lunes, 15 de septiembre de 2008

Review 'Hellboy II: El ejército dorado (Hellboy II: The Golden Army)'

La absorción estilística, la fábula y la realidad social
Siguiendo la esencia de su adaptación predecesora, Guillermo del Toro ha creado una aventura del Demonio Rojo que se adapta más al carácter cinematográfico y fabulesco del cineasta que la acomodación de cualquier ‘book’ de Mignola.
Uno de los mejores recursos que utilizó Guillermo Del Toro para su adaptación cinematográfica de ‘Hellboy’ fue esa aproximación poco ortodoxa hacia el personaje creado por Mike Mignola para Darke Horse Comics. En su estupenda prorrogación del atípico superhéroe en la gran pantalla, el cineasta mexicano supo distanciarse lo suficiente para exhibir su avasallador potencial visual sin perder de vista la esencia de esa entrañable criatura de distinción aparentemente monstruosa con identidad humanizada y personalidad desubicada. Hellboy, genérica pero contracorriente, estridente y de espíritu comercial, supo trasladar los contextos góticos y entidades de evocación ‘lovecraftiana’ y mitos del folklore europeísta, reasentando los códigos del universo del un cómic a una superproducción sin perder su constante estilo artesanal.
Del Toro ha caracterizado su estilo escapando de las bases del prototipo endémico, sirviéndose de él para salir por tangentes autorales, clásicas, donde en sus ajustados presupuestos tienen cabida desde el homenaje a la serie B con referencias a la cultura popular, al ‘pulp’, al barroquismo y a la aventura donde no falta un toque de humor, sentimentalismo y maniqueísmo. Por supuesto que en ‘Hellboy II: El ejército dorado’ no falta la quintaesencia del gótico, en el que abundan espeluznantes criaturas, personajes de leyenda o criptas ancestrales, recopilando el mundo de detalles de Mignola para que siga presente en esta nueva parte de lo que se prevé como una saga. Sin embargo, parece que Del Toro se ha distanciado esta vez del mundo del cómic de Mignola, creando una nueva aventura que se adapte más al carácter cinematográfico y fabulesco del cineasta que la acomodación de cualquier ‘book’ de Mignola al cine.
Ya desde su inicio, con ese magnífico prólogo navideño con un pequeño Hellboy que escucha del Dr. Broom un apasionante relato demonológico sobre una envejecida superstición acerca de una tregua entre los humanos y el reino de lo fantástico enclavada en un pequeño ‘set piece’ de animación plagado de calidad y talento, el filme de Del Toro va a sublimar los ajustados medios con una precisión abrumante. Perfilados ya los personajes en su primera película, las nuevas hazañas de “Rojo” y acólitos va a explotar una línea mucho más línea visual y artística, así como un perfil más caricaturesco. En un mundo de fantasía y realidad, el Príncipe Nuada, heredero del mágico reino de Bethmoora, quiere romper la tregua con los humanos con la reunión de un ejército indestructible denominado como el Ejército Dorado. Por supuesto, Hellboy será el único que podrá detenerle. En esta materia común, poco innovadora se podría decir, Guillermo del Toro propone otra nueva de tuerca de estética oscurantista y relato gótico enraizado al imaginario fantástico de Mignola, en una suerte de absorción estilística donde se sigue manteniendo la ironía y el humor de su primera parte que, sin embargo, se equilibra al prevalecer en todo momento el prurito fantástico.
Más allá de la acción, de los efectos especiales y de la historia de fondo, al cineasta mexicano parece preocuparle más los designios humanos de estos seres diferentes, de sus inquietudes existenciales y sensibilidades anímicas. Y es donde se encuentra la abismal diferencia con los oscuros entes del cómic. Basta destacar algunos retazos para comprobar hasta qué punto Del Toro juega con todo el respeto del mundo hacia los roles del cómic; como ese personaje escarnecido de corte cómico que es Johann Krauss, la afición a las cervezas mexicanas Tecate de Hellboy o su interés romántico por la bella pirokinética Liz Sherman, que la aleja definitivamente de su referente tebeístico. Cabe destacar una brillante secuencia en la que Abe Sapien y Hellboy se cogen una cogorza codo con codo ahogando sus miserias amorosas. Es un pequeño ejemplo de esa necesaria diferencia en la adaptación para que todo funcione a un nivel narrativo y fílmico, pero también en la inmutable humanización con la que se dibujan los personajes dentro de la trama. De hecho, incluso los villanos tiene ese factor humano y lógico; ya que Nuada aspira a sentirse parte del mundo, lo que le mueve a retornar a la autoridad de los fastos perdidos. El malvado de turno, al igual que Hellboy y los miembros del BPRD (Agencia de Investigacion y Defensa Paranormal), aspira a devolver un universo donde las especies alternativas a la raza humana den la cara y poder salir así de la oscuridad.
Tal humanización sustrae cierta precisión al discurso metafórico y, en ése sentido, delimita su núcleo discursivo en mayor grado que en su primera entrega, donde no existía ningún tipo de dialéctica entre realidad y ficción. Aunque es verdad que se trata de normalizar los personajes de la fábula a la realidad social, se deja arrastrar en exceso por esa delación hacia la hostilidad con la que el ser humano excluye la utopía fantástica. ‘Hellboy II: El ejército dorado’ sigue planteando una perspectiva afable hacia unos ‘freaks’ que se dejan llevar por sus sentimientos más afectivos. Hellboy, como en su antecesora, sigue viéndose como una deformación humana integrada, pero se siente menospreciado por su condición infernal, de ahí que en esta ocasión sienta la necesidad de aparecer constantemente en público.
Algo que se deja ver con claridad en un par de secuencias donde se manifiesta ese rechazo social; como aquella en el que dos ciudadanos le llaman “feo” o más claramente cuando toda la ciudad desprecia al demonio también conocido como Anung Un Rama simplemente por su apariencia al luchar con un bebé en el brazo, sin que la sociedad se dé cuenta de que ha salvado su vida. Un discurso moral que camina entre la inadaptación social y la lealtad de un personaje que demuestra su lealtad al sistema de formas cuestionables. Y Del Toro lo hace sin recurrir a la pompa verbal o trascendentalizar situaciones que vayan más allá de la visualización y dilatación de reflexiones llenas de intención. En este sentido, ‘Hellboy’, en sus dos partes, es la antítesis de, por ejemplo, ‘El Caballero Oscuro’, de Christopher Nolan, ya que aquí la acentuación dramática es intrínseca y sutil, apenas subrayada.
Más allá del discurso, se encuentra la accesibilidad a los conceptos de Mignola, la energía de sus personajes y el entusiasmo de una dirección que acentúa el espectáculo visual constante, donde cada plano estudiado pormenorizadamente impone la admiración del espectador sobre la acción definida por la ostentación, el divertimento y la evidente falta de pretensiones. Guillermo del Toro se ha convertido en uno de los pocos realizadores capaces de visualizar submundos de corte mágico con habilidad y destreza, conjugando su propia épica y consolidados resultados. Esta secuela alberga gran parte de la idiosincrasia cinematográfica que viene definiendo desde el comienzo de la carrera de Guillemo del Toro; abundantes mecanismos de relojería, seres legendarios con predilección por las larvas, insectos y naturaleza maléfica (a la que se añade ese enorme árbol de resonancias ‘tolkienianas’), cloacas y escenarios nocturnos y acuosos, monstruos de corte ‘lovecraftiano’… todo un visionario imaginativo que anula los vicios en función de su valía narrativa.
Lo fantástico y lo cotidiano se articulan con el espíritu barroco y tradicional de un cuento protagonizado por seres mitológicos inmersos en un mundo que no puede verlos, como esos habitantes que pueblan una lonja secreta denominada Mercado de Trolls, ubicación en la que se aprecia el gusto del director por lo artesanal, que se sitúa por encima del efecto digital. En el cine de Guillermo del Toro se reconoce ese especial esmero y cuidado en el diseño de producción y dirección artística donde es tan necesaria la composición lumínica de su inseparable Guillermo Navarro, divisiones que, unidas con sabiduría como es el caso, hacen lucir a esas fascinantes criaturas capaces de maravillar desde el denticulado contexto donde se desarrolla la historia.
Se podría reprochar ése capítulo final de espacios cerrados y cavernosos, donde el clímax, como sucedía en su antecesora (y en extensión, en ‘El Laberinto del Fauno’), se obstruye por la delimitación a la que se somete la acción, que resulta en exceso enclaustrada dentro un estudio con mucho croma, restando parte de la magia acumulada a lo largo de su metraje y que tampoco se beneficia de su esquemática resolución a modo de ‘happy end’. Pese a esto, queda una reconfortante sensación de autoparodia, de grosería postulada en la personalidad de un demonio rojo con ganas de cachondeo, en la continuidad de ruptura con la idea clásica del superhéroe que impusieron, primero Mignola con su cómic, y luego Del Toro con una adaptación que no se toma muy en serio el material tebeístico. Vuelve a ser otra demostración bucólica y romántica de megalomanía a modo de ejercicio de estilo que se posiciona más allá de la historia y de un guión que no deja de ser una excusa para ofrecer una función entretenida y simpática, algo irregular en su valoración final, pero ejemplar en cuestiones ornamentales y ostentosa respecto a lo visual.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008