miércoles, 10 de diciembre de 2008

Review 'Quantum of Solace'

Un paso atrás en la desmitificación
La última aventura de Bond mantiene con estragos la funcionalidad de ‘Casino Royale’, donde la acción lo es todo, dentro de un guión demasiado irregular que no supera las exigencias.
‘Quantum of Solace’ pretende seguir la estela dejada por la sorpresiva ‘Casino Royale’ en su intención de marcar distanciamiento propio merced a ofrecer una visión específica y diferente del agente 007. Si en aquélla se reforzaba el carácter humano y emocional haciendo hincapié en la inseguridad, las dudas y fondo realista del mito creado por Ian Fleming, aquí las cosas no cambian. Como secuela de iniciación a un nuevo rumbo respecto al personaje, el Bond personificado por Daniel Craig sigue presentándose como un tipo acerbo y obstinado, visceral y despiadado con las misiones que acomete, rayano en la brutalidad inhumana de algunas de sus acciones para con sus enemigos. El nuevo 007 es un tío duro y enardecido, que no tiene tiempo para el ‘glamour’, la sofisticación y que acentúa su carisma a base de hostias inmersas en un ritmo sin freno, que no deja respiro a un espectador alucinado con la fuerza bruta del agente al servicio de su majestad y sus decisiones ante las contrariedades de su cometido.
La historia arranca instantes después del epílogo de la anterior cinta dirigida por Martin Campbell, cuando Bond, cegado por la venganza en compensación por la muerte de Vesper, el amor de la primera entrega, inicia una nueva misión para desgranar una sombría organización secreta llamada Quantum, poseedora de contactos y cómplices de alto grado gubernamental y social que se dedica a sobornar a la política internacional dado su poder sobre materias primas de primera necesidad. James Bond utilizará los viajes y averiguaciones para esclarecer el caso como excusa para encontrar al hombre que vendió a Vesper y poder llevar a cabo su violento desagravio. ‘Quantum of Solace’ transcurre así con vaivenes entre Europa y Sudamérica, dejando al paso de este peligroso y controvertido espía un reguero de sangre y cadáveres, en busca de no se sabe muy bien qué, puesto que los guionistas, Paul Haggis, Neal Purvis y Robert Wade, proponen una misión algo inexacta.
Lo único que el espectador sacará como conclusión es que Bond es un culo inquieto que lucha contra varios frentes; la organización que lidera Dominic Greene, el filántropo ambientalista que esconde un villano con poco carácter, la C.I.A., que considera a Bond un traidor y un asesino, el propio MI6 y toda la policía mundial. El problema de esta secuela es que, en su énfasis por aportar un argumento que pretende ser complejo, no es mas que un falso artificio. Haggis y compañía aspiran a que, por medio de la acción descontrolada, haya espacio para una coherente construcción de personajes y contextos, pero no funciona. Al contrario que ‘Casino Royale’, la acción y la incertidumbre sobre un fondo argumental no esconde ninguna profundización en los dilemas morales y la ambigüedad de sus personajes principales. Directamente, la acción aquí lo es todo. No importa mucho ese tormento del personaje, la tragedia interior que le mueve a apretar el gatillo antes de preguntar, sino que es substancial que prevalezca el movimiento adrenalítico por encima de la gravedad dramática. Un elemento superficial utilizado como pretexto, que precipita las escenas de acción sin inquirir en el motivo por el que se mueve la historia.
‘Quantum of Solace’ se define por lo bien que da caña a su archiconocida “licencia para matar” el agente 007, haciendo de las peleas, las persecuciones, las huidas y las muertes algo más visceral que racional, siempre bajo la pétrea mirada de un personaje curtido y cicatrizado que procura levantar esa doble vertiente de innovación en el icono literario; un individuo que, pese a su heroicidad y carisma, despliegue un fondo de compasión. El nuevo James Bond ha mutado en sus aventuras, el clasicismo queda a un lado. Su indestructible periplo por el mundo del hampa no es óbice para arrastrar al público (o al menor eso parece) a sus tragedias introspectivas subsanables con dosis de venganza. Por eso, este nuevo Bond es más taciturno, melancólico y avieso que el que se mostró en ‘Casino Royale’. Por eso, también, a este nuevo Bond de esta segunda parte, le falta el humor cínico, la elegancia chulesca y el estilo reinventado de su primera función.
Sin embargo, han cuidado muy bien su actitud temeraria y vengativa frente a los villanos, puesto que Bond sigue manteniendo una esfera de justicia intachable y leal a la Corona, a su país y al mundo, por mucho que actúe promovido por el egoísmo. En ése sentido, ‘Quantum of Solace’ sigue los designios de readaptación genérica, prolongando la innovación narrativa de referencias argumentales y visuales, olvidando los desgastados arquetipos del pasado y haciendo, de forma inteligente, que se considere más importante la forma respecto al fondo. Las intachables secuencias de acción se nutren de una cuidada utilización del sonido y del montaje, donde la acción es el epicentro de cualquier convulsión argumental, fusionando a golpe de ‘set pieces’ el desarrollo de una historia endeble pero autoconsciente de sus limitaciones. Y es donde esta vigésimo tercera adaptación de Bond al cine encuentra su mejor aliado.
Se podía prever a un Marc Forster desubicado dentro de una saga que no se identifica mucho con su arte, un cine más intimista y poco dado a la hemostática fanfarria de acción sin freno. Pero lo cierto es que, despojado de su nervioso y enfático arranque, el director de ‘Finding Neverland’ dispone con oficio un talento al servicio de esa extraña mezcla entre arbitraria complejidad y su exposición incongruentemente superficial y frívola. Y sí, es cierto. Se ha escrito una y otra vez hasta el agotamiento, pero este nuevo Bond le debe su existencia, personalidad y movimientos a la saga de Bourne. Es lo que concede esa remodelación desde sus bases, de esa buscado realismo y credibilidad de la acción, sin levantar el pie del acelerador, con la consabida cámara en mano e iluminación y montaje de ritmo vehemente. Es lo que la distancia de las visiones de James Bond, pero, a la larga, es lo que le hace perder enteros, lo que enflaquece la coherencia con la delimitación entre el clasicismo de la saga y esta renovación a los tiempos modernos.
Sin duda alguna si algo tiene estas nuevas aventuras de 007 es la masculinidad ruda y sin complejos, muy física e hierática que impone Daniel Craig al personaje. Él sólo es capaz de acaparar todas las miradas dentro del filme. Entre otras cosas porque, salvo el personaje de M. que ya no es concebible sin el rostro de la gran Judi Dench, los demás roles secundarios carecen de empaque y poseen poco peso específico en el total de la película. De ahí que el villano de turno interpretado con solvencia por Mathieu Amalric no sea excesivamente amenazante, ni que Jesper Christensen, Jeffrey Wright, Giancarlo Giannini o Joaquín Cosio tengan mucho que decir. Tampoco que esa chica Bond interpretada por Gemma Arterton Strawberry Fields sea más que un mero escarceo innecesario para ver que Bond sigue siendo irresistible (y de paso sea excusa para un homenaje a ‘Goldfinger’). Ni siquiera se puede destacar la sugerente y agradecida belleza de la modelo Olga Kurylenko, cuya presencia deslumbra en pantalla, pero que no es más que un hermoso rostro de decoro, más que un personaje con identidad propia y trascendente.
‘Quantum of Solace’ se une al nuevo cine de género que ha cambiado a un perverso malvado sin entrañas por algo más tangible y cercano al mundo actual. El villano ya no es un hombre sin escrúpulos. El malo de la función personifica al miserable representante del mal moderno y el orbe mundial que defiende sus intereses a cualquier precio en nombre de las multinacionales explotadoras en un universo de corrupción en el que convivien políticos y especuladores, dirigentes y villanos que tejen movidas económicas sin pensar en los abusos económicos por encima del valor humano.
Esta última aventura de Bond mantiene con ciertos estragos su funcionalidad respecto a ‘Casino Royale’ y parece salir indemne en su evolución de la desmitificación de la imagen del superagente secreto sin defraudar a mitómanos y espectadores ajenos al clásico. No faltan enredadas maquinaciones políticas, complots de intereses con recursos naturales de por medio, políticos manchados de sangre, dobles agentes y los elementos que se esperaban de esta nueva película de Bond. Su final hace albergar esperanzas en la saga. Bond deja a un lado su vena más libertaria y contestataria, más personal. En su conclusión, el viaje a los inicios del agente ha concluido. Bond ha crecido en sus impulsos vengativos, pero los logra aplacar y lo personal parece quedar a un lado. Está preparado para asumir misiones con directrices propias, manipuladas por M. Puede que, a partir de ahora, con los errores cometidos aprendidos, la siguiente secuela o adaptación se ponga al nivel de ‘Casino Royale’. Para un buen Bond es necesaria una buena historia. Y el guión de ‘Quantum of Solace’ no lo es. Así de simple.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008