos, exentos de todo atisbo de carisma. De ahí que Chris “Ludacris”, Beau Bridges, Amaury Nolasco y un reaparecido Chris O’Donnell sean simples peones de una partida aburrídisima. Ni siquiera hay oportunidad de recrear la vista con la sugerente presencia de Olga Kurylenko, ya que su papel es inapreciable. Lo peor de todo es que la historia del videojuego de ‘Max Payne’ era la oportunidad perfecta para proponer de una vez por todas una vía de acercamiento alternativa fascinante entre los dos formatos que se unen, aprovechando lo mejor de ambos para crear un producto contundente, de una calidad por encima de la media. Si a eso añadimos que Marco Beltrami realiza una excelente composición orquestal que se pierde en la maraña de imágenes, mejor olvidarla por completo.
Lo tenía todo; un personaje traumatizado, acción a lo ‘Matrix’, éter pesadillesco, malvados de lujo y un inconfesable secreto a modo de giro narrativo y dramático más brutal visto en un producto audiovisual de este calibre. Sin embargo, Hollywood no se puede permitir traspasar el umbral de lo que dicte la taquilla familiar. A cambio, nos queda una de las más sonrojantes y aborrecedoras muestras de aburrimiento vistas en mucho tiempo. Además de desacreditar y profanar la idea de lo que hubiera sido una estupenda saga cinematográfica, ‘Max Payne’ es una de las peores películas de este 2008. Si no la más bochornosa de las vistas en este año.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

lunes, 10 de noviembre de 2008

Saco de Mentiras

Llega a la red ‘Saco de mentiras’, una página dedicada a recopilar artículos y críticas cinematográficas y literarias que encuentran su metódico atractivo en la disposición de contenidos en función de la aparente desactualidad. Una web que recompone ficciones en forma de críticas, de miradas geométricas sobre creaciones que son rescatadas bajo el prisma de diferentes visiones, considerando la ficción, ésa mentira a la que alude su nombre, “como imprescindible para descifrar y soportar el mundo real”. Con un propósito de recuperación de obras y autores para que no caigan en el desuso de la memoria, ‘Saco de mentiras’ reúne a un grupo de colaboradores cuyo objetivo es, a través de una minuciosa coordinación, el de aportar con sus textos una conservación que alude a ése fardo de sueños que no debe malograrse en el tiempo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Elecciones USA: Barack Obama y el cambio

Una de las primeras cosas por las que había que interesarse esta mañana, a primera hora, era si el sueño del cambio había llegado por fin a los Estados Unidos. Y así ha sido; Barack Obama se ha convertido en el primer presidente afroamericano de la historia del país más influyente del mundo. Y lo ha hecho destrozando todas las expectativas, derrotando por mayoría a John McCain, un rival republicano enflaquecido por una campaña electoral que nada tenía que hacer frente a la impoluta visión electoral que ha desplegado el partido demócrata. Obama ha cristalizado el sueño que simboliza nuevos aires de cambio y un enorme estribo a esa legitimidad de su modelo social basado en las oportunidades. Norteamérica, desde hoy, vuelve a ser el país con asideros utópicos, pese a que atraviese, como el resto del mundo, por una de las peores crisis económicas de los últimos años que ha generado un lógico malestar y temor en la sociedad.
El infame George W. Bush ha dejado un coloso tocado, un país que se enfrenta a una época de transformaciones necesarias urgentes. Estados Unidos ha entrado en un dilema monetario que se ha extendido como un cáncer al resto del mundo. Además, debe aminorar su dependencia energética, regular y sanear la gestión económica, instituir la democratización política, frenar el descenso de los ingresos de las familias trabajadoras, afianzar decisiones sobre la restauración de la política atlántica, tomar una decisión lógica sobre el Irán nuclear, Oriente Medio, Cuba o Venezuela y Latinoamérica en general. Sin olvidar el cambio climático… Muchas cosas pendientes que deben romperse al igual que ése letargo anestesiante, conformista y conflictivo que ha dejado Bush, el peor presidente del país de todos los tiempos, que ha dejado un modelo económico desplomado y ha arrastrado al resto de economías internacionales, vetando la democratización de organismos internacionales, sacándose de la manga una guerra ilegal que ha manchado de sangre las manos de una nación que necesita esta nueva eventualidad. Ha llegado la hora de Obama.
En estos tiempos de incertidumbre y desarreglos, es necesaria la figura de un líder capaz de reconciliar al estrato social con la esperanza y el sueño de la renovación. El discreto silencio y la nulidad del pueblo debe transformarse en exigencia y participación, en compromiso. O al menos, eso se espera, porque ya se sabe que los políticos siguen, después de tres siglos, acogiéndose a un camuflado despotismo ilustrado. Una vez que ganan olvidan a sus electores. Esperemos, por el bien de todo el planeta, que Obama no siga este concepto tan extendido por estos lares. Esperamos que represente lo que vende con ése rostro de cercanía y voluntad de transformación, que aporte una luz al mundo que traiga con su elección como presidente la alternativa y la puerta al sueño que se abra a un derecho común y a la justicia y que elimine las iniquidades y el desamparo. El mundo le necesita. Tiene su oportunidad. Veremos cómo responde.

martes, 4 de noviembre de 2008

Raúl Prieto, más que un actor

Hace poco, en Salamanca, se tuvo la oportunidad de ver representada la obra de August Strindberg ‘La señorita Julia’, dirigida por el veterano Miguel Narros. Cuando se cumplen 120 años de la publicación de la obra de teatro, los propósitos de este demencial autor sueco siguen vigentes en la actualidad; la infame e irresistible pasión de esta mujer avanzada a su tiempo, malcriada y caprichosa, liberal y atormentada, atraída irremediablemente por su criado, un joven con aires de grandeza, ambicioso y sin escrúpulos. Éste, a su vez, no soporta su posición social y se ensaña con la hija de su señor en una relación de perversas dualidades que van desde la clemencia al sadismo, en un sinuoso viaje interno a través del nihilismo, de la maldad, de la manipulación y los juegos psicológicos mezclados con los recuerdos y los deseos de unos personajes agobiados por sus dudas.
No se ha perdido ese prisma brutalmente antifeminista, donde el sexo es capaz de igualar las clases y llevar a una locura que acarrea unas inevitables consecuencias que devienen en un choque con los recuerdos, en una guerra de géneros en la que se libran armas como el insulto, la pasión y la artería emocional. Narros adapta con gran fortuna la obra de Strindberg. Tal vez se le puede reprochar que en su desenlace, tanto la puesta en escena como el devenir de los acontecimientos sea excesivamente plana y fría, lo que hace que ese trágico final no transmita la veracidad, la cercanía y la tribulación necesaria para poner la puntilla a una magnífica función. Lo más destacado, eso sí, son las interpretaciones que llevan a cabo sus tres únicos actores; Raúl Prieto, María Adánez y Chusa Barbero. Y en este punto es donde verdaderamente comienza el post.
Conocí a Raúl hace catorce años, cuando nuestros caminos se cruzaron el primer día de clase en aquel octubre en que comenzamos CC. de la Información en la Pontificia de Salamanca. Desde entonces, junto con otros cómplices comunes, como Quike Santiago o Amable Pérez, no hemos dejado perder el contacto. Ya desde entonces, este valenciano criado en Salamanca comenzaba a mostrar sus múltiples inquietudes artísticas. Además de su brillante paso por la facultad y de comenzar la carrera de Filosofía, Raúl tenía tiempo para dibujar en los míticos fanzines de ‘Fórmula Rave’ y empezar a hacer sus pinitos teatrales dentro del grupo ‘La Máscara’, donde participó en numerosas obras de diversa índole. La interpretación se convirtió en su objetivo vital, en su designio de futuro.
Viéndole en aquellas funciones, ya se intuía que este joven portento era una auténtica bestia interpretativa, haciendo plausible cualquier método categórico para llegar al fondo del personaje. Con su intachable y deslumbrante paso por la RESAD, Raúl se fue forjando en cortometrajes y, sobre todo, en las tablas del teatro, su gran pasión. Rafael Labín, Vicente Fuentes, Ricardo Pereira, Paco Vidal o David Boceta son sólo algunos de los directores con los que ha trabajado hasta la llegada de Miguel Narros, referente dentro del mundo teatral y director de sus últimas tres obras; ‘Salomé’, ‘Móvil’ y ‘La señorita Julia’. Series televisivas como ‘Amar en tiempos revueltos’ o, más recientemente, ‘La señora’, y el protagonismo de la película ‘La fiesta’ han mostrado el grado de versatilidad de actor un prolífico y de inagotable talento.
Raúl Prieto es uno de los mejores actores jóvenes de este país. Posee una facilidad descomunal para encarnar a personajes torturados, dando vida a mentalidades cubiertas de un esmalte de dureza, de maldad, pero que, en el fondo, esconden una delicada fragilidad. Poca gente hay que escudriñe todos los estratos intrínsecos de sus roles, aquéllos que lleven a entender y comprender sus movimientos. Es lo que le hace tan especial. Un actor que conoce y diferencia a la perfección los diferentes códigos interpretativos, para llevarlos al límite, a la genialidad. Raúl siempre se ha caracterizado por llevar su profesión hasta ése grado de desequilibrio que hace grande la profesión. Y lo hace con devoción, disfrutando de cada momento en el que despliega sus inabarcables aptitudes, haciendo de su trabajo un objeto de práctica hermenéutica, pero sabiendo poner los límites necesario de alejamiento. Es un interprete que lo tiene todo. Para Raúl el escenario, su medio predilecto, es una puerta a la verdad de unos personajes que desgrana con inteligencia y los hace suyos, bebiendo de la verdad de las pasiones, extrayendo toda la vida y el sentimiento posible perceptibles en sus memorables festejos teatrales o participaciones cinematográficas o televisivas.
Este joven actor sabe concebir la existencia y las relaciones humanas, la realidad y la ficción de un modo que determina siempre la esencia de la expresión artística, unificando una particular cohesión entre el lenguaje corporal y la técnica interpretativa. Pocos actores saben crear y desarrollar un discurso específico como lo hace él. Raúl Prieto tiene un don, como una antítesis del mago, cuyo propósito es convertir de forma diáfana la complejidad del mundo y del alma humana. Sabe como nadie transmitir y representar con dignidad ésa la paradoja del actor en su más alta esfera, es decir, la encarnación y la determinación dados en una admirable licuación de talento, ya sea en comedia o en drama.