jueves, 17 de julio de 2008

Review ‘Las Crónicas de Narnia: El Príncipe Caspian (The Chronicles of Narnia: Prince Caspian)'

Entre el tradicionalismo y la modernidad
Manteniendo la corrección y fascinación de su primera parte, el filme de Andrew Adamson quiere auspiciar la comercial y la trascendencia sin llegar a conseguir un equilibrio entre ambos términos.
‘Las Crónicas de Narnia’, como adaptación cinematográfica (aunque también en términos literarios), puede considerarse como la hermana fea de una trilogía tan universal como ‘El Señor de los Anillos’, de J. R.R. Tolkien, al compartir con ésta varios puntos en común de una mitología que bebe de doctrinas fabulescas, de magia y espadas en historias que giran en torno a la heroicidad en lucha contra el Mal en una época de alegoría medieval. Las respectivas sagas literarias de C.S. Lewis y Tolkien proceden de una amistad arraigada a la afición por este tipo de literatura de fantasía épica que compartieron durante su profesorado en el Magdalen College en Oxford. Lo inevitable, tras el multitudinario éxito de la trilogía de Peter Jackson, era que la aventuras del mundo mágico de Narnia se concretasen en una adaptación con más ambición que la vista en la pequeña pantalla producida por la BBC con una serie catódica que pasó sin pena ni gloria.
Hace un par de años ‘Las Crónicas de Narnia’ vio su traslación a la gran pantalla de la mano de Andrew Adamson (principal valedor de ‘Shrek’ y secuela), respaldado por una productora necesitada de una saga boyante como era Disney. El resultado fue una película familiar que, pese a que en la comparativa inevitable con la obra de Tolkien salía algo perjudicada, no abdicó en el estricto facsímil oportunista, si no que procuró abordar a su manera, con menos medios y más afinidad infantil, la primera de las aventuras de la heptalogía que compone esta mágica obra de Lewis. Sin perder los designios ilativos con las resonancias ‘tolkianas’ ‘El León, la bruja y el armario’ fue una digna cinta, de gran interés en cuanto a ritmo, invención, ajustados efectos especiales y fidelidad literaria representando un mundo donde los cuatro hermanos Pevensie llegan a Narnia cuando la hermana pequeña descubre el mitológico universo en el fondo de un armario.
Dado el buen funcionamiento de la primera entrega, la segunda parte ‘Las Crónicas de Narnia: El Príncipe Caspian’ era de prever. Y lo hace con el regreso de Susan, Peter, Edmund y Lucy Pevensie al mundo en el que lucharon contra la malvada Reina Blanca más de 1.300 años después. En ese momento, Narnia ha sido dominado por los telmarinos, hombres que se han establecido allí desplazando a las criaturas mágicas que tienen en el Príncipe Caspian, heredero destronado por el pérfido Rey Miraz, a un valedor junto a los Reyes Antiguos (que son los Pevensie) para recuperar la paz en Narnia. Andrew Adamson repite para la Disney en su función de director. Y lo hace sin salirse mucho de los márgenes de su contribución a la primera película; narra esta historia de reconquista con buen pulso narrativo, cediendo la prioridad a ese universo de evasión y gusto por la fantasía más que profundizar en la índole moral que rodean a la obra de Lewis, algo que tenía tanta importancia en su antecesora. Hay que referirse así a ese reduccionismo del cristianismo llevado a la tradición fantástica, a la agonía de un Mesías felino que ofrendó su vida a favor de sus devotos, con su sacrificio sobre una gran piedra que se rompe para dar paso a la resurrección que libere al pueblo de la maldad.
Todo eso, en esta secuela, pierde parte de protagonismo en la historia. Pero como sustento básico es imposible no recurrir a él cuando los pasajes más anodinos de la fábula hacen languidecer el interés. ‘Las crónicas de Narnia’ consolidan de esta manera su estructura argumental en un orbe místico que remite al catolicismo, pero la intención es la de que se pueda considerar más oscura, ya que la mayoría de los personajes son obligados a seguir creyendo con firmeza en sus posibilidades, aunque estén a punto de caer en la tentación del Mal, en la arrogancia o en la violencia sinsentido. Eso sí y por supuesto, la aparición final (y previsible, por otra parte) del león Aslan, remite sigue remitiendo directamente a la necesidad de confiar en Dios para desafiar los problemas. Hay más esbozos primigenios, otros temas ya presentados en la primera película que vuelven a formar parte de esta nueva epopeya, como la deconstrucción del modelo familiar tradicional o el escapismo paradójico de esos niños que huyen de un conflicto bélico real para combatir en otro dentro de un mundo fantástico, cuestionando de esta manera la guerra y sus motivaciones, pero reivindicando la libertad como derecho incoercible. En ‘El príncipe Caspian’ existen, como añadidura, disyuntivas sobre dobles disposiciones jerárquicas, con conciliaciones o batallas entre pueblos que devuelvan al mundo de Narnia hacia la paz y la convivencia común. Más disposiciones a la hora de levantar un producto más ambicioso a todos los niveles, donde Adamson y sus guionistas no se olvidan en acentuar las resonancias ecológicas, pues la aversión de telmarinos al mundo de Narnia les lleva a querer destruir el bosque mágico en secuencias que parecen extraídas de un documental sobre deforestación de la selva amazónica más que de un universo onírico y profético.
De este modo, entre el tradicionalismo y la modernidad, ‘El Príncipe Caspian’ sigue las reglas de la ancestral propuesta maniquea entre el Bien y el Mal, el Mundo real confrontado con una Tierra nacida de la Imaginación y la Fantasía, tal vez menos sensiblera con la parte dramática que su predecesora, pero sin evitar caer en los mismos vicios (y su vez defectos) que ‘El León, la bruja y el armario’. Querencias puntualizadas en un diseño de producción impecable, que se sirve de unos efectos especiales muy por encima de los ya correctos de su predecesora que bascula en todo momento entre el exceso y el recurso, donde las imágenes de CGI se sirven como atractivo que se coloca siempre por encima de la historia y no al contrario, como debería ser.
Olvidados fugazmente los ecos de permutación a la fórmula de las películas de Peter Jackson, ‘Las Crónicas de Narnia’ encuentran su voz propia en dos errores básicos; la subordinación al espectáculo, que produce una indiscutible descompensación en términos narrativos. Y la desorientación por el exceso de un producto de marca manufacturada que no tiene un ápice de riesgo. A ello juega en contra de esta segunda parte el exceso de metraje, que da vueltas en varios instantes del filme sobre sí mismo y sobre los mismos argumentos que su predecesora, restando agilidad, bloqueando en gran medida el desarrollo de la historia. Todo por no perder su respeto hacia el relato alegórico por encima del bélico o el aventurero, por redundar en esos tintes de creencia ciega en la llegada del Mesías en forma de inmenso león con la voz de Liam Neeson. Por esta razón, el filme no logra consolidar su parte funcional, donde la acústica del metal blandiendo espadas y sus batallas se debilita por la edificación emocional que sí se mantenía con coherencia en la primera parte. ‘Las crónicas de Narnia’, en conjunto, quiere auspiciar estos dos términos, el comercial y el trascendente, sin llegar a conseguirlo.
Tampoco fue desde el principio saga de buenos intérpretes, ya que los jóvenes rostros que comparten (hasta ahora) el díptico (Skandar Keynes, William Moseley, Georgie Henley y, sobre todo, Anna Popplewell) no sacan partido a ningún tipo de registro. Tampoco ese jovenzuelo con cara angelical sin expresión que es Ben Barnes, el encargado de dar vida a un Príncipe Caspian. Un actor destinado a empapelar carpetas de instituto que no posee ningún carisma. Si en la primera parte Tilda Swinton ofrecía una actuación digna da elogio. Ahora son los secundarios Peter Dinklage y Sergio Castellitto los que parecen tomarse en serio su talento. Que Swinton aparezca aquí fugazmente, hace que el personal se quede con las ganas de un nuevo recital de la ‘oscarizada’ actriz londinense. Su cameo es un mero espejismo. Un ‘set piece’ como tantos otros dentro del mundo de Narnia, que parece funcionar a golpe de impulsos.
Ocasionalmente deslumbrante, pero insubstancial y desequilibrada en su fondo, esta segunda parte no alcanza sus objetivo de llegar a abarcar la capacidad de diversión que sí logró la primera película de las aventuras narnianas. Sin embargo, Disney tiene su Saga Épica que proporciona ese tan ansiado target infantil y juvenil que agrade también al público adulto. En ese vértice, es donde los mundos de Narnia sí desempeñan una discreta función de divertimento épico de calidad, situándose como escrupulosa adaptación de una de las mejores series literarias del Siglo XX.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008