lunes, 4 de agosto de 2008

25 aniversario del fallecimiento del gran Luis Buñuel

El pasado martes 29 de julio, el mundo del cine evocaba la figura de Luis Buñuel en el 25 aniversario de su fallecimiento. Un genio contemporáneo convertido en uno de los símbolos internacionales dentro del mundo de la cultura y, posiblemente, el cineasta más importante que ha dado nuestro país a lo largo de su ya dilatada existencia. Nacido en Calanda (Teruel) la figura de Buñuel se ha hecho extensa e imprescindible para conocer y entender gran parte del concepto cinematográfico, del cine en su dimensión más vasta. Congénere de personalidades tan primordiales como Gómez de la Serna, García Lorca, Dalí o Alberti, uno de los españoles más universales de la Historia es el ejemplo más fehaciente del artista hecho a sí mismo, del creador inagotable, de la personalidad inigualable, de la genialidad, de la profundidad transgresora, del arte...
Adscrito al movimiento surreal en sus comienzos, el cineasta aragonés siempre procuró revelar con su cine que en la vida existe un sentido moral del que el hombre no puede eximirse. El hombre, en definitiva, no era libre en la ideología de Buñuel. Desde la magistral ‘Un perro andaluz’ y el documental ‘Las Hurdes (Tierra sin pan)’ siempre hubo en su obra hubo una constante línea de transgresión, de rebeldía y de solemnidad. El talento y el excéntrico carácter de Buñuel le hicieron construir a su alrededor una mitología, un universo difícil de catalogar, pero esencial a la hora de analizar su obra y vida. Hacedor de incólumes obras maestras de perfección imposible, simbolizó siempre un modelo de artista con un cosmos personal especial, en el que carácter y obra se entrecruzaron como un torrente caótico, al borde de la locura, golpeando constantemente con imágenes innovadoras, con sensaciones y estímulos capaces de taladrar la conciencia del espectador, combinando meditaciones contraventoras y metafísicas con el chiste más vulgar.
Todas ésas paradojas, llenas de una hondura insondable, se enfrentaron organizadamente para dar como resultado una límpida mirada sobre el arte y sobre la vida. Ése desorden, que se extrae de varios momentos inolvidables de sus películas, es el que refleja la verdadera concepción del cine buñueliano, es lo que hace grande su figura y su obra, ya que todo lo que vemos en pantalla procede no del desacuerdo de Buñuel consigo mismo, sino de la pureza de su compromiso con la realidad frente al distorsionante peso de los convencionalismos en los que, muchas veces, está inmerso en el arte.
Valentía y compromiso consigo mismo
El cine de Buñuel fue el compromiso con su actitud hacia su obra, hacia la autocoherencia y fidelidad que mostró a unas ideas que nunca abandonó. Las imágenes de Buñuel no encuentran sus virtudes en destruir los convencionalismos mediante la provocación. Nunca se trató de mostrar insectos saliendo de estigmas, ni de cortar ojos... sino que utilizar esos elementos de con una intención crítica y subversiva, para planificar su cine elegantemente a la hora de narrar con claridad a través de estructuras complejas, pero sin perder la originalidad, la valentía y sobre todo el sentido del humor. La imaginería del cineasta siempre siguió las bases de sus modélicas ‘Un perro andaluz’ y ‘La edad de oro’, encerrando parte de su reconocible iconografía onírica; deseo erótico, inconformismo religioso y una fuerte denuncia a los obstáculos subscritos a la burguesía que Buñuel supo subvertir como ataque a los valores establecidos.
Dinamitador de formalismos, transformador y fiel a una tradición cinematográfica carente de efectos ópticos o experimentos inútiles, Buñuel recreó en sus filmes una realidad poética capaz de desgarrar la percepción del público para invitarle, como dijo en innumerables ocasiones, “a ver con otros ojos”. La carga libertaria de su surrealismo estuvo constantemente al servicio de la sedición, de la alteración disociativa de sonido e imagen. El cine de Buñuel, incluso hoy en día, permanece feroz, mordaz y responde a la noción acuñada por Andrè Bretón por la cual imagen y sueño cobran sentido cuando ambas se dan juntas. Con películas como ‘La vía láctea’,Los ambiciosos’, ‘Belle de jour’, ‘Viridiana’ o la soberbia ‘El ángel exterminador’, Buñuel sembró la confusión, en ocasiones la repulsión, saltándose las reglas del relato más cartesiano.
Dejando de lado la psicología de la verosimilitud de la narración clásica, colisionó frontalmente con las estrictas coordenadas del espacio y del tiempo, despistando y proponiendo nuevos caminos narrativos, obligando al público a acometer una reiterada rearticulación e interpretación de las imágenes. Cuando adaptó a Galdós, Mirbeau, Kessel o Loys la manipulación era tal, que su influencia afectaba seriamente a la estructura y a los personajes de las novelas, como transposiciones de época y país. Su sobriedad y sutileza en el empleo de la cámara le hicieron adquirir una consciente y precisa planificación visual, a la altura de los grandes narradores del cine clásico americano. La asociación siempre presente de imagen e idea dieron como conclusión una ruptura de la concepción narrativa en sustitución por unas bases simétricas y estructuras dualistas, como en ‘Los olvidados’, ‘Simón del desierto’ o ‘Tristana’, donde esa confrontación temática del bien y el mal en sus historias conllevan a un recuerdo tangible al Goya de los ‘Caprichos’.
Los ‘freaks’ humanos de Buñuel
En el cine de Buñuel la extraña humanidad que inunda su filmografía, la fauna de monstruos (‘Nazarín’ o ‘Viridiana’) posee una vivacidad animal que no tienen aquellos a los que se rigen por las leyes de conducta impuestas socialmente. Sucios y marginados, los personajes del cineasta escaparon a cualquier dicotomía de ‘inocencia-perversión’ y conformaron la intención del director aragonés, mediante la inocencia que desprenden sus ‘freaks’ por demostrar los instintos reprimidos por las pautas sociales. Su idiosincrasia supo retratar muchos ámbitos de la realidad sin caer en el cine de tesis. Por eso, siempre dotado con un humor extraño e inquietante, Buñuel se centró en temas como el racismo (‘La joven’), la religión (‘Simón del desierto’), la burguesía (‘El discreto encanto de la burguesía’) o su inferencia sobre la dependencia femenina (‘Diario de una camarera’) desde un punto de vista socarrón y cáustico.
En la totalidad de su filmografía se puede comprobar un procedimiento surrealista consistente en presentar objetos que no cumplen su cometido original, objetos simbólicos de múltiple funcionamiento, como un ‘collage’ visual y sonoro como parodia social, dependiendo del azar objetivo. Más que una retórica de la metáfora, Buñuel siempre inculcó a su cine la imagen poética de la imagen surreal con evidentes niveles de significación oculta. Los elementos personales muchas veces aparecen alterados y metamorfoseados, son abundantes en su cine, ya sea en cuanto al erotismo, al paso del tiempo o a pensamientos políticos y sociales del autor. El elemento fundamental del cine de Luis Buñuel es el misterio que encierran cada uno de sus planos, la necesidad del espectador por querer saber más... dudas resueltas de forma sutil con esa pretendida intención del director por suscitar en el espectador la dubitación sobre la perennidad del orden impuesto.
Si Buñuel comenzó e inauguró, desde los inicios del cine, una dinámica revolucionaria e inusual forma de ver el arte, acabó por imponer una vía innovadora que destruyó con los planteamientos anteriores. Nadie hasta el momento ha sabido abordar el erotismo, el onanismo o el fetichismo como él. Ganador de la única Palma de Oro del cine español con ‘Viridiana’ y ganador de un Oscar en 1972 con ‘El discreto encanto de la burguesía’ Buñuel ha pasado a ser un mito, una leyenda con una vida deslumbrante y una obra incomparable. Desconcertante, irreductible y carismático, Luis Buñuel es, un cuarto de siglo después de su muerte, parte fundamental no sólo del cine, sino del arte en su concepto más amplio.