martes, 21 de octubre de 2008

OktoberFest Salamanca: la degradación de la fiesta cervecera

Para aquellos a los que amen con profusión y fervor la cerveza, uno de esos acontecimientos que no deben perderse al menos una vez en la vida es el Oktoberfest, el ‘Volksfest’, que dirían en Munich, ciudad que alberga esta tradicional fiesta etílica y anual que se lleva celebrando desde 1810 en el Theresienwiese, cerca del centro de la ciudad, en un anexo del Hauptbahnhof. Dentro de este acontecimiento cervecero, definido por el carácter ecuménico que ha alcanzado con el paso de los años, puesto que asiste gente proveniente de todas las partes del mundo, la cerveza es el súmmum de la conmemoración, ése mítico ‘Wiesnbier’ con mayor graduación alcohólica que acumula a los bebedores de birra más fanáticos de este glorioso néctar. También es una reunión familiar, donde proles enteras junto a amigos y visitantes disfrutan durante unos días de la tradición, la comida y el folclore alemán.
En Salamanca, desde hace tres años y siguiendo ese énfasis de importar cualquier costumbre foránea que incluya la palabra “fiesta” entre sus objetivos, se viene intentando reproducir el asunto con mayor o menor fortuna. Aquí se llama el ‘Bierfest (Fiesta de la Cerveza)’. Digamos que el primer año estuvieron a punto de conseguirlo. La fiesta tuvo lugar muy cerca del Tormes, con grandes carpas dedicadas a la cerveza de importación y nacional. Por supuesto, se adulteró la metodología, la logística teutona de Munich, pero no el espíritu. Una carpa central, música tradicional alemana y una oronda réplica de mí mismo con varias décadas más en el cuerpo pero con las mismas ganas de fiesta y diversión llamado D.J. Holger (en la foto de arriba), que amenizó pinchando con una mezcla de temas del momento y música popular alemana mientras cientos de personas jaleaban alegres subidas a las mesas en un jolgorio memorable. Un año después, el empresario Wolfram Kramer tomó las riendas del espectáculo en solitario y lo concibió como un acontecimiento que utiliza el nombre y el proceder del evento, pero que poco o nada tiene que ver con aquél. Vale, hay cerveza en cantidades ingentes y comida que representa la esencia bávara. Pero poco más. La hostia que te dan por la cerveza es fina; 8 € por un litro de Paulaner que en cualquier supermercado de barrio puedes encontrarme por poco más de dos euros, salchichas que, como bien asegura el amigo Salvador, son importadas, pero que dejan la sensación de proceder de cualquier LIDL y por las que te clavan 4’50 €, patatas congeladas de bolsa con Ketchup a 3 euros… Unos precios muy populares por los que puedes cenar opulentamente en cualquier mesón de carne a la brasa que abundan, con incomparable calidad, en la orbe charra.
Pero eso no es lo peor, “Una vez al año, no hace daño”, se podría decir. La música tradicional alemana se viene a sustituir por una charanga que va tocando desde las habituales armonías de feria y fiesta (como el Paquito Chocolatero, hasta canciones típicas de estadio de fútbol). Por supuesto, esto es concebible, dado el contexto popular y geográfico del acto. También hay animadores infantiles y espectáculos para toda la familia muy arraigados a nuestras fronteras. Suplantar el folclore alemán por algo más “nacional” es un hecho que entra dentro de los parámetros de mutación esperados. Lo que no se entiende muy bien es que, a partir de la medianoche, tres travelos bastantes desagradables, a punto de entrar en la senectud, hagan una especie de lamentable ‘playback’ de últimos éxitos de radiofórmula, en una paupérrima función de dudoso gusto. Es un acontecimiento tremebundo. Por si eso fuera poco, uno de estos transformistas de voz grave y piernas afeitadas baja del escenario y se dedica a recorrer las mesas con una grosería infame, haciendo de la festividad cervecera un acto indigno, dirigiéndose a la gente con frases como “Tú hace mucho que no te comes un coño ¿eh? Guapo” o “Más quisiera yo que me metieras tú el nabo lleno de venas”. Como Carmen de Mairena o La Veneno, pero tomándoselo muy en serio y sin gracia. Es el momento en que la gente se empieza a marchar. Sobre todo, los padres con niños. Los demás, se quedan viéndolas venir, terminando sus jarras atropelladamente, esquivando con la mirada al mamarracho este con falda de lentejuelas y pintado como una puta de baja estofa para evitar que se dirija a uno con alguna de sus ingeniosas frases escatológicas o sexuales. Claro, que siempre hay un grupo de borrachos que, alentados por la provocación, entran al trapo, lanzando improperios e incluso ofreciéndose envilecidos a la réplica.
Ése es el Oktoberfest salmantino; una degradación de lo que podía ser una fiesta monumental y divertida. No es más que una pobre réplica que nada tiene que ver con la celebrada en Munich. Como casi siempre, salvo excepciones, cualquier evento oficiado dentro de esta ciudad se infecta por el patetismo y el folclore típico de la España Profunda más mugrienta. Menos mal que la compañía de amigos y amigas salva el trago convirtiendo el desastre en entrañable reunión. Eso sí, siempre nos quedará el mítico bar Paniagua (Calle Varillas nº 7), auténtico templo de la cerveza, de la diversión y del ambiente universitario más genuino de la ciudad.