lunes, 3 de marzo de 2008

Política, elecciones y aburrimiento

aburrimiento.
(De aburrir).
1. m. Cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta.
Al contrario de las teorías sobre el aburrimiento de Brodsky o Baudrillard en sus discursos en defensa del tedio, de esa supuesta necesidad de afrontar el hastío como experiencia vital, la política actual es uno de los temas más ridículos y soporíferos que puedan hacer perder el tiempo al ser humano. Consume la energía en un constante estado de desinterés con esa repugnante retórica altisonante y vacía. Observar y escuchar las soflamas de los políticos, esos integrantes del circo moderno, provoca la sensación de estar viendo una y otra vez una horrible película de serie Z sin calidad, con el mismo discurso, en una rueda de repeticiones que descuartiza el ánimo de la voluntad. Carcome el alma, agota la inteligencia e induce a ciertas dosis de imbecilidad. Es la hora de las elecciones y también de manifestar, envuelta en formal discurso de términos biensonantes, la vacuidad de propuestas; desde fatuos principios, promesas perdidas, insultos sin razón, juramentos que esconden un oscurantismo incompetente que actúan como elemento tracista en la sociedad. Eso es la política actual, la que ha pervertido los conceptos democráticos del génesis gubernativo y denigrado la lucha de un bien común que, desde su nacimiento, ha quedado oscurecida por la ambición y la hipocresía. Un circo con payasos que no hacen gracia, discapacitados para un humor que no vaya más allá del ridículo público.
Aburrimiento proviene del latín: ab- prefijo «sin», horrere «horror», como la verdadera esencia de los discursos que hemos tenido oportunidad de escuchar estos días. Nuestra política, como todas en este mundo, es la existencia desprovista de sentido.