lunes, junio 30, 2008

¡¡Campeones!!

El gol de Marcelino el 21 de junio de 1964, aquél que le dio a España su primera Eurocopa forma parte del archivo, de la memoria histórica del fútbol español. A partir de ahora, la selección convocada por el veterano Luis Aragonés (auténtico artífice del éxito) pasará a la Historia como el equipo que fue capaz de romper todos los maleficios y demostrar que la selección absoluta de fútbol podía lograr una gesta deportiva que durante tiempo ha permanecido como una quimera. 44 años después, España vuelve a ser campeona de Europa. Y lo es por méritos propios, habiendo evidenciado una grandeza y una pasión en el juego como pocas veces se había visto en un equipo acostumbrado a fracasar en las grandes ocasiones. La selección española ha sido infinitamente mejor a todos y cada uno de los rivales de este torneo, con un juego brillante y una disposición táctica ejemplar. Y encima, convocando al aficionado al arrobamiento unánime dentro de un país al que el fútbol le debía una alegría de semejante importancia y trascendencia.
La final llegaba contra una Alemania acostumbrada a vivir de las victorias de manual, de la suerte o de la altura. Ayer no era el día. Pese a que la selección lo pasó mal en los primeros minutos del encuentro, supo recomponerse ante la implacable fuerza teutona, que fue perdiendo energía con el juego colectivo impulsado por un centro del campo ordenado por Xavi y Cesc, que fueron agrietando la defensa alemana con las embestidas de un Fernando Torres tremendo, luchador y ejemplar, que vio finalmente recompensado su esfuerzo tras un pase providencial de Xavi que acabó en un hermoso gol que a la postre sería el único, el destinado a ilustrar una victoria trabajada y merecida. Los bigardos germánicos poco pudieron hacer ante el gol, sino buscar la desestructura española por todos los medios. Pero no fue posible. Ni siquiera desfavorecidos por otro mal arbitraje de un árbitro italiano, ni por las continuas embestidas de un sucio Ballack en busca de bronca y trifulca. Cuando Cazorla y Güiza salieron al campo como incentivo de rapidez, el partido parecía sentenciado a ése único gol, ya que la selección nacional parecía incapaz de volver a perforar la portería alemana y los de Joachim Löw hacían lo imposible para que esto no sucediera, más que escudriñar un resquicio de esperanza que les llevara al empate.
Era el momento de demostrar que la competitividad vence a la especulación y Alemania no pudo volver a repetir esas injusticias en el último minuto, de ésas que han hecho de su selección una de las más ilustres del fútbol internacional. El fatalismo ayer no procedía y el grupo de Luis Aragonés dejó de una vez por todas de ser la sombra del desengaño. En ese pitido final, el de la gloria de la selección, España entera se echó a la calle empapada por el júbilo y el éxtasis, unificando el color rojo y ataviados con banderas españolas. El fútbol español había logrado, por fin, aunar al país entero, coreando un solo nombre, el de un equipo que apela al sentimiento común, al grito denominador de una nación. 44 años han sido mucha espera. Pero ya tenemos otra Eurocopa y ya tenemos a estos héroes del '08 para modernizar la imagen del triunfo.

viernes, junio 27, 2008

Más cerca de la gloria

La Rusia que deslumbró a Holanda para llegar a la semifinal fue ayer un ente inoperante en manos de un coloso futbolístico, como nunca antes se había mostrado la selección española. Los de Luis Aragonés fusilaron a los rusos, haciendo historia y cerrando con éxito otro paso más hacia la gesta que parecía no llegar nunca. La final de la Eurocopa supone además la unificación de equipo y afición, donde el debate suscrita todo tipo de elogios e ilusiones. Es la antitesis de las grandes citas competitivas, en la que la desconfianza ha quedado hoy como un mal recuerdo para el aficionado al fútbol.
Ayer, España entera volvió a vibrar con un partido en el que el combinado nacional cautivó por su ambición de cara al gol, por su persistente ataque al área rusa, su madurez como equipo sin individualidades, fruto de un motivación fuera de lo común que hizo que finalmente las líneas del equipo de Gus Hiddink se vinieran abajo por todos los lados y llegaran los tres tantos que elevan a España a la élite del fútbol no sólo europeo, sino mundial. Al entrenador holandés no hubo quien pudiera volver a regalarle otra victoria inmerecida, como sucedió con Corea. No se ha podido robar al equipo infranqueable. El catálogo de jugadores, jóvenes y motivados, no hacen más que ir albergando la esperanza de esta selección capaz de lograr entrar en la Historia por la puerta grande. Ya lo han hecho, puesto que 24 años después, el fútbol, en su máxima categoría, va a disputar una final contra el coloso alemán.
El domingo, en el estadio Ernst Happel se decidirá el campeón de esta Eurocopa 2008. España nunca ha estado tan cerca de la gloria. Jamás luchó con tanta pasión contra la adversidad. Sólo por eso, merecen la oportunidad de ennoblecer el deporte rey y continuar rompiendo el maleficio, para recibir ese baño de elogios y prestigio impensable hace menos de un mes. España merece ser campeona. Y así va a ser.

jueves, junio 26, 2008

El viaje en el tiempo de Vigalondo

Mañana se estrena en toda España una película que nadie, absolutamente nadie, debería perderse. Se trata de un filme imprescindible, una cinta valiente que evidencia que el cambio puede llegar al cine patrio con películas como esta ‘Cronocrímenes’, de Nacho Vigalondo.
Una fascinante propuesta de género de ciencia ficción (ahí es nada), tan ajena y arriesgada que destruye el interés de cualquier otra película de cine español parida en mucho tiempo. Vigalondo es capaz de utilizar pocos recursos para montar una fábula de complejas posibilidades teóricas y técnicas acerca de un subgénero tan variopinto como es el de los viajes en el tiempo, jugando con las múltiples posibilidades que ofrecen las paradojas asociadas a una historia que opera a modo de puzzle y que tiene en Bárbara Goenaga, Karra Elejalde, Candela Fernández y el propio Vigalondo a sus únicos cuatro personajes.
‘Cronocrímenes’ es la historia de un hombre gris y anodino que, recién instalado junto a su mujer en un apacible entorno junto al bosque, descubre con sus prismáticos a una hermosa joven desnuda. La curiosidad por este hallazgo le hacen acercarse sin saber que un hombre con gabardina y con una extraño vendaje rosa le atacará con unas tijeras. Es el comienzo de un viaje a modo de ‘thriller’ a través del tiempo, desdoblando realidades, abriendo una apasionante variación de perspectivas a una película que tiene en su guión a su mejor aliado y que ha obtenido premios como la Medalla de Plata del Público y el Premio a la Mejor Película en el Fantastic Fest Austin 2007 (Texas), el Asteroide de Oro a la Mejor Película del Festival Science Plus Fiction Trieste 2007, Premio del Público del Philadelphia Film Festival 2008 y el Tulipán Negro del Ámsterdam Fantastic Film Festival 2008.
La semana que viene, la ‘review’ abismal.
Hasta entonces, no os perdáis la entrevista hijaputa de Chico Santamano a Nacho Vigalondo.
Cartel by Antiegos.

martes, junio 24, 2008

Review 'El Incidente (The Happening)'

Lo que el viento se llevó
Shyamalan utiliza una ficción que aprovecha ciertos elementos argumentales oportunistas para ofrecer otra fábula que ahonda en la dicotomía contrapuesta entre el agnosticismo y la creencia. Pero ésta vez sin acierto y cayendo en el ridículo.
M. Night Shyamalan se ha labrado una doble vertiente dentro del sector crítico que también ha salpicado a su entorno artístico y comercial; primero la de un hacedor artesano con vocación de autor, que ha ido creando una idiosincrasia en torno a los cuentos populares, a las fábulas poéticas de monstruos metafóricos que rodean un universo siniestro, pero hermoso a la vez. La segunda, la de un director excesivamente ensimismado con su obra, acusando un egocentrismo sin precedentes, donde la soberbia y el ego del que tanto ha hecho gala desde sus inicios como realizador le han ido pasando factura paulatinamente. Muchos acusan obras como ‘Señales’, ‘El Bosque’, pero sobre todo ‘La joven del Agua’ y ésta última ‘El Incidente’ de ése ombliguismo patentizando en la innegable caída de un embaucador o vendedor de humo al que se le han terminado los recursos para seguir mintiendo de esa forma tan elegante y cuidada de sus primeras películas.
En el cine de Shyamalan, la puesta en escena y la base rítmica siempre han sido los puntos fuertes de sus historias humanistas que desprenden de su propósito final un discurso reconocible que apunta al análisis de la sociedad moderna, dibujando para ello temores donde el liberalismo político, el racionalismo, la moralidad y la autocensura reflejan el pánico a lo desconocido, recurriendo en todo momento a la sugerencia visual y argumental para enjuiciar subversivamente el relativismo moderno, la falta de principios morales o el excedente de ellos, el gradual progreso y la falta de Fe en lo trascendente, más allá del ámbito terrenal.
Esa máxima, unida a la ambigüedad y al prodigioso manejo de los mecanismos del suspense con el que Shyamalan envuelve sus filmes no abandonan ‘El Incidente’. Para la ocasión, el realizador de origen hindú narra la inexplicable aparición de lo que parece ser un ataque tóxico que asola la costa oeste de los Estados Unidos. La devastación llega a través del aire, donde una ventisca afecta a la población haciendo que las personas contagiadas acaben suicidándose. Una silenciosa amenaza que también incumbe a Elliot Moore, un profesor de ciencias que huye a Pennsylvania junto a su mujer, un amigo y la hija de éste, sin entender qué es lo que sucede en el comportamiento humano hasta llegar destruirlo.
La idea inicial tiene la fuerza argumental de sus anteriores películas (incluidas aquellas que han naufragado); el desastre natural a gran escala que amenaza el ecosistema de los hombres y su instinto de supervivencia se cristaliza además con un arranque prometedor, rodado de forma impoluta, que brinda una maravillosa secuencia terrorífica y asfixiante, la de esos obreros que asisten atónitos al desplome de varios compañeros de faena que se inmolan lanzándose al vacío, encadenando una serie de catástrofes urbanas que evidencian ese suicidio en cadena.
Como punto de partida, podría remitir a la obra de Victor Sjöström ‘El viento’, obra clásica donde un ventarrón amenazador y omnipresente, protagonista del relato, también confería una atmósfera opresiva y perversa a la película, con aquellas tempestades de arena que hacían perder la cabeza a los protagonistas. Aquí, la cosa es similar, pero la intención es muy distinta a la conseguida por el cineasta sueco. El terror que deviene en infranqueable virus hipnótico y a la vez mortal provocado por el viento es un aire polinizado con la maldad de un planeta que está cansado de las continuas negligencias que el ser humano ha pervertido sobre él. La diferencia estriba en los planteamientos que van desarrollando el patrón narrativo y las subtramas que pretenden dar algo de significación a la acción, más allá de metáforas, reflexiones ni silogismos.
La ficción artificiosa de ‘El Incidente’ se aprovecha de ciertos elementos argumentales oportunistas y cuanto menos porfiados dentro del cine actual con respecto a la realidad; amenaza colectiva, miedo descontrolado como parábola del 11-S, advertencia sobre los peligros de la contaminación global… un catálogo de tópicos que mezcla terrorismo internacional y calentamiento global, aprovechada además como ataque a los ‘mass media’ por su teorización sin fundamento, reprochando la ignorancia desinformativa de la sociedad actual. Y lo hace sin ningún alarde de inspiración, compilando innumerables situaciones, diálogos y secuencias que caen, muchas veces, en el ridículo más desastroso; como ésa subtrama de infidelidad no consumada, la réplica forzada del personaje de Harlan Ogilvy de ‘La Guerra de los Mundos’ en una anciana con tintes ‘hitchcockianos’, publicidad subliminal del iPhone, redundancias innecesarias sobre la huida y sus razonamientos, pero sobre todo, trufando el relato con artificiosas frases que alcanzan incluso cierto tono de autoparodia. Algo que, obviamente, no hace sino que afianzar el descalabro bufonesco.
Shyamalan, por su parte, persiste en su empeño por ahondar en la dicotomía contrapuesta entre el agnosticismo y la creencia, arraigando a su idiosincrasia argumental un elemento que no es nuevo. La de un poder que rige el destino del hombre, observándole y juzgándole por sus pecados. El realizador y guionista confiere así una infantilización de Dios o simplemente presenta a los ojos del público la teoría de Gaia de James Lovelock; la Tierra como un ente vivo donde la biósfera es la encargada de generar, mantener y regular sus propias condiciones medioambientales, produciendo una evolución compartida entre lo biológico y lo inerte.
Es la síntesis de cierta frivolidad que ha perseguido en muchas ocasiones a los guiones de Shyamalan, que no duda en seguir lo que está narrando hasta llegar al extremo, sin preocuparle si lo que se ve en pantalla termina siendo una estrambótica historia. Por supuesto, el entramado catastrofista no podía combatirse de otro modo que con el amor recuperado de la pareja protagonista, con la eliminación de los odios y de la agresividad que, en teoría, es la causante de la rebelión natural contra el hombre. De ahí, que uno piense que el ‘redneck’ agrónomo aficionado a los perritos calientes y dueño de un invernadero pueda haber sobrevivido junto a su mujer al ataque del viento por su amor y entendimiento hacia las plantas. En ese sentido, ‘El Incidente’ podría definirse, de un modo irónico, como un spot hiperbolizado del Padre Vicente Mundina, que también lleva defendiendo toda su vida la capacidad de los vegetales para percibir las circunstancias que se dan en su entorno.
Más allá de todo esto, ‘El Incidente’ pretende en todo momento seguir las pautas del cine de Serie B, de no tomarse en serio a sí misma (desde las frases de preescolar de los personajes hasta el anillo que cambia de color), pero naufraga en su énfasis por profundizar con desatino en la disfuncionalidad familiar, en el engaño, en el reencuentro emocional, la vulnerabilidad del entorno cotidiano, con ese ‘deja vu’ de adultos con niños y la recuperación del amor. Da la sensación de que Shyamalan está tan preocupado por la comercialidad y la autoría de su obra que no deja espacio para la esperada sugerencia de un texto opaco, que se lanza al espectador con una interacción sin energía, llena de tópicos; que si persecución a campo abierto donde el viento en el monstruo invisible, que si el desconcierto de las matanzas colectivas. Siempre lo mismo.
Shyamalan es un autor artesanal, muy controvertido, que se ha negado a lo largo de su filmografía trufada de éxitos y fracasos a seguir las leyes del ‘blockbuster’, a reconvertir una y otra vez el ‘thriller’ psicológico, arriesgando con una apreciable voluntad que se antoja en exceso comprometida, casi suicida. ‘El incidente’ no aprovecha ese minimalismo con el que el cineasta sabe sacar partido a los dispositivos clásicos de la narrativa clásica y moderna, acreditando la incapacidad del director por transmitir algo de certidumbre a su apagada historia que ya afloró en la desastrosa ‘La joven del agua’. Y lo que es peor transmitiendo esa inopia de talento a sus actores Mark Wahlberg, Zooey Deschanel o John Leguizamo, que está muy lejos de resultar convincentes.
El problema reside en las limitaciones autoimpuestas. Shyamalan se recrea tanto en sí mismo que imposibilita su evolución, ofreciendo lo mismo una y otra vez, recurriendo constantemente a sus trabajos anteriores para no perder esa pátina de esplendor visual que siempre han desprendidos hasta sus peores trabajos (que se van acumulando poco a poco). Hay talento subvertido dentro del filme, no obstante, pero permanece atenuado con el énfasis visual de un genio de la puesta en escena que está en horas bajas. Él, como nadie, sabe filmar la tensión y el suspense, pero aquí se sostiene en un esquematismo tan reprochable que ni siquiera existe una voluntad metafórica que sirva de excusa. Shyamalan se queda sin coartada demasiado pronto en su reflexión interna.
Todo es catastrófico, que no catastrofista, llegando a una apostura que roza la tomadura de pelo, cuando el espectador tiene que asistir a un triple final que concluye con un ‘happy end’, con la esperanza de vida (ése predictor que da positivo), enfrentado sin embargo a la nueva amenaza, ésta vez en Francia, la ciudad del amor, con una secuencia de bicis y ‘gays’, en la que el virus destructor promete no ser tan condescendiente.
No hay espacio para evidenciar una desestructuración social, ni para una explicación a un enigma que no existe. A Shyamalan, por definición de su cine, no le gusta argumentar a la interpelación de sus tramas. Es más cómodo diluir las cuestiones en el profundo sentido del vacío que han puesto en evidencia sus guiones y han afianzado sus fracasos. Y es que en las películas de Shyamalan, como la propia ciencia en su justificación final dentro del filme, no se puede explicar del todo. De hecho, no se puede explicar nada. Y ése es el inabordable escollo de esta nueva y discrepante cinta del autor de obras tan magníficas como ‘El Sexto Sentido’, ‘El Protegido’ o ‘El Bosque’.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

lunes, junio 23, 2008

¡Va fanculo Italia!

La memoria no sólo hará recordar la noche de ayer como una gesta que acabó con la maldición de los cuartos de final, al igual que aquélla que rezaba que España no ganaba en 88 años a Italia y fulminando, de paso, la cruel realidad de las derrotas en una fase final el día 22 de junio. Lo recordaremos también porque con esta importante victoria se exime la deuda con un innoble y despreciable ex deportista, con parte de una nación que deshonran el nombre de un país aglutinados como estúpidos mostrencos que merecían la angustia y tristeza futbolística de ayer, con la grandeza deportiva de un equipo acostumbrado al fracaso. La Historia ha cambiado y tiene un nombre propio que debe pasar con mayúsculas a los anales de este deporte: IKER CASILLAS, el héroe nacional del día de hoy.
El destino parece ahorcar los hábitos. La suerte puede hacer que otro fantasma del pasado como Gus Hiddink, el adalid responsable de que Corea del Sur ganara en complicidad con el árbitro Gamal Al Ghandour una clasificación mundialista injustamente, se lleve también un correctivo.
Ya iba siendo hora de que el fútbol, ese deporte a veces idiotizante y sin sentido, vaya dando una alegría a la afición.

domingo, junio 22, 2008

España-Italia: Con V de Victoria, con V de 'vendetta'

Fueron unas semanas de mucha tensión. A modo personal, en aquel verano de 1994 sucedieron muchas cosas. Una, que pasé con éxito rotundo las pruebas de selectividad, que dio como consecuencia las vacaciones estudiantiles más largas y productivas de mi vida y dejó para el recuerdo algunas de las más memorables y anecdóticas noches de diversión estival junto a mis amigos de siempre. Pero aquel verano quedaría marcado por aquel Mundial… por supuesto. Con una sede tan inaudita para el deporte capital del viejo continente como Estados Unidos, el mundial del fútbol resultó un éxito sin precedentes debido, en gran parte, a la poderosa infraestructura de la nación yanqui. Fue el mundial de recientes glorias como Romário, Bebeto, Stoichkov, el pichichi del torneo Oleg Salenko, Gheorghe Hagi, Klinsmann y el gran ‘looser’ de aquellos días, Roberto Baggio, que falló la pena máxima en la tanda de penalties de la final que acabaría ganando Brasil.
Pero si por algo nos acordamos todos como memoria histórica del fútbol español, fue por la injusta y trágica eliminación del combinado nacional, dirigido entonces por Javier Clemente, ante una Italia que acabó ganando como en las grandes ocasiones; con suerte, perdiendo tiempo cuando iba ganando, con ayuda arbitral y de forma vergonzosa. El 9 de julio de 1994, en Boston, aquellos cuartos de final mundialistas habían marcado la senda de la gesta para España, cuando después de un gol de Dino Baggio, el por entonces prometedor José Luis Pérez Caminero empataba en una reacción constante que animaba al aficionado a creer que aquel mundial no iba a acabar en aquel choque. Pero no fue así. El aficionado al fútbol nunca podrá olvidar aquella ocasión de Julio Salinas ante Gianlucca Pagliuca, para ver cómo en un minuto, Robert Baggio, anotaba el que a la postre sería el gol que daría la victoria y el pase a semifinales a la escuadra “azurri”.
La frase “el fútbol es así” perdería su sentido aquella calurosa tarde de julio, cuando Mauro Tassotti, en una de las acciones más ignominiosas vistas en un campo de fútbol, agredió con un brutal codazo a Luis Enrique, en una acción que el árbitro húngaro Sandor Puhl no vio o no quiso ver como uno de los penaltis más crueles cometidos en una fase final de un campeonato continental o intercontinental. El jugador asturiano, con la nariz rota y la camiseta manchada de sangre, llorando y gritándole impotente a Tassoti es hoy una de las imágenes más tristes dentro de la historia de la selección. Aquel codazo, aquel penalti, aquellas lágrimas y enfado de un equipo humillado por la iniquidad de un árbitro y una situación denigrante representaron el llanto de todo un país que había puesto todas sus ilusiones en una selección destinada a hacer grandes cosas.
Fue la consolidación de la maldición que deja a la selección en los cuartos de final. Como cuando España cayó por penaltis tras empatar a cero con Inglaterra en Wembley, en 1996. O en 2000, cuando Raúl erró otro penalti en el último minuto que podría haber dilatado el partido que perdió ante Francia. O en el Mundial de 2002, cuando el árbitro egipcio Gamal Al Ghandour anuló inexplicablemente dos goles a España en el partido de cuartos de final para que ganara la anfitriona Corea del Sur. Por eso, hoy es un día especial, no sólo porque España puede romper la maldición de los cuartos de final, sino también el anatema de una fecha fatídica para el fútbol nacional, pues la selección ha sido ha sido eliminada de dos Mundiales y una Eurocopa un 22 de junio y en cuartos de final. También porque la rabia e impotencia de un país que vio como se rompía su ilusión por un codazo de un cabrón llamado Tassotti debe tener una venganza servida en plato frío. Hoy la selección de Luis Aragonés se mide otra vez ante Italia. No hay excusas ni pretextos.
Es la hora de la venganza. Si España no soluciona ése desagravio histórico, habrá fracasado como nunca antes lo había hecho. Es el momento de darle a los italianos un correctivo en forma de ‘vendetta’. Y esperemos que no suceda lo de siempre.

jueves, junio 19, 2008

Ya están aquí... los CRITTERS

Desde muy pequeño temes a la oscuridad
Y sólo ver la sangre brotar te hace marear
Odias lo siniestro, tú prefieres el Punkpop
Y no crees que haya nada mejor que tomar el sol.
Prometo no morder si te quedas junto a mí
Juntos podremos ver
Luces en la oscuridad
Ya verás como no se está tan mal
Tendrás tiempo, te podrás acostumbrar…
Es un extracto de la canción que da nombre al disco de Critters proyecto paralelo de ese otro grupo antológico que es Psycho Loosers, capitaneado por ese ser de entrañable naturaleza ‘freak’ llamado Jorge "MondoPuto" y por el talentoso batería Pablo Charro. Recientemente, el otro componente del grupo, la superwoman, electrizante mujer y hermosa musa de sueños y pesadillas que hacía los coros y tocaba el bajo como los ángeles, Paty Critter, decidió desvincularse del inminente trabajo de los Loosers. No obstante, antes de decir adiós, se había convertido en la protagonista absoluta de este disco con doce canciones de ‘pop punk’ que abogan por ese lado femenino que siempre representó al grupo a través de ella.
‘Luces en la oscuridad’ acaba de salir a la venta. Este trabajo sigue teniendo el espíritu ‘ramonero’ del grupo primigenio, bebiendo de influencias reconocidas como las Ronettes, los Rezillos, Banana Erectors, Green Day, The Muffs, Queers, Screeching Weasel, Los Nikis o Depressing Claim. La hipnótica y afilada voz de Paty es la novedad en unos temas con letras que evocan a todo tipo de referencias cinematográficas y de la subcultura que han perfilado estos dos grupos. Uno, con larga vida, los Pyscho Loosers. Otro, de momento, con un solo trabajo que llega con la rotundidad con la que se lanza un proyecto con toda la ilusión del mundo.
Como se lee en su propio MySpace: “un submundo construido a base de tumbas profanadas, tartas de cereza, látigos y fustas, asesinos a sueldo, cabarets, mafias chinas, platillos volantes y mucho más...”.
Para conseguir el disco o contactar con los miembros del grupo.
critterspoppunk@hotmail.com
También podéis escuchar dos adelantes en el mencionado MySpace.

miércoles, junio 18, 2008

Los Celtics fulminan a los Lakers y ganan el anillo de la NBA

De forma contundente y aplastante fulminaron los Celtics a los Lakers. El decimoséptimo anillo de la NBA se quedó en Boston. En el sexto partido de esta pasada madrugada las cosas se pusieron en su sitio demasiado pronto, en el segundo cuarto, cuando las diferencias se dilataron de tal manera que, de ahí en adelante, el equipo de Phil Jackson no pudo más que asistir como invitado de lujo al recital de unos demoledores bostonianos erigidos como solventes campeones de la mano del ya célebre ‘Big Three’ (Kevin Garnett, Paul Pierce, Ray Allen), que dejaron el marcador final en un despiadado 131-92.
Kobe Bryant empezó a medio gas, prometiendo algo de lucha individual, pero desapareció a las primeras de cambio ante la hegemonía abrumadora de un rival que aplastó sin contemplaciones al equipo de un Pau Gasol que anoche se mostró inoperante ante el vendaval de juego del conjunto local. Nada que objetar. Los de “Doc” Rivers han sido mejores durante toda esta final y lo han sabido demostrar con contundencia, demostrando muchas más cosas que los Lakers, cimentados en la abismal diferencia de virtudes sobre el equipo angelino vistas sobre el parquet en la pasada noche.
Paul Pierce, designado MVP de la Final y los Celtics de Boston de nuevo campeones, 21 años después, heredando lo mejor de sus antepasados y erigiéndose como el mejor equipo de baloncesto del mundo y el que más anillos atesora a lo largo de la historia de la competición.

martes, junio 17, 2008

Muere el gran mago de los F/X Stan Winston

1946-2008
La magia del cine se origina en mentes prodigiosas capaces de ver más allá del ojo humano, de imaginar conceptos y mecanismos que hagan posible la gran farsa visual que tanto maravilla en el Séptimo Arte. Como la de Stan Winston, pieza cardinal e imprescindible en el desarrollo de los efectos especiales de los últimos 30 años. Maestro e ilusionista que nos ha dejado para siempre en el día de ayer.
Creador de inolvidables pesadillas somáticas de la trascendencia de ‘Alien’, ‘Terminator’, ‘Depredador’, de las criaturas prehistóricas de ‘Parque Jurasico’ o recordados trabajos como ‘Eduardo Manostijeras’, ‘Batman Returns’, ‘Mandibulas’, ‘The Relic’, ‘I.A.’, ‘Big Fish’ o más recientemente ‘Iron Man’. Winston pasará con letras de oro a la Historia de Hollywood por su contribución al ingenio, los artefactos, ‘animatronics’ y adelantos que han hecho de los efectos especiales un reclamo ineludible en el campo cinematográfico.
Descanse en paz.

lunes, junio 16, 2008

Review 'La Niebla de Stephen King (Stephen King's The Mist)'

Los peligros del fanatismo y del miedo
‘La Niebla’ es un rotundo ejercicio de terror en el que Darabont utiliza la introversión del discurso terrorífico muy por encima de los mecanismos típicos del género, creando una sobresaliente obra de culto.
Algo tendrá Frank Darabont cuando, con cuatro adaptaciones literarias de la ingente bibliografía de Stephen King (incluido el cortometraje ‘The Woman in the Room’), se ha convertido en el cineasta que mejor ha sabido desprenderse de la fidelidad y a la vez el que mejor se aproxima al mundo terrorífico del literato de Maine reconvirtiendo ésa distancia en acatamiento sobre las obsesiones del escritor. Y lo hace en esta ocasión con la adaptación de ‘The Mist (La niebla)’, relato corto sobre la desintegración de la sociedad en un marco sobrenatural de pánico colectivo dentro de un pequeño pueblo alejado de las grandes ciudades, muy del gusto de King, que gira en torno a una espesa niebla que asola poco a poco la zona y va engullendo con bestialidad a todo aquel que se pone por delante. Un grupo de gente que compra en el supermercado descubrirá que la niebla oculta unas peligrosas criaturas sedientas de sangre, sin saber que el verdadero peligro anida en el interior del recinto. Y no precisamente con forma de monstruo.
Darabont contribuye al género con una más que estupenda película de terror creada de modo artesanal, con algunas limitaciones técnicas, ya que ha costado poco más de 11 millones de dólares, una cifra ridícula acostumbrados a los números que se manejan hoy en día en Hollywood para las grandes producciones. ‘The Mist’ parte como un sincero homenaje (en fondo y en forma) a las narraciones de terror de los años 50 que tanto proliferaron en los medios cinematográficos y literarios. Partiendo de esta base, el filme se resguarda en todo momento en ése espíritu de serie B, con cierta nostalgia, donde los subtextos y segundas lecturas quedan dinamitadas por la única idea con la Darabont ha elaborado su película; estamos ante una película de terror al uso, sin ningún tipo de alarde ni ambición.
Por eso, no sorprende a nadie que echando un vistazo a la sinopsis venga a la memoria la estructura medular de gran parte del cine de John Carpenter, establecida en historias centradas en un aislamiento colectivo de personas bajo condiciones extremas dentro de un espacio delimitado al margen de la civilización, donde el hermetismo y la angustia provocan tal grado de desconfianza y odio que terminan por ser más peligrosos los propios personajes para sí mismos que la amenaza exterior que les asola.
Siguiendo estos criterios habituales dentro del cine de terror, influencia implícita de Hitchcock y ‘Los Pájaros’, el vehículo narrativo remite aquí a determinadas fórmulas que inciden en el tópico, dependiendo de los referentes evidentes que maneja, pero que bajo la batuta de Darabont abre considerables posibilidades dentro el relato terrorífico, desde el personal aditamento del terror atávico de King, filtrado con inquebrantable pulso cinematográfico, hasta el manejo de la genealogía más ortodoxa, aquél que proviene del orden psicológico y social, disposición implícita donde ‘The Mist’ exprime sus más reconocibles valores.
No se limita a proporcionar detalles, a aligerar su encadenamiento o ir evaluando referencias internas, sino que la película va avanzando a través de los personajes, de sus reacciones y de las situaciones, encaminados hacia un ‘huis clos’ donde los individuos son abandonados descorazonadamente a su miedo y a su angustia. A Darabont, por tanto, le interesa más la introversión del discurso terrorífico que los mecanismos típicos del género. Tanto es así, que si a lo largo del metraje se eliminasen los ataques de los pterodáctilos, los seres prehistóricos y las arañas gigantes, el relato de terror no lo notaría, puesto que se incrementaría la opresión devenida en movimientos y pulsiones personales de unos roles a punto de estallar. Gracias a ello, la atmósfera termina por ser irrespirable, donde falta la esperanza no existe y no hay resquicio de solidaridad humana que determinan así las verdaderas intenciones del filme.
En los últimos años, se ha redundado en exceso, de forma sistemática y reiterativa, sobre las consecuencias de los atentados del 11-S. Pero es verdad que aquí ésa situación es inevitable, manifestada ya no como un contexto de miedo que genera miedo, sino de cómo el terror, utilizado en momentos de crisis común, también puede ser aprovechado por los individuos para mover a las masas. ‘The Mist’ no se esconde en subterfugios simbólicos a la hora de denunciar los abusos de los poderes fácticos y la sociedad moderna. El personaje que sirve como vaso comunicante con el espectador es David Drayton (Thomas Jane), una suerte de Drew Struzan, creador de afiches para películas de Hollywood (de hecho, hay referencias explícitas a ‘La Cosa’, de Carpenter), que lidera sin aparente dificultad al grupo de hombres y mujeres que, en seguida, se muestran ante los ojos del público como personas cabales capaces de controlar la situación.
Más allá de la amenaza de esa niebla incorpórea que se descubre infestada de criaturas ‘lovecraftianas’, el terror viene dado desde dentro, en forma de tipeja deleznable, solterona, extrema y obsesiva con la religión, la señora Carmody (una histriónica y superlativa Marcia Gay Harden), que ve su oportunidad apocalíptica para transformarse en una envidada divina, autoerigiéndose como la salvadora que utiliza la palabra de Dios como medio para su discurso. La Biblia, a veces, puede ser un instrumento más peligroso que las armas y la palabra divina tan poderosa que puede llegar a exigir la sangre de los pecadores como tributo para llegar a la expiación mística.
La enunciación crítica del fanatismo religioso, del fundamentalismo absurdo, incluso de la propia religión católica invocan un peligro mucho más real que el mundo fantástico que se genera en el exterior del supermercado. Esa bifurcación terrorífica revela una niebla definida en el miedo a lo concreto, que advierte sobre los dogmas litúrgicos y los peligros de la manipulación. Como el propio Drayton dice en un momento, Carmody es como James Warren “Jim” Jones, fundador del Grupo Templo del Pueblo, que llevó al suicidio colectivo a 913 personas que se inmolaron en una granja aislada del grupo llamada Jonestown, localizada en Guyana en 1978. ‘The Mist’ se cuestiona así los valores del propio ser humano y de su oscura naturaleza cuando la superstición termina por abolir y destruir a la razón.
Por eso, Darabont opta por el verbalismo de la acción, dando prioridad a la psicosis colectiva y dejando en un segundo plano la ciencia ficción y el terror como maravillosas aportaciones a la identidad del planteamiento genérico. Y lo hace sin renunciar a inquietantes elementos descriptivos y momentos de terror y acción que jalonan la historia y dan sentido a la propuesta. Tampoco se salva el estamento militar, que resulta ser el culpable máximo de la siniestra procedencia de la niebla en una interesante paráfrasis de ciencia ficción que concibe la bruma y los monstruos como consecuencia de unos experimentos que han abierto una puerta dimensional en referencia directa al mito de la Caja de Pandora. Los marines, símbolo de la heroicidad y la protección americana, resultan inoperantes, sin determinación, terminando por encontrar una salida mucho más deshonesta e inhumana que la del grupo atrincherado.
A ‘The Mist’ se le puede increpar, no obstante, que ésa idiosincrasia de la que bebe debería haber seguido unos modelos de ejecución un poco más clásicos, ya que están aquí dinamitados por la estética nerviosa de la cámara en mano, con rápidos intervalos de cambios de foco, desenfreno del reencuadre y una búsqueda del éter documental que destroza la ambigüedad y la sugerencia que requería la ocasión. No obstante, no hay que restar méritos a la gran labor del equipo de cámara de la obra maestra de la televisión ‘The Shield’, capitaneados por el fotógrafo Ronn Schmidt, que intenta transferir el nervio angustiado de la serie catódica, pero que no termina de encajar en el conjunto.
Es una lástima que la versión estrenada en cines pierda el sentido primigenio que quiso darle Frank Darabont, pues el consabido B/N de la idea inicial, en su edición americana de DVD, lo hace todo más opresivo, de atmósfera más siniestra, que funciona mejor ya no sólo como sincero homenaje a las películas de serie B de los 50, sino como película de terror, como drama de tensión, agradeciendo el bicromatismo para que los efectos especiales no evidencien sus limitaciones presupuestarias.
‘The Mist’ está destinada a prevalecer como un futuro clásico de culto que ahora divide las opiniones de crítica y público, fundamentalmente por ese final de crueldad insostenible, donde se toman decisiones estrambóticas y extremas, dotado de un escepticismo y desesperanza nunca antes vistos en una gran pantalla. Todo el epílogo, bajo las notas del pesimista tema de Dead Can Dance ‘The Host of Seraphim’ que complementa la genial partitura de Mark Isham (exhibida en sólo media hora de música incidental), deja varias pautas que evidencian el gusto de Darabont por la dureza sin concesiones y la extrema crueldad, declarados en dolorosas paradojas dentro del clímax final; como el rostro impasible de la mujer que en el inicio de la película pide ayuda al salir del supermercado en busca de sus hijos pequeños, consciente de que lo más importante no es la supervivencia propia sino la familiar, recibiendo las miradas esquivas de todos. O la lapidaria invectiva contra la exaltada autodefensa americana, en un pueblo en el que nadie tiene armas de fuego, pero durante alguna parte de la trama atisban la salvación en esa férrea necesidad de disparar cuando las cosas se ponen feas. Un arma que será, a posteriori, un elemento mucho más funesto y cruel que los aterradores engendros que les ha atemorizado durante su aislamiento.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

viernes, junio 13, 2008

Huelga de transportistas

Últimamente ver las noticias, leer los periódicos, escuchar la radio o echarle un ojo a la prensa digital actualiza la idea de caos colectivo y apocalíptico que transmitiera con gran acierto Orson Welles el 30 de octubre de 1938 siguiendo los preceptos literarios de H.G. Wells. La huelga de transportistas es el símil más cercano que tenemos a esa sensación de miedo inconsecuente; grandes superficies comerciales desabastecidas, servicios mínimos insuficientes, carreteras colapsadas, desconcierto popular, rumores de catástrofe social a corto plazo… Los prejuicios contra ese derecho como medida de presión que es la huelga se trascedentalizan cuando el asunto se les va de las manos, cuando se regresa al primitivismo, cuando unos llevan la protesta a la anarquía o a la extrema irreflexión violenta y otros vuelcan su animadversión y repugnancia contra esa postura de coacción.
Las cuantiosas pérdidas de beneficios de cientos de empresas que se están viendo afectadas por esta situación, las pérdidas de trabajo efectivo por el retraso con el que muchos trabajadores llegan a ejercer su labor profesional como consecuencia de los atascos circulatorios, todos los efectos colaterales que están provocando un nuevo intersticio de conflicto en una economía que está por los suelos parece no importarle a esos hombres de carretera autoerigidos como héroes con una causa justa por la que luchar (incluso físicamente) abanderados por lumbreras que llega a decir frases como la siguiente: “Nosotros lo que no queremos es pagar lo mismo que una persona normal que va a trabajar cada mañana”.
Cuando oigo cosas como ésta y más estupideces después de la inicial coherencia del paro común, tengo muy en cuenta qué pensará mi padre, un comerciante textil autónomo que lleva más de cuatro décadas en la carretera ganándose la vida, al que le afecta lo mismo o más la subida del precio del gasóleo y no puede permitirse el lujo de hacer huelga ¿Alguien le haría caso si protestara para que se estableciera una tarifa mínima que evitara dar un servicio por debajo de sus costes y frenara la entrada de especuladores en el mercado del comercio y del transporte como están haciendo los camioneros? Efectivamente gente como él queda fuera de todo este embrollo y de sus resultados. Y sí, la respuesta es un rotundo: NO. Algo que no quiere decir que los extremistas de los camiones carezcan de unas bases de protesta lícitas y reivindicables. Pero no en sus formas.
En un nivel más general, el nerviosismo bursátil o la inestabilidad de los indicadores suponen el inicio de lo que vendrá, la punta del iceberg. El Deutsche Bank asegura que el desplome de la vivienda en España caerá en picado en menos de tres años, añadiendo un crecimiento del paro y intensificación insostenible del Euribor. Malos tiempos se avecinan.

sábado, junio 07, 2008

Review 'Antes de que el Diablo sepas que has muerto (Before the Devil Knows You're Dead)'

Renovación clásica y antropología familiar
Sidney Lumet compone un prodigioso puzzle familiar de incomunicación, traición y violencia cuya calidad y alcance la convierten en una de las películas del año.
Cualquiera podría decir que ‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ podría ser una apasionada ‘opera prima’ de un joven cineasta con un talento fuera de lo común. El entusiasmo y la fuerza que anida en esta prodigiosa muestra de talento destilan admirable clarividencia y la fertilidad del atrevimiento. Cine con estigma de cine clásico rodado con una perspectiva de ruptura, modernizando la ya desgastada relectura del ‘thriller’ en su discurso escéptico y dramático, con una historia cruel y despiadada.
El veterano director Sidney Lumet, con 84 años y en plena forma, alecciona con su audaz disposición formal curtida a lo largo de los años, transformada en una cognición vehemente del medio. Cualquiera diría que uno de los más representativos autores de la llamada ‘Generación de la Televisión’ ha podido aportar una obra tan revitalizadora en el ocaso de su carrera. Como lo hizo Frankenheimer en sus últimos filmes. Lumet impone su sortilegio cinematográfico retornando a la mirada trágica de los acontecimientos en un poderoso puzzle familiar de incomunicación, traición y violencia.
‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ se centra en los días anteriores y posteriores de un robo a baja escala de una pequeña joyería familiar. Detrás del hecho se ubican dos hermanos sumidos en una profunda crisis económica y personal que ven en la obtención del dinero fácil una efímera solución a sus problemas. Se trata del negocio de sus padres. Todo está planeado para que todo salga bien y nadie salga herido. Obviamente, en un mundo regido por la Ley de Murphy, este objetivo no se cumple. El guionista Kelly Masterson, también veterano pese a que se trate de un primer libreto y el octogenario Lumet, utilizan este robo como la base medular del ‘thriller’, pero conscientes en todo momento de que no es más que un pretexto que servirá como evidencia de la destrucción inevitable de la familia y del enfrentamiento entre las dispares personalidades de unos hermanos unidos por el vacío existencial, avocados ambos al hundimiento común, que acabarán reencontrándose con una figura paterna sumida en el odio y la desesperanza. La cinta reflexiona así sobre uno de los temas que ha caracterizado gran parte de la carrera de Lumet ya desde sus primeras obras maestras: la situación social de Estados Unidos, desde un posicionamiento ideológico amargo y cínico, aquí proyectado en la asfixia moral y existencial de una sociedad competitiva donde el cimiento primordial viene dado por la artificial salvaguardia que da el dinero.
La gran valía del último filme de Lumet se vertebra a través de unos personajes rigurosamente fascinantes, descritos con la escrupulosidad asombrosa de un maestro, capaz de ofrecer una suntuosa planificación formal a la vez que evidencia un gusto casi minimalista por los detalles, por los pequeños rasgos que perfilan a estos perdedores sin futuro que no saben aceptar las derrotas. Tragedia ética sobre la desintegración humana y familiar, cuyos pilares han sido derribados por el paso del tiempo, los dos hermanos actúan embozados en una ambigüedad anímica y la apariencia; Andy, es un hombre que parece tenerlo todo; una hermosa mujer, una buena posición social rodeado de lujo y una inteligencia admirable.
Todo es apariencia, ya que está enganchado a la heroína, su mujer pone los cuernos y está a punto de ser descubierto por robar dinero a su empresa. Un pobre individuo incapaz de cumplir sus sueños de altos vuelos. Por si fuera poco, dentro de la parentela, es el hijo repudiado que no duda en recurrir a la profanidad familiar para salir de un mal trago. Hank, por su parte, es un ser débil que ha fracasado primero como marido, después como padre (su mujer y su hija no dudan en definirle constantemente como perdedor) y que se acabará naufragando en los miedos provocados por la inseguridad y la falta de madurez. Desesperado y pusilánime ante su situación en la vida, cae en las redes de su hermano, al que únicamente le vincula su mujer, a la que ambos se están tirando como otra de sus penosas salidas ficticias a sus respectivos problemas.
Podría decirse que ‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ es una película de resonancia antropológica, no sólo por implicar la historia y su contexto cultural en su interpretación egoísta y materialista del ser humano, con personas que se refugian en el alcohol y en el juego o que acuden a un edificio aséptico, alegoría de un cielo terrenal donde uno puede beber copas y ver dibujos animados antes de meterse algo de droga (como hacía el personaje de Mary Burke en ‘Al Límite’, de Martin Scorsese) para huir así de los problemas cotidianos y la soledad. También lo es por la catástrofe familiar descrita con un lenguaje casi proxémico, cuando Lumet ofrece el giro trágico donde un padre lleno de cólera descubre el peor de los secretos perpetrado por un hijo, evidenciando, con total inclemencia, el cataclismo filial que lleva consigo la pérdida de la humanidad. Es el angustiado simbolismo de una sociedad tremendamente infectada por el odio y la superficialidad, pero también profundamente infeliz. Para Masterson y Lumet, en la actualidad (como síntoma creciente desde el pasado), la decadencia humana ha encumbrado el valor preponderante de una motivación única que reside en el dinero y el individualismo escapista.
Lo más llamativo de esa bifurcación formal a medio camino entre el clasicismo más depurado y la renovación modernista, es que Lumet se adapta a los nuevos tiempos con un desarrollo que se constituye dentro de la defragmentación temporal, siguiendo los preceptos de la promiscuidad cronológica, que va recomponiendo la trama según se van desvelando las motivaciones y problemas de los personajes desde diversos puntos de vista.
La discontinuidad y redistribución de los acontecimientos en torno al atraco a la joyería familiar imponen un dinamismo capaz de aportar una densa atmósfera emotiva y un desasosiego que si bien no aportan ninguna novedad a los esquematismos más rupturistas del cine actual, sí logran proferir una disociación de los elementos morales de los roles, anticipando el fatídico desastre dentro de ese ‘collage’ de enfoques. No escapa a la reiteración o ciertos efectismos en los ‘flash-backs’ y ‘flash-forwards’, sin embargo, Lumet consigue que el impacto con unas coordenadas estructurales que van activando lentamente la evolución del ejemplar ‘thriller’ inicial para dejar paso al drama opresivo de existencias condenadas al fatalismo.
No sorprende, por tanto, que un viejo zorro como Lumet ofrezca una lección de ejemplaridad, de virtuosa y aparente sencillez con la que asume la dirección del filme. Un ensayo estilístico ejercitado con coherencia y precisión con las que va desgranando narración con maestría autoral, exhibiendo una redefinición de capacidad clásica a la hora de llevar a imagen la historia, sin dejar de recurrir a sus mejores armas dentro de la planificación, ya sea televisiva como teatral (en la profundización interpretativa y secuencias cerradas a dos únicos personajes) o el furor apasionado con el que va desarrollándose, sin ningún tipo de contemplación a la hora de describir la descomposición personal de los hermanos, en la que destaca ese derrumbamiento de un impresionante Philip Seymour Hoffman al volante del coche junto a su mujer. Se nota que Lumet ha disfrutado como un enano realizando esta maravillosa obra.
Y lo ha hecho adaptando su estilo y hábitos clasicistas a la película, nunca al contrario. Se percibe el esmero en la renovación de formas clásicas, en el equilibrio de composición y ritmo, dando prioridad a los personajes sumidos en un microcosmos, situados muy por encima de la acción. Un asfixiante retrato de una crudeza inigualable que se beneficia de la frialdad casi displicente en la mirada fotográfica aportada por Ron Fortunato y de la partitura de un inspirado Carter Burwell.
Por último, hay que destacar, muy especialmente, la gran aportación interpretativa del ya ya citado Seymour Hoffman y el inmenso Albert Finney, que bordan una composición dramática desbordante. Estela que siguen como pueden y con gran virtud, sumándose a la fiesta de calidad interpretativa, Ethan Hawke y Marisa Tomei dando todo lo mejor de sí mismos. ‘Antes de que el Diablo sepa que has muerto’ es una obra cinematográfica irresistible y subversiva. Posiblemente uno de los grandes títulos de 2008.
Sidney Lumet ha dejado otra sobresaliente pieza con vocación de clásico. Película que atesora, bajo su caótica estructura temporal, uno de los manifiestos más escépticos de los últimos años en ese ‘thiller’ melodramático que se alimenta del drama moderno de incomunicación paternofilial, con la feroz crítica a una sociedad americana donde las miserias humanas, salpicadas de secretos inconfesables, se transforman en una cruel amenaza que va más allá de la ambición y del egoísmo.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

jueves, junio 05, 2008

Es la hora del espectáculo

La reedición del clásico enfrentamiento en la Final de la NBA entre Boston Celtics y Los Angeles Lakers después de veintiún años desde su último encuentro por el título, hacen revivir el espíritu de aquellos tiempos perdidos con “Magic” Johnson y Larry Bird en el recuerdo, como adalides del mejor baloncesto del mundo hasta la llegada del todopoderoso Michael Jordan.
Y lo es no por la semejanza de juego de aquéllos años y el que se juega en la actualidad. Los tiempos han cambiado. Lo es porque por primera vez en la historia, un español, Pau Gasol, convertido en el jugador clave del equipo angelino, luchará por el anillo que acredita al equipo vencedor como campeón mundial de un deporte de élite tan exigente como es el baloncesto. También es la restitución de un duelo primigenio, de dos conjuntos capaces de concentrar la atención de todo el universo deportivo. El comisionado del torneo David Stern y la ABC, la cadena responsable de la retransmisión de las finales, se frotan las manos con este choque de dos equipos clásicos que acumulan 30 títulos de la NBA (16 los Celtics, 14 los Lakers). Es LA GRAN FINAL esperada por todos.
A partir de esta misma madrugada, el mítico duelo revivirá el entusiasmo y la magia del basket. Ha llegado la hora del ataque de los de Kobe Bryant y Gasol contra la fuerza defensiva del equipo del ‘Big Three’ Kevin Garnett, Paul Pierce y Ray Allen. También del apasionante enfrentamiento en los banquillos entre Phil Jackson y Red Auerbach, ambos con nueve títulos en su haber.
El primer combate, a través de Cuatroº, partir de las 3 de la madrugada, en el Staples Center.
Es la hora de gritar con más fuerza que nunca “I love this Game!”.

martes, junio 03, 2008

Review 'Speed Racer'

Videojuego de bochornosa pantomima infantilizada
La cinta que devuelve a los Wachowski al cine supone una arquetípica historia sin interés en una delirante miscelánea de referencias de festivo tratamiento visual y digital.
Hace casi una década, con sólo una espléndida película de cine negro a sus espaldas como ‘Lazos ardientes’, los hermanos Wachowski pusieron el cine de fin de milenio patas arriba con una película que cambio el Séptimo Arte y su revolución tecnológica. ‘Matrix’ abría una nueva etapa con una introvertida fábula ‘cyberpunk’ de falsa realidad que evocaba, entre sus muchos alicientes de mezcolanza, a las líneas de la Biblia, al género literario delimitado por William Gibson y acólitos o al mito de Descartes y su Demiurgo opresor y dominador de una humanidad sometida a una ilusión. Convertida en desequilibrada trilogía que finalizaría en 2003, ‘Matrix’ encumbró a sus directores como auténticas estrellas, aunque no precisamente mediáticas. En el camino Larry Wachowski ha cambiado de sexo y ahora es Lana y junto a su hermano Andy han escrito el guión de una película, ‘V de Vendetta’, de James McTeigue, posiblemente la única adaptación digna de un cómic de Alan Moore.
Para su regreso tras las cámaras, los consanguíneos más célebres de los últimos años con permiso de los Coen han escogido la adaptación de la serie de dibujos animados homónima ‘Speed Racer’, todo un clásico de los dibujos animados (en este caso, anime) del pionero Tatsuo Yoshida. Un filme desconcertante que opera como un cóctel de cine acción y cine familiar en las aventuras de un joven y ambicioso corredor de coches en su persecución de la gloria y la honestidad para con el deporte de cuatro ruedas al volante de su explosivo Mach 5. A priori, con ella los Wachowski han vuelto a las andadas, dejando claro que lo que persiguen es cambiar la forma en la que se ve y se confecciona el cine moderno.
Parece que, en su intento de trasformar las formas cinematográficas, se arman de todos los artificios posibles hacia una abstracción poco menos que circense, donde estos revolucionarios cineastas han caido en la necedad más absoluta, en el ‘cartoon’ pixelado de última generación, con el desfallecido ímpetu de minar las convenciones genéricas, satirizando su pantomima hasta bordear el ridículo. Estamos ante un irrisorio y absurdo compuesto de serial familiar de los 50, con estética ‘kistch’ y colorista, ubicado en un grotesco retrofuturismo de excesividad cromática, de ilustración infantil afeminada, herencia del ‘vintage’ más llamativo y chocarrero.
‘Speed Racer’ se aleja de la estética oscurantista o fotográficamente sugestiva para meterse de lleno en una historia con coches volando por pistas espectaculares y desafiantes, patrimonio del cine tecnificado, convertido en videojuego con la cognición visual de unos autores que son capaces de crear fantásticas secuencias de acción, ajenas a todo lo visto hasta el momento, combinando narraciones a varios niveles con innovadores efectos visuales. Vale, muy bien, pero los Wachowski olvidan por completo el contenido. Tras ese delirio multicolor y el centelleo ‘photosophero’ de cada uno de sus planos donde todo es perfecto, ‘Speed Racer’ no deja lugar a la alegoría cínica, ni al guiño cinéfilo, manteniéndose en un conservadurismo y un mensaje maniqueo y formulista del todo sonrojante.
De fondo, tenemos la historia más arquetípica vista en mucho tiempo, donde la violencia no tiene cabida, todo está asexuado hasta la inconsecuencia y en los triunfos de las carreras se brinda con leche (sic). Es inevitable, además, no recordar filmes como ‘Spy Kids’, de Robert Rodriguez o personajes clásicos de ‘The Rascals’, cierto trasfondo de la reciente cinta de animación digital ‘Locos por el surf’, imbuido en el mensaje familiar e idealista de ‘Jerry Maguire’ y la honestidad dentro del mundo deportivo aderezado con la aplastante sombra de ‘TRON’ y de ‘Los autos locos’. Hasta llegar, por poner un ejemplo de lo más ‘freak’, al espíritu estúpido de ‘Chispita y sus gorilas’.
Entretanto, el espectador asiste a un viaje poco menos que lisérgico, de candentes efectos estroboscópicos, de juguetona sinergia de formas y funciones, en una pretensión de los ‘bros.’ a desmarcarse con una función muy ‘manga’, rompiendo los planos y sus respectivos contraplanos con perfiles y giros imposibles. La consecuencia es la nula credibilidad que rodea a unos personajes planos, inmersos en un estricto régimen acumulaticio de vanguardia digital. Se nota que a los Wachowski se les convulsionaron las ideas y cauterizó el talento con la trilogía ‘Matrix’, puesto si este es el nuevo cine con el que pretenden, apaga y vámonos.
Eso sí, cuando todos estos elementos no funcionan, los Wachowski tiran de un recurso a modo de ‘running gag’ que parece hacerles mucha gracia, el arma principal de ‘Speed Racer’ es, nada más y nada menos, que un niño gordinflón y repelente cargado de hiperactividad (en la piel de un sobreactuado Paulie Litt, infante particularmente odioso) y un chimpancé con un fondo de armario envidiable que campa a sus anchas haciendo lo que hace un buen chimpancé amaestrado. Es el sumun del concepto de humor que se maneja en esta muestra hipertrofiada de nimiedad frenética. Por eso, es incomprensible que actores de la talla de John Goodman, Susan Sarandon o los jóvenes Emile Hirsch o Christina Ricci presten su talento a semejante bazofia.
Pese a todo, a los Wachowski no les importa caer una y otra vez en sus errores narrativos, escudados en todo momento por la visualidad edulcorada de los cromas y su posterior digitalización, ya que son autoconscientes de su propio desatino, en busca de un invariable festival para los sentidos, sabiendo que la división del público está asegurada con su endeble historia, adicionando de este modo su actitud sublevada contra las formas y las normas, pero también contra la lógica y la compostura.
‘Speed racer’ es una película muy loca, ‘locaza’ tal vez. Pero en el más puro sentido peyorativo. Descarriada y adicta a su propia naturaleza de pieza anómala de cinematografía modernista que se dilata hasta lo tedioso en una olvidable fábula familiar tan virtual como extravagantemente estroboscópica.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008

lunes, junio 02, 2008

Cuando ellos son ellas

Hace un par de semanas, los Wachowski regresaban a la gran pantalla con ‘Speed Racer’. Y lo hacían después de casi una década alejados de la dirección. Estos consanguíneos pusieron el cine de fin de milenio patas arriba con una película que cambio el Séptimo Arte y su revolución tecnológica. Como todos sabemos, se trataba de ‘Matrix’. Poco se sabía de ellos entonces. Únicamente que habían debutado en el cine con ‘Lazos Ardientes’, una pequeña pieza de cine negro y lésbico totalmente arrebatadora y que habían guionizado la película de Richard Donner ‘Asesinos’, con Sylvester Stallone y Antonio Banderas. Después del éxito de la saga ‘Matrix’, poco se supo de ellos después. Alejados del mundo de la farándula, los hermanos Larry y David han procurado alejarse del mundanal ruidio de la gran industriam; no les gusta promocionar sus filmes y no aparecen en ninguna imagen pública. Actualmente, esto es una condición infranqueable en sus contratos.
La vida de estos directores, como las de cualquier otro pasaron desapercibidas, hasta que Larry, el menor de los ellos, se convirtió en la comidilla de Hollywood cuando se reveló su gusto por el travestismo y el sadomasoquismo, haciendo oficial uno de los rumores más controvertidos de los círculos de la prensa rosa cinematográfica de los últimos tiempos: Larry pasó a llamarse Lana Wachowski. Antes, la espiral de rumores destapó su divorció de Thea Bloom, que era su novia de colegio y esposa durante nueve años, para caer en los brazos de Karin Winslow, más conocida como Ilsa Strix, una conocida dominatrix profesional para la que el cineasta ejerció de “esclavo” y participó en todo tipo de vejaciones y sodomías. Esta “ama” capaz, según sus propias palabras de “colocar 333 agujas en su sólo pene”, mantuvo un romance apasionado con Lana, que no dudó en ceder como sumiso adicto a la brutalidad de esta bestia de imponente cuerpo con la que apareció en el estreno de Cannes de ‘Matrix Reloaded’. Ahí es nada. Poco después, Larry sacó su lado femenino al exterior. Se dieron sentencias judiciales en las que aparecía el nombre de Larry bajo el A.K.A. de Laurenca Wachowski. O eso es lo que cuentan, porque según Joel Silver y la Warner Bros. Lana Wachowski continúa siendo Larry. Y así aparece en los créditos de ‘Speed Racer’.
Lo cierto, es que este tema no es nuevo en Hollywood.
Hay otros célebres transexuales dentro del orbe cinematográfico que un buen día decidieron dejar de llamarse con nombre de maromo y pasar a ser una refinada fémina, con operación o sin ella. Mujeres encerradas en cuerpos de hombres, cineastas o actores que, por naturaleza o cansados de sí mismos, determinaron que era mejor cambiar los calzoncillos por las bragas o los sujetadores de encaje y la máquina de afeitar por la cera depilatoria.
Wendy Carlos, nacida como Walter Carlos, fue una de las primeras compositoras que utilizó sintetizadores para componer sus partituras, lo que la convirtió en una de las pioneras e innovadoras de la música electrónica estadounidense. Su disco ‘Switched-On Bach’ llegó a ser el disco más vendido de todos los tiempos. Su aportación cinematográfica vino dada por su revolucionaria adaptación musical de los clásicos de para Beethoven en ‘A Clockwork Orange (La naranja mecánica)’ y en la inquietante partitura para ‘El resplandor’, ambas de Stanley Kubrick. Así como otra joya de la música electrónica dentro del filme de culto ‘TRON’, de Steven Lisberger.
Elizabeth Cimino, nacido y conocido en el medio fílmico como Michael Cimino. Un caso sorprendente en todos los aspectos. Cimino pasó de ser un prometedor guionista a un director estrella cuando su segunda película como cineasta, ‘El cazador’, se convirtió de la noche a la mañana en un éxito de crítica y público. Un clásico instantáneo con un reparo estelar que consiguió cinco Oscar (incluido el de mejor director y mejor película) en la gala de 1978 de los famosos premios. Su siguiente película llegaba en forma de cheque en blanco. ‘La puerta del Cielo’ supuso un gasto estratosférico para las cifras de la época y fue un descalabro comercial tan abusivo y descomunal que estuvo a punto de llevar a pique a la United Artist. Extravagante y obsesivo con la perfección (se dice que grabó más de 200 horas de metraje en ésta última película), Cimino se labró una fama de director maldito que le mantuvo alejado de Hollywood varios años. Por supuesto, nunca llegó a ser el director que todos auguraban. Realizó alguna película en los 80 como ‘Horas desesperadas’ y en los 90 con ‘The Sunchaser’. Ahora prepara la que será su vuelta detrás de las cámaras con el drama ‘Man's Fate’. Ahora Cimino es Elizabeth, un trasunto de Yoko Ono.
Alexis Arquette, nació como Robert Arquette en una familia prole de actores y actrices sólo comparable a la de los Baldwin. Hermana de Rosanna, Patricia y David Arquette, Alexis siempre ha sido el miembro de la familia menos conocido para el gran público, interpretando durante años el rol de Eva Destruction, una reconocida ‘drag queen’. En su carrera cinematográfica destacan algunos papeles importantes como el de la inolvidable Georgette de ‘Ultima salida: Brooklyn’, brevemente en ‘Pulp Fiction’, ‘Tres formas de amar’, ‘Cosas que nunca te dije’, de Isabel Coixet, ‘El cantante de Bodas’ o ‘Atrapado’, junto a John Travolta. Su aportación, en muchos de estos casos no ha pasado de la breve aparición. Utilizando su transexualidad como punto dramático, el documental de Matthew Barbato ‘Alexis Arquette: she's my brother’, es un recorrido sobre sus miedos, sus desencuentros y las satisfacciones de pasar de ser un ‘drag queen’ a una mujer transexual que tuvo cierta repercusión en el Festival de Tribeca.
En España también tenemos dos ilustres representantes de este recorrido por la transexualidad en el cine, cuando cansados de que les llamaran Manolo y Toño, respectivamente, y esclavizados en un cuerpo de hombre siendo mujeres, Bibiana Fernández y Antonia San Juan pasaron a ser actrices, con mejor o peor suerte dentro del mundo del espectáculo.
¿Todo esto a qué viene a cuento? Pues debido a que el siguiente post será la review (con cierto retraso con todo el empacho de ‘Indiana Jones’), de la película ‘Speed Racer’.