viernes, 13 de junio de 2008

Huelga de transportistas

Últimamente ver las noticias, leer los periódicos, escuchar la radio o echarle un ojo a la prensa digital actualiza la idea de caos colectivo y apocalíptico que transmitiera con gran acierto Orson Welles el 30 de octubre de 1938 siguiendo los preceptos literarios de H.G. Wells. La huelga de transportistas es el símil más cercano que tenemos a esa sensación de miedo inconsecuente; grandes superficies comerciales desabastecidas, servicios mínimos insuficientes, carreteras colapsadas, desconcierto popular, rumores de catástrofe social a corto plazo… Los prejuicios contra ese derecho como medida de presión que es la huelga se trascedentalizan cuando el asunto se les va de las manos, cuando se regresa al primitivismo, cuando unos llevan la protesta a la anarquía o a la extrema irreflexión violenta y otros vuelcan su animadversión y repugnancia contra esa postura de coacción.
Las cuantiosas pérdidas de beneficios de cientos de empresas que se están viendo afectadas por esta situación, las pérdidas de trabajo efectivo por el retraso con el que muchos trabajadores llegan a ejercer su labor profesional como consecuencia de los atascos circulatorios, todos los efectos colaterales que están provocando un nuevo intersticio de conflicto en una economía que está por los suelos parece no importarle a esos hombres de carretera autoerigidos como héroes con una causa justa por la que luchar (incluso físicamente) abanderados por lumbreras que llega a decir frases como la siguiente: “Nosotros lo que no queremos es pagar lo mismo que una persona normal que va a trabajar cada mañana”.
Cuando oigo cosas como ésta y más estupideces después de la inicial coherencia del paro común, tengo muy en cuenta qué pensará mi padre, un comerciante textil autónomo que lleva más de cuatro décadas en la carretera ganándose la vida, al que le afecta lo mismo o más la subida del precio del gasóleo y no puede permitirse el lujo de hacer huelga ¿Alguien le haría caso si protestara para que se estableciera una tarifa mínima que evitara dar un servicio por debajo de sus costes y frenara la entrada de especuladores en el mercado del comercio y del transporte como están haciendo los camioneros? Efectivamente gente como él queda fuera de todo este embrollo y de sus resultados. Y sí, la respuesta es un rotundo: NO. Algo que no quiere decir que los extremistas de los camiones carezcan de unas bases de protesta lícitas y reivindicables. Pero no en sus formas.
En un nivel más general, el nerviosismo bursátil o la inestabilidad de los indicadores suponen el inicio de lo que vendrá, la punta del iceberg. El Deutsche Bank asegura que el desplome de la vivienda en España caerá en picado en menos de tres años, añadiendo un crecimiento del paro y intensificación insostenible del Euribor. Malos tiempos se avecinan.