lunes, 25 de agosto de 2008

Pekín 2008, unos juegos inolvidables

Una vez que se apagó el pebetero con la llama olímpica extinguiendo su fulgor, el deporte volvió a sentirse huérfano de euforia después de ofrecer más de dos semanas de adrenalina y emociones, de récords y victorias, de lágrimas y derrotas. El final de las Olimpiadas de Pekín devuelve al aficionado, al amante del deporte, a la cotidianidad más deslucida, ahora con la liga de fútbol a punto de empezar. Algo que se antoja como una deslustrada retribución de consuelo. No es lo mismo. Unas olimpiadas suponen el mayor y más apoteósico evento deportivo del panorama mundial. Hoy, tan sólo un día después de asistir a uno de los partidos de baloncesto más memorables de la historia y haber disfrutado con la apabullante y vistosa ceremonia de clausura, estos juegos olímpicos, los destinados a ser considerados durante muchos años como unos de los más brillantes de los fastos, quedan como un recuerdo que tardará años en olvidarse.
Como referencia universal, las Olimpiadas se marcan con nombres propios, con marcas y gestas heroicas de nombres que definen el sacrificio y la grandeza del ser humano en su nivel competitivo. En Pekín 2008 se han labrado hazañas para guardar en la retentiva colectiva; como la conseguida por Michael Phelps con sus ocho oros y siete récords del mundo pulverizados. La máquina, el “hombre pez”, ya se ha catapultado a la epopeya, desplazando a su paisano Mark Spitz a la evocación del pasado, a relegar en la memoria la epopeya de Múnich 72. Parece que en el deporte de alta competición no hay nada imposible. También hemos olvidado por momentos a Jesse Owens y Carl Lewis contemplando al jamaicano Usain Bolt destrozando todas las leyes de la velocidad y la física humana. Nunca antes las pruebas de velocidad acapararon la mirada de un mundo que permaneció en silencio tan sólo 9,69 segundos para alabar una proeza implacable en un grandioso testimonio de brutal aceleración y porvenir sin límites. Con sus 22 años, el Nido de Pekín asistió a las zancadas sin concesiones a la relajación de Bolt en unos 200 metros en los que detuvo el crono en 19,30, dos centésimas más abajo que la plusmarca que hace doce años estableció el estadounidense Michael Johnson. También compartiendo gloria con Nesta Carter, Michael Frater y Asafa Powell en la consecución de otro record, esta vez el de relevos 4x100 con 37.10 segundos.
Es la hegemonía del relámpago, de la velocidad jamaicana. Las lágrimas de la pertiguista Yelena Isinbáyeva quedarán como bella imagen de un récord del mundo para disfrute del público, que vio cómo superó su récord mundial número 24 con una altura de 5,05 y se acerca a su objetivo de superar el número de plusmarcas de su compatriota Sergey Bubka (35 récords). O el nombre español con más lustre que entra con todos estos mitos en el album de héroes y heroinas de Pekín 2008, Rafa Nadal, el número uno, el mejor tenista de los últimos años, afianzando su supremacía tenística después de Roland Garros y Wimbledon con una medalla de oro fruto de la grandeza y la dimensión de los elegidos. Ellos han sido los verdaderos ídolos de Pekín 2008.
Las 18 medallas obtenidas por la delegación española dejan el sabor agridulce del éxito. Es un triunfo a medias. Los cinco oros, las diez platas y los tres bronces sitúan a España por encima de los retos y triunfos de Sydney y Atenas, pero muy lejos de aquellos trece oros con 22 metales de Barcelona. Se puede hablar de mala suerte, de excesivo optimismo, pero lo cierto es que en disciplinas como el atletismo la decepción ha sido aparatosa. Ni “Paquillo”, ni Javier Gómez Noya, ni Marta Domínguez, ni Higuero, Casado o Estévez, ni María Vasco pudieron cumplir el objetivo del podio en la Olimpiada. Es cierto que nombres como los de Samuel Sánchez, Joan Llaneras (el olimpico español más laureado de la historia –aquí doble medallista-), Antonio Tauler y Leire Olaberría legitiman el ciclismo como terreno donde triunfar o que selecciones colectivas como las de baloncesto, hockey hierba, balonmano o Gervasio Deferr en gimnasia o las chicas de natación sincronizada llevan tiempo en la cima de la competición internacional, pero se echa de menos los logros a los que este año parecía aspirar un país con la ilusión por los aires.
Por supuesto, las 18 medallas no son, ni mucho menos, un fracaso. Pero saben a poco, porque ha habido demasiadas ocasiones en las que la frase “por poco” que conlleva directamente a un diploma han servido de obstáculo a España para subir un poco más dentro del desafío medallista. Hay que alegrarse pues de la epopeya de deportistas como José Luis Abajo en esgrima, Iker Martínez y Xabi Fernández y su oro convertido en plata por la ilegalidad de la que también se da en unos juegos de aspirada equidad que sí obtuvieron Fernando Echávarri y Antón Paz. Por Bibí Ruano y Anabel Medina en dobles femenino de tenis, completando al huracán Nadal o la gran actuación de David Cal, Saúl Craviotto y Carlos Pérez en sus respectivas categorías de piragüsimo. España demuestra que la recompensa olímpica va más allá del atletismo, donde hace años cabía la posibilidad de lograr algo. Hay categorías con potestad nacional y una esperanza de futuro que hay que alimentar a basa de éxitos que seguirán llegando hasta dentro de cuatro años.
Pekín ha dejado imágenes imborrables, como la del atleta chino Liu Xiang, lesionado y abandonando entre sollozos la prueba en la que es el emperador, la de 110 metros vallas. Las lágrimas de Araceli Navarro por no poder seguir compitiendo después de una lesión en el hombro, las declaraciones del taekwondista español Juan Antonio Ramos cuando no pudo conseguir la medalla de bronce frente a un adversario afgano que reflejan el sentimiento máximo d la frustración y la impotencia que contrastan con el manteo alegre del equipo español de balonmano a David Barrufet. No podemos olvidar con facilidad la dolorosa imagen del húngaro Baranyai y su dislocación de hombro cuando intentaba levantar 148 kilogramos en la modalidad de arrancada o la hostia que el taekwondista cubano Angel Valodia Matos le dio a un árbitro después de ser descalificado o al luchador sueco Ara Abrahamian que perdió su medalla de bronce en lucha greco-romana cuando la lanzó al suelo y abandonó el podio como protesta por la controvertida semifinal. Así como el rostro del fracaso de Ronaldihno tras perder en semifinales contra la todopoderosa Argentina de Leo Messi y el“Kun”Agüero o la decepción de Laure Manaudou y la entrada del maratoniano keniata Samuel Kamau Wansiru.
Pero si estas Olimpiadas quedan en nuestra memoria colectiva es por dos instantes imposibles de olvidar; ese beso al tapiz de la gran Almudena Cid, despidiéndose con honores de reina deportiva tras una carrera que ha acumulado éxitos y cuatro olimpiadas donde siempre fue finalista, cerrando su etapa profesional, quince años después, con el diploma olímpico bajo el brazo. Y la que aconteció ayer en el Pabellón Olímpico de Pekín, cuando la selección española de baloncesto realizó una enardecida gesta de leyenda contra el mejor equipo de estrellas venidas de la NBA en las últimas Olimpiadas, justo después del declive del mejor basket del planeta cuando el único e insustituible ‘Dream Team’ embelesó al mundo en Barcelona. Tuvieron que pasar 24 años para que España pudiera volver a verse las caras en una final olímpica contra USA. Y contrariamente a lo que sucedió en Los Ángeles aquel 11 de agosto de 1984, España barrió en juego colectivo y tesón a los americanos. Los de Aito García-Reneses, los “Chicos de Oro” capitaneados por Pau Gasol, ofrecieron una lección de juego y de aguante, donde el honor y el orgullo quedó por encima del resultado (107-118). En una competición que asume las reglas FIBA (la línea de tres, el tiempo de cada cuarto…), donde la cuestión de los pasos de salida desiguala al baloncesto frente las normas NBA y de la fuerza física impuesta en claras faltas personales en ataque o en defensa no pitadas es donde el equipo de Kobe Bryant, creado alrededor de la autosuficiencia y la hegemonía, logró la medalla de oro. Sólo la permisividad arbitral de la que ha gozado el USA Team a lo largo del torneo ha servido para que estos demiurgos de la canasta se auparan a lo más alto del podio.
Pese a la frase de Jacques Rogge: “A lo largo de estos Juegos, el Mundo ha conocido mejor a China y China ha aprendido mucho del resto del Mundo”, China y Pekín han engrandecido el deporte en unos Juegos Olímpicos donde la brillantez de la competición ha sido capaz de esconder, en breves retazos, otros factores extradeportivos que siguen dejando a China como un país autocrático que desprecia a los Derechos Humanos que ha propugnado a lo largo de dos semanas que han finalizado su periplo en el emblemático estadio El Nido de Pájaro, tiñéndose de luz y fuegos artificiales y dando la bienvenida, como suele ser habitual, a la siguiente designación olímpica.
Dentro de cuatro años, en 2012, la magia de mayor cita deportiva del mundo retornará con el acento británico de Londres. Hasta entonces, nos quedamos con un hecho ejemplar acontecido en estos Juegos; Pekín 2008 se ha transformado en un modelo paradigmático en el avance en la batalla contra el dopaje. Su intolerancia absoluta con las drogas en el deporte debe ser la tónica a seguir. Por eso y por todas las sensaciones transmitidas estos días desde la capital de China, esta Olimpiada debe ser recordada como una de las mejores y más organizadas de la Historia.