domingo, 16 de marzo de 2008

La incoherencia del salvajsimo en el fútbol

Otra vez, un salvaje, un imbécil de primitivos instintos violentos, un cerril sin dos dedos de frente ha enturbiado el Deporte Rey con una acción despreciable. Un bastardo fanático del Real Betis Balompié situado a pie de campo lanzaba una botella de agua llena y a traición que impactaba contra la cara del guardameta del Athletic Club de Bilbao Armando, provocándole un corte debajo del ojo que acabó no sólo con el cancerbero evacuado en camilla y en el hospital, si no con el transcurso del partido, ya que el árbitro Clos Gómez, en lógica coherencia, decidió suspender el encuentro.
No es la primera vez que esto sucede en el estadio sevillano Ruiz de Lopera. Por supuesto que todos los aficionados béticos no son representados por este pelele, esa clase de fanáticos que no deberían tener derecho para asistir a ningún evento (bien se deportivo o de cualquier otra índole), pero lo cierto es que el primer precedente que viene a la memoria colectiva es el botellazo que sufrió el ex entrenador del Sevilla Juande Ramos en una eliminatoria de Copa en el mismo escenario el año pasado. Lo mismo que antes lo sufrieron, en 1996, los jugadores del Atlético de Madrid Vizcaíno y Solozabal. También sucedió algo parecido en la temporada 2001-2002, donde afortunadamente no se produjeron agresiones a jugadores, pero se repitieron estos mismos incidentes de forma grave.
El Comité de Competición debería tomar medidas. Pero definitivamente que fueran ejemplares. Es la única forma de que se pueda frenar la entrada de este tipo de personajes a los estadios. Joaquín Caparrós aseguró ayer “hay que acabar con esto. Hay un precedente con Dinamarca y así es como nos escuecen las cosas”. Se refiere a un hecho concreto y a una sanción modélica. La comisión disciplinaria de la UEFA concedió la victoria a Suecia por 3-0 ante Dinamarca y multó a la federación danesa con un monto equivalente a los 81.000 dólares. También decretó que la selección danesa disputara sus próximos cuatro partidos como local por lo menos 250 kilómetros fuera de Copenhague. La UEFA también sancionó a la Roma con la pérdida de su partido contra el Dínamo Kiev (0-3) y obligó al equipo italiano a disputar sus dos siguientes encuentros de la Liga de Campeones a puerta cerrada, después de que el árbitro sueco Anders Frisk fuese alcanzado por un objeto lanzado desde la grada, que le provocó una brecha en una ceja cuando se retirada al vestuario al concluir el primer tiempo.
Son ejemplos de sanciones que aplacan y hacen pensárselo dos veces a aquellos inmundos aficionados cuyo entusiasmo ciego, patibulario y desmedido deshonran el ámbito del deporte. El fanatismo encubre la limitación de la libertad, empobrece la psique humana, fomenta la incomunicación, reduce la lógica y el discernimiento y hace perder la dignidad. Que la directiva del Real Betis Balompié haya mostrado su repulsa poco después del encuentro y haya vetado la entrada a este energúmeno no es suficiente. No es un hecho aislado y se deberían tomar las medidas convenientes de una vez por todas.