jueves, agosto 28, 2008

Review 'El Caballero Oscuro (The Dark Knight)'

Dudas y reflexiones acerca del héroe
Llena de golpes de efecto, de incuestionable ritmo e intachable factura, la secuela de Nolan sobre Batman sigue y dilata los designios de acentuación dramática e introspectiva de su primera parte.
Después de la renovación que supuso ‘Batman Begins’ y el retorno a los orígenes del mito superheroico llevado a cabo por Christopher Nolan, la segunda parte de aquélla se esperaba como la verdadera evolución del personaje creado por Bob Kane en 1939 en un entorno de reescritura sin concesiones a la nostalgia. Aquí ya no se trata de estudiar al personaje desde su génesis, apoyado en un prólogo iniciático a través del viaje a los desequilibrios interiores de un Bruce Wayne que acomete su tormentosa metamorfosis en Batman franqueando su sentimiento de culpa, sino que en ‘El Caballero Oscuro’ Nolan, junto a su hermano Jonathan tras el guión, acomete una ambiciosa aventura concebida como disertación sobre la condición del superhéroe, sobre la dualidad y los cuestionamientos, los adeudos sociales y la limitación de los valores morales cuando Batman ya no es capaz de sustentarse bajo la máscara de una identidad subjetiva. Todo ello amplificado con la necesidad de un villano como adversario en la inseparable antítesis entre el bien y el mal.
El resultado ha sido un éxito sin precedentes de crítica (algunos la han subido demasiado pronto al pedestal de obra maestra) y de público (155,3 millones de dólares en su primer fin de semana y rozando los 500 millones sin llegar al mes de exhibición).
La finalidad, desde su noción innovadora, era distanciarse del maniqueísmo del género y evitar el escapismo frugal para unir la parte indefectible de entretenimiento con una importante carga existencial. La historia se bifurca en dos frentes, la lucha de Batman/Bruce Wayne contra el crimen en Gotham y su Mafia con la ayuda que le brindan el teniente Jim Gordon y el nuevo e implacable fiscal del distrito Harvey Dent y la aparición del siniestro Joker, que surge para eliminar a un héroe que es cuestionado por la ciudad. La ética, la venganza, la violencia, la anarquía y la democracia son los términos que condimentan una película que, como en muchas de las trilogías y siguiendo los modelos perpetrados por célebres sagas, se muestra más oscura y adulta que su antecesora.
Podría verse como una reflexión sobre el heroísmo y sus responsabilidades ya que, en esta ocasión, el personaje interpretado con solvencia por Christian Bale asume el dilema de decidir el destino dejando a un lado su vena heroica, en contraste entre la elección aleatoria y la disyuntiva de la deliberación inmersa en el cauce de una justicia improbable, pero situándose desde un enfoque más escéptico respecto al cambio del curso de los acontecimientos y las elecciones morales y personales de sus personajes, subrayando el fatalismo y el sufrimiento, asumiendo el artificio para indagar la parte más oscura de la galería de seres que pueblan Gotham City.
La simbología y su definición en el género se sitúa de nuevo por encima de cualquier cinta vista antes, reforzando la idea de un heroísmo entendido como sacrificio vital que el superhéroe no se puede permitir, rehusando incluso al ‘status quo’, como asentaron en el mundo del cómic Frank Miller, Alan Moore, Dave Gibbons, Jeph Loeb y Tim Sale, nombres insinuados en el embalaje narrativo que vertebra la cinta de Nolan en su intensidad argumental a la hora de conferir la credibilidad y la épica necesaria.
La búsqueda del hiperrealismo, de la naturalidad aséptica dentro del orbe arquitectónico de Gotham, así como de los modelos visuales que pretende seguir, se desmontan y vuelve a erigirse con demasiada facilidad como para resultar homogéneo. Es lo que da dinamismo a ‘El Caballero Oscuro’ en su desarrollo constructivo; siempre aboga por el constante golpe de efecto, los giros tebeísticos que no pierden de vista la carga que supone ser un superhéroe en un mundo viciado, sin reconocer el equilibrio entre el orden y la anarquía. El tono discursivo de su anterior parte se suple, por momentos, por una incipiente inflexión de urgencia moderada, que sigue manteniendo un contenido sentido del suspense con aires de ‘thriller’. Eso sí, despojado, aparentemente, de los clichés del cine fantástico.
En el trayecto, Christopher Nolan se permite licencias y efectismos varios como el de hacer ver por momentos a un Batman como sosias de James Bond o espectaculares secuencias que tampoco vienen mucho a cuento, así como incoherencias y lasitud en ciertos aspectos de las subtramas, fundamentalmente las que conciernen a personajes como Salvatore Maroni, el asiático Lau, pero sobre todo la teniente Ramírez, así como la poca consistencia que tienen en esta ocasión los roles de Michael Caine o Morgan Freeman.
Bajo la pretensión de la citada verosimilitud se aspira a encuadrar al héroe alado en una disposición genérica de cine negro, donde prevalece la forma en la que Nolan filma las dudas morales y éticas que arrastran sus protagonistas, mostradas con bastante habilidad en su construcción a la hora de crear un lenguaje visual determinado, circunscrito a los exteriores urbanos de Gotham y a la obsesiva partitura creada por Hans Zimmer y James Newton Howard. A pesar de cierta redundancia de motivos, la sutileza a la hora de mostrar una violencia latente en todo el metraje o los pocos convencionalismos en los que cae, esta segunda entrega del nuevo Batman es una maravillosa muestra de cine híbrido; mezcla de drama reflexivo y cine espectáculo, que reconvierte la fantasía circense en un universo de acción y meditación. El problema (o la virtud) de esa acentuación dramática e introspectiva que tanto se reprocha en el cine del director londinense es la clave que determina la diferencia de esta nueva saga del personaje. La cuestión cardinal se encuentra en que Christopher Nolan ha creado una franquicia pensando no en el aficionado al cómic o en el fan del cine de superhéroes, sino un cine creado con un carácter más universal y adulto.
Dentro del pesimismo y el vibrante oscurantismo hay que destacar, por supuesto, la figura de ese Joker por el que respira un demoledor Heath Ledger en estado de gracia, haciendo que el villano incomode, atraiga y fascine con gran facilidad. La gracia está en admirar la capacidad de acción de un sociopáta enloquecido de mente perturbada y hedonismo provocado por el caos, la anarquía y el mal. Un personaje dibujado con acierto, que sabe llevar su discurso inmoral hasta el extremo cuando, en un momento del filme, radicaliza su posición de despreciable hijo de puta y da una lección de desgobierno al despreciar la esencia que mueve la sociedad contemporánea: el dinero. Y lo hace de la única manera aceptable de su maligna esencia; mediante la destrucción.
Joker subyuga, pero también echa en falta algo de sentido del absurdo, cuestión vital en este aterrador personaje y que luce con holgura, como ejemplo, en la secuencia destructiva del hospital. Y es que Joker, en esencia, se superpone al resto de los personajes, de entre los que el propio Bale y su ‘alter ego’ sale bastante perjudicado, puesto que los caracteres de Aaron Eckhart, Gary Oldman y en menor medida Maggie Gyllenhaal tienen bastante más relevancia que el personaje superheroico. En el que caso de Eckhart, su Harvey Dent debería haber tenido más protagonismo, puesto que él es la auténtica piedra angular del filme. Como ejemplo: su transformación en Dos Caras está acelerada de tal manera que empaña la brillantez de su desarrollo.
Es cierto que se echa en falta algo más de capacidad de sorpresa, del sentido apocalíptico que debería haberse cernido sobre la ciudad de Gotham, aunque se presuma disimulado en la degeneración de los valores y principios que envuelven a los personajes. Y en este aspecto es donde Nolan subvalora inconscientemente la inteligencia del espectador, puesto que los caracteres acaban por expresar sus condicionamientos y reflexiones sin dejar que el público pueda llegar a sacar conclusiones o dobles lecturas. Es donde ‘El Caballero Oscuro’, en su grandilocuencia moral y acentuación del mensaje, pierde toda la capacidad de sugerencia o de especulación.
No obstante, hay que reconocer el mérito de este juego mastodóntico que ha logrado modificar su esencia en función de lo desplegado en su primera película. Es difícil saber si esta nueva aportación de Nolan es o no la mejor película sobre un superheroe de todas las que van proliferando a lo largo de estos últimos años. Lo que está claro es que, a partir de este momento, las cosas dentro de las adaptaciones de cómics al cine se replantearán de otro modo, adaptando sus principios a la hora de lanzar su acomodaticio producto y poniendo sus miras en esta película donde la calidad y el ritmo hacen de ella un ejemplo a seguir.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

lunes, agosto 25, 2008

Pekín 2008, unos juegos inolvidables

Una vez que se apagó el pebetero con la llama olímpica extinguiendo su fulgor, el deporte volvió a sentirse huérfano de euforia después de ofrecer más de dos semanas de adrenalina y emociones, de récords y victorias, de lágrimas y derrotas. El final de las Olimpiadas de Pekín devuelve al aficionado, al amante del deporte, a la cotidianidad más deslucida, ahora con la liga de fútbol a punto de empezar. Algo que se antoja como una deslustrada retribución de consuelo. No es lo mismo. Unas olimpiadas suponen el mayor y más apoteósico evento deportivo del panorama mundial. Hoy, tan sólo un día después de asistir a uno de los partidos de baloncesto más memorables de la historia y haber disfrutado con la apabullante y vistosa ceremonia de clausura, estos juegos olímpicos, los destinados a ser considerados durante muchos años como unos de los más brillantes de los fastos, quedan como un recuerdo que tardará años en olvidarse.
Como referencia universal, las Olimpiadas se marcan con nombres propios, con marcas y gestas heroicas de nombres que definen el sacrificio y la grandeza del ser humano en su nivel competitivo. En Pekín 2008 se han labrado hazañas para guardar en la retentiva colectiva; como la conseguida por Michael Phelps con sus ocho oros y siete récords del mundo pulverizados. La máquina, el “hombre pez”, ya se ha catapultado a la epopeya, desplazando a su paisano Mark Spitz a la evocación del pasado, a relegar en la memoria la epopeya de Múnich 72. Parece que en el deporte de alta competición no hay nada imposible. También hemos olvidado por momentos a Jesse Owens y Carl Lewis contemplando al jamaicano Usain Bolt destrozando todas las leyes de la velocidad y la física humana. Nunca antes las pruebas de velocidad acapararon la mirada de un mundo que permaneció en silencio tan sólo 9,69 segundos para alabar una proeza implacable en un grandioso testimonio de brutal aceleración y porvenir sin límites. Con sus 22 años, el Nido de Pekín asistió a las zancadas sin concesiones a la relajación de Bolt en unos 200 metros en los que detuvo el crono en 19,30, dos centésimas más abajo que la plusmarca que hace doce años estableció el estadounidense Michael Johnson. También compartiendo gloria con Nesta Carter, Michael Frater y Asafa Powell en la consecución de otro record, esta vez el de relevos 4x100 con 37.10 segundos.
Es la hegemonía del relámpago, de la velocidad jamaicana. Las lágrimas de la pertiguista Yelena Isinbáyeva quedarán como bella imagen de un récord del mundo para disfrute del público, que vio cómo superó su récord mundial número 24 con una altura de 5,05 y se acerca a su objetivo de superar el número de plusmarcas de su compatriota Sergey Bubka (35 récords). O el nombre español con más lustre que entra con todos estos mitos en el album de héroes y heroinas de Pekín 2008, Rafa Nadal, el número uno, el mejor tenista de los últimos años, afianzando su supremacía tenística después de Roland Garros y Wimbledon con una medalla de oro fruto de la grandeza y la dimensión de los elegidos. Ellos han sido los verdaderos ídolos de Pekín 2008.
Las 18 medallas obtenidas por la delegación española dejan el sabor agridulce del éxito. Es un triunfo a medias. Los cinco oros, las diez platas y los tres bronces sitúan a España por encima de los retos y triunfos de Sydney y Atenas, pero muy lejos de aquellos trece oros con 22 metales de Barcelona. Se puede hablar de mala suerte, de excesivo optimismo, pero lo cierto es que en disciplinas como el atletismo la decepción ha sido aparatosa. Ni “Paquillo”, ni Javier Gómez Noya, ni Marta Domínguez, ni Higuero, Casado o Estévez, ni María Vasco pudieron cumplir el objetivo del podio en la Olimpiada. Es cierto que nombres como los de Samuel Sánchez, Joan Llaneras (el olimpico español más laureado de la historia –aquí doble medallista-), Antonio Tauler y Leire Olaberría legitiman el ciclismo como terreno donde triunfar o que selecciones colectivas como las de baloncesto, hockey hierba, balonmano o Gervasio Deferr en gimnasia o las chicas de natación sincronizada llevan tiempo en la cima de la competición internacional, pero se echa de menos los logros a los que este año parecía aspirar un país con la ilusión por los aires.
Por supuesto, las 18 medallas no son, ni mucho menos, un fracaso. Pero saben a poco, porque ha habido demasiadas ocasiones en las que la frase “por poco” que conlleva directamente a un diploma han servido de obstáculo a España para subir un poco más dentro del desafío medallista. Hay que alegrarse pues de la epopeya de deportistas como José Luis Abajo en esgrima, Iker Martínez y Xabi Fernández y su oro convertido en plata por la ilegalidad de la que también se da en unos juegos de aspirada equidad que sí obtuvieron Fernando Echávarri y Antón Paz. Por Bibí Ruano y Anabel Medina en dobles femenino de tenis, completando al huracán Nadal o la gran actuación de David Cal, Saúl Craviotto y Carlos Pérez en sus respectivas categorías de piragüsimo. España demuestra que la recompensa olímpica va más allá del atletismo, donde hace años cabía la posibilidad de lograr algo. Hay categorías con potestad nacional y una esperanza de futuro que hay que alimentar a basa de éxitos que seguirán llegando hasta dentro de cuatro años.
Pekín ha dejado imágenes imborrables, como la del atleta chino Liu Xiang, lesionado y abandonando entre sollozos la prueba en la que es el emperador, la de 110 metros vallas. Las lágrimas de Araceli Navarro por no poder seguir compitiendo después de una lesión en el hombro, las declaraciones del taekwondista español Juan Antonio Ramos cuando no pudo conseguir la medalla de bronce frente a un adversario afgano que reflejan el sentimiento máximo d la frustración y la impotencia que contrastan con el manteo alegre del equipo español de balonmano a David Barrufet. No podemos olvidar con facilidad la dolorosa imagen del húngaro Baranyai y su dislocación de hombro cuando intentaba levantar 148 kilogramos en la modalidad de arrancada o la hostia que el taekwondista cubano Angel Valodia Matos le dio a un árbitro después de ser descalificado o al luchador sueco Ara Abrahamian que perdió su medalla de bronce en lucha greco-romana cuando la lanzó al suelo y abandonó el podio como protesta por la controvertida semifinal. Así como el rostro del fracaso de Ronaldihno tras perder en semifinales contra la todopoderosa Argentina de Leo Messi y el“Kun”Agüero o la decepción de Laure Manaudou y la entrada del maratoniano keniata Samuel Kamau Wansiru.
Pero si estas Olimpiadas quedan en nuestra memoria colectiva es por dos instantes imposibles de olvidar; ese beso al tapiz de la gran Almudena Cid, despidiéndose con honores de reina deportiva tras una carrera que ha acumulado éxitos y cuatro olimpiadas donde siempre fue finalista, cerrando su etapa profesional, quince años después, con el diploma olímpico bajo el brazo. Y la que aconteció ayer en el Pabellón Olímpico de Pekín, cuando la selección española de baloncesto realizó una enardecida gesta de leyenda contra el mejor equipo de estrellas venidas de la NBA en las últimas Olimpiadas, justo después del declive del mejor basket del planeta cuando el único e insustituible ‘Dream Team’ embelesó al mundo en Barcelona. Tuvieron que pasar 24 años para que España pudiera volver a verse las caras en una final olímpica contra USA. Y contrariamente a lo que sucedió en Los Ángeles aquel 11 de agosto de 1984, España barrió en juego colectivo y tesón a los americanos. Los de Aito García-Reneses, los “Chicos de Oro” capitaneados por Pau Gasol, ofrecieron una lección de juego y de aguante, donde el honor y el orgullo quedó por encima del resultado (107-118). En una competición que asume las reglas FIBA (la línea de tres, el tiempo de cada cuarto…), donde la cuestión de los pasos de salida desiguala al baloncesto frente las normas NBA y de la fuerza física impuesta en claras faltas personales en ataque o en defensa no pitadas es donde el equipo de Kobe Bryant, creado alrededor de la autosuficiencia y la hegemonía, logró la medalla de oro. Sólo la permisividad arbitral de la que ha gozado el USA Team a lo largo del torneo ha servido para que estos demiurgos de la canasta se auparan a lo más alto del podio.
Pese a la frase de Jacques Rogge: “A lo largo de estos Juegos, el Mundo ha conocido mejor a China y China ha aprendido mucho del resto del Mundo”, China y Pekín han engrandecido el deporte en unos Juegos Olímpicos donde la brillantez de la competición ha sido capaz de esconder, en breves retazos, otros factores extradeportivos que siguen dejando a China como un país autocrático que desprecia a los Derechos Humanos que ha propugnado a lo largo de dos semanas que han finalizado su periplo en el emblemático estadio El Nido de Pájaro, tiñéndose de luz y fuegos artificiales y dando la bienvenida, como suele ser habitual, a la siguiente designación olímpica.
Dentro de cuatro años, en 2012, la magia de mayor cita deportiva del mundo retornará con el acento británico de Londres. Hasta entonces, nos quedamos con un hecho ejemplar acontecido en estos Juegos; Pekín 2008 se ha transformado en un modelo paradigmático en el avance en la batalla contra el dopaje. Su intolerancia absoluta con las drogas en el deporte debe ser la tónica a seguir. Por eso y por todas las sensaciones transmitidas estos días desde la capital de China, esta Olimpiada debe ser recordada como una de las mejores y más organizadas de la Historia.

viernes, agosto 22, 2008

Review 'WALL•E (WALL•E)'

Mágico romanticismo espacial
El filme de Andrew Stanton es un memorable y hermoso viaje con una fábula de ciencia ficción y ecología antropológica que se sirve de la gramática de la articulación de las máquinas para obtener una película inolvidable.
Es una tradición reiterativa el hecho de que en cada ocasión que los estudios Pixar lanzan un nuevo trabajo, la crítica suela comenzar con los mismos adjetivos ponderativos a un grupo de animadores que han revolucionado el mundo de la animación con sus historias que se despliegan más allá de un acostumbrado ensueño tecnológico y digital. Pixar ha hecho posible una plausible voluntad por la épica clásica que mezcla tradicionalismo y modernidad, clásicos renovados para todos los ‘targets’ en una exhibición absoluta de aleación entre realidad, romanticismo, ironía y aventura.
Con casi veinte años de historia, tiene la extraña facultad de transformar cada nueva obra en una delicada muestra de artesanía revolucionaria que cambia y magnifica la animación llevándola a un lugar común donde las reglas del entretenimiento y la imaginación parecen no tener límites. La factoría de John Lasseter, se ha ido ganando a lo largo de los años, con una contundencia categórica, el indiscutible sinónimo de calidad que acompaña a sus película digitalizadas.
‘WALL•E’ no podía ser alejarse de este concepto y vuelve a ejemplarizar la distintiva necesidad expresiva que mueven los proyectos de Pixar, aventajando en este terreno su reconocido exhibicionismo tecnológico. Todo comienza en un futuro apocalíptico, sin vida, en una lúgubre y desoladora visión de la civilización humana que se acentúa con la sentimental descripción de la soledad a través de un pequeño y viejo robot llamado WALL•E (que es la abreviatura de Waste Allocation Load Lifter Earth-Class), dedicado durante siglos a apilar residuos en forma de pirámides. La sincera emotividad con la que se presenta al entrañable robot y preciosismo extremado con el que su director Andrew Stanton (codirector de ‘Bichos’ y ‘Buscando a Nemo’) detalla la rutina del único habitante de la tierra, crean una inmediata empatía con el espectador, rendido ante la sorprendente dialéctica de la exigua expresión.
Que un trasto como WALL•E sea el emblema más destacado del lenguaje físico y pantomímico metamorfoseado en la gramática de la articulación de las máquinas sitúa a esta obra de grandeza cinematográfica inexpugnable a otra división dentro de las altas cotas a las que están acostumbrados sus responsables. Esta decisión apela directamente a la expresividad fílmica de los grandes clásicos como Buster Keaton, Charles Chaplin o Jacques Tati, acudiendo a los introductorios elementos humorísticos basados en el ‘gag’ más tradicional, muchas veces cerca del ‘slapstick’, como tributo al cine clásico, al que acude constantemente en intenciones, homenajes y esencia. En esa imperecedera primera parte del filme, Stanton y su equipo transfieren y superan los protocolos del formato de animación para presentar el filme de Pixar más imaginativo y fantástico hasta la fecha. Aunque luego la cosa vaya por otros derroteros.
No hacen falta diálogos para convencer de la afabilidad y ternura del robot. La descripción de la atmósfera, los elementos que rodean su vida y las costumbres de esta máquina de limpieza aficionada a la colección retronostágica de artefactos del pasado que encuentra entre la basura, donde no faltan los bollos del Círculo Rojo como manjar de una cucaracha (su única compañía terrestre), el Cubo de Rubik o incluso la aparición del juego de 1972 ‘Pong’ de Atari son suficientes para universalizar sus conceptos y que estos ayuden a la inmediata filiación.
Por supuesto, llega elemento de ruptura llega de la mano de una moderna robot explorador llamada EVE (abreviatura de Extra-terrestrial Vegetation Evaluator), encargada de comprobar si hay vida en la Tierra. El destartalado robot con apariencia simbiotizada entre ‘E.T.’ y el Johnny Número 5 de ‘CortoCircuito’ y la autómata con apariencia de iPod (para algo Steve Jobs es uno de los jefazos de Pixar) serán los encargados de llevar al público, a través de su variedad de indicios emocionales y sonidos electrónicos, a un memorable y hermoso viaje a lo largo y ancho de la galaxia en el que vivirán una emocionante e inolvidable aventura. La idea, por tanto, es que presentar e ir desarrollando las virtudes del personaje y su capacidad de superación, desde la más terminante simplicidad hasta vencer todos los obstáculos que se interponen en su camino por el amor de EVE.
Es donde ‘WALL•E’ se muestra más enérgica, en lo argumental y en lo entusiasta y sensible. La idea de ese robot que sueña con la belleza de un momento tan etéreo y romántico como es darle la mano a la persona amada por medio de un fragmento de ‘Hello Dolly’, de Gene Kelly, es mágica. En todo ello; en el instante en que ‘WALL•E’ muestra a EVE su destartalado hogar, qué es el fuego por medio de un Zippo, lo rescatado de la basura o qué significa bailar evoca la idea de un mecanismo que enseña a la humanidad cómo volver a ser humana. Y lo hace con grandes dosis de compasión, sencillez e imaginación, situándose en la maravilla no por la tecnología o el argumento que se despliega, sino por lo honesto que resulta todo a los ojos del espectador.
Es entonces cuando llega el cambio de escenario, cuando el poema cinematográfico al género de la ciencia ficción acude a los lugares comunes y significaciones del género. Con la aparición de los humanos dentro de la fábula, entre en juego un mundo futuro de distopía homogeneizada, de conformismo enfermizo, de un mundo artificial que se ha erigido en el espacio como simulacro de un hipercentro de ocio. Es el antitético universo que separa a los humanos de los dos robotizados enamorados, relegados en una base espacial donde todos son obesos mórbidos, incapaces de moverse, dominados por la absurda felicidad de una alienación constituida en la comodidad del sedentarismo ultratecnologíco. Es donde la mímica clásica pasa a dar paso a las reflexiones apocalípticas de un futuro en el que la realidad acontece en términos inversos a la idealización social, donde todos forman parte de una comunidad sin comunicación, uno de los grandes temas de ‘WALL•E’, dejándose llevar por un robot con la grafía de HAL 9000 hacia el consonantismo social imperceptiblemente opresivo y totalitario que propugnaron en sus obras Isaac Asimov, George Orwell, J.G. Ballard, Arthur C. Clarke, Orson Scott Card o Philip K. Dick y que recuerda, en ciertos momentos, a la genial sinopsis del filme de Mike Judge ‘Idiocracy’.
Mientras tanto, la Tierra que ha permanecido deforestada siete siglos espera el regreso del ser humano para su reestructuración, con la intención de repoblarla y volver a dar la vida. Es cuando Andrew Stanton divulga su evidente mensaje, menos atractivo que sus planteamientos iniciales, en su crítica de metáfora acerca de hombre actual que se está convirtiendo en gordos de McDonalds y que está destruyendo el planeta con tanta basura. Llegados a este punto que nadie dude en ningún momento que ‘WALL•E’ es un filme de moralina medioambiental, cuya esencia se encuentra en una planta terrestre que desencadenará toda la trama espacial. Sin embargo, y de un modo inteligente, también se plantea, como en la obra de Stanley Kubrick ‘2001, una Odisea del Espacio’, hasta qué punto deshumanización del ser humano (solapada al consumismo y adicción a las nuevas tecnologías) lleva implícita el desarrollo emocional de las máquinas. Los robots, afín de cuentas, han aprendido a amar y a pensar despóticamente y han logrado anular lo poco de humano que queda en un futuro que se prevé no tan imaginativo.
‘WALL•E’ es uno de los trabajos más logrados de Pixar, sin duda alguna. Stanton, además, se sirve de un admirable manejo del ‘scope’ para recrear todo cuanto acontece en la superficie terrestre como en la nave nodriza. Un filme familiar sobre el amor entre dos robots muy humanos, la tiranía y sus condicionamientos, la ecología como advertencia de futuro, el albedrío y la eterna vuelta a casa.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

martes, agosto 19, 2008

50 estados

No es la primera vez que oímos esa falsa máxima que asevera que todos los americanos son unos ignorantes que no saben geografía mundial. En realidad, se trata de un concepto bastante simplificativo de la realidad. No es plan de ponerse a hacer una comparativa a nivel global de conocimientos de geografía mundial, pero... ¿hasta que punto conocemos nosotros algo del entorno geodésico yanqui?
He aquí un juego para poner a prueba estos conocimientos.

viernes, agosto 15, 2008

Review 'Superagente 86. De película (Get Smart)'

Reciclaje y simulacro a golpe de ‘gag’
Peter Segal dirige un remedo de su referente televisivo actualizando con linealidad y simpleza unos preceptos de la comedia de acción que no terminan de convencer en su reformulación de comedia absurda.
‘Superagente 86. De Película’, revisión de la exitosa serie de culto de los años 60 creada por Mel Brooks y Buck Henry y protagonizada por el mítico Don Adams en el papel del torpe agente de la agencia C.O.N.T.R.O.L. y la bella Barbara Feldon como la agente especial 99, viene a unirse a la moda de Hollywood por rescatar viejos clásicos de la televisión y renovarlos con estrategias únicamente comerciales. En su actualización, la serie incorpora para el papel de Smart a uno de los cómicos más reconocidos y dotados para el género como es Steve Carell (protagonista de la magistral serie ‘The Office’) acompañado de Anne Hathaway como 99, así como por Dwayne Johnson, Alan Arkin y Terence Stamp. Puede ser una opción aceptable que el único capaz de recrear el rol fuese Carell, pieza fundamental a la hora de ensamblar el proyecto, pero pese a su corrección e implicación, la cinta adolece de los elementos necesarios para alcanzar los mejores momentos de aquella mítica parodia catódica del agente al servicio de su majestad 007.
La historia, adaptada a la gran pantalla por un director de género como es Peter Segal no cambia mucho del referente televisivo e intenta sintetizar lo más representativo; el analista de la agencia secreta C.O.N.T.R.O.L. Maxwell Smart es ascendido a agente de campo a causa de un ataque de la organización criminal conocida como K.A.O.S cuando estaban a punto de descubrir un acto criminal en Rusia. Smart, como Agente 86, contará con la ayuda de la bella 99, única agente cuya identidad se mantiene a salvo gracias a una operación de cambio de rostro. La linealidad y la simpleza son el seguro sobre el que se asienta una comedia de acción que no tiene más pretensiones que las de agradar con la simpatía de unos ‘sketches’ más o menos acertados, que funciona en ocasiones gracias a algunas de sus ‘set pieces’, pero que no termina de convencer en su reformulación como comedia absurda que se ciñe en exceso a su argumento lógico.
‘Superagente 86. De película’ se articula en el concomitancia que le refiere a su análogo televisivo, al simulacro de mecanismo a golpe de ‘gag’, pero sin la agudeza necesaria para conquistar la risa continua del espectador en su autolimitación en busca del tópico o el equívoco absurdo. Entre otras cosas, porque se ha perdido la esencia de un enfrentamiento encuadrado en la Guerra Fría y porque la hiperbolización de los conceptos originales se desnaturalizan y afectan directamente a la noción del ‘kistch’ y la cordial bagatela sin prejuicios.
La cinta de Segal se apoya únicamente en el meritorio prestigio de un Steve Carell que no llega, sin embargo, al entusiasmo y torpeza irritante del original Smart, quedándose en una exhibición del catálogo de miradas de cordero degollado que posee este cómico de talento desbordante y que aquí se ajusta a la displicencia del conjunto. De vez en cuando, esta versión cinematográfica se dedica a recuperar bajo el guiño cómplice algunos elementos como los artefactos de última generación concretados en esa navaja suiza llena de ‘gadgets’ incontrolables, así como el descarado empleo de los mitos del pasado en su tramo final (como el eterno Sunbeam Tiger rojo del 65 o el mítico zapatófono).
Es más importante ir desarrollando la romántica historia de amor fraguada en las misiones de 86 y 99 que vincular acción y comedia de una forma dictaminada por las leyes del género. Con todo ello, ‘Superagente 86. De película’ tiene algunos personajes y momentos inspirados; como el simpático baile con una achaparrada señorita, chistes a costa de un dúo formado por Masi Oka y Nate Torrence, la parodia del presidente Bush en la irónica caracterización de un James Caan recreando la imbecilidad de su equivalente real, el impagable Cameo de Bill Murray como Agente 13 o la preeminencia de varios villanos secundarios (el mostrenco The Great Khali o Ken Davitian), que destacan por encima del principal adversario de Smart, Siegfried, en la piel de un apático Terence Stamp.
Cóctel de humor, de acción tomada demasiado en serio y sensiblería idílica a cargo del personaje Hathaway, ‘Superagente 86. De película’, no deja de ser un entretenimiento veraniego que no busca en ningún momento la trascendencia, contrariamente a que se inscriba en un guión sin sorpresas, cuya esencia parece extraída de la desgana por recuperar un clásico, por la necesidad de revivir viejos éxitos en un argumento insustancial que recuerda, en su fondo, a otras películas de mucha más hilaridad y contundencia como puedan ser la trilogía de ‘Agárralo como puedas’, de cuya última entrega se encargó el propio Segal.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

miércoles, agosto 13, 2008

Primer trailer del PES 2009

Konami Digital Entertainment GmbH ha lanzado el primer trailer de lo que será el PES 2009. El máximo responsable y productor de PES, Sebass, avanza algunas novedades del nuevo Pro Evolution Soccer "...hemos implementado nuevos elementos de control que son reforzados con unas animaciones mejoradas. Hemos trabajado muy duro para garantizar que la animación de los jugadores es más fluida, mientras que muchas de las mejoras visuales harán hincapié en la individualidad de los jugadores en términos de apariencia y movimiento. Los movimientos añadidos y los pequeños retoques mejorarán también la jugabilidad, y realmente no ha emocionado la manera en que mejoran el juego en PES 2009. Estas mejoras llevarán a PES 2009 más allá del terreno de juego".
Habrá que ver si esto es cierto. En octubre, lo sabremos.

lunes, agosto 11, 2008

Ha muerto Isaac Hayes, la voz del 'Blaxploitation'

Isaac Hayes, el hombre que puso voz a un género como el ‘Blaxploitation’, impulsor del soul y totémico catalizador de la explosión Stax Records en los 60, ha fallecido ayer a los 65 años de edad por causas naturales. Fue autor de varios himnos generacionales de la música afroamericana como ‘Soul Man’, ‘Hold On! I'm A Comin’ o ‘I Had a Dream’, marcando con su soul orquestado la senda y la inspiración de gente tan influyente como Marvin Gaye o Barry White y se convertiría en referencia imprescindible del funk y el rythym & blues.
La obra de Hayes se fundamente en la intensidad emocional y el dramatismo de su profunda voz y remodelación de géneros a golpe de ‘riff’ de guitarra y creatividad ante el órgano. Hayes fue también el pionero del denominado ‘soul sinfónico’ con su obra cumbre, el antólogico ‘Hot Buttered Soul’, monumental obra maestra de sólo cuatro canciones que sigue siendo uno de los discos más importantes de la música contemporánea. Caracterizado por devoción por el sonido Memphis de los 70 y nombre importante a la hora de hablar de las raíces del rap, sería el primer afroamericano en recibir un Oscar a la mejor banda sonora por la canción de la película de Gordon Parks ‘Shaft’ en 1971, prodigio de la mezcla de cuerda y percusión que simbolizó la banda sonora de un subgénero inolvidable en los años 70 definido en nombres como el del propio Hayes, Curtis Mayfield o James Brown.
En los 90, puso la voz del personaje de chef de la serie de dibujos norteamericana ‘South Park’ hasta la novena temporada, cuando abandonó la serie por motivos religiosos.

domingo, agosto 10, 2008

Empiezan los Mejores JJ.OO. de la Historia

Este fin de semana los JJ.OO. de Beijing han pasado a acaparar la atención de la prensa internacional y se han convertido en el acontecimiento del verano, en el tema fundamental a la hora de iniciar debates y comentarios sobre la actualidad que nos rodea. La ceremonia de inauguración sentó las bases de lo que va a ser el desarrollo de estas Olimpiadas: un país volcado con la minuciosa organización capaz de ofrecer una demostración de espectáculo visual y coreográfico jamás vista antes, de una perfección y articulación humana brindada al mundo como acontecimiento universal irrepetible. Es el primer ejemplo de un poder organizativo sin precedentes. Pekín (o mejor dicho, el Beijing que se ha puesto tan de moda), ha concebido una Olimpiada como una operación de lavado de cara a gran escala, tanto en el terreno deportivo como frente al mundo occidental, manifestando su potencial en los que serán, a buen seguro, los Juegos Olímpicos más grandes y mejor organizados de la Historia.
Extradeportivamente, está el tema sociopolítico que rodea el gigantesco acontecimiento deportivo; tras la espléndida cultura ancestral y el incitante patriotismo de China, se han subrayado las contradicciones que ocasiona la divergencia de la explosión tecnológica, casi futurista, de un país que pese a ser una de las potencias más ricas del mundo se sustenta en un sistema represor y despótico, que pretende ocultar la pobreza y miseria devenida en explotación laboral. China podría ser el ejemplo perfecto de progreso, si no fuera por la autocracia imperativa y el desprecio a los Derechos Humanos que propugna impíamente. Sin olvidar que estamos ante el país más nocivo para el medio ambiente, un tema que, para los mandamases chinos, es un incomodo invento de la prensa.
Sin embargo, por encima de todo ello, Pekín y China saldrán beneficias con estos Juegos que servirán al mundo como escaparate mundial. Se trata de no ensuciar en exceso la más importante, ecuménica y magna confluencia de deportistas y espectadores del mundo, que acopiará a lo largo de la próxima quincena grandes gestas a modo de victorias, derrotas, celebraciones y lágrimas amparadas en el espíritu del Barón Pierre de Coubertin. Es tiempo de consolidación o derrocamiento de héroes enciclopédicos. Es lo que debe sobresalir estos días. Lo que importa es destacar el trabajo, el esfuerzo y el sufrimiento de los atletas. En definitiva, apelar al espíritu olímpico donde lo que importa es participar y acudir a la reconducción del célebre “citrus, altius, fortius” como el eterno emblema de la superación deportiva y humana. Y a buen seguro que los logros de Pekín serán un ejemplo de ello.

jueves, agosto 07, 2008

Review 'Escondidos en Brujas (In Bruges)'

Olvidados en el purgatorio
McDonagh propone un viaje a los rincones más sórdidos de Brujas a través de dos personajes avocados al destino sin retorno en un distinguido análisis sobre la violencia, la culpa y la redención.
El dramaturgo Martin McDonagh debuta con ‘Escondidos en Brujas’ siguiendo los preceptos que han hecho de él uno de los autores teatrales más prometedores y contundentes a mediados de los 90 con apenas 25 años. Desde su primera hora, ‘La reina de belleza de Leenane’, McDonagh ha impuesto un golpe de efecto sobre la escena en lo que podría denominarse como el “teatro del pánico”, con una violencia cruel que subrayaba la realidad como una sistematización grotesca impulsada entre la comedia y la tragedia, como espejo distorsionante que provoca la reflexión del espectador.
Con claras influencias del Grand Guignol, descarnado y visceral, ha abandonó momentáneamente su carrera teatral definida en las tierras de Connemara, la Isla de Aran y la Bahía de Galway para debutar en el cine con un cortometraje galardonado con un Oscar titulado ‘Six Shooter’, otra extraña tragicomedia que narraba el encuentro entre un hombre que acaba de enterarse de la muerte de su esposa y un peligroso y misterioso joven embarcados en un duro viaje salpicado de violencia y muerte.
Su opera prima reivindica la dureza de un estilo, de su comedia negra que aquí se presenta a medio camino entre el ‘thriller’ de tintes existenciales, la ‘buddie movie’ y tragicomedia. ‘Escondidos en Brujas’ es una película de personajes abandonados en un país desconocidos sin más plan que el de esperar nuevas órdenes parte de su superior. Ray y Ken son dos asesinos a sueldo refugiados en la ciudad de Brujas después de haber llevado a cabo un trabajo resuelto con trágicas consecuencias que se embarcan en un intrínseco itinerario moral de meditación y expiación. Mientras uno, el más joven se muestra reacio a perder el tiempo haciendo turismo por la “Venecia belga”, el otro, más veterano, encuentra allí la paz y el sosiego de ese espacio al que denomina como “una ciudad de cuento de hadas”.
Dos profesionales del crimen sacados de su hábitat natural a los que McDonagh le basta con describir con breves trazos y un ‘flashback’ que determinará el dilema moral, sin incisos personales que entorpezcan el cadente desarrollo de la cinta. La fibra cinematográfica se trenza con un ajustado empleo del compás y de la narrativa donde no hay lugar para la digresión o el efectismo visual, dejando espacio para la capacidad de sorpresa y conversión de los géneros que aborda sin rubor. McDonagh sabe hacerse con el espectador desde los primeros compases, desplegando una serie de tópicos en los dos criminales ociosos, en sus fobias y sus anhelos, para paulatinamente ir buscando su complicidad en la disyuntiva de cambio, en las imprevisibles transformaciones que se van explorando dentro de esta brillante fábula a modo de exquisito análisis sobre la violencia, la culpa y la redención.
En todo momento cerca del sarcasmo, solazando en ocasiones con la imaginería de lo onírico hasta llegar a la brutalidad de lo real, el primerizo largometrajista se permite hacer todo tipo de concesiones a lo grotesco, auspiciado en el férreo dominio del surrealismo que van provocando las diversas noches que acontecen en Brujas y en el excepcional romanticismo que desprende esa relación paterno-filial entre los dos asesinos. La ciudad envuelve la trama transformándose en un personaje más dentro del catálogo de secundarios insólitos que se cruzan con los protagonistas (como bella Clémence Poésy, Jérémie Renier o Eric Godon). Una ciudad de luces y sombras, más nocturna que vespertina, donde la incongruencia de la noche invoca a la casualidad, al encuentro amoroso, a la intimidación o al constante encontronazo con un enano norteamericano interpretado por Jordan Prentice que protagoniza una película en pleno rodaje.
Hay que destacar la autoridad de la atmósfera enrarecida con trasfondo dramático en todo el relato, que se manifiesta entre los espacios noctívagos y lo delirante de algunas de sus acciones o personificaciones de la locura colectiva que parece pervertir a todos los que desfilan por la trama. Brujas va mutando desde la sugerente belleza de los canales y la riqueza arquitectónica hacia la variación articulada en la metamorfosis de un escenario incierto, cuyos misteriosos rincones históricos parecen sumergir el relato en un tortuoso viaje a lo sórdido. McDonagh, en ése sentido, se aprovecha del oscurantismo y la ruindad atávica que busca que el entorno funcione como purgatorio idílico donde los personajes deberán hacer examen de conciencia antes de seguir con sus vidas.
La humanidad se va dejando a un lado, condenada al Infierno por los pecados cometidos, destruida con la llegada de Harry Waters, destructor de la heteronomía moral impuesta por unos códigos de honor de un hombre frío y calculador capaz de imponer su ley por encima de cualquier suerte de redención. Hay que rendir cuentas por la inmoralidad de los errores cometidos, sin opción al perdón o las segundas oportunidades que han descubierto Ray y Ken en una evolución que capta en todo momento la amplia serie de matices dialectales.
A ello ayudan las interpretaciones de Colin Farrell, Brendan Gleeson y Ralph Fiennes, que afianzan con sus brillantes aportaciones todos los matices del inextricable paisaje humano que determina un destino sin retorno. Pese al abuso del exceso en un tramo final de impremeditada explosión violenta que rompe con la contención acumulada a lo largo del metraje, las virtudes se sitúan en todo momento por encima de sus anemias.
Por eso, a ‘Escondidos en Brujas’ no se le puede negar su condición de inclasificable. Un filme que sabe jugar a la perfección con todas sus limitaciones, que es honesta con sus objetivos y que revela una excepcional personalidad que contribuye a la lectura superpuesta, al buen cine. McDonagh se presenta así como un cineasta a seguir. Un autor elegante, sobrio, frío y admirablemente descriptivo en el dominio del medio cinematográfico. Toda una sorpresa.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

Se acabó el culebrón Cristiano Ronaldo

Tanto tira y afloja, tanto llorar, que me voy, que te quedas… para nada. El Real Madrid se queda sin su fichaje estrella, sin su ‘galáctico’ para la galería. Cristiano Ronaldo tendrá que esperar para ver cumplida su ilusión por vestir de blanco y ampliada sensiblemente su cuenta corriente, que era la principal pretensión del jugador portugués. No nos engañemos.
Después de un verano en el que incluso dentro de la Eurocopa de Austria y Suiza ya se especulaba con el posible fichaje, Ronaldo ha anunciado que se quedará en el club inglés, con el que tiene contrato hasta el verano de 2012. Eso sí, dejando claro que era real su interés por el club merengue y por los euros que le ofrecía Calderón. Como gallito para lucir, sí es cierto que tiene madera de madridista. Por lo menos, no se ha escondido en supuestos rumores y ha dado la cara. Ahora, que la dé ante la afición de los diablos rojos, que saben que ha querido venderse al mejor postor. Sir Alex Ferguson ha ganado esta vez la partida.

lunes, agosto 04, 2008

25 aniversario del fallecimiento del gran Luis Buñuel

El pasado martes 29 de julio, el mundo del cine evocaba la figura de Luis Buñuel en el 25 aniversario de su fallecimiento. Un genio contemporáneo convertido en uno de los símbolos internacionales dentro del mundo de la cultura y, posiblemente, el cineasta más importante que ha dado nuestro país a lo largo de su ya dilatada existencia. Nacido en Calanda (Teruel) la figura de Buñuel se ha hecho extensa e imprescindible para conocer y entender gran parte del concepto cinematográfico, del cine en su dimensión más vasta. Congénere de personalidades tan primordiales como Gómez de la Serna, García Lorca, Dalí o Alberti, uno de los españoles más universales de la Historia es el ejemplo más fehaciente del artista hecho a sí mismo, del creador inagotable, de la personalidad inigualable, de la genialidad, de la profundidad transgresora, del arte...
Adscrito al movimiento surreal en sus comienzos, el cineasta aragonés siempre procuró revelar con su cine que en la vida existe un sentido moral del que el hombre no puede eximirse. El hombre, en definitiva, no era libre en la ideología de Buñuel. Desde la magistral ‘Un perro andaluz’ y el documental ‘Las Hurdes (Tierra sin pan)’ siempre hubo en su obra hubo una constante línea de transgresión, de rebeldía y de solemnidad. El talento y el excéntrico carácter de Buñuel le hicieron construir a su alrededor una mitología, un universo difícil de catalogar, pero esencial a la hora de analizar su obra y vida. Hacedor de incólumes obras maestras de perfección imposible, simbolizó siempre un modelo de artista con un cosmos personal especial, en el que carácter y obra se entrecruzaron como un torrente caótico, al borde de la locura, golpeando constantemente con imágenes innovadoras, con sensaciones y estímulos capaces de taladrar la conciencia del espectador, combinando meditaciones contraventoras y metafísicas con el chiste más vulgar.
Todas ésas paradojas, llenas de una hondura insondable, se enfrentaron organizadamente para dar como resultado una límpida mirada sobre el arte y sobre la vida. Ése desorden, que se extrae de varios momentos inolvidables de sus películas, es el que refleja la verdadera concepción del cine buñueliano, es lo que hace grande su figura y su obra, ya que todo lo que vemos en pantalla procede no del desacuerdo de Buñuel consigo mismo, sino de la pureza de su compromiso con la realidad frente al distorsionante peso de los convencionalismos en los que, muchas veces, está inmerso en el arte.
Valentía y compromiso consigo mismo
El cine de Buñuel fue el compromiso con su actitud hacia su obra, hacia la autocoherencia y fidelidad que mostró a unas ideas que nunca abandonó. Las imágenes de Buñuel no encuentran sus virtudes en destruir los convencionalismos mediante la provocación. Nunca se trató de mostrar insectos saliendo de estigmas, ni de cortar ojos... sino que utilizar esos elementos de con una intención crítica y subversiva, para planificar su cine elegantemente a la hora de narrar con claridad a través de estructuras complejas, pero sin perder la originalidad, la valentía y sobre todo el sentido del humor. La imaginería del cineasta siempre siguió las bases de sus modélicas ‘Un perro andaluz’ y ‘La edad de oro’, encerrando parte de su reconocible iconografía onírica; deseo erótico, inconformismo religioso y una fuerte denuncia a los obstáculos subscritos a la burguesía que Buñuel supo subvertir como ataque a los valores establecidos.
Dinamitador de formalismos, transformador y fiel a una tradición cinematográfica carente de efectos ópticos o experimentos inútiles, Buñuel recreó en sus filmes una realidad poética capaz de desgarrar la percepción del público para invitarle, como dijo en innumerables ocasiones, “a ver con otros ojos”. La carga libertaria de su surrealismo estuvo constantemente al servicio de la sedición, de la alteración disociativa de sonido e imagen. El cine de Buñuel, incluso hoy en día, permanece feroz, mordaz y responde a la noción acuñada por Andrè Bretón por la cual imagen y sueño cobran sentido cuando ambas se dan juntas. Con películas como ‘La vía láctea’,Los ambiciosos’, ‘Belle de jour’, ‘Viridiana’ o la soberbia ‘El ángel exterminador’, Buñuel sembró la confusión, en ocasiones la repulsión, saltándose las reglas del relato más cartesiano.
Dejando de lado la psicología de la verosimilitud de la narración clásica, colisionó frontalmente con las estrictas coordenadas del espacio y del tiempo, despistando y proponiendo nuevos caminos narrativos, obligando al público a acometer una reiterada rearticulación e interpretación de las imágenes. Cuando adaptó a Galdós, Mirbeau, Kessel o Loys la manipulación era tal, que su influencia afectaba seriamente a la estructura y a los personajes de las novelas, como transposiciones de época y país. Su sobriedad y sutileza en el empleo de la cámara le hicieron adquirir una consciente y precisa planificación visual, a la altura de los grandes narradores del cine clásico americano. La asociación siempre presente de imagen e idea dieron como conclusión una ruptura de la concepción narrativa en sustitución por unas bases simétricas y estructuras dualistas, como en ‘Los olvidados’, ‘Simón del desierto’ o ‘Tristana’, donde esa confrontación temática del bien y el mal en sus historias conllevan a un recuerdo tangible al Goya de los ‘Caprichos’.
Los ‘freaks’ humanos de Buñuel
En el cine de Buñuel la extraña humanidad que inunda su filmografía, la fauna de monstruos (‘Nazarín’ o ‘Viridiana’) posee una vivacidad animal que no tienen aquellos a los que se rigen por las leyes de conducta impuestas socialmente. Sucios y marginados, los personajes del cineasta escaparon a cualquier dicotomía de ‘inocencia-perversión’ y conformaron la intención del director aragonés, mediante la inocencia que desprenden sus ‘freaks’ por demostrar los instintos reprimidos por las pautas sociales. Su idiosincrasia supo retratar muchos ámbitos de la realidad sin caer en el cine de tesis. Por eso, siempre dotado con un humor extraño e inquietante, Buñuel se centró en temas como el racismo (‘La joven’), la religión (‘Simón del desierto’), la burguesía (‘El discreto encanto de la burguesía’) o su inferencia sobre la dependencia femenina (‘Diario de una camarera’) desde un punto de vista socarrón y cáustico.
En la totalidad de su filmografía se puede comprobar un procedimiento surrealista consistente en presentar objetos que no cumplen su cometido original, objetos simbólicos de múltiple funcionamiento, como un ‘collage’ visual y sonoro como parodia social, dependiendo del azar objetivo. Más que una retórica de la metáfora, Buñuel siempre inculcó a su cine la imagen poética de la imagen surreal con evidentes niveles de significación oculta. Los elementos personales muchas veces aparecen alterados y metamorfoseados, son abundantes en su cine, ya sea en cuanto al erotismo, al paso del tiempo o a pensamientos políticos y sociales del autor. El elemento fundamental del cine de Luis Buñuel es el misterio que encierran cada uno de sus planos, la necesidad del espectador por querer saber más... dudas resueltas de forma sutil con esa pretendida intención del director por suscitar en el espectador la dubitación sobre la perennidad del orden impuesto.
Si Buñuel comenzó e inauguró, desde los inicios del cine, una dinámica revolucionaria e inusual forma de ver el arte, acabó por imponer una vía innovadora que destruyó con los planteamientos anteriores. Nadie hasta el momento ha sabido abordar el erotismo, el onanismo o el fetichismo como él. Ganador de la única Palma de Oro del cine español con ‘Viridiana’ y ganador de un Oscar en 1972 con ‘El discreto encanto de la burguesía’ Buñuel ha pasado a ser un mito, una leyenda con una vida deslumbrante y una obra incomparable. Desconcertante, irreductible y carismático, Luis Buñuel es, un cuarto de siglo después de su muerte, parte fundamental no sólo del cine, sino del arte en su concepto más amplio.