viernes, 31 de octubre de 2008

Review 'Camino'

Amor terrenal por encima de los dogmas
Javier Fesser cambia de género para ofrecer una portentosa historia que, más allá de fijar su mirada en el anverso y el reverso del Opus Dei, supone una fábula fantástica sobre la independencia, la bondad humana, el amor y la muerte. Una experiencia vital y emocional irrepetible.
Lo más seguro es que ni a los seguidores del Opus ni a los sectores más comprometidos con el cristianismo beligerante una película como ‘Camino’ les haya hecho mucha gracia. Es una cinta que levanta ampollas por lo diáfano de su discurso y por los elementos reales que Javier Fesser utiliza para narrar su nueva y controvertida fábula. La gran controversia ha venido dada por una dedicatoria final, donde se ofrece la tercera película del cineasta madrileño a la memoria de Alexia González-Barros, personaje en el que se inspira libremente. Alexia fue una adolescente española que sufrió un doloroso cáncer que acabó con su vida con tan sólo 14 años. Según se cuenta, aceptó plenamente su dolorosa enfermedad desde el primer momento, ofreciendo el intenso sufrimiento y las numerosas limitaciones físicas que padecía a la Iglesia, al Papa y a todos los demás. Todo ello desencadenó que, después de su pérdida, se iniciara un proceso de canonización que está a punto de culminar.
En ningún momento, Fesser trata de hacer un ‘biopic’ postulador de una persona real, ni de acercarse a la vida de Alexia, ni a las profundas razones gracias a las cuales afrontó con tanta entereza su enfermedad. Fesser se limita a tomar como punto de partida un hecho real y su entorno familiar, donde no existen más analogías que aquellas que puedan molestar por la controvertible dialéctica de la fábula narrada por el director de ‘El Milagro de P. Tinto’. ‘Camino’ se distancia así del acontecimiento y se muestra como una experiencia vital y emocional de una inocente niña que padece una terrible dolencia y afecta a quienes la rodean, como muchas otras trágicas historias que tienen lugar cada día en todas las partes del mundo. De ése alejamiento surgen nuevas posibilidades, que Fesser utiliza para construir una ficción que poco tiene que ver con la realidad de la joven Alexia.
Tan sólo las une un similar enfrentamiento a la misma enfermedad, ya que aquí se asume otra vertiente concebida para redimensionar el mensaje testimonial con la inclusión de dos acontecimientos trascendentales en la vida de Camino; se enamora por primera vez y al mismo tiempo siente cómo su vida se apaga. Si a eso unimos que ‘Camino’, es el título del libro esencial escrito por el creador del Opus Dei Jose María Escrivá de Balaguer, la polémica está servida.
La película presenta a Camino, una joven muchacha de vitalidad y alegría contagiosa, preocupada porque a ella le gustaría dedicar su tiempo libre al teatro, mientras que su madre, acogida a las férreas y inescrutables consignas religiosas del Opus Dei, prefiere que siga el rumbo de su hermana, una numeraria de la “obra” que vive en Pamplona reclutada para seguir las órdenes que marcara Escrivá de Balaguer, fundador de esta peculiar sociedad religiosa-católica. Para Camino Dios, Jesucristo y el Opus pasa a un segundo plano cuando conoce a Cuco, Jesús, un chaval del que se enamora y que también actúa en la función teatral. Mientras, su padre José, más agnóstico ante el fanatismo de su esposa, adora a su hija simplemente como una jovial niña de 12 años que tiene toda una vida por delante. Sin embargo, los acontecimientos cambian cuando a Camino se le detecte un agresivo cáncer óseo que la postrará en una cama avocándola a una vertiginosa y amarga agonía. El arriesgado trabajo de Fesser traza un recorrido por una doble vertiente; la de los parajes existencialistas que ponen en duda las creencias católicas y la de un doble sentido de espiritualidad que utiliza para exponer, con calculada ambigüedad, la vida de aquellos que ponen su vida al servicio de un dogma al borde del fanatismo. Los mismos que viven su farsa persuadiendo a los demás a sus dominios y, de paso, delimitar la libertad. Es una mirada clara y contundente al anverso y el reverso de un santuario de doctrina con nombre propio: El Opus Dei.
Podría verse como una tentativa maniquea para poner en tela de juicio una institución sectaria amparada por la Iglesia Católica, sin embargo, ‘Camino’ no va de eso. Fesser es lo suficientemente sutil e inteligente a la hora de ejemplificar la cotidianidad de la “obra”, sin promover una idea demasiado negativa sobre sus costumbres y abnegaciones. Evidentemente aquél que haya vivido de cerca esta hermética sociedad religiosa sabrá reconocer la esencia radiográfica y el contexto que se le da a ciertos fragmentos de la película; sobre todo en lo concerniente a la hermana y su vida de numeraria auxiliar y sus tentaciones terrenales que deben ser martirizadas, al proselitismo interno, a la obsesión de la “obra” con la Iglesia Prelaticia en Roma, a la vida otorgada a Jesús y la constante grafía de Escrivá, siempre presente en su día a día. Así como la coacción e influencia religiosa, la falta del derecho a la intimidad y la necesidad de canonizar creencias místicas y milagrosas, como aspirar a la Santidad en lo cotidiano de cada día.
Los cuestionamientos de esta apasionante historia son mucho más trascendentales. Se superpone así la escala esencial del antropocentrismo, entendido como el enaltecimiento del ser humano como medio para llegar al conocimiento de la misericordia y no recurriendo a una figura incorpórea de divinidad aparente. Y lo hace sin ningún tipo de alarde ni afectación existencial. El terrible conflicto es evidenciado con sencillez y emotividad, desde un fino prisma de verdad, sin artificios dicotómicos (pese a que los curas sectarios sean demasiado caricaturescos), situado en un punto de libertad de expresión que apela a la independencia creativa y a la libertad de crítica hacia aquellos que ponen por encima de todo la actitud de evangelizar y vender a los demás su creencia.
Por eso, tal vez, el discurso duela por lo contundente, por la posición de acercamiento, con ímpetu de conocimiento hacia los límites y las fuentes de una realidad como es el fundamentalismo religioso. A través de la tragedia de la niña, también hay una diatriba contra las férreas supersticiones a las que se somete cierta parte de la sociedad que, paradójicamente, aleja la materialidad de muchos conceptos en los que se cree fielmente, como puedan ser el amor, la libertad y la vida. ‘Camino’ se adentra así en los oscuros cauces de una doctrina cuestionada desde la quietud y el naturalismo, sin caer en la provocación que, a buen seguro, florecerá dentro del seno de aquellos a los que se refiere esta conmovedora cinta.
La crítica existe, por supuesto. Pero está camuflada entre líneas de una inspirada y emotiva fábula de fantasía enfrentada a la cruel realidad. El director y guionista carga sus tintas contra un sector que tiene dentro de sus filas a fanáticos oportunistas capaces de inventar y vender milagros, de utilizar una vida infantil arrancada para ser utilizada como instrumento de glorificación de la voluntad de Dios. Pero no es tanto una crítica a los principios y creencias del Opus Dei ni al credo católico como lo es a la usurpación de las creencias y pensamientos de los demás y de los hechos que se narran. Para Camino, es más importante su ímpetu por sentir un amor real, de disfrutar de una vida sin condicionamientos, de querer vivir el día a día del falso salvoconducto vital que le propone su madre.
De ahí ese escapismo onírico que enfrenta con sueños idealizados y pesadillas en forma de tortura maternal y persecución del ángel custodio. Son los momentos en los que Fesser aprovecha para insertar sus reconocidos juegos fantásticos que irrumpen bruscamente en el tono hiperrealista, aprovechando tales inflexiones para proponer un apasionante juego gramatical y semántico, pero sobre todo visual. Más allá de la ejemplificación, más allá del Opus Dei, de la polémica y de los maniqueísmos que puedan verse desde una dualidad de pensamiento, ‘Camino’ es una fábula fantástica sobre la independencia sentimental, sobre la bondad humana y el primer amor, sobre la felicidad que no sabe de reconvención religiosa ni de dogmas.
Puede que haya quien vea la personificación de Gloria, la madre, como un personaje negativo, que infunde el odio del espectador y simboliza la maldad de una institución como es el Opus. Pero no es así. A pesar de significar esa represión cultivada, aplicada a su familia y derivada a su credo llevado al límite, no deja de ser otra víctima del entorno opresivo, que tiene momentos de duda y que sufre impotente una tragedia sin solución. Lo profano es visto como una amenaza a los ojos de esta madre, que no tiene más remedio que escindir la libertad de elección de Camino, metaforizada como ése pequeño ratón que entra una y otra vez en la jaula con queso, pero que gracias a la gran bondad de la niña, logra escapar siempre.
Otra cosa es que el padre sea mostrado como un ser mucho más tangible ante el dolor, que se muestra débil, dubitativo, aterrado e incapaz de no sufrir hasta el extremo con todo el periplo existencial que supone ver perder a su hija pequeña. Él es el confidente de Camino, su cómplice, su conexión real con los sentimientos fraternales, con el albedrío que genera la comprensión y el entendimiento. Es un hombre que no entiende porqué es anulado por ése “verdadero Padre” o por la figura de Escrivá, hecho por el que la película pasa apenas de puntillas, sólo remarcado en esas flores compradas para su hija que aparecen poco después bajo su terrorífica efigie. Es un hombre que, en último término, permanece inerme ante su mujer porque la quiere y la entiende, en su creencia y en su dolor. “Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor”, se puede leer en la máxima 982 del libro de Balaguer.
Fesser juega desde su prodigioso prólogo a la confusión, a proponer una historia de falsas apariencias, donde Camino ve la luz divina de la “obra” en sus momentos finales, alcanzando el éxtasis de santidad que satisface, y de qué manera, a los que visten las sotanas de usuras que tan bien apelan a la farsa y a la manipulación. A lo largo del filme, Fesser irá desajustando esa realidad a través de la mirada inocente y pura de un ángel real, de esa niña con ganas de vivir intensamente el primer amor, de ir configurando sus sueños y devociones, que muy poco tienen que ver con lo cristiano. Lo que todo el mundo va interpretando como claras señales de santidad, no es más que un hermoso y desesperanzador amor infantil.
‘Camino’ es, ante todo, una historia de amor que, a lo largo del metraje, se va nutriendo de referentes fabulescos, como esa ‘Cenicienta’ de Charles Perrault o ‘Alicia en el país de las maravillas’, de Lewis Carroll. Referencias que Fesser aprovecha para definir con carga poética, visualizada con los habituales efectos especiales que se ponen al servicio de su punzante trasfondo, como una vía de escape, un espejo onírico y catártico. Es el modo de paliar el dolor y la tutela maternal convertida en visceral por su devota madre. Es un tránsito redentor hacia la luz y el amor, sí, pero nada tiene de beatífico.
Camino se muestra entregada y romántica a su pasión por Jesús. Pero es una ilusión. “Jesús, que yo haga siempre lo que tú quieras”, decía constantemente el personaje en el que se inspira. Camino, comparte la misma fortaleza, paz y alegría en su vía crucis, pero diferenciando lo divino y lo humano, puesto que el Jesús a quien la niña quiere tiene los rasgos de ese chaval de mirada triste que también bebe por sus vientos. El amor divino y la santidad poco tiene que hacer contra el amor terrenal. La salvación espiritual de la niña no comparte la visión religiosa de la vida y no comprende la actitud cristiana ante la muerte.
Tampoco deja espacio para la actitud masoquista, puesto que Camino sufre y se cuestiona sus creencias, porque, como ella misma afirma dentro del filme, todo lo que pide para los demás se cumple, pero no para ella. No entiende porque si Dios la quiere tanto la castiga de esa manera tan atroz. Sus últimos deseos no se corresponden a los aspectos doctrinales y el modo de vida de los integrantes de ese movimiento religioso oportunista. Ella propone un bello viaje a un Viena de ensueño con olor a dulce, en brazos de su auténtico padre y con un vestido rojo de oferta, para poder ver, por última vez, a su enamorado junto a la persona que lo da todo, absolutamente todo, por esta pequeña enferma.
Habrá quien tache a Fesser de neutralidad impostada o de partidista con énfasis de ateísmo negativo que pone en duda la existencia de un supremo creador. Se puede leer entre líneas que el problema de Dios, en esta película, es el mismo que el de Mr. Meebles. Que no existe. Como ése sillón vacío al que apunta la cámara de Super-8 donde debería estar Jesús, el hijo de Dios. ‘Camino’, propone un canto a la vida, a la fe y creencia de un amor tangible y humano en el que, no obstante, no falta la aparición del destino o del ‘Deus ex machina’.
La fe puede tener una doble variante; aquella que sirve para llegar a un estado de plenitud y felicidad y la que se utiliza como herramienta para afrontar los duros golpes de la vida. Es la certificación de que la fe teológica no es la única que puede albergar el auténtico camino al amor real y humano en contraposición del divino. Como la postura de Camino ante la historia de Bernardette Soubirius. Ante su misticismo entregado, la pequeña prefiere recordar las palabras de ese molinero al que dejó por fe divina. Eso, y no su devoción, es lo que pone realmente los pelos de punta.
Javier Fesser ha creado una película intensa, valiente y entregada, que rebasa los límites de lo emocional hasta llegar al paroxismo, que muestra esta agonía con una minuciosidad visual creada a partir del sentimiento. Puede que haya cierto engolamiento dentro de los sueños y pesadillas, pero sólo así es posible vincular de un modo tan íntimo la imaginación y la esperanza para poder superar el dolor y la muerte. También ha habido comentarios en contra de la explicitud con la que se muestra la tortura quirúrgica de Camino. Pero, en definitiva, el filme no deja de tratar sobre la enfermedad y la muerte, que encuentra, eso sí, su único defecto, en su excesivo final, por lo duradero y por lo dramático, por ésa puntilla crítica a unos insólitos aplausos en la muerte de Camino que tiene como objetivo crear la simple concordancia onírica de la niña y la realidad de su fallecimiento. Pese a ello, no desentona en su objetivo por conjugar las emociones con ésa realidad que golpea fuertemente en la retina del espectador.
Sería un error no destacar el elemento más sobresaliente de Fesser como director. Y es la concerniente a la labor interpretativa que realizan todos y cada uno de los actores y actrices que aparecen en ‘Camino’, por mínima que sea su presencia en la pantalla. Desde ese inconmensurable descubriendo de la angelical Nerea Camacho, capaz de reflejar el dolor y el amor que se mezclan en un trayecto de angustia que no elimina la esperanza, de la gran Carmen Elías, que logra transmitir la dualidad del amor y la devoción religiosa de una manera admirable o la entrega sacrificada de ese padre encarnado por Mariano Venancio con absoluta genialidad interpretativa. Sin olvidar la fragilidad que destila Manuela Vellés y secundarios como Ana Gracia, Jordi Dauder, Fernando Carrera, Lola Casamayor y los jóvenes Miriam Raya, Claudia Otero o Lucas Manzano.
Estamos ante una obra magna, de esas que huelen y subliman verdad. Ficción creada a partir de realidad, ‘Camino’ radiografía ciertas creencias y maneras de vivir donde cada personaje describe variantes dentro de la referencia social que utiliza, desde la creencia y desde la duda. Javier Fesser ha rodado su mejor película hasta la fecha y uno de los ejemplos más palmarios de grandeza del cine español en mucho tiempo. Su ambiciosa y arriesgada propuesta, excepcionalmente compleja y conmovedora se define por su intrincada polisemia pura, donde los significados y emociones se diversifican en una brutal muestra de cine con mayúsculas. Si ‘Camino’ no es una obra maestra, poco le falta.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

miércoles, 29 de octubre de 2008

Homenaje a Gerard Damiano, el clásico más grande del Cine X

1928-2008
Con el fallecimiento de Gerard Damiano, director de la cinta de culto ‘Garganta Profunda (Deep Throat)’, se va uno de los dinamitadores más emblemáticos de la moral americana y mundial. Uno de los guerrilleros diletantes más carismáticos de un género para adultos que crece a pasos agigantados bajo el yugo de la hipocresía. Damiano, con su obra fue ante todo, un cineasta que supo ver el excepcional potencial de un arte proscrito, que destapó la falsedad de un país cuando más lo necesitaba y que abrió las puertas de una industria que, más de tres décadas después, atraviesa un momento idóneo. Su filmografía desprendió el pecado que todos estaban dispuestos a probar, la libertad sin límites dentro de una pantalla. Incluso hoy en día, sigue viéndose como un clásico de culto.
‘Garganta Profunda’ es un filme pionero que sigue teniendo vigencia a través de los años con apenas unos 50 de títulos en su carrera, la mayoría encuadradros en el noble arte sicalíptico, siempre buscando la provocación inteligente. Incluso probó suerte en filmes de serie B de terror y cine ‘underground’. Pero lo cierto es que Damiano pasará a la historia como director de una película que sobresale por encima de su figura de cineasta maldito y que tanto influenció a una generación de artistas y público, que sigue respetando este clásico que hoy, aprovechando su reciente desaparición, es homenajeado en estas páginas, rescatando el dossier que ya apareció en este blog hace cuatro años.
La película X más grande de todos los tiempos sigue vigente a lo largo del tiempo
Gerard Damiano consiguió una admirable gesta tan reivindicativa como genérica para el X, género desvirtuado con el paso de los años.
Es un hecho fehaciente que el cine porno goza en la actualidad de una divulgación que hace algunas décadas no tenía. Cierto es que, allá durante principios de los 80, con la aparición del soporte electromagnético (es decir, el vídeo), muchos de los clásicos del género se prodigaron con profusión en muchas de las numerosas cintas que durante la época se multiplicaban. Hoy en día, el DVD primero y, sobre todo, las bandas anchas de internet, permiten un escandaloso flujo de porno que se ha multiplicado en un elevadísimo porcentaje en la última década.
Pero si tenemos que remitirnos al clasicismo de este X, del cine porno, de las maravillosas e insidiosas pasiones que siempre han requerido de nuestra curiosidad para ser descubiertas, la película clásica del X por tradición y convicción, nos tenemos que rendir ante ‘Garganta Profunda’, la joya de la corona de la historia de este tipo de cine tan denostado hipócritamente, la más aplaudida por el erotómano más romántico. Este mítico filme de culto dirigido por Gerard Damiano y protagonizado por la musa de diversas generaciones de onanistas recalcitrantes Linda Lovelace revolucionó a principios de los setenta todo el género, la concepción que se tenía de este tipo de cine y toda su iconografía, cambiando para siempre el género y otorgando al cine pornográfico una aura de magnificencia, de dignidad y creando un mito que permanece vigente a lo largo de los años, inalterable, eterno...
Cuando llegó la era del liberalismo hippie, la Guerra de Vietnam, el amor libre y la reivindicación de la libertad corrían los locos y excesivos años 70. Fue entonces cuando se pasó de proyectarse cortometrajes muy subiditos de tono a realizarse películas en formato de cine, con argumentos más o menos cuidados y con un determinante común: explícitas y cuidadas raciones de sexo. Es entonces cuando se estrena una de las películas más célebres de la historia del cine, ya no marginado al ámbito porno, sino que es uno de los pocos títulos que el público generalizado conoce (al menos porque lo han oído mencionar alguna vez). No se exagera cuando se alaba esta película engrandeciéndola hasta la divinidad, ya que contando con un reducido presupuesto de apenas 250.000 dólares llegara a estrenarse en casi todo el mundo, recaudara en un solo año 6 millones y haya amasado desde entonces una fortuna de más de cien millones de dólares, ahí es nada. Dejando la estética ‘beatnik’ y underground a un lado, Damiano abordó el género dotando sus secuencias con el tono ‘hardcore’ y atrevido que antes no habían conseguido sus congéneres, convirtiéndose así en el que se puede considerar como padre del X moderno. Es cierto que las películas posteriores de Damiano son las que de verdad interesan conocer debido al fondo reflexivo y argumental de la historia, como ‘El diablo y Mr. Jones’ o ‘Historia de Joanna’, historias llenas de angustia y consternación que narraban de un modo magnífico y certero la soledad e incomunicación del ser humano. Puede parecer un análisis artificiezazo, pero lo cierto es que si las películas de Damiano son grandes son, porque como el espíritu que imbuía a ‘Tras la puerta verde’, de los polémicos hermanos Mitchell (habrá que dedicar un estudio blogero a estos dos sediciosos), incluían en sus argumentos una línea dramática progresiva, en el que el sexo explícito siempre estaba a disposición de la trama y no al contrario, que es lo que suele suceder en la mayoría de los sucedáneos de X que aparecen en la actualidad.
Una joya entre la basura
‘Garganta profunda’ es una ágil película que sirvió (y sirve) como sano ataque a la hipocresía que rodea a la siempre melindrosa sociedad americana. Este mítico filme de Damiano es una embestida gamberra y hippie, que pese a que no es ni mucho menos una obra maestra, sí que sirve de reivindicación de lo que representa y es en realidad: el primer porno de la historia del cine en solventar un género que sigue hoy en día en la sombra de la ranciedad más humana, pero que es el hacedora de las posteriores obras que se han ganado un hueco en nuestros corazones. ‘Deep Throat’, su tílulo en inglés, es una película dinámica, ágil, con una estructura de guión que aporta un ritmo ilógico en lo habitual de una película de género, manteniendo esa frescura con la que Damiano rodó, con la presteza con la que Lovelace engulle miembros y un silogismo de lo que debe ser la diversión cinematográfica más políticamente incorrecta.
La historia se centra en la vida de Linda, una joven hippie liberal y sexualmente activa que tiene un grave problema que le impide disfrutar a tope de su ninfomanía y de su libertad sexual. Su problema: no alcanza el orgasmo. A pesar de buscar al hombre que la puede hacer gozar del amor libre, la compañera de piso de Linda, otra voluntariosa folladora nata, le anima a que visite al Doctor Young, un trastornado médico que descubre el gran secreto de Linda, que no es otro que el poseer un extraño defecto físico de nacimiento: no tiene el clítoris en la entrepierna, sino que el punto erógeno reside en su faringe, por lo que si quiere alcanzar el éxtasis sexual deberá profundizar en mejorar su ‘garganta profunda’, es decir, experimentar con las felaciones, para lo que el avispado doctor la contrata como enfermera de su clínica.
Resulta inolvidable el torrente de desparpajo que incluyen muchas de sus escenas (acopiadas en su mitad casi todas las secuencias con ‘materia’; como la Coca-Cola tan mítica) sobre todo aquellas en las que la Lovelace consigue sus orgasmos precedidos de fuegos artificiales y campanas celestiales. Lo más reivindicativo y más destacable como valor cinematográfico, que marcará una gesta dentro del cine de género, es la gran labor como director del propio Damiano, ya que conjuga unas bases que se escapan a la imaginación de cualquier depravado que pretende hacer los (casi siempre) patéticos pornos de diversos ámbitos con el despreciable objetivo de prostituir el cine a favor de un propósito económico tan deleznable como espeluznante. Damiano explora un terreno de montaje cargado de dinamismo, de ritmo y de brío, que hace que todas las secuencias que conforman una historia absurda, pero divertida, se encaminen acuciosas hacia un final lleno de color y profanidad, de pura transgresión.
Mucho se habló de la financiación de esta obra de culto dentro del Séptimo Arte, aunque sea en una vertiente que es totalmente disfuncional y basurera. Cuenta la leyenda ‘negra’ del filme de Damiano que la película surgió de apaños de blanqueo de dinero con respecto a la mafia más arraigada a la tradición ‘padrinesca’ (los productores fueron Lou Perry, Terry Levene y Phil Parisi) que sufragaron los gastos de ‘Deep Throat’ y negaron el sueldo a Damiano, que acabaría trabajando gratis. Estrenada en marzo de 1972 en un pequeño cine de Times Square con el consabido revuelo social y la inmediata acción de los sectores más conservadores y ñoños de la sociedad norteamericana. Aún así, los jóvenes de los Estados Unidos respondieron a la idea de Damiano y ante la curiosidad y el descubrimiento del género ‘Garganta Profunda’ llegaría a convertirse en una de las películas más vistas de aquel año, 1972, cosecha cinematográfica que dio al cine títulos como ‘El Padrino’, ‘Cabaret’ o ‘El candidato’.
En España, dominada siempre por la rusticidad más aplastante y por aquel entonces un fascismo absolutista con tintes nazis, ‘Garganta profunda’ se estrenó pasados ya los 80 y con un éxito fulgurante que le hizo rebasar con creces los 50 millones de pesetas de recaudación (toda una proeza hablando del género del que se habla). ‘Deep Troat’ queda, por tanto, como una de las películas de culto de todos los fastos de este noble arte que es el cine. No sólo por la libertad y tolerancia que lleva implícita entre líneas, sino por la maravillosa y noble labor de utopía artística (adyacente a la admirable idea del arte conceptual y loable del mítico Ed D. Wood Jr.) como es la de creer en lo que se hace y llevarlo hasta el último extremo, sin concesiones a la reprobación o circunscripción.
Linda Lovelace, la inolvidable diosa sexual
Es una de las musas del cine porno, una de esas mujeres que han marcado con su personalidad una era irrepetible dentro del género. Cansados muchas veces de tanta modelo que nos llevan a imaginar entelequias sexuales totalmente fantasiosas se echa de menos la era de las grandes inspiraciones, las chicas con gancho, arrebatadoras, como las auténticas y reverenciadas Marilyn Chambers, Georgina Spelvin y Terry Jones. De entre todas destaca la ‘X queen’ del momento, la mejor, la más cercana a cualquier humano, pero con la personalidad y carácter suficiente para pasar a la historia como la verdadera autócrata del género. Linda Lovelace era de aquellas chicas que un buen día se autoconfirió la etiqueta de rebelde para, cansada de la estúpida actitud social ante la insostenible situación de un país en ciernes, decidir llevar una vida liberal. Entre progre y cultureta, la Lovelave acudió al casting de Damiano sabiendo lo que hacía, convencida de autosuficiencia y sexualidad, con el sueño de ser actriz metido en la cabeza, esperando que, algún día, un productor de películas ‘serias’ le diera la oportunidad de ofrecer su talento al arte. Pero empezó por el porno. Cierto es que aquella chica de 21 años ya había tenido devaneos con el género, pero también lo era que la chica protagonizó algún que otro corto de marcado corte ‘serie B’.
Aunque durante el rodaje de ‘Deep Throat’ la Lovelace muestra una capacidad insuperable para las escenas dramáticas (es un decir, dentro de lo que cabe), la carrera posterior de esta pionera, de esta sencilla mujer de belleza arrebatadora, natural y sin necesidad de recurrir a un maquillaje espectacular para resultar hermosa, nunca fue lo que sus fans generacionales esperaban. Si bien ‘Garganta Profunda’ fue todo un éxito, las dos siguientes películas de ‘ambiente’ no fueron lo que se dice profusas en gloria. Ejemplos de esta vertiente de decadencia fueron títulos como ‘Las confesiones de Linda’, su interesante ‘Linda Lovelace for president’ o la autobiográfica ‘Ordeal’ que llevaría definitivamente a esta mujer al más rotundo fracaso.
La Lovelace acabaría desencantada de la vida, descubriendo lo que es en realidad el cine porno, otro método de prostitución que engloba una mafia de dinero e intereses y, paradojas de la vida, acabaría en una asociación ultra-católica en contra del sexo filmado dando una imagen que no queremos recordar. Lo que si es digno de mantener vivo en la memoria colectiva es el descaro y las habilidades que mostró en el clásico que nos ocupa en esta ocasión, ya que el dominio en escenas de salón y su magnificencia a la hora de mamar príapos (su heredera ha sido, hasta hace poco, la inigualable Jeanna Fine) hicieron de ella un mito que se ha engrandado con los años. Por aquella empresa de Damiano cobró tan sólo 1.200 dólares y dejó en el recuerdo una de las mejores sensaciones que se recuerden. Linda Lovelace es un icono, un mito, una reina que siempre permanecerá en el corazón de los aficionados.

lunes, 27 de octubre de 2008

Review 'Quemar después de leer (Burn after reading)'

Corrosivo retrato sobre la estupidez
Los hermanos Coen regresan a la comedia con su peculiar y mortífera visión de un ser humano actual absorbido por la idiotez, la ambición y la violencia en otra gran muestra de cine misantrópico que fagocita un estilo propio.
Si a principios de año, el cine de los hermanos Coen revivió el anhelado universo de referencias cinéfilas con ‘No es país para viejos’, filme que supuso su reconciliación con su estilo hiperreal y abruptamente complejo y la fertilidad compositiva de un ideal de cine que se iba echando de menos, ‘Quemar después de leer’ devuelve también el mejor cine de estos inquietos consanguíneos a las fronteras de la comedia que les caracteriza. Aquella que se muestra como exposición casi antropológica sobre la imbecilidad que anida en el hombre moderno, haciendo una crítica sardónica sobre la sociedad americana, donde, como viendo siendo habitual, se subraya la ambición, los miedos y la violencia. Es el regreso a su aplaudida misantropía. La vuelta a la gangrenosa perspectiva que tienen los hermanos Coen de Estados Unidos y sus defectos a través de los inconfundibles ‘losers’ sumidos en la mediocridad que aspiran a ocupar un estatus social o profesional mucho mayor que el que tienen.
‘Quemar después de leer’ se presenta como una comedia negra y coral, con personajes que chocan entre ellos por azar de un destino o bien por los desarreglos con la que actúan en sus diferentes y apáticas vidas. Un analista de la CIA es despedido por su adicción al alcohol. Su mujer le engaña con un agente del tesoro mujeriego y fracasado. Con ansias de venganza, decide verter sus conocimientos de la agencia secreta en unas memorias que acaban, por accidente, en manos de dos empleados del gimnasio Hardbodies. Comienza así un enredo de chantajes, extorsión, infidelidades y sucesos que van enrevesándose hacia una tragedia que resulta hilarante. Si en su anterior y ‘oscarizada’ película adaptaban la novela homónima de Cormac McCarthy, desarrollada en un contexto de rudeza extemporánea, situando esta áspera fábula en la Norteamérica rural, sucia y fronteriza, aquí la novela del almirante Stansfield Turner ‘Burn before reading: Presidents, CIA directors, and secret intelligence’ es una mera excusa para retratar la avaricia, la vanidad y la gilipollez de unos individuos obstinados, que no difieren al paradigma de los Coen, con la habilidad de vulnerar la cotidianidad y verse envueltos en una pesadilla de violencia e intereses ajenos donde el destino tiene la última palabra.
Como ya sucediera en películas como ‘Sangre Fácil’, ‘Fargo’, ‘El Gran Lebowski’ o la citada ‘No es país para viejos’, la narratividad que deviene de la causa y el efecto de las situaciones van enredando la madeja hasta límites insospechados, como suele ocurrir en casi todas las historias con el sello ‘Coen’. La cinta responde, en su inicio, a un género concreto, sin embargo, acaba por derivar hacia unos propósitos más caleidoscópicos que beben constantemente de la amalgama referencial, fagocitando sus propias costumbres, donde la superficie cómica difiere de los vastos parajes de su anterior obra, pero manteniendo una alusiva melancolía y pesimismo que domina sobre la puesta en escena con la ascética fotografía urbanita de Emmanuel Lubezki, que suplanta aquí al gran Roger Deakins, eterno colaborador de los Coen a lo largo de su filmografía.
Todo en ‘Quemar después de leer’ se utiliza como subterfugio de dobles intenciones; una comedia que acaba por proponer una película de espionaje e historias cruzadas de adulterios, un objeto aparentemente utltrasecreto que es manejado por gente de a pie como valiosa información y que no es más que un ‘McGuffin’ que no interesa a nadie (aquí, ni siquiera a los rusos) y que desencadena una serie de catastróficos incidentes y la imprevisibilidad de los acontecimientos, al igual que aquella alfombra meada en ‘El Gran Lebowski’. Los Coen manejan a la perfección los mecanismos narrativos. Saben inviertir las expectativas que genera la acción para transformarla, de comedia a ‘thriller’, de cinta coral a caricatura social donde reflejar las miserias de los fracasados irresponsables que representan la clase media alta norteamericana.
Además de la lógica cinefilia y la readaptación de los modelos clásicos, se sigue perpetuando un calculado engranaje de puntual precisión dentro del guión, donde juega un papel fundamental las simetrías y los contrastes, interconectando sátira y tragedia, dando como resultado todos los enfrentamientos y choques fortuitos de una frenética (a veces excesiva) comedia enloquecida. Llega un momento en que todo se vuelve arbitrario, complicándose de forma antiépica gracias a factores ocasionales y a las reacciones inesperadas de los personajes. De este modo, son ellos los que van urdiendo la esperpéntica trama, mediante su grotesca sordidez materialista. Por eso, desde ese relativismo licencioso, se resuelven de forma pragmática todo el trazado narrativo, por muy delirante y surreal que éste pueda parecer.
En ‘Quemar después de leer’ la idiotez parece transmitirse a todos los involucrados en la historia creando un sistema de equívocos, dejando en entredicho a la C.I.A., personificados en un agente y un alto cargo sumidos en la más profunda impericia, incapaces de investigar o reflexionar sobre los motivos que van hilvanando el enredo, riéndose, de paso, del miedo, de la conspiración y la paranoia que envuelve al pensamiento yanqui actualmente. Es, por tanto, ése enemigo invisible el responsable de tanta estupidez. ‘Quemar después de leer’ es una comedia en la que las suposiciones y las realidades no se corresponden, respondiendo a un guión que busca el absurdo con absoluta cognición de llegar a conclusiones mucho más preclaras de las que en un principio podrían darse. Los Coen sumen la función en el disparate y en la desmitificación de todos y cada uno de los elementos utilizados. El resultado es un ritmo constante y frenético, un ir y venir de acciones a cual más incoherente que produce una inagotable sensación de progresión.
En su nueva historia coral de enredos, tanta frivolidad, irracionalidad y delirio no podría alcanzar un altísimo nivel como el exhibido si no fuera por el mecanismo que sustenta todo el arsenal cómico, asentado en un reparto que, dentro del histrionismo, se luce con una capacidad interpretativa indiscutible; así John Malkovich se desmelena como vengativo analista de la CIA, George Clooney da una pátina de esplendor a un paranoico agente federal capaz de construir manualmente su gran secreto: una máquina de placer sexual casera. También la gélida frialdad de una extraordinaria Tilda Swinton o las reacciones de empanado del gran J.K. Simmons ante los argumentos de David Rasche. Pero la gran baza del mérito se la llevan tres actores muy diferentes entre sí; Frances McDorman sutiliza la candidez absurda de esa mujer obligada a la superficialidad que desea una operación de cirugía para atraer hombres, Brad Pitt, simbolizando con grandeza la simpleza estólida de un monitor de gimnasio adicto al chicle y al iPod, el único que se toma en serio la trama de espionaje, así como el veterano Richard Jenkins, dando vida a un profesor de gimnasio enamorado de su empleada que se ve salpicado por la mierda generada por un grupo de seres ignorantes que ocultan bajo su apariencia una estupidez que va más allá de la inocencia y se convierte en la mala hostia. Sería erróneo definir esta inclasificable película como un filme “menor” dentro de la carrera de los Coen, ya que ‘Quemar después de leer’, además de previsible ‘cult movie’ futura, es al enésima demostración de la magnificación de esa subversiva versatilidad que possen unos hermanos dispuestos a no dejar de sorprender.

martes, 21 de octubre de 2008

OktoberFest Salamanca: la degradación de la fiesta cervecera

Para aquellos a los que amen con profusión y fervor la cerveza, uno de esos acontecimientos que no deben perderse al menos una vez en la vida es el Oktoberfest, el ‘Volksfest’, que dirían en Munich, ciudad que alberga esta tradicional fiesta etílica y anual que se lleva celebrando desde 1810 en el Theresienwiese, cerca del centro de la ciudad, en un anexo del Hauptbahnhof. Dentro de este acontecimiento cervecero, definido por el carácter ecuménico que ha alcanzado con el paso de los años, puesto que asiste gente proveniente de todas las partes del mundo, la cerveza es el súmmum de la conmemoración, ése mítico ‘Wiesnbier’ con mayor graduación alcohólica que acumula a los bebedores de birra más fanáticos de este glorioso néctar. También es una reunión familiar, donde proles enteras junto a amigos y visitantes disfrutan durante unos días de la tradición, la comida y el folclore alemán.
En Salamanca, desde hace tres años y siguiendo ese énfasis de importar cualquier costumbre foránea que incluya la palabra “fiesta” entre sus objetivos, se viene intentando reproducir el asunto con mayor o menor fortuna. Aquí se llama el ‘Bierfest (Fiesta de la Cerveza)’. Digamos que el primer año estuvieron a punto de conseguirlo. La fiesta tuvo lugar muy cerca del Tormes, con grandes carpas dedicadas a la cerveza de importación y nacional. Por supuesto, se adulteró la metodología, la logística teutona de Munich, pero no el espíritu. Una carpa central, música tradicional alemana y una oronda réplica de mí mismo con varias décadas más en el cuerpo pero con las mismas ganas de fiesta y diversión llamado D.J. Holger (en la foto de arriba), que amenizó pinchando con una mezcla de temas del momento y música popular alemana mientras cientos de personas jaleaban alegres subidas a las mesas en un jolgorio memorable. Un año después, el empresario Wolfram Kramer tomó las riendas del espectáculo en solitario y lo concibió como un acontecimiento que utiliza el nombre y el proceder del evento, pero que poco o nada tiene que ver con aquél. Vale, hay cerveza en cantidades ingentes y comida que representa la esencia bávara. Pero poco más. La hostia que te dan por la cerveza es fina; 8 € por un litro de Paulaner que en cualquier supermercado de barrio puedes encontrarme por poco más de dos euros, salchichas que, como bien asegura el amigo Salvador, son importadas, pero que dejan la sensación de proceder de cualquier LIDL y por las que te clavan 4’50 €, patatas congeladas de bolsa con Ketchup a 3 euros… Unos precios muy populares por los que puedes cenar opulentamente en cualquier mesón de carne a la brasa que abundan, con incomparable calidad, en la orbe charra.
Pero eso no es lo peor, “Una vez al año, no hace daño”, se podría decir. La música tradicional alemana se viene a sustituir por una charanga que va tocando desde las habituales armonías de feria y fiesta (como el Paquito Chocolatero, hasta canciones típicas de estadio de fútbol). Por supuesto, esto es concebible, dado el contexto popular y geográfico del acto. También hay animadores infantiles y espectáculos para toda la familia muy arraigados a nuestras fronteras. Suplantar el folclore alemán por algo más “nacional” es un hecho que entra dentro de los parámetros de mutación esperados. Lo que no se entiende muy bien es que, a partir de la medianoche, tres travelos bastantes desagradables, a punto de entrar en la senectud, hagan una especie de lamentable ‘playback’ de últimos éxitos de radiofórmula, en una paupérrima función de dudoso gusto. Es un acontecimiento tremebundo. Por si eso fuera poco, uno de estos transformistas de voz grave y piernas afeitadas baja del escenario y se dedica a recorrer las mesas con una grosería infame, haciendo de la festividad cervecera un acto indigno, dirigiéndose a la gente con frases como “Tú hace mucho que no te comes un coño ¿eh? Guapo” o “Más quisiera yo que me metieras tú el nabo lleno de venas”. Como Carmen de Mairena o La Veneno, pero tomándoselo muy en serio y sin gracia. Es el momento en que la gente se empieza a marchar. Sobre todo, los padres con niños. Los demás, se quedan viéndolas venir, terminando sus jarras atropelladamente, esquivando con la mirada al mamarracho este con falda de lentejuelas y pintado como una puta de baja estofa para evitar que se dirija a uno con alguna de sus ingeniosas frases escatológicas o sexuales. Claro, que siempre hay un grupo de borrachos que, alentados por la provocación, entran al trapo, lanzando improperios e incluso ofreciéndose envilecidos a la réplica.
Ése es el Oktoberfest salmantino; una degradación de lo que podía ser una fiesta monumental y divertida. No es más que una pobre réplica que nada tiene que ver con la celebrada en Munich. Como casi siempre, salvo excepciones, cualquier evento oficiado dentro de esta ciudad se infecta por el patetismo y el folclore típico de la España Profunda más mugrienta. Menos mal que la compañía de amigos y amigas salva el trago convirtiendo el desastre en entrañable reunión. Eso sí, siempre nos quedará el mítico bar Paniagua (Calle Varillas nº 7), auténtico templo de la cerveza, de la diversión y del ambiente universitario más genuino de la ciudad.

lunes, 20 de octubre de 2008

Review 'Reflejos (Mirrors)'

La trivialización del género y la estirpe del tópico
El trabajo más comercial de Alexandre Aja es una errónea reiteración de lugares comunes que se limitan a seguir un camino marcado sin riesgos, expuesto a las enseñas de un género enmohecido por el tedio.
Es inagotable la reiteración que viene a afirmar la escasez con la que aborda Hollywood sus proyectos; el de la era del ‘remake’, donde las nuevas versiones se aglutinan con profusión en todos y cada uno de los géneros. La fagocitación del cine norteamericano ha encontrado en ciertos modelos foráneos una fuente de inspiración (por llamarlo de alguna manera) y absorbe su néctar substancial hasta conseguir la cuidada réplica que tanto gusta exhibir con la lengua de Shakespeare. Lo cierto es que, desde hace ya algunos años, uno de esos géneros importados a los que el cine americano ha inoculado el veneno de la revisión ha sido el cine de terror oriental. El género de terror formulista al que estábamos acostumbrados hace una década mutó a un núcleo de revolución estética y argumental, de cambio, en múltiples aspectos. Ya sea por un concepto del cine para subyugar su lenguaje a una tensión evolutiva o bien por un arte que indaga en el arcaísmo para mitigar cualquier efecto de las nuevas tendencias audiovisuales.
El terror asiático abrió así un nuevo camino aprovechado para exportar esa interesante miscelánea de modernidad visual con la tradición japonesa, sin perder nunca los estilemas clásicos, combinando mitología fantástica (como ejemplo, el ‘kwaidan’, la narrativa fabulesca de fantasmas) y el clasicismo fílmico. Hay una gran variedad de títulos que han seguido esta corriente; la primera fue de ‘The Ring’, a la que siguieron, entre muchas otras, ‘Dark Water’, ‘Pülse’, ‘The Eye’, ‘Llamada Perdida’… A todas hay que unirle otra muchas más. Es el caso de la nueva y esperada cinta de Alexandre Aja ‘Mirrors’, a la que los distribuidores españoles no han tenido ningún reparo en titular con el homónimo filme español de Miguel Ángel Vivas filmada hace seis años ‘Reflejos’. Habituado a los dominios del ‘remake’ tras su fabulosa ‘Las colinas tienen ojos’, el realizador galo acomete en su consolidación dentro del cine USA la modernización de la cinta coreana ‘Geoul sokeuro (El otro lado del espejo)’, dirigida por Kim Seong-ho en 2003. La historia, más o menos, sigue siendo la misma. En este caso, la de Ben Carson, un ex policía neoyorquino que perdió su empleo después de un fatal accidente que costó la vida a un compañero. En un esfuerzo por recuperar la normalidad, con la intención de volver a formar parta de su familia y superar su adicción al alcohol, acepta un trabajo como vigilante nocturno en un centro comercial abandonado. Sin embargo, tarda poco en darse cuenta que algo raro habita en el edificio. Las espeluznantes visiones que ve a través de los espejos será el principio de una pesadilla que afectará a todos los que le rodean.
Por supuesto que ‘Mirrors’ es el trabajo de Aja más comercial, sin menos pretensiones artísticas y con aquellos condimentos tipificados en la sucesión de ‘remakes’ asiáticos, ya que contiene todos aquellos elementos que vienen caracterizando este tipo de película de terror; un contexto cotidiano que despierta o utiliza las fuerzas del mal (bien sea una cinta de vídeo, un teléfono, una fotografía, un ordenador… aquí, cualquier reflejo proyectado…) que obliga a los afectados a llegar al final del misterio. Alexandre Aja opera cerca de los códigos culturales del terror asiático, pero llevados con cierta inteligencia al ‘mainstream’ yanqui, sin revocar el sutil estilo visual de un director que maneja con cognición dentro de los cánones del género. Lo más destacado dentro de esta apagada muestra de aptitud es la indeterminación en la moderación con la que se expone la explicitud sangrienta, que beneficia los objetivos cercanos al ‘gore’ tan característicos del realizador francés en su corta pero interesante filmografía. Sin embargo, ‘Mirrors’ no representa en absoluto ese sorprendente talento que desbocó en ‘Alta tensión’ y la mencionada ‘Las colinas tienen ojos’, ya que aquí la pauta verista de sus dos anteriores propuestas se ha eliminado, restando credibilidad a su peculiar y oscura perturbación dentro del filme.
No es que ‘Mirrors’ adolezca de fuerza visual o que la narrativa sea errónea y la atmósfera no consiga, por momentos, un halo de inquietud que responda a ciertas expectativas. Los problemas son evidentes para considerar ‘Mirrors’ como una película, cuanto menos, mediocre. Su dilema fundamental es que tropieza de forma reiterada en la piedra del tópico y del efectivismo visual. Aja tiene que recurrir una y otra vez al golpe sonoro para sobresaltar a un espectador al que traslada, por enésima vez, a un catálogo de lugares comunes dentro de lo peor de los angustiosos parajes terroríficos del cine actual. Tampoco ayuda la poca empatía que despierta un Kiefer Suthernald absorbido por el espíritu de Jack Bauer, movido por las mismas motivaciones que su personaje televisivo, capaz de arrastrar a una monja de clausura a punta de pistola si con ello puede salvar a su familia en plena crisis destructiva.
En este apartado, que apunta a la inhabilidad como escritor del propio director junto a su fiel coguionista Gregory Lavasseur, no funcionan los mimbres dramáticos de la historia. Y sin ése factor determinante, cuando el terror que se propone carece de novedades, la película incurre en la torpeza de la redundancia. Que es lo que le sucede a ‘Mirrors’. De ahí, que la locura que remite a los cimientos del terror clásico americano no sean más que otra absurda muestra de un hombre traumatizado, inmerso en el drama familiar y sometido a las conexiones entre lo sobrenatural y la crisis por la que atraviesa y que afecta a sus seres queridos. Tampoco funciona el ‘thriller’ de búsqueda sobre la verdad del Mal que anida en los espejos, en una investigación que avanza a trompicones, con personajes que aparecen y desaparecen cuando son necesarios para que la trama avance (como el amigo policía o el viejo jefe que le contrata). ‘Mirrors’ sigue la línea argumental de su predecesora, sí, pero lo hace sin la capacidad de sorprender ni de hilvanar una historia ya de por sí trivializada por su estirpe de tópico.
‘Mirrors’ pretende jugar con el contraste que deviene en la percepción y realidad desordenadas de los espejos, en la perspectiva de lo que se ve y la torturada visión que se percibe, revocando a un sórdido pasado de tintes demoniacos. Las atormentadas almas de una visión que refleja lo peor y más recóndito del ser humano. Incluso en la utilización de la fotografía a cargo de Maxime Alexandre, se percibe ésa dualidad de gélidos contrastes, aprovechándose del goticismo geográfico cuando está dentro del antiguo centro comercial en divergencia con la idealización de la familia, con una fotografía cálida y sosegada. Se juntan lo repulsivo, lo convencional, lo violento y lo tópico. Sin embargo, a pesar de algún que otro momento de tensión, Aja sólo crea algo de inquietud gracias a la sensacional partitura de Javier Navarrete. Un acierto que no camufla los dictámenes que va acumulando un guión con pasajes absurdos e irracionales, que se limitan a seguir un camino marcado sin riesgos, donde todo parece expuesto a las enseñas de un género enmohecido por el aburrimiento.
Alexandre Aja había acostumbrado al aficionado al género a unas exigencias que aquí brillan por su ausencia. A cambio, la joven promesa ofrece una síntesis del bochorno fílmico, tan manido y tan visto, descaradamente laxo y reciclado, que encuentra en el categórico desacierto y la completa decepción sus mejores calificativos. Por ello, no hay rastro de dinámica atmosférica. La cuidada estética y la comercialidad han sustituido al hediondo microcosmos de fealdad y salvajismo de sus películas anteriores. A cambio, queda una película olvidable, de mecanismo elemental, de depreciado argumento con enigmático y efectista final a lo ‘Silent Hill’. Si por algo se recordará este ‘Mirrors’ es por la facilidad con la que esa belleza de ébano llamada Paula Patton (vista en ‘Deja Vu’, de Tony Scott) combina rictus esforzados con unos escotes de escándalo, que deja el interés de muchas secuencias de acción en la contemplación de sus espléndidas glándulas mamarias recién operadas. Así de triste resulta este lamentable traspié de Alexandre Aja.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

jueves, 16 de octubre de 2008

III Muestra de Cortos de la Audiencia

Hace quince días, la cita con el cortometraje tuvo lugar en La Audiencia, uno de los puntos ineludibles con el género dentro del panorama nacional en cuanto a muestras se refiere. Salamanca volvió a ser el centro de atención durante tres días en los que, bajo la tutela de un siempre dispuesto y diligente Rubin Stein, se pudieron visionar algunos de los trabajos más representativos de los últimos años dentro del ‘mondo corto’ nacional.
La recepción pública del primer día fue un poco más fría comparada a la de otros años, con menos expectación que la levantada en las anteriores ediciones, pero no por ello la calidad o el trato mermaron el resultado final de la fiesta. Puede achacarse este insustancial lastre a un admisible problema de logística, de falta de previsión, de precipitación, si se quiere, pero la explicación se encuentra en que el curso universitario apenas había arrancado. Lo que ha hecho que esta III Muestra no haya sido lo cálida y popular que hubiera gustado. No obstante, es un hecho puntual, porque no resta ni un ápice al mérito de sus responsables y organizadores y el éxito en cuanto a trabajo y a corolario cinematográfico logrado.
Los cortos exhibidos a lo largo de otras tres memorables jornadas respetaron la idea con la que se originó este necesario encuentro de jóvenes cineastas: el de congregar a nuevos cortometrajistas junto a los ya consagrados y también al público amante del género, que ve la oportunidad de acercarse a través de sus responsables a los trabajos llenos de ilusión que componen la muestra. Es una ideal fusión de talento que representa de lo más distinguido del cine en pequeño formato dentro de nuestro país. La Audiencia es, por tanto, un evento más que necesario que debe seguir su lógica evolución.
En esta nueva aventura no faltó absolutamente nada de las ediciones de 2006 y 2007; principalmente, la presencia de todas y cada una de las figuras que componían su atractivo cartel, ni los apasionantes ‘cineforums’ posteriores a la proyección de los cortometrajes, ni el buen ambiente que siempre se respira en el local del hospitalario Joserra. Ni tampoco la presentación del mítico Bruto Pomeroy. Ni siquiera las ulteriores noches locas, en las que público, organizadores, directores y amigos se unen en una devoción por las juergas que identifican la noche salmantina.
La III Muestra de La Audiencia nada tiene que envidiar a sus precedentes. Ni, por supuesto, a ninguna de las demás muestras que se puedan encontrar a lo largo y ancho del panorama nacional. Algo que hay que tener muy en cuenta para la larga vida de este entrañable proyecto.
Miércoles 1 Octubre
La cosa no pudo comenzar de mejor manera. El gran protagonista de la noche, el joven realizador gallego Jairo Iglesias, inició su exposición con ‘Llámame’, con la diversión y el desparpajo de esta simpática pieza en vídeo en el que un hombre y una mujer desconocidos juguetean lascivos en un bar para terminar haciendo partícipe al espectador con un final de ‘reality’ imbuido en la ironía de los nuevos tiempos televisivos. Prosiguió ‘Claustrofobia’ es un provocativo trabajo en el que dos personajes, uno de ellos en la piel del ganador del Goya Tamar Novas, incitan con sus comentarios a aquellos vecinos que van entrando en un aséptico ascensor. Tras este avance, se llegó a los que son sus más reconocidos trabajos hasta la fecha. A excepción de ‘Cicatrices’, los dos cortos proyectados desplegaron el talento visual de este realizador de inmenso futuro. Dos piezas que tienen como objetivo una mirada personal y equidistante a la Guerra Civil, dentro del entorno gallego del que proviene este inquieto creador.
‘Cores’ utiliza el conflicto bélico como fondo para narrar el choque entre dos soldados atrapados en la guerra, donde uno de ellos, a pesar de luchar por un bando concreto, no entiende ni de ideologías ni de colores. Su inocencia y su daltonismo le hacen un blanco perfecto para cualquier rival, si no fuera porque su antagonista reconoce el miedo y la incongruencia de la batalla. Iglesias conforma una mirada realista y lírica a la contienda, muy cercana al realismo mágico y arraigado a su tierra. Destaca su visualidad, su poder narrativo y la profundidad con la que logra captar el sentir de los personajes. Sin pretensión y desprovisto de superficialidad. Así se puede definir el cine de Jairo.
Virtudes que repite en ‘1936. Ribadeo’, una propuesta similar, de corte bélico, también con dos personajes enfrentados, esta vez del mismo bando, sumidos en un conflicto mucho más importante que el que les rodea; el enfrentamiento personal con hechos del pasado que poco tiene que ver con la Guerra Civil. En ambos y muy premiados trabajos, Jairo Iglesias define un incipiente estilo de calado íntimo, depuradamente visual y con un encomiable porvenir.
David Valero, por su parte, presentó uno de los dos cortos que presentaba en la muestra este año ‘Me está mirando’. Sin embargo, su trabajo más acabado y reconocido, ‘Niños que nunca existieron’, se exhibiría el día después, por lo que le tocó el turno al trabajo que fue presentado a la última edición de Notodofilmfest.com y que está protagonizado por José Solaz y Manuel Rodríguez. Se trata de una breve comedia sobre el encuentro de dos antiguos amigos que comienzan a discutir sobre una mirada fugaz sin objetivo aparente, que acaba con el enfrentamiento de todo aquel que pasa por allí.
Pero la sorpresa fue ese corto titulado ‘Gritos al atardecer’, representante de la caspa sin prejuicios de la juventud, la desenvoltura y las ganas de cachondeo en un corto a medio camino entre el ‘gore’ y el cachondeo determinado en la imborrable imagen de un bocadillo de chorizo asesino cantando “Chiquilla” y lanzándose a matar a uno de los jóvenes protagonistas que son víctimas de una maldición provocada por una invocación demoníaca.
La noche terminó con el también muy ‘freakie’ ‘El ataque del increíble hombre de las manos pringosas’, homenaje a la serie B policíaca y de Ciencia ficción de los años 50 por parte del sin par Sami Natsheh. Es una certera visión al género, donde no falta materia y lugares comunes a sus estereotipos, a las acciones y personajes de dos géneros que se entremezclan con gran capacidad de entretenimiento pese a la duración del corto (20 min.). Natsheh da un recital de desparpajo y manejo de la cámara, de la reinvención de situaciones estrambóticas y de un humor que reside en una enfocada acepción de carácter nostálgico y revisionista. Como no menos ‘freak’ fue uno de sus primeros trabajos realizado en una tarde, con una cámara de mano y con amigos. pusieron punto y final a un primer día que siguió, como no podía ser de otra manera, con la consecuente fiesta nocturna que llevó a los directores y a parte del ‘staff’ a buscarse el esparcimiento dipsomaníaco en bares con barra libre de cerveza a 4 euros, sitios medio vacíos y discotecas atestadas de renovada juventud universitaria.
Jueves 2 de octubre
Rescatando un par de trabajos que iban a proyectarse la primera día, David Valero y Sami Natsheh, presentaron sus más destacados proyectos. Valero habló de las interioridades de su corto más aplaudido: ‘Niños que nunca existieron’, apasionada y cuidada obra que traslada al espectador a la realidad de unos infantes que sobreviven perdiendo su niñez en un mundo amenazante y cruel, donde la guerra y los disparos son el día a día de unos mártires sin futuro. Cortometraje que se asocia al cine de autor, a la calidad narrativa, sin que se renuncie a un discurso y reflexión a la altura. Valero golpea con sus imágenes a la emoción del espectador, hasta rebasarlo con unos títulos de crédito que tienen el colofón final con la suerte de uno de los protagonistas. Destaca la naturalidad de unas interpretaciones fascinantes, teniendo en cuenta, como contó el propio realizador, que se trataba de niños sin experiencia previa en el mundo actoral. De Natsheh, quedaba también su cortometraje más reconocido.
Si en la jornada anterior, la ficción fue la muestra de este inquieto joven creador, ‘Spaghetti Western’ simboliza la cima (hasta el momento) de su conocida faceta como creador de animación. Se trata de un sincero homenaje al género tan profuso a mediados de los 70 que revolucionó la forma de ver el ‘western’ y que tanto se ha revisitado posteriormente. Y lo hace literalmente, puesto que los animados protagonistas del corto son spaghetti, macarrones, fideos… que disparan Ketchup en vez de balas. Con unos fondos de la Almería real y la voz del conocido actor Paco León, esta maravilla de la animación nacional, levantó aplausos ante una simpática historia llena de vida en la que, según contó el propio creador sus personajes principales, Spaghetti Kid y Fideo Jack, están inspirados directamente en dos de los actores fetiche de Leone, Clint Eastwood y Lee Van Cleef.
El programa siguió su orden lógico y llegó el turno del guionista y director Guillermo Zapata, conocido en el mundo del corto por conseguir un hecho insólito: gracias a la difusión gratuita en Internet, utilizando dos armas como son la Creative Commons y el portal Youtube, ha convertido en sendos éxitos de público sus trabajos en dos de las piezas cinematográficas de corta duración. Tanto es así, que está a punto de llegar a los 90 millones de visitas. Zapata proyectó ‘Lo que tú quieras oír’ y ‘Todo va bien’. El primero es expuesto como drama costumbrista, sobre una ruptura telefónica, sobre ese terrible “ya no te quiero” más bronco y egoísta que existe, el del refugio de la distancia, sin dar la cara, escapando al término de una pareja. Zapata se sumerge en el desconcierto emocional que supone la renuncia de un segmento de la relación y la consecuente destrucción de una vida en común para dar paso a la soledad imprevisible. La agonía de la incomunicación y la tristeza del abandonado dan paso a la manipulación de una realidad injusta para convertirla en una hermosa mentira que permita el poder sentir el recuerdo extinguido que nunca volverá y poder contestar a aquello que no se ha podido adecuadamente, con dignidad.
Por su parte, ‘Todo va bien’ encuentra puntos en común en el desengaño y la falta de comunicación. Aquí, Internet, el medio que tanto le ha reportado a este valor cinematográfico de sólidos pilares dentro del mundo del guión (trabaja desde hace tiempo en la televisiva ‘Hospital Central’), es el elemento fundamental para narrar, con un reconocible estilo cercano, la historia de dos personas, un hombre y una mujer, anclados en una rutina que ha transformado sus respectivas vidas en una absurda redundancia de insufrible monotonía. Seres desorientados en busca de una salida, que necesitan una novedad en su vida para acabar con ese hastío que les coarta.
Eva Gallego llegó con un solo cortometraje. Pero tampoco hizo falta mucho más. Su ‘Normas de la casa’ es una bella historia llena de dolor e incomunicación, al igual que Zapata, pero con otro estilo algo más preciosista y vinculado a la emocionalidad de las imágenes. Su corto aborda la incomunicación, la soledad y los caprichos del imprevisible destino. La historia gira en torno a un hombre triste, de oscuro pasado, que ha cometido el terrible y atroz delito de matar a la mujer que amaba. Desesperado y a punto de cometer otro acto peor, encuentra en la voz de una teleoperadora que trabaja para una empresa que ayuda a la gente a suicidarse, el escollo al que sujetarse, una luz al fondo del túnel. Bajo un sobrio B/N, Gallego se escuda en las loables interpretaciones de Félix Corcuera y Andrea Lebeña para conmover con esta historia de encuentros, de necesidades y de comprensión.
Miguel Á. Escudero, por su parte, dosificó la contundencia de ‘Mala sombra’ con el curioso documental ‘Binomio’. El primero comienza, literalmente, con dos chavales partiéndose la cara encima de un ring bajo unas melódicas notas. El boxeo juvenil es el centro de este trabajo que reflexiona sobre las decisiones de la vida, la nobleza y la filosofía al que conlleva el sufrimiento ante los obstáculos de la vida. Con una precisión visual matemática, Escudero expone sus mejores armas en una atmósfera y un montaje que se delimitan a las grandes interpretaciones de Adrián Gordillo y del veterano Txema Blasco. ‘Binomio’, por su parte, se muestra como un documental sobre los únicos siameses adultos de España, Cosme y Damián. A lo largo de imágenes, documentos, apariciones televisivas y entrevistas, el espectador entra de lleno en el día a día en la vida familiar y profesional de estas dos personas unidas para siempre en un canto a la independencia y a la libertad, aún en condiciones imposibles para darse.
La noche del jueves acabó con la proyección de dos de las obras de Alfonso S. Suárez. ‘El corazón delator’ se inspira en la obra homónima de Edgar Allan Poe para adentrarse en la oscuridad de la visita de un hombre a su hermano. Ambos empiezan a recordar su pasado común, pero una misteriosa llamada de teléfono en plena madrugada rompe la placidez del encuentro. Es cuando descubrimos que la visita tiene un objetivo; saldar una deuda con la locura y con el pasado. Bien podría definirse este impecable trabajo como un homenaje no ya a la literatura del autor de ‘El Cuervo’, sino como un nostálgico episodio de ‘Historias para no dormir’. En apenas diez minutos, Suárez convoca el clasicismo tenebroso del género, la oscuridad del gótico de luces y sombras para narrar, por medio del protagonismo absoluto del mítico Paul Naschy (hay que reconocer que su partenaire Eladio Sánchez poco tiene que hacer ante la gran interpretación del mito del terror patrio), que es el punto clave para que este trabajo se sitúe en un nivel superior. Incluso el doblaje, por parte de Javier Franquelo y Francisco Hernández, le da una sensación de claustrofobia y regusto arcaico del que se aprovecha el cortometraje.
Siguió, para acabar la noche, ‘…Y del Hijo’ es una ofrenda al mundo teatral, pero también a los sentimientos, a la relación paternofilial abandonada, a la relación que tiene la ficción y la realidad. Es la historia de un actor está interpretando una obra de teatro en la que un hombre se obsesiona con la idea de no haber podido hablar con su padre por última vez. Cuando regresa al camerino, aparece su auténtico padre, al que nunca había visto. A través de ella, viajamos a un emocional estado de sorpresa, la del padre y el hijo reencontrados en una extraña situación de paralelismo ficcional. De nuevo, Suárez, sabe sacar partido al montaje y a la interpretación, en esta caso de Avelino Arias y, de nuevo, Eladio Sánchez.
Viernes 3 de octubre
El último día aguardaba la sesión más larga de toda la Muestra. Y esta sensación de durabilidad vino a ceder el aplomo del primer realizador de la noche. Lino Escalera mostró dos trabajos de ambiciosa factura, pero que como comienzo, dado su excesivo metraje, no concilió todo lo que se espera de un buen arranque de fiesta final. ‘Espacio 2’, el primer trabajo exhibido, bien podría haberse titulado ‘Despacio 2’. El tempo que el director otorga a la narración, aplacado en la pausa, en el detalle, en los tiempos muertos, en las miradas y en la disposición temporal no contribuyen al interés de un trabajo que, con la mitad de tiempo, podría haberse convertido en la controvertida, apasionada y provocadora cinta a la que aspira ser. Una historia de desengaño vista desde los ojos de un ser que sufre la monotonía, la soledad de una parte de la pareja y que encuentra su momento en una fiesta donde, de nuevo, se vuelve a sentir relegado.
Correctamente dirigido, mejor interpretado, lo mejor de este cineasta que declaró ‘in situ’ “que no quiere volver a dirigir cortometrajes porque en realidad lo único que le importa es el largometraje como género”, llegó con ‘Elena quiere’, otro corto de excesivo metraje, pero que encuentra muchos factores a su favor como para pasar desapercibido. Primero, que la realización de Escalera es intachable, con un montaje milimétrico. Segundo, que posee una de las mejores direcciones de fotografía vistas en un trabajo nacional de corta duración en muchos años, gracias a la soberbia labor del siempre magistral Unax Mendía. Y tercero, las encomiables interpretaciones de Víctor Clavijo y Marta Belenguer en otra historia de soledad e incomprensión, donde una triste mujer se arrastra en busca del perdón en una fría noche en la ciudad. La descripción de los lugares, las miradas, los silencios y el rechazo aturden en un bello poema a las segundas oportunidades. Un corto fantástico, sin duda alguna.
El valenciano David Moreno brindó ‘Happier?’ y ‘Unday’ (parte 1 y parte 2), dos cortometrajes que responden a una misma historia, pero que el realizador diferenció enfatizando que “son dos cortometrajes distintos”. Ambos narran las complejas relaciones paternofiliales a través del enfrentamiento dialéctico entre un padre y un hijo, con la barrera de la alejamiento que les separa, con el trauma de enfrentarse a los defectos de uno por parte del otro. Es la descripción de un trauma marcado por la distancia, desde dos puntos de vista; ‘Happier?’ en la metáfora de un atasco automovilístico que representa el lapso que atraviesan un padre y un hijo que reacciona ante una explosión de ira de su progenitor, sacando a la luz todo lo que siente respecto a él, haciéndole ver lo que piensa sobre la agresiva actitud de un padre que esconde en ese enfado problemas mucho mayores.
En su versión cinematográfica, rodada en 35 mm., Moreno merma la edad del hijo, en la piel de un estupendo descubrimiento, el del niño actor Edgar Blanco, en una progresiva pugna ante un padre interpretado con soltura y devoción por un entregado Javier Batanero, en un reto interpretativo donde la dirección de Moreno va cadenciando el ritmo dramático de la historia, alcanzando un clímax en el que el choque entre el pequeño y su padre va perdiendo la posibilidad de acercar a su hijo a ese futuro que es tan desigual para ambos. La ternura con la que Moreno acomete ambos proyectos se nota en sus resultados. Son dos piezas ejemplares, en cuanto a su aspecto técnico, como el interpretativo. Ambos disertan sobre un día en que ya nada volvió a ser lo mismo entre estos cuatro personajes que, según indicó el joven cineasta, responde a una experiencia biográfica.
Pocas cosas buenas se pueden decir del trabajo como director de Iván Sáinz-Pardo. La convicción y pureza visual que desprenden sus obras hacen evidente que estamos ante uno de los grandes autores cinematográficos del panorama español. Sus cortometrajes son obras de arte, imbuidas en la inalcanzable disposición de un cineasta total. Sáinz-Pardo, que ya estuvo presente en la primera edición de La Audiencia, presentó dos piezas menores, trabajos que amplifican la diversidad de este director madrileño. ‘La Marea’ desprende un sugerente enigmatismo argumental, capaz de desbordar los sentidos, en una extraña fusión de suspense y sensibilidad del lado más oscuro del hombre, que explora un complejo tratamiento de las relaciones humanas, siempre adentrándose en el espacio del subconsciente y los sueños, del misterio de la vida y la pérdida de la amistad. “Cuántas veces tenemos que morir… para llegar a ser quiénes somos” era la inquietante leyenda que aparecía en su trailer y evidencia el complejo entramado de una obra hipnótica. Junto al gran Jim-Box y el alemán Dirk Soldner, convida al misterio de una pieza de poderoso sortilegio. Un corto realizado sin ningún tipo de presupuesto (otra de sus muchas virtudes), un trabajo poco convencional y a contracorriente, que funciona como poética rapsodia de la vertiente menos conocida del ‘cine de guerrilla’ de Jim-Box (que ofrece aquí algo antagónico a lo que el espectador está acostumbrado) y la artística omnisciencia del duplo Sáinz Pardo & Soldner.
También se pudo ver los primeros 11 minutos de la serie inédita ‘Die Schöne und der Mörder (La bella y el asesino)’ para la productora alemana Hoffman & Voges y el canal de televisión PRO7, un proyecto televisivo que, pese a lo conocido de su argumento (vendría a ser una revisión teutona de ‘El Silencio de los corderos’), exhibe el talento visual con el que Pardo acomete todos sus proyectos, en una mixtura de elegancia, talento e intuición visual que sólo él sabe dotar a sus trabajos.
Si por algo se ha caracterizado David Planell a lo largo de su granada y premiadísima trayectoria como cortometrajista es por la maestría con la que dirige a los intérpretes de sus trabajos. Tres fueron los cortometrajes que pudieron verse dentro de esta III Muestra de La Audiencia: ‘Banal’, ‘Ponys’ y ‘Subir y bajar’. En todos ellos, la magnitud que se desprende como director de actores y actrices, de la ternura con la que cuida los diálogos y la afectividad con la que los intérpretes dotan a sus personajes, entrega al espectador una satisfacción compartida, valedora de un reconocimiento traducido en trabajos de una enjundia más que sobresaliente. ‘Banal’ se recrea en el diálogo por parte de una hija y un padre que empiezan a unirse tras una conversación que, en boca de Barbara Muñoz y Joaquín Clement, se cristaliza en contigüidad respecto a los personajes, acercándonos a sus aprensiones y anhelos. Planell sabe absorber con delicadeza la sensibilidad que anida en unos caracteres arrolladores y en la naturalidad con la que se desenvuelven delante de la cámara.
Ejemplo de ello es ‘Ponys’, donde la exhibición de talento por parte de sus tres actrices, Marta Aledo, Natalia Mateo y Esther Ortega, atribuyen a un corto sencillo y basado en los diálogos, en un espacio que no disimula la intención del realizador por concretar el interés en su hondura psicológica y su tonelaje satírico. Tres amigas inician una conversación intrascendente sobre recuerdos vergonzosos de su pasado. Lo que parece un divertido juego se acaba por convertir en ataques envenenados que deviene en incómodo descubrimiento de sus respectivas miserias.
Planell no utiliza alardes visuales, su cine es un cine cercano, que se sustenta en la efectividad de sus mejores armas dramáticas ya citadas. ‘Subir y bajar’ es una contundente pieza rodada con una cámara no profesional, sin atender a cuidados fotográficos. Sin embargo, no importa en absoluto. Lo que realmente importa aquí es narrar una conversación entra una mujer acosada por su marido a través del telefonillo del portal. La gran interpretación de Irene Anula transmite el miedo y la angustia de una mujer que no logra evitar un momento de debilidad. Magnífica selección de trabajos de un director con sorprendente potencial y habilidad cinematográfica que manifestará en el debut de su largometraje ‘La vergüenza’.
La noche se cerró de forma inmejorable con ‘Test’, primer trabajo tras las cámaras de las actrices Natalia Mateo y Marta Aledo. Un ejemplar trabajo en el que la sencillez de una idea y su cristalización imponen la lógica de la grandeza que tienen aquellos trabajos destinados a ejercer una mágica afinidad sobre el público. A través de las reacciones de cuatro mujeres que acaban de hacerse el test de embarazo, asistimos a pequeños fragmentos de sus vidas, en un instante trascendental, cuando la alegría, el desinterés, la sorpresa y la casualidad unen a todas ellas con una noticia que les cambiará la vida para siempre. Un cortometraje lleno de ilusión, que ha sido además de rodado por estas dos fantásticas actrices, interpretado por mujeres y elaborado hasta su estreno por un equipo técnico exclusivamente femenino. Hay que destacar un elenco formado por Ana Wagener, Pilar Castro, Sandra Farrús y Nadia de Santiago que ayudan a que el corto sea una pequeña pieza de brillantez adorable.
Un año más, la Audiencia ha respondido a las expectativas siguiendo un objetivo que este año se ha vuelto a ver superado; la evolución de una muestra destinada a albergar a las más destacadas figuras del mundo del cortometraje. En esta III edición, la congregación de talento y el consabido ambiente de cordialidad entre realizadores y público volvió a repetirse. La Audiencia sigue creciendo en su idea de hermoso proyecto donde la competitividad se queda a un lado, ensombrecida por el buen contexto que se da en una muestra que seguirá dando lo mejor, como hasta ahora, de un orbe cortometrajístico que encuentra en esta iniciativa un marco incomparable para la unión colectiva de todos aquellos que pasan por esta entrañable cafetería a disfrutar de los cortometrajes. Independientemente de la condición de director o público. Es lo grande de la muestra. Y así seguirá siendo.
Hasta el año que viene.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Resurrección de mitos

Hace unas pocas semanas, el antológico grupo Metallica volvía por su fueros con ‘Death Magnetic’, un magnífico trabajo que recuperaba la quintaesencia y el poder perdido durante una larga transición de trabajos fallidos que hicieron perder la esperanza a sus más fieles seguidores. Este mismo año también le toca el turno a otra de esas bandas que marcaron un antes y un después con su aparición en el panorama del ‘hard rock’. Se trata de la mítica banda de Los Ángeles Guns N’ Roses.
El que fuera grupo emblema de finales de los 80 y principios de los 90 regresará a finales de noviembre (el día 23, concretamente) con la versión definitiva de ‘Chinese Democracy’, un disco que debería haberse editado hace más de dos años y que supone el regreso del polémico Axl Rose y su itinerante banda que hay ido cambiando miembros con una increíble facilidad. Atrás quedan los tiempos en los que Rose corría de aquí para allá entre los más recordados integrantes de los ‘Guns’; los míticos “Slash” e Izzy Stradlin, el bajista Duff McKagan y el batería Steven Adler.

viernes, 10 de octubre de 2008

Review 'Tropic Thunder (Tropic Thunder)'

Portentoso metalenguaje paródico
Siguiendo la genialidad de ‘Zoolander’, Ben Stiller ha conseguido dinamitar la comedia moderna con una inteligente y radical parodia bélica que cuestiona Hollywood y los condicionamientos del ‘star system’
Ya en los primeros compases de ‘Tropic Thunder’, se asiste a lo que será la posterior función desmadrada. Al más puro estilo ‘Grindhouse’, la cinta comienza con una serie de ‘fake trailers’ ficticios que presentan a los personajes protagonistas; Tugg Speedman (Ben Stiller) es un actor de la saga de películas de acción postapocalípticas ‘Scorcher’, que ha alcanzado ya su sexta parte y que no encuentra la forma de hacerse valer en el mundo del espectáculo, ni siquiera habiendo hecho de retrasado mental en la entrañable ‘Simple Jack’. Algo que sí ha logrado Kirk Lazarus (Robert Downey Jr.), actor australiano galardonado con cinco Oscars que decide someterse a un cambio de color de piel para su próximo papel como soldado afroamericano. Jeff Portnoy (Jack Black) se ha granjeado cierta fama como cómico de brocha gorda con su saga de pedos ‘The Fatties: Fart 2’. Completan el reparto de la película bélica Alpa Chino (Brandon T. Jackson), un actor negro con fama de mujeriego que anuncia bebidas isotónicas y oculta un secreto y el joven Kevin Sandusky (Jay Baruchel), el joven debutante al lado de tanta estrella. Todos ellos a las órdenes de un director novel (Steve Coogan) incapaz de dominar los egos del elenco que le ha tocado en suerte. Con estos elementos, Ben Stiller maneja un demoledor manifiesto de autocrítica, de sátira llena de veneno hacia la maquinaria hollywoodiense, a su esencia comercial y sus baremos de calidad en una comedia muy superior a lo que uno podría esperarse dentro de un género que subsiste con algún que otro retazo de brillantez como esta explosiva mezcla de géneros.
‘Tropic Thunder’ no pierde la oportunidad de evidenciar las miserias de la gran industria cinematográfica, radiografiando entre risas y cachondeo la estupidez y los intereses que mueven muchas veces el séptimo arte, la esencia del ‘blockbuster’ llevado al absurdo y los entresijos hiperbolizados de los grandes estudios. Para ello no escatima detalles en mostrar a agentes, directores sin talento y actores narcisistas en un mundo simbolizado con ironía, desde una perspectiva inteligente por parte de un inspirado Stiller en su película más ambiciosa y costosa. El filme pone en todo momento en tela de juicio los condicionamientos del ‘star system’ con una amplia gama de ‘gags’ y situaciones que obligan a descifrar su vitriólica condición de provocación a través de un guión funcional, que comprime sus debilidades y multiplica sus virtudes para ofrecer un espectáculo manifiestamente descomunal, exagerado y desquiciado.
La comedia de Stiller utiliza de esta forma el metalenguaje (en otra vuelta de tuerca de “cine dentro del cine”) como aparejo para avivar el gamberrismo y la parodia, con actores interpretando actores que interpretan a otros actores dentro de una superproducción que deviene en experiencia surreal e incoherente, pero formulada con momentos de épica. La razón de ser de ‘Tropic Thunder’ es el exceso. Y respondiendo a tal expectativa, es constante en el tono general de la película. El actor y director de la menos antológica ‘Zoolander’ no renuncia a la burla de la profesión, a la autoparodia, a la incorrección política y a la apelación ‘farrellyana’ de un discurso totalmente grosero, pero fuertemente auténtico. Como ejemplo, la relación que siempre ha existido entre el Oscar y la interpretación (moderada o no) de deficientes mentales por parte de grandes actores.
Tampoco se priva de brindar una suculenta cuota de ‘gore’ en ciertas secuencias que esgrimen el recurso de la sangre como otro elemento más de comedia descabellada, destacando aquellos fragmentos dentro del inicio, en el que Speedman alza sus brazos cercenados y sin manos o Sandusky mira sus intestinos y vísceras simulando no saber qué sucede. Es la antítesis de la realidad, en la que, inmersos en la jungla y tras un lamentable accidente que acaba con la vida de su director, el personaje de Stiller levanta la cabeza cercenada, prueba la sangre y mete su mano por el desgarrado cuello para vaciar su contenido con resultados chocantemente grotescos.
La acción y la comedia van de la mano en todo momento, evaluando con acierto e irrisión los conceptos cinematográficos de los filmes bélicos, a través de los cuales, se mezclan de tal manera el belicismo se fusiona con la remedo caricaturesco, en un alarde de magnífica y enloquecida amalgama, de multiparodia, de surtidos estereotipos donde el ‘gag’ directo se hace mucho más trascendente que el propio argumento. De hecho, esos tópicos del cine de género, con un antihéroe que se busca así mismo, dos marines afroamericanos que discuten, un soldado adicto a las drogas incapaz de superar el ‘mono’ y un novato que será la clave para sus superviviencia son personajes reconocidos y revistados en innumerables cintas de guerra. Es la excusa perfecta que constituye el alma de la fiesta, que no es otro que mostrar la película ‘Tropic Thunder’ que se rueda dentro del filme como una aventura que no debería estar condicionada por los grandes estudios, por esos tiburones sin entrañas que ven en el arte una industria con la lucrarse. Un prototipo que bien representa ese despreciable hijo de puta que encarna con magistral puntería un Tom Cruise desmadrado y juguetón, en clara alusión a Sumner Redstone, el máximo responsable de su salida de Paramount Pictures.
‘Tropic Thunder’ exhibe todo lo ocurrido en un ingenioso desarrollo circular, haciendo un guiño a la confusión entre realidad y ficción, entre la película que han ido a rodar y la cinta que hemos visto. Ambas no difieren en absoluto de los resultados prometidos. Con ello, Stiller también hace una valoración de su propia profesión actoral, dando prioridad a la honestidad por encima del artificio al que conlleva la interpretación. Una ácida crítica a la que aportan el punto necesario de juerga colectiva sus protagonistas. Y lo hacen con desmedido carácter y talento; desde el inmenso Robert Downey Jr., pasando por el habitual histrionismo de Ben Stiller y del inmoderado Jack Black para llegar a un Tom Cruise magistral. Es una pena que Nick Nolte no esté a la altura de sus compañeros, ya que su personaje, Petra, simboliza la gran verdad de esta comedia: el cine, como la heroicidad de un hombre que describe una batalla en primera persona que no ha vivido, es una gran mentira de la que poder descojonarse sin coartadas de ningún tipo.
La gran aportación de Ben Stiller se fundamenta, sin embargo, en la corrección y pulcritud visual con la que ha dirigido una película que no se queda en la definición de comedia sin prejuicios. Lo es, por supuesto. Pero también ha que destacar la magnífica puesta en escena, la dirección en sus secuencias de acción, así como la gran labor de John Toll haciendo que el conjunto esté muy encima del nivel de cualquier otra muestra de este género tan depauperado. Stiller sabe lograr que la parodia surja de un contenido conocido por todos, alejándose de los modelos que están triunfando de la mano de Judd Apatow y acólitos, empeñados de discernir sobre la misma idea romántica de comedia de enredo. Por el contrario, a Stiller realiza una pirueta radical, por lo que hay que agradecerle que dé una lección de voladura de los límites del género, desde el conocimiento y de la efectividad con la que un ‘blockbuster’ puede generar una película diferente, gamberra, inclasificable… que camufla un pertinaz y complejo ejercicio de comedia en una película de poderosa fuerza. ‘Tropic Thunder’ es, sin lugar a dudas, la mejor comedia del año. Y puede que una de las más notables muestras de genialidad de los últimos tiempos.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008