lunes, 24 de marzo de 2008

Review 'Cometas en el cielo (The Kite Runner)'

El drama del olvido
Marc Forster narra una historia de amistad y culpa con un tono de naturaleza lírica, muy americano en su mirada hacia Oriente Medio y alejándose del cine espectáculo pero sin renunciar a él.
Ya desde sus cuidados títulos de crédito, ‘Cometas en el cielo’ responde más a un intento ‘mainstream’ del cine de Hollywood por acercar la mirada desvirtuada por el cine moderno yanqui hacia los entornos de Oriente Medio, con la adaptación de la novela homónima de Khaled Hosseini por parte del guionista David Benioff, que a una metafísica reflexión sobre la historia, el dolor de la guerra o el pasado de Afganistán. El prolífico cineasta Marc Forster aboga con ello por narrar una película que se aleje del concepto de “filme político”, renunciando al manifiesto ideológico, donde Kabul es exhibido casi de forma idílica y Estados Unidos difunde la cómoda generosidad que la han convertido en la utópica tierra de las oportunidades.
Partiendo de ese designio ‘occidentalizador’, ‘Cometas en el Cielo’ narra la pequeña historia de una amistad Amir y Hassan. Amir, es hijo de un rico comerciante, Hassan es el hijo del criado de la familia. La diferencia de clases no importa, pues su amistad se fundamenta en la nobleza pura e infantil. Su victoria en un torneo infantil de cometas pondrá fin a la confraternidad, pues la lealtad de Hassan por su amigo acaba trágicamente con la amistad de ambos tras un aciago choque con tres jóvenes de ideas fundamentalistas que auguran las atrocidades de la invasión soviética del país y del posterior régimen talibán. Cuando los rusos ocupan Afganistán, Amir huye con su padre, mientras que Hassan se queda en Kabul.
Una primera parte descrita desde los ojos de los niños, como un microcosmos de felicidad y amistad, con entusiastas sesiones de ‘Los 7 magníficos’, de John Sturges, de cometas en el cielo azul, promesas de fidelidad e idílico ambiente pese a que la amenaza se cierne sobre la capital afgana. Hassan soportará esa amistad como forma de arraigo, también como devoción hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, Amir, que es capaz de escribir cruentas historias, no soportará enfrentarse a la realidad, a la pérdida de la inocencia, marcándole como un cobarde que esconde su poquedad humana en la debilidad contrapuesta a una figura paterna que representa todos los valores de los que él carece.
El muchacho tendrá que vivir con el sentimiento de culpa, con la cobardía de los que miran, de los que no actúan, pero que con el constante sufrimiento del recuerdo, del rencor consigo mismo, acaba por redimir sus errores con la valentía de los héroes. Un hecho consolidado en su segundo y bien diferenciado tramo argumental, donde Amir, veinte años después, escritor reconocido y felizmente casado, decide regresar a Afganistán, a pesar del peligro que supone el bárbaro gobierno talibán, dispuesto a enfrentarse con los oscuros secretos que le persiguen desde su infancia para salvar al hijo de Hassan de la barbarie, en un viaje en busca de la dignidad para expiar su dolor y su culpa.
Forster acomete la novela de Hosseini sin salirse de los límites comerciales que hicieron de ella un ‘best seller’, condicionado por la constante demanda del drama visual en forma de poesía fotográfica gracias al trabajo de Roberto Schaefer, en el ejercicio de naturaleza lírica saturada de potencial hollywoodiense, pero procurando en todo momento contener la disipación técnica en función de la historia que se cuenta. Por ello, a pesar de las insinuaciones plásticas, de hermosa plasticidad y riqueza de los combates de cometas, de las calles de Kabul y la crédula mirada de los niños, la dureza del subtexto se impone por el adeudo con la realidad, sin necesidad de recurrir a excesos efectistas, a tufo de moralina con mensaje. En ese sentido, ‘Cometas en el Cielo’ propugna un discurso no muy amable ni esperanzador que contrasta con su aparente ‘happy end’, donde más allá de las fronteras que separan el Primer Mundo del Tercero se interrelacionan, a través de los años y del olvido de Amir, el abandono de la memoria histórica, únicamente ahondada en un libro de recuerdos que hace evidente en el distanciamiento que se tiene el mundo respecto a Oriente Medio, la pérdida de las raíces y de los pueblo marcados por la tragedia.
Si bien es cierto que esta hermosa fábula de catarsis y elementos sentimentales opera con acierto en la nostalgia y el amor redentor contextualizado en dos países separados hoy en día por la Guerra, Forster parece más preocupado en describir los hechos y las circunstancias que rodean a los personajes más que en las emociones de éstos, haciendo que su propuesta internacional sea más estética que bucólica, muy desvirtuada en el regreso de Amir a su país, donde encontramos elementos típicos del ‘thriller’ que no encajan muy bien con la historia. Hay ciertos desequilibrios entre lo moralizante y lo testimonial, entre la capacidad de decisión entre el intimismo y la descripción histórica y política con la que acontecen los hechos, así como el enfoque cultural (apenas imperceptible) que se da en el choque entre oriente y occidente.
Para ensamblar estos defectos la historia, sin perder de vista su perspectiva doliente, se cohesiona con la sugerente y fascinante música de Alberto Iglesias. La banda sonora actúa de tal forma dentro de la película, que Forster apela constantemente a la necesidad de matizar los cambios de la historia (los dos bloques comentados) con la música incidental del autor guipuzcoano, haciendo que la música que acompaña y se fusiona con las imágenes sea un mecanismo narrativo más de la acción. De ahí la importancia de este ‘score’ considerado, con todo merecimiento, como uno de los mejores de los últimos años.
Tenemos así un relato cálido y conmovedor sobre la amistad, la culpa o la diferencia de clases donde germinan conceptos como el perdón, el honor o la traición que devienen en redención que arrastra las secuelas de la guerra, pero también del odio o el fracaso. Marc Forster ha creado un producto ‘made in Hollywood’ que desvincula de esa concepción de cine espectáculo para narrar una historia universal que explora los sueños infantiles perdidos en el lado más oscuro del ser humano. En un mundo, en el que pese a que haya esperanza, no hay que dejar de mirar atrás, hacia el horror que muchos países han vivido y están viviendo, por mucho que el sosiego de un cielo tranquilo vea cometas surcar el aire.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2008