lunes, 21 de julio de 2008

He perdido otro móvil

La pérdida de un teléfono móvil puede significar dos cosas; la primera, el inconveniente de tener que llamar para que bloqueen el número, tener que recuperar algún celular anticuado que sirva como sustituto hasta la compra o petición de uno nuevo, pero también la preocupación por saber si los números han sido mal utilizados, pudiendo producir alguna molestia a cualquiera de los números de la agenda. Perder politonos, vídeos, grabaciones, fotos y demás chorradas es secundario. Pero también jode. La segunda, es la extraña sensación de calma y sosiego que ocasiona la pérdida. Extraviar un aparato de estos supone regresar a la apacibilidad perdida hace años, cuando la despreocupación total de la situación que uno tiene en el mundo era algo inalienable.
Con el móvil, la dependencia por estar en todo momento localizable ha crecido, no sólo en la forma en que ha irrumpido en la vida occidental, sino en la puntual definición de dónde se está en cada momento. Con estos aparatos se ha ganado en rapidez comunicativa, pero se ha perdido independencia en libertad. Tener un móvil se ha transformado en un constante estado de alerta o vigilia. La adicción es un hecho cuyas bases vienen del campo de la neurofisiológica, relacionada con las perturbaciones de los neurotransmisores en las sinapsis nerviosa como réplica a la radiación electromagnética y con las modificaciones del circuito de recompensa cerebral. La sociedad es víctima de la telefonía móvil. No podemos vivir sin ella. Somos esclavos de la tecnología y sus caprichos.
Lamentablemente, por imposición laboral, social y personal, haber perdido el móvil el pasado viernes sólo me va a dejar unos días de relax recordando lo que era vivir sin él, sin los sms’s, sin vibraciones ni tonos estúpidos. Lamentablemente, el virus inoculado me dejará echando de menos el Nokia 6230i perdido en una noche de juerga y darle la bienvenida a otro bicho tecnológico de estos un poco más modernos.