martes, 13 de noviembre de 2007

Una secuencia al azar (VIII). 'Christine': Amores prohibidos

La relación ‘mecánico-erótica’ de Arnie Cunningham (Keith Gordon) comienza el mismo instante en que, después de un desastroso accidente que incide en su frustrante fracaso diario, su nuevo coche, un Plymouth rojo del 58, le demuestra que no le abandonará jamás y que llegará hasta el final por su amor, fagocitando de paso y por completo la vida del chico. Es una secuencia llena de una extraña hondura sensual, en la que las formas del automóvil van reconstruyéndose podrían equipararse a cualquier baile erótico de sensual fisicidad dentro del cine. Tras ése momento de confesión romántica por parte del coche al adolescente, comienza una de las historias de amor más inauditas vistas en una pantalla. La de un joven misántropo y retraído con su primer coche, el cual acaba consumiendo su personalidad, creando en él un carácter hosco y despiadado, violento e iracundo, en una espiral de crímenes que no tienen límite.
Desdibujando lo costumbrista, John Carpenter expuso en ‘Christine’ temas recurrentes en el cine de la época, metiéndose de lleno en el cine ‘teenager’, representado en su máximo esplendor por John Hughes; coches, adolescentes timoratos, high school y rock & roll, animadoras innacesibles y el capitán del equipo de football... Pero desde el lado oscuro, desde la extraña y tenebrosa perspectiva que siempre ha tenido el inmenso Stephen King para hacer de los aspectos cotidianos una auténtica pesadilla. Bill Phillips fue el encargado de condensar el grueso de casi 600 páginas. King dedicó su novela ‘Christine’ a George A. Romero, pero no así al filme de Carpenter (del que sólo destacó la buena banda sonora de su adaptación). Machacada impíamente por la crítica, ‘Christine’ no deja de ser otra de esas películas de culto de Carpenter, otra muestra de cine maldito que definió una vez más el cariz heterogéneo del Maestro acerca de la deshumanización del ser humano, cuando éste deja de ser una unidad irracional para llamar la atención sobre sí mismo. Un mensaje no exento de misterio y verdad.
Lo más destacado de esta magnífica cinta de terror ‘soft’ fue, de nuevo, la creatividad y diligencia del mítico cineasta para entrar en situación, directamente al núcleo de la cuestión, factor éste del que siempre ha carecido el vendedor de ‘best sellers’ más prolífico y endiosado de la historia literaria. Desgraciadamente la Universal tuvo otra genial idea que estrenarla en Navidad y, como es lógico, la película también fracasó comercialmente, debido a la carencia de bondad familiar que exuda su argumento, su vena crítica y la esplendidez de una paranoia sobre un joven sociópata enamorado de su coche asesino.