lunes, 1 de diciembre de 2008

Review 'Red de mentiras' (Body of lies)'

La epidérmica esencia del ‘thriller’ de espionaje
Ridley Scott sigue sin encontrar sus agotados fueros en un filme de cierto atractivo e innegable acabado que se sustenta en una historia que da vueltas sobre sí misma.
Es un hecho que, tras el paso de las décadas, el cine de Ridley Scott ha pasado por muchas etapas. Desde el encumbramiento inicial con sus mejores películas, muchas de ellas consideradas como obras maestras (‘Los duelistas’, ‘Alien’, ‘Blade Runner’), pasando por su estabilización en una gran industria en la que comenzó a adecuarse a los calculados riesgos de ésta y a su ‘establishment’ comercial (‘Legend’, ‘Black Rain’, ‘La sombra del testigo’, ‘Thelma y Louise’), su precipitada decadencia y entrada en barrena con títulos infumables (toda su etapa desde ‘1492’ hasta ‘Hannibal’ y su recuperación parcial con algo de talento visual insuflado a películas cuyo cariz global podría definirse como mediocre (‘El reino de los cielos’ y ‘El buen año’), donde, sin embargo, destacan particularmente ‘Matchstick Men’ y la reciente ‘American Gangster’, muy por encima de lo que se espera de un autor tan irregular como grandilocuente. Ridley Scott pasó de ser considerado como un heredero de Kubrick a perpetrar un modelo de cine acomodaticio, comercial, que asimila los factores de grandeza de su innegable talento para someterlo a filmes hiperbólicos, visuales y que encajen en la denominación de filme taquillero. Es la condición bipolar de un director cuya sombra del pasado nunca ha llegado a superar.
Al igual que en su anterior y nada desdeñable filme, ‘American Gangster’, Scott recurre a su pericia, voluntad y empeño, para elaborar un producto con los condimentos del típico ‘thriller’ político, recurriendo a un guión de William Monahan, un autor que, sobre el papel, ofrece las suficientes garantías para abarcar con interés una trama que asuma para sus mimbres una cínica visión post 11-S que gire en torno la diversificación la política de Estados Unidos dentro de Oriente Medio y al funcionamiento de los servicios secretos en sus inestables cauces. Máxime si adapta un material tan jugoso como el ofrecido por David Ignatius en su best seller. Y para ello, ‘Red de mentiras’ sitúa al espectador en un mensaje de contundencia tan real como reflexiva; mientras el gigante americano asume su guerra total contra el terrorismo apoyándose en la tecnología, la hiperrealidad que proponen los intermediarios tecnológicos utilizados, el oponente enemigo es capaz de tejer una infranqueable red de contactos a través de estrategias mucho menos tecnificadas y analógicas.
Para el mundo moderno, ése simulacro de globalidad, no es más que una farsa dentro de los límites del integrismo islamista. Scott y Monahan concretan sus latitudes dentro de un filme de espionaje que describe los escenarios y las estrategias de una nueva guerra, moderna y silenciosa, llevada a cabo en dos bandos manchados de sangre, ya sea por los terroristas árabes, como por los agentes de los servicios secretos que conspiran en la sombra.
‘Red de mentiras’ pretende ir un paso más allá dentro de una subtrama inacabable de conspiraciones, dobles juegos, mentiras y utilización de personas para llegar a un objetivo común. Los planteamientos iniciales muy pronto se dictaminan hacia un solo frente; la contraposición de dos antagonistas del mismo bando, de las dos caras de la misma moneda que representan la suciedad mezclada de intereses y moral dentro de la Agencia Central de Inteligencia americana. Por un lado tenemos a Roger Ferris, la actitud casi suicida y entregada de un agente infiltrado en las ciudades más inestables de Irak, Siria y Jordania que actúa con débito empírico a las órdenes del segundo factor de la ecuación; Ed Hoffman, un hombre de familia que ejerce de impaciente ejecutor en la sombra, capaz de ordenar un asesinato mientras lleva a la cama a su hijo. Mientras que Ferris cree fervientemente en su trabajo dispuesto a manipular y mentir para llegar a la verdad, Ed es como el Dilbert de Scott Adams, un ser asocial que ve todo con la perspectiva de aquel que maniobra y ordena desde la distancia. Lo que importa, en este choques de personalidades diferenciadas en el empirismo de uno y el dogmatismo utilitarista de otro, es la visión que cada uno tiene de los acontecimientos, ya que su percepción e interpretación de los hechos es radicalmente distinto.
Por supuesto hay un tercer punto en el vértice, representado en Hani Saalam, jefe del Departamento de Inteligencia Jordano que se rebelará como auténtico conocedor de los campos en los que se mueven los agentes de la CIA que duda en confiar en el joven agente sospechando que es un peón más dentro de una trampa que gira en torno a la disposición, exhibida de forma bastante torpe, de un ficticio atentado que sitúe un nuevo brazo violento dentro de las filas de Al Qaeda para poder capturar a Al-Saleem, un sosías de Osama bin Laden.
El problema de ‘Red de mentiras’, como ya lo fue de ‘American Gangster’, es el de reflejar a toda costa la tensión adrenalítica del género, de un acción dinámica que, más que resultar épica, da vueltas sobre sí misma. La criba, además de una adaptación condescendiente con el libro de Ignatius, es que, pasado un comienzo muy poco prometedor, el desencanto se cristaliza en una trama desprovista cualquier tipo de emoción, con personajes planos, situaciones contagiadas de desinterés e indiferencia. La acción está inyectada con cierta compostura dentro del caos argumental, de tramoyas del subgénero de espionaje, pero no es más que el habitual efectismo del director, que cree fervientemente que la sofisticación y el buen hacer detrás de las cámaras es suficiente para moldear con consecuencia todo el afectado entramado.
¿Para qué dotar de profundidad intrínseca a sus personajes o dejar que el espectador vaya extirpando la psicología de estos si podemos ofrecer secuencias de explosiones, persecuciones y lucir una irrefutable elegancia y saber hacer? En este apartado, hay que reconocer que se perfilan unos personajes más que interesantes sobre el papel, pero que carecen de lógica en sus actuaciones, cayendo en el ridículo en más de una de sus adversidades y que, finalmente, no logran desasirse del tópico o del arquetipo.
Para colmo de males, Monahan incluye un innecesario escarceo romántico que da al traste con cualquier cavilación positiva para tomar en serio otro desacierto más del mayor de los Scott, que mira de reojo ése ‘Spy Game’ de su hermano Tony, en la similitud de esa perspectiva pesimista de la profesión de espía con la propagada relación muy cinematográfica entre veterano agente y su inquieto pupilo a los que les separa su enfoque de los problemas. Ridley no escatima en efectos pirotécnicos. Pero su opulencia fotográfica reposa esta vez en una planificación más clasicista, en el ímpetu de una vieja gloria que ha acabado abarcando la plétora ruidista de cuidada sofisticación de su hermano Tony y que aquí palía con una corrección formal adecuada a la historia.
Ridley Scott conoce perfectamente los entresijos de las superproducciones. Y tal sea ésa ambición perspectivista, la que ahogue cualquier voluntad de transgresión por parte de un director abatido por sus propias ínfulas. No se puede acusar a ‘Red de mentiras’ de no ser dinámica, de no abogar por gramática visual al amparo de una excelente labor de Pietro Scalia en la edición o un correcto acompañamiento musical por parte del habitual del director Marc Streitenfeld. Lo que sí se le puede imputar a ese engolado ‘thriller’ político ‘hi-tech’, a su concepto de la intriga, al juego de acatamientos y traiciones es que, en definitiva, resulta sumamente aburrida, epidérmica e insustancial.
A ‘Red de mentiras’ hay que agradecerle dos cosas; primero, la representación, despojada de maniqueísmos, de una crítica a la maquinaria patriótica yanqui, más cerca de la diatriba contra los métodos de los servicios de inteligencia estadounidenses que facturan en éxitos sus errores gracias a un servicio secreto jordano o del desprecio a una guerra respaldada por la burocracia que al panegírico antiimperialista enfrentado a la idea de un gobierno que ha propugnado la extensión del dominio de un país bien sea por medio de la fuerza militar, económica o política. Y segundo, a las esforzadas interpretaciones de Leonardo Di Caprio, Russell Crowe (aunque se siga sin entender a qué vienen los 12 kilos de más para un papel que no los requería) y el descubrimiento de Mark Strong.
Por lo demás, queda la sensación de un vacío total, que se consolida con un clímax convencional e irrisorio de un producto comercial y efectista que no ha tenido los huevos suficientes para consumar una propuesta mucho más arriesgada por la que pasa de puntillas esta cinta y que se justifica de forma conservadora en el manido adagio de “el fin justifica los medios” y lo que importa es la protección y seguridad, por mucho que se violen los derechos humanos y las leyes. En la mentira, en la eliminación de la conciencia humana, se encuentra la diferencia entre aquellos que organizan los conflictos bélicos y los que los ejecutan. Hubiera estado bien. Pero no es así.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008